El despertar de Clara

Tenía 18 años la primera vez que me di cuenta de que mi cuerpo no era mío.

Hasta entonces había sido un objeto prestado: de mis padres, de los chicos que me miraban en la facultad, de la vergüenza que me obligaba a cruzar los brazos sobre el pecho cuando caminaba por la calle. Pero aquella noche de julio, en el piso de Sergio, todo cambió.

Sergio tenía treinta y seis. Era amigo de mi hermano mayor, de esos que aparecían en casa los domingos a comer paella y que yo, desde los quince, observaba de reojo mientras fingía leer. Alto, seco, con las manos grandes y venosas de quien toca la guitarra en bares pequeños. Me había invitado a “tomar algo” después de que mi hermano le contara que acababa de romper con el novio de toda la vida. Yo acepté porque quería sentirme adulta. No sabía que iba a dejar de serlo para siempre.

Cuando entré en su salón olía a tabaco negro y a madera vieja. Me sirvió un gin-tonic sin preguntarme si quería. Me senté en el sofá de cuero gastado y él se quedó de pie, mirándome como quien evalúa una obra de arte antes de comprarla.

—Quítate la camiseta —dijo de pronto, sin preámbulos.

No fue una petición. Fue una orden suave, casi aburrida. Y yo obedecí. Me temblaban las manos. Cuando el algodón cayó al suelo, sentí que mis pezones se endurecían bajo el sujetador de algodón blanco, el mismo que llevaba desde los dieciocho. Sergio se acercó, me levantó la barbilla con dos dedos y me miró directamente a los ojos.

—Ahora el sujetador.

Lo desabroché con torpeza. Mis tetas quedaron al aire, pequeñas, redondas, con los pezones oscuros y duros como piedras. Él no las tocó todavía. Se limitó a observarme, a recorrer con la mirada cada centímetro de piel nueva que acababa de descubrir.

—Eres preciosa, Clara. Pero no lo sabes todavía.

Entonces se arrodilló frente a mí. Me abrió las piernas sin esfuerzo. Me bajó los vaqueros y las bragas de un solo movimiento. Y se quedó allí, respirando sobre mi coño recién depilado, mirándolo como quien mira un secreto que lleva años buscando.

—Estás mojada ya —murmuró—. Antes siquiera de que te toque.

Y era verdad. Sentía cómo me resbalaba entre los labios, caliente, espeso. Sergio acercó la boca y me lamió despacio, desde abajo hacia arriba, abriéndome con la lengua. Gemí. Fue un gemido ridículo, casi infantil. Él levantó la vista y sonrió.

—Esa voz la quiero oír toda la noche.

Y la oí. Me comió durante casi una hora. Me hizo correrme tres veces solo con la lengua y los dedos. La primera vez grité y le clavé las uñas en los hombros. La segunda lloré. La tercera me quedé muda, temblando, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta como si me faltara el aire del mundo entero.

Cuando por fin se levantó, tenía la barbilla y los labios brillantes de mí. Se quitó la camisa. Tenía el pecho lleno de vello oscuro, el vientre plano, la polla ya dura marcándose bajo los pantalones. Me hizo arrodillarme.

—Chúpamela.

No sabía hacerlo. Lo intenté. Me metí la punta en la boca y succioné como había visto en las películas. Sergio me cogió del pelo con suavidad y me guio.

—Más despacio. Usa la lengua. Así… buena chica.

Me folló la boca con calma, sin prisas. Cuando estaba a punto de correrse se apartó, me levantó y me llevó al dormitorio. Me tumbó boca arriba, me abrió las piernas y entró en mí de un solo empujón. No dolió. Estaba tan mojada, tan abierta, que su polla gruesa y larga se hundió hasta el fondo como si siempre hubiera pertenecido allí.

Follamos toda la noche. En la cama, contra la pared, en la ducha. Se corrió dentro, fuera, en la boca, entre las tetas. Me dejó marcas rojas en las caderas de tanto apretarme. Y cada vez que me corría sentía que algo dentro de mí se rompía un poco más: la niña buena, la estudiante aplicada, la novia fiel. Todo eso se iba deshaciendo entre sus manos.

Al amanecer, mientras fumaba un cigarro sentado en el borde de la cama, me dijo:

—Esto solo es el principio, Clara. Te voy a enseñar a follar de verdad.

Y cumplió su palabra.

Durante los siguientes tres años fui su amante, su alumna, su puta, su reina.

—Hoy no vas a dormir hasta que yo diga. Prepárate. Dijo un miércoles de marzo

Llegué a su piso pasadas las diez. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco, sin sujetador, sin bragas. Él ya lo sabía; me lo había pedido por mensaje. Me recibió en calzoncillos y camiseta vieja, el pelo revuelto, una cerveza en la mano. Me besó en la puerta, profundo, metiéndome la lengua hasta el fondo, como si ya estuviera follándome la boca.

Me llevó al salón. El sofá de cuero estaba caliente por el sol que había entrado todo el día. Me quitó el vestido de un tirón. Me quedé desnuda, sudada, los pezones duros por el roce de la tela y por la mirada suya. Me empujó boca arriba en el sofá. Se quitó la camiseta, los calzoncillos. Su polla ya estaba dura, gruesa, venosa, con la punta brillante.

—No te muevas —dijo.

Entró en mí de un empujón seco. Estaba tan mojada que no hubo resistencia, solo un sonido húmedo y profundo cuando me llenó entera. Empezó a follarme con ritmo constante, fuerte, sin besos, sin caricias. Solo embestidas que me hacían rebotar contra el cuero. Gemí. Él me tapó la boca con la mano.

—Calla. Solo siente.

Me folló así durante casi una hora. Cambiaba de ritmo: lento y profundo, luego rápido y superficial, luego otra vez lento hasta que sentía que iba a romperme. Me corría una y otra vez, temblando, apretándolo dentro, pero él no paraba. Cuando ya no podía más, cuando mis piernas temblaban y mi coño ardía de tanto roce, se corrió dentro de mí con un gruñido largo, llenándome hasta que sentí el calor subir por mi vientre.

Se apartó. Su polla salió con un sonido obsceno, seguida de un chorro de semen que resbaló por mis muslos y manchó el sofá. Yo jadeaba, exhausta, con el cuerpo empapado en sudor y fluidos. Pensé que había terminado. Me equivoqué.

Se levantó. Fue a la cocina. Volvió con una bolsa de fruta que había comprado esa tarde: un melocotón maduro, una pera grande, un plátano firme, un pepino largo y frío de la nevera, una botella de aceite de oliva.

—Ahora vas a aprender a abrirte de verdad —dijo.

Me abrió las piernas otra vez. Me puso una almohada bajo las caderas para elevarme. Empezó con el melocotón. Lo frotó contra mis labios mayores, despacio, hasta que se manchó de mi humedad. Lo presionó contra la entrada. Entró fácil, la piel suave y velluda rozándome por dentro. Lo movió en círculos, luego lo sacó y lo mordió delante de mí, comiéndose mi sabor mezclado con el jugo dulce. Gemí.

Luego la pera. Más grande, más irregular. Me costó al principio; tuve que relajarme, respirar hondo. Entró centímetro a centímetro, estirándome. Sergio la giraba dentro, presionando contra las paredes. Me corrí otra vez, un orgasmo lento y profundo que me dejó temblando.

El plátano fue más fácil. Lo metió entero, curvado, y lo usó como si fuera una extensión de su mano. Lo follaba con él, sacándolo y metiéndolo, hasta que se ablandó dentro de mí y se deshizo un poco. Sacó los restos con los dedos, los lamió.

Entonces el pepino. Frío, duro, implacable. Lo lubricó con aceite de oliva. Entró despacio en mi coño, helándome por dentro. El contraste con el calor de mi cuerpo me hizo gritar. Sergio lo movía con ritmo, profundo, girándolo. Me masturbaba el clítoris con la otra mano al mismo tiempo. Me corrí tan fuerte que chorreada, mojándole la mano, el sofá, el suelo.

No paró. Me giró boca abajo. Me abrió el culo con los dedos aceitados. Metió el pepino ahí, despacio. Dolor. Placer. Me folló el culo con él mientras me metía tres dedos en el coño. Me corrí otra vez, sollozando, con la cara hundida en el cojín.

Al final, cuando ya no podía más, cuando mi cuerpo era solo un temblor continuo y mi voz estaba rota de tanto gemir, Sergio se arrodilló entre mis piernas. Me miró el coño hinchado, rojo, abierto, lleno de restos de fruta y aceite y semen.

—Eres perfecta así —murmuró—. Destrozada y mía.

Me masturbó con los dedos, suave ahora, casi tierno. Me llevó al último orgasmo de la noche: uno suave, profundo, que me recorrió entera como una corriente eléctrica lenta. Lloré mientras me corría, no de dolor, sino de agotamiento absoluto, de rendición total.

Me dejó allí, tumbada en el sofá, con el cuerpo pegajoso de sudor, fruta machacada, aceite y semen. Se fumó un cigarro sentado en el suelo, mirándome.

—No te duermas todavía —dijo—. Mañana seguiremos.

Y yo, exhausta, con el coño palpitando y el culo sensible, supe que ya no había vuelta atrás. Que Sergio no solo me follaba: me reescribía.

Me llevó a clubs donde la gente follaba en habitaciones con espejos. Sergio me había preparado todo el día: me depiló él mismo el coño con navaja, despacio, hasta dejarlo liso como seda; me untó aceite de almendras por todo el cuerpo hasta que brillaba; me puso un collar de cuero negro con una argolla plateada y una cadena fina que él sujetaba como si fuera un perro de lujo. Vestido: solo un body negro de encaje transparente, con aberturas en los pezones y en la entrepierna, medias de rejilla hasta medio muslo y tacones altos que me obligaban a caminar con las caderas exageradas.

Llegamos al club pasadas las doce. El portero nos miró un segundo y abrió sin preguntar. Dentro, música baja, electrónica lenta, gemidos lejanos. Sergio me llevó por un pasillo estrecho hasta una habitación al fondo: “La de los espejos infinitos”, la llamaba él. Paredes, suelo y techo cubiertos de espejos. En el centro, una cama redonda sin cabecera, con sábanas negras de satén. Luces rojas que se reflejaban en todas partes, multiplicando cada movimiento, cada gota de sudor.

Me hizo arrodillarme en el centro de la cama.

—Espera aquí. No te muevas. No hables a menos que te hablen.

Se sentó en una butaca de cuero en una esquina, cruzó las piernas, encendió un cigarro. La puerta se abrió.

Entraron dos hombres. Viejos. Sesenta y pico, quizás setenta. Uno alto y delgado, pelo blanco peinado hacia atrás, traje gris impecable que se quitó despacio, revelando un cuerpo huesudo pero aún firme. El otro más bajo, barrigón, calvo, con vello gris en el pecho y una cadena de oro que le colgaba entre los pezones. Los dos olían a colonia cara y a tabaco antiguo. Me miraron como quien mira un cuadro en una galería: con distancia, con apetito contenido.

Sergio habló sin moverse:

—Ella es Clara. Toda vuestra esta noche. Usadla como queráis. Yo miro.

El alto se acercó primero. Me levantó la barbilla con dos dedos fríos.

—Preciosa. Tan joven. Tan abierta ya.

Me quitó el body despacio, tirando de las tiras hasta que cayó a mis pies. Quedé desnuda excepto las medias y los tacones. El barrigón se acercó por detrás, me cogió las tetas con las manos grandes y ásperas, las apretó hasta que gemí.

—Buenas tetas. Firmes todavía. Vamos a ver el resto.

Me tumbaron boca arriba en la cama. El alto se arrodilló entre mis piernas, me abrió con los pulgares. Mi coño brillaba bajo las luces rojas, ya mojado solo por la anticipación y la vergüenza.

—Mira cómo brilla —dijo al barrigón—. Está lista.

El barrigón se quitó los pantalones. Su polla era corta pero muy gruesa, venosa, con la punta roja y húmeda. Se subió a la cama, me abrió las piernas más. Entró de golpe. Gemí fuerte. Era tan ancho que me estiraba hasta el límite. Me folló con ritmo pesado, profundo, haciendo que mis tetas rebotaran. Cada embestida se reflejaba en mil espejos: veía mi cara contraída de placer y dolor, mis tetas moviéndose, su barriga golpeando contra mi monte de Venus.

El alto se quitó la ropa. Su polla era larga, delgada, curvada hacia arriba. Se arrodilló sobre mi cara.

—Abre la boca, niña.

Obedecí. Me folló la boca despacio, empujando hasta la garganta. Me atraganté, lágrimas en los ojos. Mientras, el barrigón seguía follándome el coño, gruñendo bajito. Cambiaron. El alto se tumbó boca arriba, me hizo sentarme encima. Entró en mi coño de abajo arriba, profundo. El barrigón se colocó detrás, me lubricó el culo con saliva y aceite que sacó de un frasco. Entró despacio en mi ano.

Doble penetración. Las dos pollas dentro, rozándose a través de la fina piel que amenazaba con desgarrarse. Gemí tan fuerte que resonó en los espejos. Veía todo: mi cuerpo abierto, dos pollas desapareciendo en mí, mis tetas balanceándose, la cara de Sergio en la esquina, fumando tranquilo, los ojos brillantes.

Me follaban al unísono. Uno entraba mientras el otro salía. Me corrí gritando, convulsionando, apretándolos a los dos. Ellos no paraban. El barrigón se corrió primero, dentro de mi culo, chorros calientes que sentí subir por mi interior. El alto siguió, me levantó un poco y se corrió en mis tetas, semen espeso y blanco resbalando por mis pezones. Me hicieron limpiarles la polla con la boca hasta no dejar ni rastro de semen en ellas.

Se apartaron. Yo quedé allí, jadeando, semen goteándome del culo y del pecho, el coño hinchado y rojo. Me miré en los espejos: una puta multiplicada por infinito, con el cuerpo marcado, los ojos vidriosos.

Los dos viejos se vistieron sin prisa, me dieron un beso en la frente cada uno —como abuelos cariñosos— me tiraron varios billetes en la cama y salieron. Por primera vez, me sentí solamente una puta.

La habitación de los espejos ya olía a sexo cuando los dos viejos se fueron. Semen secando en mis tetas, en los muslos, en la comisura de los labios. Estaba de rodillas en la cama redonda, jadeando, con el cuerpo brillante de sudor y aceite, las medias rasgadas en un muslo. Los espejos me devolvían la imagen multiplicada: una puta exhausta, abierta, con el coño hinchado y rojo, el culo aún palpitando del último chorro. Sergio seguía en la butaca, fumando el tercer cigarro de la noche, la mirada fija en mí como si fuera una obra de teatro que ya ha visto muchas veces.

La puerta se abrió otra vez.

Entró un hombre solo. Sesenta y tantos, alto, pelo canoso perfectamente peinado, traje azul marino hecho a medida, reloj caro en la muñeca izquierda. Lo reconocí al instante, aunque él tardó un segundo más.

Don Rafael. El mejor amigo de mi padre desde la universidad. El que venía a casa todos los veranos a la barbacoa del jardín, el que me regalaba libros de poesía cuando cumplía años, el que me llamaba “Clarita” y me preguntaba por los estudios con esa sonrisa paternal. El que una vez me llevó en su coche nuevo a comprar el vestido de la graduación y me dijo que estaba “hecha una mujer preciosa”.

Se quedó parado en el umbral. Me miró. Primero con incredulidad. Luego con reconocimiento. Luego con algo más oscuro que le cruzó los ojos como una sombra.

—Clara… —murmuró, casi sin voz.

Yo quise desaparecer. Quise que los espejos se rompieran. Pero no había escapatoria: me veía por todas partes, desnuda, marcada, con el semen de desconocidos resbalándome por la piel.

Sergio no se movió. Solo dio una calada larga al cigarro y dijo, calmado:

—Ella es tuya esta noche también, Rafael. Si quieres. Sin límites.

Don Rafael cerró la puerta detrás de él. Se quitó la chaqueta con movimientos lentos, precisos. Se aflojó la corbata. Se acercó a la cama.

Me miró desde arriba. Sus ojos recorrieron mi cuerpo como si lo catalogara: las tetas pequeñas con pezones hinchados, el coño depilado y brillante, las marcas rojas en las caderas de las manos anteriores.

—Nunca imaginé que terminarías así, Clarita —dijo con voz baja, casi triste—. Tu padre estaría destrozado si supiera.

Me tembló la barbilla. Lágrimas calientes se me escaparon sin permiso.

—No… por favor… —susurré.

Él sonrió. Una sonrisa torcida, cruel.

—No supliques ahora. Has venido aquí a esto, ¿no? A que te usen.

Me cogió del pelo con una mano firme. Me obligó a mirarlo.

—Abre la boca.

Obedecí. Me metió los dedos primero: índice y medio, hasta el fondo de la garganta. Me hizo arcadas. Luego se bajó la cremallera. Su polla salió: gruesa, venosa, con el prepucio retraído, oliendo a colonia cara y a hombre maduro. Me la metió en la boca sin aviso. Empujó hasta que la nariz me tocó su pubis. Me folló la garganta con ritmo lento, controlado, como si estuviera castigándome por algo que yo había hecho de niña.

—Siempre fuiste una niña buena —dijo mientras me follaba la boca—. La princesita de papá. Y mírate ahora. Chupando polla como una puta barata.

Lágrimas corrían por mis mejillas. Veía todo en los espejos: mi cara deformada alrededor de su polla, mis tetas balanceándose, Sergio fumando impasible en la esquina, como si estuviera viendo la tele.

Me la sacó de la boca. Me giró de un tirón. Me puso a cuatro patas. Me abrió el culo con las manos.

—Mira esto —le dijo a Sergio—. Tu putita tiene el culo ya usado. ¿Quién te ha follado por aquí esta noche, Clarita?

No respondí. Él escupió en mi ano. Entró de golpe. Dolor quemante. Gemí alto. Él me folló el culo con fuerza, agarrándome las caderas, clavándome las uñas.

—Responde —ordenó.

—Varios… —sollocé—. Dos… antes…

—Pues ahora te folla el amigo de tu padre. Y te voy a llenar hasta que te chorree.

Me folló así durante minutos eternos. Cada embestida me hacía rebotar, mis tetas golpeaban contra mis brazos, el semen anterior se mezclaba con el suyo. Me masturbó el clítoris con dos dedos mientras me sodomizaba, obligándome a correrme contra mi voluntad. Me corrí gritando, temblando, odiándome.

Luego me tumbó boca arriba. Me abrió las piernas del todo. Entró en mi coño. Me folló mirándome a los ojos.

—Mírame, Clarita. Mírame mientras te follo como la zorra que eres.

Lo miré. Vi en sus ojos no solo deseo: vi desprecio, lástima, excitación enferma. Me folló hasta que se corrió dentro, profundo, gruñendo mi nombre de niña: “Clarita… Clarita…”.

Se apartó. Su semen salió en un chorro espeso, mezclándose con todo lo anterior. Se subió los pantalones, se ajustó la corbata, se puso la chaqueta.

Antes de irse, se inclinó sobre mí. Me besó en la frente, como hacía cuando era pequeña.

—Dile a tu padre que le mando recuerdos —susurró—. Y que su hija es… una maravilla.

Salió.

Quedé allí, hecha un ovillo en la cama, sollozando bajito. Sergio se acercó por fin. Me acarició el pelo con ternura fingida.

—Has estado magnífica —dijo—. Ahora ya sabes lo que es tocar fondo de verdad.

Me ayudó a levantarme. Me llevó al baño. Me duchó en silencio. Pero en los espejos del baño seguía viéndome: la niña buena convertida en puta, follada por el amigo de su padre, mientras el hombre que amaba miraba sin mover un dedo.

Esa noche, cuando volví a casa, tiré el collar de cuero a la basura. Pero el olor a Rafael, a Sergio, a todos ellos, se me quedó pegado a la piel durante semanas.

Y supe que la decadencia no tenía fondo. Solo más espejos.

Me hizo vestir como una puta. Fue una noche de julio, de esas en que el asfalto aún quema a las tres de la mañana y el aire huele a diésel y a polvo caliente. Me puse un top de licra rojo brillante, tan ajustado que mis tetas parecían a punto de reventar la tela, con los pezones marcados como dos monedas oscuras. Falda de vinilo negro cortísima, que apenas me cubría el culo; si me inclinaba un poco, se veía el tanga de encaje rojo debajo. Medias de rejilla hasta medio muslo, botas altas de tacón fino que me obligaban a caminar con las caderas exageradas. Labios pintados de rojo sangre, ojos ahumados, pelo suelto y revuelto. Me miré al espejo antes de salir y sentí vergüenza y asco. Me llevó a un polígono y aparco varios metros mas abajo, lejos de las farolas principales, pero lo bastante visible. El primero en parar fue un camionero de unos cincuenta, barrigón, con camiseta sudada y gorra de visera. Bajó del camión, se acercó despacio, me miró de arriba abajo.

—¿Cuánto por una mamada, guapa?

—Cincuenta euros —dije sin pestañear, como Sergio me había enseñado—. Sin penetración. Solo boca.

Sacó el dinero del bolsillo, me lo dio arrugado. Subí al asiento del copiloto de su camión. Olía a tabaco rancio y a sudor viejo. Se bajó los pantalones. Su polla era corta, gruesa, ya medio dura. Me incliné. La cogí con la mano, la lamí desde la base hasta la punta, despacio. Él gimió. Me la metí entera en la boca, succionando fuerte, moviendo la lengua alrededor del glande. Usé la saliva para lubricar, subí y bajé rápido. Él me agarró del pelo, empujó un poco. Se corrió en la garganta sin avisar, chorros calientes y espesos que tragué casi sin respirar. Se corrió jadeando, agarrándome la nuca.

—Joder, qué bien chupas —dijo, dándome una palmada en el culo al bajar.

Cincuenta euros más en el bolso. Me limpié la boca con el dorso de la mano, volví a mi farola. Encendí otro cigarro. Esperé.

El segundo fue un tipo joven, veintitantos, traje barato, como de comercial que se había quedado trabajando tarde. Aparcó al lado, bajó la ventanilla.

—¿Trabajas? —preguntó nervioso.

—Cincuenta. Solo mamada.

Subió. Se bajó los pantalones con torpeza. Polla larga, delgada, temblorosa. Me incliné sobre la consola central. La lamí despacio, juguetona, mirándolo a los ojos. Él se sonrojó. Le metí la lengua en la uretra, succioné la punta como si fuera un caramelo. Gemía bajito, como un niño. Aceleré, usé la mano para masturbar la base mientras la boca hacía el resto. Se corrió rápido, en mi boca, un chorro abundante y salado. Tragué. Me dio los cincuenta con manos temblorosas.

—Gracias… —susurró.

Tercero: un hombre de unos sesenta, elegante, coche caro, anillo de casado. Me miró como si yo fuera mercancía de lujo.

—Cien si lo haces bien —dijo.

—Cincuenta como todos. No regateo.

Subió. Se bajó los pantalones. Polla gruesa, venosa, con prepucio que se retiraba despacio. Me puse de rodillas en el asiento del copiloto, le chupé despacio, profundo, dejando que se la tragara entera hasta que me dio arcadas. Él me agarró del pelo, follándome la boca con ritmo controlado. Gemía en voz baja, en francés. Se corrió en mi garganta, sujetándome fuerte para que no me apartara. Tragué todo. Me dio cien euros sin que se lo pidiera.

—Eres buena —dijo antes de irse.

Cuarto: un grupo de tres en un coche tuneado, veinteañeros, risas nerviosas. Les dije que uno a uno, cincuenta cada uno. El primero subió. Polla joven, dura, olor a colonia barata. Me la chupé rápido, eficiente. Se corrió en dos minutos. El segundo igual. El tercero quiso grabarlo con el móvil. Le dije que no. Se enfadó, pero pagó y se corrió igual.

Cinco mamadas en total. Dos horas y media. Doscientos cincuenta euros en el bolso, más los cien extras. Semen en la garganta, en los labios, en la comisura de la boca. El coño me palpitaba de excitación sin que nadie me hubiera tocado. Sergio me masturbó en el coche antes de irnos, con los dedos dentro, y yo pensando en cómo me habían usado. Me corrí fuerte, gritando en la oscuridad del polígono.

Volví a casa con el dinero arrugado en el bolso, el sabor de cinco desconocidos en la boca, y una sonrisa torcida en el espejo retrovisor. Pero algo mas muerta por dentro.

Me hizo escribir un diario donde tenía que contar con detalle cada orgasmo, cada sabor, cada vergüenza que superaba.

El fin de semana siguiente me llevó a Toledo. No sabía lo que me esperaba. Llegamos a una casa lujosa, pero antigua.

La escalera al sótano olía a humedad y a cera quemada. Cada peldaño que bajaba sentía como si me hundiera un poco más en mí misma, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que esta noche no iba a salir entera. Sergio me llevaba de la cadena, tirando suave pero firme, y yo lo seguía porque ya no sabía hacer otra cosa. El corsé me apretaba las costillas hasta que respirar era un esfuerzo consciente; cada inhalación me recordaba que él me había atado así, que incluso el aire era suyo.

Al entrar, el silencio me golpeó primero. Doce personas calladas, mirándome como si fuera un animal en subasta. Reconocí a Rafael al instante: estaba de pie junto a la cruz, con esa postura recta de siempre, la misma que ponía en las cenas de Navidad cuando contaba anécdotas de mi padre. A su lado, Don Miguel y Don Carlos. Los había visto cientos de veces: en el despacho de papá, en barbacoas de verano, en fotos de comuniones. Don Miguel me había regalado un peluche cuando cumplí diez años. Don Carlos me había enseñado a montar en bici en el jardín de su casa. Y ahora estaban aquí, mirándome con ojos que ya no eran paternales. Eran hambrientos. Eran dueños.

Sergio me ató a la cruz sin decir una palabra. Me abrió en X, las muñecas y tobillos sujetos con correas que crujían como huesos viejos. Sentí el aire frío en el coño expuesto, en los pezones que se endurecían no solo por el frío, sino por el pánico que me subía por la garganta como bilis. Quise gritar “no, por favor, no ellos”, pero la voz se me quedó atrapada. Porque una parte de mí —la parte rota que Sergio había cultivado durante años— ya estaba mojada. Ya esperaba el primer golpe.

El látigo cayó primero. Nueve colas silbando en el aire. El impacto en las nalgas fue como fuego líquido. Grité, pero el grito se me quebró en sollozo. Cada latigazo siguiente era una acusación: “Esto es lo que mereces”. “Esto es lo que siempre has sido”. Lágrimas calientes se corrían por las mejillas, pero no podía secármelas. Rafael se acercó entonces. Cogió el cinturón de cuero de su pantalón. Lo dobló por la mitad.

—Clarita… —dijo bajito, casi con ternura—. Tu padre siempre decía que eras la más lista de la familia. Y mírate ahora.

El primer azote con el cinturón me cortó la respiración. El segundo me hizo arquearme contra las correas hasta que me dolieron las muñecas. Cada golpe era un recuerdo: la barbacoa donde me sentó en sus rodillas a los ocho años, el libro de poemas que me regaló a los quince, la forma en que me llamaba “mi niña” en las llamadas de cumpleaños. Ahora me azotaba el culo hasta dejarlo rojo intenso, y yo gemía, y mi coño se contraía cada vez que el cuero tocaba piel. Me odiaba por eso. Me odiaba tanto que las lágrimas se volvieron rabia.

Don Miguel y Don Carlos se unieron. Uno azotaba mis tetas, haciendo que rebotaran y ardieran. El otro me azotaba el coño directamente: palmadas abiertas, húmedas, que me hacían chorrear contra mi voluntad. “¿Ves? —decía Don Miguel—. Tu cuerpo lo pide”. Y tenía razón. Lo odiaba por tener razón.

Las descargas eléctricas fueron peores. Electrodos en pezones, clítoris, dentro del coño, en el ano. Pulsos bajos que me hacían temblar como si tuviera fiebre. Luego más fuertes. Sacudidas que me arrancaban gritos roncos. Cada descarga era un latigazo interno: “Esto es lo que pasa cuando dejas que Sergio te rompa”. “Esto es lo que pasa cuando dejas que tu padre te vea convertida en esto”. Me corrí con la electricidad, un orgasmo seco y doloroso que me dejó convulsionando, sollozando, suplicando que pararan. Pero no pararon. Porque yo no lo pedía de verdad. Una parte de mí quería que siguiera, quería que el dolor borrara la vergüenza.

El bukkake fue la humillación más limpia. Me arrodillaron en el suelo. Los ocho hombres alrededor. Se masturbaban sobre mí mientras yo mantenía la boca abierta, los ojos cerrados porque no podía mirarles. Semen caliente cayendo en chorros: en la frente, en los párpados, en la lengua, en el pelo. Rafael fue el último. Se corrió apuntando a mi cara, diciendo bajito:

—Esto es por tu padre, Clarita. Dile que su hija traga como una profesional.

Tragué lo que pude. El resto me chorreada por la barbilla, por el cuello, por las tetas. Olía a ellos. Olía a traición. Y yo lloraba en silencio, porque ya no tenía voz.

Los creampies finales fueron el colapso. Me tumbaron en la cama central, piernas abiertas y atadas en alto. Rafael entró primero. Me folló despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo.

—Tu padre me pidió que te cuidara… —susurró mientras empujaba profundo—. Y mírame ahora. Cuidándote.

Se corrió dentro, y sentí el calor llenándome como una sentencia. Don Miguel después: lento, posesivo, gruñendo mi nombre de niña. Don Carlos: brutal, rápido, haciéndome gritar hasta que la voz se me rompió. Uno tras otro. Doce creampies en total. Semen saliendo a borbotones de mi coño, goteando por el culo, manchando las sábanas. Yo ya no gritaba. Solo temblaba. Solo sentía el vacío crecer dentro de mí, un agujero que ya no se llenaba con nada.

Cuando terminaron, quedé hecha un ovillo en el suelo, cubierta de semen, marcas de látigo, lágrimas secas, sudor frío. Sergio se acercó por fin. Me quitó las pinzas, el plug. Me envolvió en una manta como si fuera un niño herido.

Alguien me ayudó a vestirme. Salí al coche tambaleante, con el coño ardiendo, el culo sensible, la cara pegajosa, el alma hecha trizas.

Condujo de vuelta a Madrid en silencio. No lloré más. No podía. Solo sentía una certeza helada: había tocado fondo. No porque me hubieran usado doce personas. No porque Rafael y los amigos de mi padre me hubieran follado mientras recordaban mi infancia. Sino porque, en medio de todo eso, una parte de mí había sentido placer. Y esa parte ya no tenía perdón.

Al llegar a casa, me metí en la ducha y dejé que el agua hirviendo me quemara la piel hasta que doliera más que los recuerdos. Luego me miré al espejo, desnuda, marcada, vacía.

Y por primera vez en años, no sentí deseo. Solo cansancio. Solo ganas de empezar a existir sin que nadie me usara.

Fue una noche de enero, de esas que congelan el aliento dentro del pecho. Sergio me había mirado todo el día con esa calma suya que siempre precedía al abismo.

—Esta noche vas a entregarte del todo, Clara. No solo a mí. A lo que queda de ti cuando yo ya no esté mirando.

No pregunté. Ya había aprendido que las preguntas solo alargaban el sufrimiento.

Llegó a mi piso pasadas las once. Me desnudó en silencio, como quien prepara un sacrificio. Me puso el collar de cuero negro alrededor del cuello —el mismo que usaba cuando me llevaba a los clubs—, pero esta vez apretó más de lo habitual, hasta que sentí el pulso latiendo contra la piel. Me llevó al dormitorio. La cama de hierro ya estaba preparada: cuatro correas de cuero suave colgando de los postes, como si hubieran estado esperando desde siempre.

—Sube.

Obedecí. Me tumbó boca arriba. Ató primero las muñecas, luego los tobillos. Me abrió en cruz, tan expuesta que el aire frío de la habitación me rozaba el coño como una lengua invisible. Sentí cómo mis pezones se endurecían no solo por el frío, sino por el miedo que empezaba a subir desde el estómago.

Entonces sacó el pañuelo de seda negra.

—Los ojos. Confía.

Me vendó. El mundo se volvió negro absoluto. Solo quedó mi respiración, acelerada, entrecortada, y el latido sordo en los oídos. Oí la puerta del piso abrirse. Pasos. Varios. Voces bajas que no reconocí, murmullos, risas contenidas. Olí tabaco caro, colonia fuerte, sudor limpio de cuerpos que ya estaban excitados. Conté al menos cuatro. Quizás cinco. El corazón me golpeaba las costillas como si quisiera escapar.

Sergio se sentó en la silla del rincón. Lo supe porque oí el crujido del cuero.

—Esta noche es para vosotros —dijo con voz serena—. Tocadla. Usadla. Rompedla si queréis. Es mía, pero os la presto. Y yo miro.

Primero fueron las manos. Muchas. Desconocidas. Recorriéndome como si fuera un mapa que acababan de descubrir. Unas ásperas, callosas. Otras suaves, femeninas. Me pellizcaron los pezones hasta que el dolor se volvió eléctrico. Me abrieron los labios del coño con dedos fríos. Entraron sin aviso. Dos. Tres. Curvándose dentro, buscando ese punto que Sergio me había enseñado a odiar y amar al mismo tiempo. Otra boca se cerró sobre mi clítoris y succionó con fuerza, como si quisiera arrancármelo. Me corrí casi de inmediato, gritando, tirando de las correas hasta que me dolieron las muñecas. Lágrimas calientes se filtraron bajo la venda.

Luego bocas. Lenguas por todas partes. Una en mi boca, invadiéndome, saboreándome como si fuera comida. Otra en mis tetas, mordiendo hasta dejar marcas. Una tercera lamiéndome el coño, metiendo la lengua profunda, bebiéndome. Sentí semen ya en los muslos, aunque nadie había eyaculado todavía; era mi propia humedad mezclada con saliva ajena. Alguien me folló la boca: polla gruesa, salada, empujando hasta la garganta. Me atraganté. Me corrí otra vez solo por la humillación, por la sensación de ser un objeto para el placer de los demás, una verdadera puta.

Sergio hablaba de vez en cuando, como un director de orquesta:

—Mirad cómo se abre. Mirad cómo tiembla. Es una puta perfecta. Pero aún no ha llegado al fondo.

Entonces llegó la doble penetración.

Me desataron. Alguien se tumbó en la cama. Me acomodaron sobre el. Una polla gruesa, caliente, que entró en mi coño de un empujón seco. Gemí. Estaba tan mojada que resbaló hasta el fondo sin resistencia, pero sentí cada vena, cada latido. El hombre empezó a follarme con ritmo lento, posesivo, como si quisiera grabarse en mi carne, mientras volvían a atar mis manos al cabecero de la cama. Al mismo tiempo, otro cuerpo se colocó detrás. Lubricante frío en mi ano. Un dedo. Dos. Tres. Preparándome. Luego la polla. Entró despacio, abriéndome centímetro a centímetro, mientras la otra seguía dentro de mi coño.

Las dos pollas se rozaban dentro de mí. Separadas solo por esa pared fina de carne que palpitaba entre ellas. El placer fue tan brutal que se parecía al dolor. Grité. Lloré bajo la venda. Me corrí convulsivamente, apretándolas a las dos, ordeñándolas como si mi cuerpo quisiera tragárselas enteras. Sentía sus huevos golpeándome, sus manos clavándose en mis caderas, sus respiraciones jadeantes mezcladas con la mía. Otra boca me chupaba los pezones, mordiendo hasta que sangraron un poco. Alguien me metió los dedos en la boca. Me corrí otra vez. Y otra. Hasta que los gritos se volvieron roncos, hasta que ya no sabía si estaba viva o si solo era un cuerpo agujereado.

Los dos se corrieron casi al unísono. Uno inundándome el coño con chorros calientes y espesos. El otro llenándome el culo, profundo, hasta que sentí el calor subir por mi vientre. Se apartaron. El semen empezó a gotear, mezclándose, resbalando por mis muslos, por la raja del culo, manchando las sábanas.

Silencio. Solo mi respiración entrecortada, sollozos ahogados.

Sergio se levantó. Se acercó a la cama. Me quitó la venda despacio, con una ternura que me heló la sangre.

La habitación estaba bañada en luz roja tenue. Cuatro cuerpos desnudos alrededor de la cama. Dos hombres y dos mujeres, algunos con máscaras venecianas negras aún puestas. Pero una de las máscaras cayó al suelo cuando el hombre que me había follado por el culo se pasó la mano temblorosa por la cara, sudoroso, exhausto.

Y lo vi.

Era Álvaro.

Mi hermano mayor. Álvaro.

El mismo que me había llevado en brazos cuando me caí de la bici a los siete años. El mismo que me defendía de los chicos del colegio. El mismo que me llamaba “peque” hasta que cumplí dieciocho. El mismo que Sergio invitaba a casa los domingos a comer paella y que me miraba de reojo cuando yo bajaba en pijama corto.

Estaba allí, desnudo, la polla aún semierecta, brillante de lubricante y de mi propio culo. Me miraba fijamente. Sin máscara ya. Sin escapatoria.

En sus ojos vi todo: deseo enfermo, culpa que lo devoraba, horror ante sí mismo. Y algo más oscuro, algo que parecía amor torcido, amor que se había podrido en silencio durante años.

No dijo nada. Solo me miró. Y yo lo miré a él.

Sentí el semen de mi hermano goteándome del culo, mezclándose con el de los desconocidos, caliente, viscoso, obsceno. Sentí cómo mi coño se contraía una última vez, involuntariamente, como si el cuerpo aún quisiera más. Y entonces llegó la náusea. No física. Emocional. Un vacío tan hondo que me dejó sin aire.

Sergio se inclinó sobre mí. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, como si fuera una niña pequeña.

—Bienvenida al fondo de verdad, Clara. Ahora ya sabes quién eres cuando nadie mira.

Álvaro dio un paso atrás. Se tapó la cara con las manos. Oí un sollozo ahogado que salió de su garganta.

Yo no lloré. No podía. Solo sentí que algo dentro de mí se partía en dos, irreversiblemente. No era solo el tabú. Era la certeza de que el amor —el de Sergio, el de Álvaro, el mío propio— siempre había sido una forma de destrucción.

Sergio desató las correas. Me quedé allí tumbada, inmóvil, con el cuerpo lleno de huellas ajenas y familiares. Nadie me tocó ya. Nadie habló.

Álvaro se vistió deprisa y salió sin mirarme. Sergio se quedó hasta el amanecer, fumando en silencio a mi lado.

Y yo, por primera vez en toda mi vida, deseé no haber nacido.

Pasaron tres meses desde aquella noche. Tres meses en que evité mirarme al espejo porque veía los ojos de Álvaro en los míos. Tres meses en que Sergio me llamaba y yo colgaba sin decir nada. Tres meses en que el semen de mi hermano se me había secado en la memoria como una costra que no se quita.

Un jueves de abril, soleado y cruel, fui a casa de mis padres. Sabía que Álvaro estaría allí solo: mis padres habían salido a un entierro en el pueblo. Llamé al timbre con el dedo temblando. Él abrió la puerta en camiseta vieja y pantalones de chándal. Cuando me vio, palideció. Intentó cerrar, pero puse el pie en el marco.

—Tenemos que hablar —dije. Mi voz salió ronca, como si hubiera estado gritando en silencio todo ese tiempo.

Entré. Cerré la puerta detrás de mí. El pasillo olía a café frío y a infancia. Álvaro retrocedió hasta el salón. Se sentó en el sofá donde de pequeños veíamos dibujos. Yo me quedé de pie, mirándolo desde arriba.

—No digas nada todavía —le ordené—. Solo escúchame.

Se tapó la cara con las manos. Temblaba.

—Clara… por favor. Fue… no sé qué me pasó. Sergio me dijo que era una sorpresa, que confiara, que era… anónimo. No supe que eras tú hasta el final. Lo juro.

Mentía. Lo vi en cómo evitaba mis ojos. Lo supe porque en aquella noche, cuando la máscara cayó, no hubo sorpresa en su mirada. Solo reconocimiento culpable. Había sabido desde el principio. O al menos lo había sospechado y no había parado.

Me acerqué. Me senté a su lado. Tan cerca que sentí su calor a través de la tela.

—¿Sabes lo que sentí cuando te vi? —susurré—. Sentí que el mundo se me caía encima. Que mi hermano, el que me protegía, el que me llevaba al colegio, me había follado el culo mientras yo estaba atada y vendada. Sentí asco. De ti. De mí. De Sergio. De todo.

Él sollozó. Un sollozo seco, roto.

—Perdóname. No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos te veo… te oigo gemir. Y me odio. Me odio tanto…

Le cogí la cara con las dos manos. Lo obligué a mirarme.

—Mírame, Álvaro. Mírame bien.

Sus ojos estaban rojos, hinchados. Los mismos ojos que me habían consolado cuando lloraba de niña.

—¿Te acuerdas de cuando me defendiste de aquellos chicos en el parque? —pregunté—. Tenías quince años. Yo ocho. Me abrazaste y me dijiste que nadie me haría daño nunca.

Asintió, lágrimas cayéndole por las mejillas.

—Pues alguien me hizo daño. Tú. Y Sergio. Y yo dejé que pasara.

Me incliné más. Nuestras narices casi se tocaban.

—Ahora soy yo la que decide —dije—. Ahora soy yo la que manda.

Le besé. Fue un beso violento, con dientes. Le mordí el labio hasta que sangró un poco. Él gimió, pero no se apartó. Me devolvió el beso con desesperación, como si estuviera ahogándose y yo fuera el aire.

Me subí a horcajadas sobre él. Sentí su polla endureciéndose bajo el chándal. La misma polla que me había abierto el culo aquella noche. La rabia me quemaba por dentro, pero también el deseo. Un deseo enfermo, prohibido, que me hacía mojarme solo de pensarlo.

Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó libre, dura, venosa, con la punta ya húmeda. La cogí con la mano. La apreté fuerte.

—¿Te acuerdas de esto dentro de mí? —pregunté, casi escupiendo las palabras—. ¿Te acuerdas de cómo me llenaste el culo mientras yo gritaba?

Él cerró los ojos.

—Sí… Dios, sí. No puedo olvidarlo.

Me quité los vaqueros y las bragas. Me puse encima de él. Me abrí los labios del coño con los dedos y me senté despacio sobre su polla. Entró entera de un solo movimiento. Gemí. Dolía un poco, pero era un dolor que necesitaba. Empecé a moverme arriba y abajo, lento al principio, luego más rápido.

—Mírame —le ordené—. Mírame mientras te follo.

Abrió los ojos. Lágrimas y deseo mezclados. Le cogí las manos y se las puse en mis tetas. Las apretó, pellizcó los pezones como aquella noche.

—Dime que me quieres —susurré, acelerando el ritmo—. Dime que siempre me has querido así. Prohibido. Sucio.

—Te quiero… Clara… siempre te he querido. Demasiado. Mal.

Me corrí la primera vez gritando su nombre. Convulsionando sobre él, apretándolo dentro. Él no se corrió. Siguió follándome, empujando desde abajo, desesperado.

Me bajé. Me puse a cuatro patas en el sofá. Abrí las piernas.

—Ahora por detrás —dije—. Como aquella noche. Pero ahora soy yo la que lo pide.

Se colocó detrás. Me lubricó con saliva. Entró en mi culo despacio. Dolor. Placer. Culpa. Todo a la vez. Me folló fuerte, agarrándome las caderas. Yo me masturbaba el clítoris con furia. Nos corríamos juntos, gritando, llorando. Su semen caliente llenándome el culo otra vez, pero esta vez porque yo lo había querido.

Nos quedamos así, jadeando, pegados. Él me abrazó por detrás, como cuando éramos niños.

—No sé qué hemos hecho —susurró.

—Hemos cruzado el último puente —respondí—. Y ya no hay vuelta atrás.

Me levanté. Me vestí sin mirarlo. Antes de irme, le dije:

—No se lo cuentes a nadie. Ni a Sergio. Ni a ti mismo. Esto queda entre nosotros. Pero si alguna vez intentas olvidarlo, recuerda: yo te follé a ti esta vez. Yo te dominé.

Salí. Cerré la puerta. Caminé por la calle con las piernas temblando, el semen resbalándome por los muslos. Y por primera vez en meses, sentí algo parecido al poder.

Pero era un poder envenenado. Y lo sabía.

Pero un día, todo cambio. Sergio me dijo que se iba a casar. Con una mujer de su edad. Con alguien “normal”. Me lo dijo mientras me follaba por detrás, sujetándome las muñecas contra la almohada.

—No llores —susurró cuando notó que las lágrimas caían sobre las sábanas—. Esto no se acaba. Solo cambia.

Pero sí se acabó. O al menos cambió de forma.

Me quedé sola con un cuerpo que ya no sabía cómo vivir sin ser follado de esa manera. Un cuerpo que había aprendido a abrirse, a pedir, a exigir. Un cuerpo que ya no encajaba en las relaciones “normales” de mi edad.

Entonces empezaron las otras edades.

La edad de la rabia. Follé con cualquiera que me mirara dos veces. Con el camarero del bar de abajo. Con la profesora de yoga que tenía los dedos largos y hábiles. La profesora se llama Sara. Tiene treinta y nueve años, cuerpo largo y flexible como un sauce, pelo negro corto con mechas grises prematuras, ojos verdes que parecen ver dentro del alma. Da clases en un estudio pequeño en Chueca, con suelo de madera y espejos en tres paredes. Clara empezó a ir por recomendación de una amiga, buscando “algo que la centrara”. Pero desde la primera clase, cuando Sara le corrigió la postura en downward dog —poniendo una mano firme en su sacro y la otra en la espalda baja, presionando hasta que Clara sintió un calor subir por la columna—, supo que no iba solo por el yoga.

La primera vez fue después de una clase privada que Sara le ofreció “para corregir alineaciones”. Era un martes por la tarde, el estudio vacío. Sara cerró la puerta con llave. Puso música suave, incienso de sándalo. Me pidió que me tumbara en savasana, pero no para relajar: para tocarme.

—Respira profundo, Clara. Siente tu cuerpo. No lo juzgues.

Sus manos empezaron en los pies. Masaje lento, subiendo por las pantorrillas, los muslos. Cuando llegó a la entrepierna, no se detuvo. Deslizó los dedos por encima de las mallas, presionando el monte de Venus. Yo ya estaba mojada. Abrí las piernas sin que me lo pidiera. Ella sonrió, esa sonrisa calmada de quien sabe que ha ganado antes de empezar.

Me bajó las mallas despacio. Me dejó en bragas de algodón blanco, simples, casi infantiles. Las apartó a un lado. Me miró el coño como si fuera una flor que acababa de abrirse.

—Precioso —murmuró—. Tan rosado. Tan abierto ya.

Me lamió despacio. Lengua plana, desde abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para dibujar círculos pequeños. Gemí bajito. Ella metió dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que me hace arquear la espalda. Lo encontró enseguida. Presionó. Me corrí temblando, con las manos en su pelo corto, tirando sin querer.

Después me besó. Su boca sabía a mí. Me quitó la camiseta, el sujetador. Besó mis tetas, mordió pezones hasta que dolieron de placer. Me tumbó boca arriba en la esterilla y se sentó sobre mi cara. Su coño era depilado casi entero, solo una tira fina de vello negro. Olía a sudor limpio y a deseo. Lamí. Metí la lengua profunda. Ella se movió despacio, frotándose contra mi nariz, mi boca. Se corrió gimiendo mi nombre, un gemido largo y ronco que me vibró en el pecho.

Nos vimos así durante meses. Dos, tres veces por semana. A veces en el estudio después de clase. A veces en su casa, un ático pequeño con terraza y plantas por todas partes. Sara era paciente. Me enseñaba a tocarla despacio: dedos en el clítoris, lengua en los labios mayores, succionar sin prisa. Me hacía correrme con solo los dedos, sin penetración, hasta que lloraba de tanto placer suave. Me lamía el culo mientras me masturbaba, metiendo la lengua profunda, haciéndome sentir cosas que ningún hombre me había hecho sentir.

Una noche, en su cama, después de follar durante horas —yo encima, frotándome contra su muslo mientras ella me chupaba las tetas—, me dijo:

—Eres adictiva, Clara. Pero no quiero que seas solo mi alumna.

La besé. Le dije que no sabía ser otra cosa. Que los hombres me habían roto, que Sergio me había usado, que Álvaro me había marcado. Ella me abrazó fuerte.

—Entonces déjame curarte. Despacio.

Y lo intentó. Me llevaba a cenar. Me regalaba libros de poesía erótica. Me hacía masajes sin sexo. Me escuchaba cuando lloraba por las noches, recordando la noche con mi hermano. Me follaba con ternura: dedos entrelazados, besos largos, orgasmos que llegaban como olas suaves en vez de tormentas.

Pero yo no sabía recibir ternura. Me asustaba. Una tarde, después de una clase grupal donde Sara me miró demasiado tiempo mientras corregía mi postura, sentí celos de las otras alumnas. Celos absurdos, infantiles. Esa noche, en su casa, le dije que quería probar algo más fuerte. Le pedí que me atara. Que me usara como Sergio me usaba.

Ella dudó. Pero accedió. Me ató las muñecas a la cabecera con pañuelos de seda. Me abrió las piernas. Me lamió hasta que supliqué. Luego usó un strap-on: negro, grueso, realista. Me folló despacio al principio, mirándome a los ojos. Luego más fuerte. Me corrí gritando, pero en medio del orgasmo empecé a llorar. No de placer. De rabia. Porque incluso con ella, seguía buscando el dolor.

Se apartó. Me desató. Me abrazó.

—No quiero hacerte daño, Clara.

Pero ya era tarde. El daño lo llevaba yo dentro.

La relación duró casi un año. Se fue enfriando. Yo empecé a faltar a clases. Ella dejó de llamarme. La última vez que nos vimos fue en el estudio, una tarde vacía. Me besó despacio, me tocó el pelo.

—Te echo de menos. Pero no puedo ser tu castigo.

Me fui llorando. Nunca volví al yoga.

Sara me enseñó que el sexo con mujeres podía ser tierno, profundo, sin prisas. Que podía haber amor en los gemidos. Pero yo aún no estaba lista para recibirlo. Lo único que sabía era destruir lo que me curaba.

La siguiente aventura digna de recordar fue con un matrimonio de cuarenta y tantos que me invitó a su casa un fin de semana.

Fue un viernes de octubre, de esos en que el aire ya huele a leña quemada y la ciudad se pone gris temprano. El coño aún me dolía de la última vez que Sergio me había follado por detrás, semanas antes de decirme que se casaba. Me dolía porque lo echaba de menos, porque mi cuerpo se había acostumbrado a su ritmo, a su grosor, a la forma en que me abría despacio hasta hacerme gritar. Pero Sergio ya no estaba. Así que cuando Elena —una compañera de la agencia de publicidad, casada con un tipo diez años mayor que ella— me invitó a “pasar el finde en su casa de la sierra, solos los tres, sin compromisos”, dije que sí sin pensarlo dos veces. Quería que me usaran. Quería dejar de pensar.

Llegué el sábado al mediodía. La casa era antigua, de piedra, con vigas vistas y un jardín que olía a romero mojado. Elena me recibió en la puerta con un vestido ligero de algodón blanco que se le pegaba a los pechos grandes y sueltos. Tenía treinta y ocho, el pelo castaño recogido en un moño flojo y una sonrisa que prometía todo sin decir nada. Me besó en la boca directamente, un beso lento, con lengua, como si ya hubiéramos follado antes. Su marido, Javier, apareció detrás. Cuarenta y cinco años, alto, pelo gris en las sienes, manos fuertes de quien ha trabajado con madera. Me miró de arriba abajo y dijo:

—Bienvenida, Clara. Quítate la ropa aquí mismo.

No había nadie más. Solo el viento moviendo las hojas. Me quité la chaqueta, la camiseta, los vaqueros. Me quedé en bragas y sujetador negro. Elena se acercó y me desabrochó el sujetador con dos dedos. Mis tetas cayeron libres, los pezones ya duros por el frío y por la mirada de los dos. Javier se acercó, me cogió una teta con la mano entera y apretó hasta que gemí.

—Buenas tetas —dijo—. Firmes todavía. Vamos a ver el resto.

Elena me bajó las bragas despacio. Se arrodilló y me olió el coño sin tocarlo. Inspiró profundo.

—Huele a deseo acumulado —murmuró—. ¿Cuánto hace que no te follan bien?

—No lo sé —mentí.

Me llevaron al salón. Había una chimenea encendida, una alfombra gruesa delante, un sofá amplio y una mesa baja con copas, una botella de vino tinto y un cuenco de higos maduros. Me tumbaron boca arriba en la alfombra. Elena se quitó el vestido. Tenía el cuerpo maduro, suave, con estrías plateadas en los costados y pezones grandes, oscuros, casi morados. Se sentó a horcajadas sobre mi cara.

—Lámeme —ordenó.

Abrí la boca. Su coño estaba caliente, húmedo, con vello recortado en una tira fina. Sabía a sal y a miel. Lamí despacio al principio, recorriendo los labios mayores, metiendo la lengua entre ellos. Ella se movió encima de mí, frotándose contra mi nariz, mi boca. Gemía bajito, como si rezara. Javier se desnudó mientras miraba. Su polla era gruesa, venosa, más corta que la de Sergio pero más ancha en la base. Se arrodilló entre mis piernas y me abrió con los pulgares.

—Está empapada —dijo—. Mira cómo brilla.

Me metió dos dedos de golpe. Los curvó hacia arriba, buscando ese punto que me hace arquear la espalda. Lo encontró enseguida. Presionó. Grité contra el coño de Elena. Ella se corrió la primera, temblando, soltándome un chorro caliente en la boca que tragué sin pensar. Bajó de mi cara, jadeando, y se tumbó a mi lado para mirar.

Javier me folló entonces. Entró despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada vena. Era tan ancho que me estiraba hasta el límite. Dolía un poco, pero era un dolor bueno, de los que se convierten en placer. Me folló con ritmo constante, profundo, mientras Elena me besaba la boca, me mordía los pezones, me metía los dedos en el culo para abrirme más. Me corrí dos veces así, con él dentro y ella jugando conmigo. La segunda vez grité tan fuerte que creí que los vecinos de la casa de al lado me oirían.

Después me pusieron a cuatro patas. Elena se colocó debajo, boca arriba, y me lamió el clítoris mientras Javier me follaba por detrás. Sentía su lengua rápida contra mi botón hinchado y la polla de él golpeándome el fondo. Me corrí otra vez, convulsionando, mojándole la cara a Elena. Ella se rió.

—Esta chica es una fuente —dijo.

Me hicieron beber vino de sus bocas. Me metieron higos en el coño, uno entero, maduro y blando, y luego lo sacaron para comérselo entre los dos. Javier me lo metió en la boca después, manchado de mí. Lo mastiqué despacio, saboreando mi propio sabor mezclado con la dulzura pegajosa.

Por la tarde me ataron. Usaron cuerdas suaves de algodón rojo. Me pusieron de rodillas, las muñecas atadas a la espalda, los tobillos juntos. Elena me vendó los ojos con un pañuelo negro. Escuché cómo se movían. Sentí manos en mis tetas, en mi culo. No sabía de quién eran. Me metieron un dedo en la boca. Otro en el coño. Otro en el culo. Tres al mismo tiempo. Gemí. Me follaban con los dedos, despacio, sincronizados. Luego oí el sonido de un vibrador. Lo pusieron en mi clítoris, fuerte, sin piedad. Me corrí gritando, temblando tanto que las cuerdas me rozaron la piel.

Me desataron para la cena. Cenamos desnudos en la mesa del comedor. Elena me sentó en su regazo y me dio de comer con los dedos: trozos de queso, jamón, aceitunas. Javier me follaba con la mirada mientras comía. Después de la cena me llevaron al dormitorio principal. Cama grande, sábanas blancas. Me tumbaron boca abajo. Javier me abrió el culo con las manos.

—¿Te han follado por aquí alguna vez bien? —preguntó.

—Sí —susurré—. Pero no como tú.

Me lubricó con saliva y aceite. Entró despacio. Dolor al principio, quemazón. Luego placer. Elena se colocó debajo otra vez, lamiéndome el clítoris mientras él me follaba el culo. Me corrí así, con la polla de él en mi culo y la lengua de ella en mi coño. Javier se corrió dentro, profundo, y sentí el calor llenándome.

Pasamos la noche entera así. Me turnaban. Me follaban los dos a la vez: uno en el coño, otro en la boca. Uno en el culo, otro en el coño. Me hicieron correrme tantas veces que perdí la cuenta. Al final, exhausta, me dejaron dormir entre ellos, con el semen seco en los muslos, el olor de los tres en la piel.

El domingo por la mañana nos duchamos juntos. Me enjabonaron despacio, me besaron bajo el agua. Elena me masturbó suavemente hasta que me corrí una última vez, apoyada en la pared, llorando de puro cansancio y placer.

Cuando me fui, me dieron un beso en la puerta. Elena me dijo:

—Vuelve cuando quieras. Tu cuerpo nos gusta mucho.

Volví al coche temblando. Tenía el coño hinchado, el culo sensible, las tetas marcadas por mordiscos. Pero por dentro sentía algo nuevo: no era solo rabia ya. Era hambre. Hambre de más. Y al mismo tiempo, un vacío que empezaba a doler de verdad.

Esa fue la edad en que aprendí que el placer extremo también puede ser una forma de huir.

La edad del poder. Descubrí que podía volver locos a los hombres. Que bastaba con mirarlos de cierta forma, con hablarles bajito, con dejarles ver un segundo lo que había debajo de la falda. Me tiré al jefe de mi empresa en su despacho, con la puerta sin cerrar. Me follé al novio de mi mejor amiga en el baño de su propia casa mientras ella dormía en la habitación de al lado. Después del fin de semana con Elena y Javier, el vacío no se había llenado; se había hecho más grande, más hambriento. Pero en lugar de huir, empecé a buscar presas. Quería ver cómo se rompían los demás, cómo cedían, cómo traicionaban por mí. Y la primera presa fácil fue Marcos, el novio de Ana.

Ana era mi amiga desde la universidad. La típica chica buena: rubia, risueña, siempre con vaqueros ajustados y camisetas que no enseñaban nada. Marcos era su novio desde hacía tres años. Alto, moreno, con esa barba de tres días que le daba aire de artista frustrado. Trabajaba en una productora de vídeos, fumaba mucho porro y hablaba de cine francés como si lo hubiera inventado él. Ana lo adoraba. Decía que era “el hombre de su vida”. Yo lo había mirado muchas veces en las cenas de grupo, en las fiestas, y siempre había pensado: “Podría tenerlo si quisiera”. Pero hasta entonces no había querido. Hasta entonces.

Fue en una noche de finales de mayo, de esas en Madrid donde el calor ya aprieta y la gente sale a la calle como si huyera de algo. Ana me llamó por la tarde: “Clara, ven a casa esta noche. Marcos ha comprado vino caro y quiere ver una peli. Solo nosotros tres, tranqui”. Dije que sí. Me puse un vestido negro corto, sin sujetador, con la espalda al aire y las tetas marcadas bajo la tela fina. Bragas de encaje negro, tanga mínimo. Me pinté los labios de rojo oscuro. Me miré al espejo y pensé: “Hoy lo rompo todo”.

Llegué a su piso en Malasaña sobre las nueve. Ana abrió la puerta con una sonrisa enorme, me abrazó fuerte. Olía a vainilla y a su perfume barato de siempre. Marcos estaba en el salón, descalzo, con una camiseta vieja y pantalones de chándal grises. Me miró un segundo más de lo normal cuando entré. Vi cómo sus ojos bajaban a mis tetas, subían a mi cara, volvían a bajar. Ana no se dio cuenta; estaba ocupada sirviendo el vino.

Nos sentamos en el sofá: Ana en medio, yo a un lado, Marcos al otro. Pusieron una película de Almodóvar, de esas con mujeres que follan sin pedir permiso. Bebimos. Hablamos. Ana se levantó a por más vino y se fue a la cocina canturreando. Quedamos solos Marcos y yo. Él se giró hacia mí.

—Estás guapísima esta noche —dijo bajito.

Sonreí. Me incliné un poco hacia delante para que viera más escote.

—Gracias. Tú también estás… apetecible.

Se rió nervioso. Miró hacia la cocina. Ana seguía allí. Yo puse la mano en su muslo, justo por encima de la rodilla. No la moví. Solo la dejé allí, caliente, quieta. Él se tensó. No la apartó.

Cuando Ana volvió con la botella, me miró raro un segundo, pero no dijo nada. Se sentó, se acurrucó contra Marcos. Yo seguí con la mano en su muslo. La subí despacio, centímetro a centímetro, mientras Ana hablaba de la película. Llegué a la entrepierna. Estaba duro ya. Palpé la forma gruesa bajo el chándal. Él tragó saliva. Ana no se enteraba.

Me levanté diciendo que iba al baño. Pasé por delante de él, rozándole la polla con la cadera al pasar. En el pasillo, me giré. Él me miró. Le hice un gesto con la cabeza: “Ven”. Entró detrás de mí al baño pequeño, cerró la puerta con pestillo. Ana seguía en el salón, hablando sola con la tele.

No hubo palabras. Lo empujé contra la pared. Me arrodillé. Le bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, con la punta ya húmeda. Olía a hombre excitado, a sudor limpio. Me la metí en la boca entera. Succioné fuerte, moviendo la lengua alrededor del glande. Él gimió bajito, agarrándome del pelo. Le chupé despacio, profundo, hasta que sentí que se ponía rígido del todo. Lo saqué de la boca, lo miré desde abajo.

—No te corras todavía —susurré—. Quiero que me folles.

Me levanté, me subí el vestido hasta la cintura. Me bajé las bragas hasta los tobillos. Me giré, apoyé las manos en el lavabo, abrí las piernas. Él se colocó detrás. Me cogió por las caderas. Entró de golpe. Estaba tan mojada que resbaló hasta el fondo sin resistencia. Gemí. Él me tapó la boca con la mano.

—Shhh… Ana está ahí al lado.

Me folló rápido, fuerte, profundo. Cada embestida me golpeaba el culo contra su pelvis. Sentía su polla abrirme, llenarme. Me corrí casi enseguida, temblando, mordiéndome el labio para no gritar. Él siguió. Me folló el coño como si quisiera castigarme. Luego sacó la polla, húmeda de mí, y la puso en la entrada de mi culo.

—¿Puedo? —preguntó jadeando.

Asentí. Escupió en su mano, me lubricó. Entró despacio. Dolor al principio, quemazón. Luego placer. Me folló el culo mientras yo me masturbaba el clítoris. Me corrí otra vez, apretándolo dentro. Él se corrió dentro de mí, profundo, gruñendo bajito contra mi nuca. Sentí el calor de su semen llenándome el culo.

Nos quedamos así un segundo, jadeando. Luego se apartó. Se subió los pantalones. Yo me limpié con papel, me subí las bragas. Me bajé el vestido. Nos miramos en el espejo. Tenía los ojos brillantes, culpables.

—No se lo digas a Ana —dijo.

Sonreí.

—No lo haré. Pero volverás a pedírmelo.

Salimos del baño como si nada. Ana seguía en el sofá, viendo la película. Nos miró.

—¿Dónde estabais?

—Hablando de la peli —dijo él, sentándose a su lado.

Yo me senté al otro lado. Crucé las piernas. Sentía su semen resbalándome por el interior del muslo, caliente, espeso. Ana se acurrucó contra él. Yo sonreí para mis adentros.

Esa noche, cuando me fui, Marcos me acompañó al portal. Ana se había quedado dormida en el sofá. En la calle, bajo la farola, me besó. Metió la mano bajo mi vestido, me tocó el coño aún hinchado.

—Mañana te llamo —dijo.

Nos vimos muchas veces después. En su coche, en hoteles baratos, en mi casa cuando Ana trabajaba. Cada vez que follábamos pensaba en ella. En cómo confiaba en mí. En cómo yo le robaba lo que más quería. Y eso me ponía más cachonda que nada. Era poder puro: tenerlo dentro de mí mientras ella me mandaba mensajes diciendo “te echo de menos, amiga”.

Pero el poder también quema. Una tarde, después de que me follara en el baño de un bar mientras Ana esperaba fuera, me miré al espejo y vi a una mujer que ya no reconocía del todo. Tenía los labios hinchados, el pelo revuelto, el coño dolorido. Y por primera vez sentí asco. No de él. De mí.

Seguí follándome a Marcos durante meses. Hasta que Ana se enteró. No por mí. Por un mensaje que dejé sin borrar en su móvil. Ella me llamó llorando. Me dijo que nunca más quería verme. Que era una puta. Que había destruido todo.

Y tenía razón.

Pero en esa edad del poder, no me arrepentí del todo. Solo sentí lástima. Por ella. Por él. Y un poco por mí. Porque el poder te hace sentir invencible… hasta que te das cuenta de que lo único que has conquistado es tu propia soledad.

La edad del vacío. Cuando ya nada me bastaba. Cuando necesitaba más manos, más pollas, más lenguas. Fui a una fiesta en una casa de la sierra

La casa estaba en lo alto de la sierra, al final de un camino de tierra que crujía bajo las ruedas del coche. Llegué de noche, pasadas las once, con el motor aún caliente y el corazón latiéndome en la garganta. Había ido sola porque ya no necesitaba compañía para entrar en sitios así. Me había puesto un vestido negro ceñido, sin nada debajo: ni sujetador, ni bragas, solo medias de rejilla y tacones altos que se clavaban en la grava. Al bajar del coche, el frío me mordió los muslos, los pezones se endurecieron al instante bajo la tela fina. Olía a pino, a humo de chimenea y a algo más: a cuerpos excitados que ya llevaban horas calentándose.

La puerta se abrió antes de que tocara. Era una mujer de unos cuarenta, pelo corto platino, tetas grandes y caídas con gracia, tatuaje de una serpiente enroscada en el vientre. Me besó en la boca sin decir nada, me cogió de la mano y me llevó dentro. El salón era enorme: techos altos de madera, chimenea rugiendo, sofás de cuero negro, alfombras gruesas. Había unas veinte personas, todas desnudas ya o semidesnudas. Hombres con pollas a medio camino, mujeres con coños depilados o con vello natural, algunos besándose despacio, otros ya follando en el suelo o contra la pared. Nadie hablaba alto. Solo gemidos bajos, risas ahogadas, el sonido húmedo de lenguas y carne.

Me quitaron el vestido en la entrada. Alguien me bajó la cremallera por detrás, otro me lo sacó por la cabeza. Quedé desnuda en medio del pasillo, con las medias puestas y los tacones. Sentí veinte pares de ojos sobre mí. Mis tetas pequeñas, los pezones oscuros y duros, el coño rasurado con una fina línea de vello negro, los labios ya hinchados porque el trayecto en coche había sido largo y me había tocado pensando en lo que vendría. Alguien me ofreció un porro. Di una calada profunda. El humo me bajó caliente a los pulmones. Luego un trago de ron directo de la botella.

Me llevaron al centro del salón. Había una especie de círculo improvisado en la alfombra grande, rodeado de cojines y mantas. Me tumbaron boca arriba. No hubo presentaciones. Solo manos. Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Dedos abriéndome los labios del coño, explorando. Una lengua en mi clítoris, rápida, experta. Gemí. Cerré los ojos. Cuando los abrí, había un hombre arrodillado sobre mi cara: polla gruesa, venosa, olor a sudor y a jabón. Me la metió en la boca. La chupé despacio, succionando la punta, recorriendo la vena con la lengua. Mientras, otro me follaba el coño. Entró sin condón —las reglas se habían olvidado ya—. Era largo, me llegaba al fondo con cada embestida. Me corrí la primera vez así: con una polla en la boca y otra en el coño, temblando, mojando la alfombra.

No pararon. Me pusieron a cuatro patas. Un tercero me metió la polla en el culo. Dolor al principio, luego placer quemante. Alguien debajo lamiéndome el clítoris. Otro en la boca. Me follaban los tres a la vez. Sentía sus pollas rozándose dentro de mí a través de la pared fina. Gemidos alrededor. Una mujer se sentó en mi espalda, frotándose el coño contra mi piel mientras me mordía el hombro. Perdí la cuenta de los orgasmos. Me corrí gritando, convulsionando, con lágrimas en los ojos porque era demasiado y no suficiente.

Luego el círculo se cerró más. Me dejaron en el centro. Uno tras otro. Conté siete pollas diferentes. Algunos se corrían dentro, otros fuera, en mis tetas, en la cara, en el pelo. Semen caliente resbalándome por la barbilla, por los muslos. Una mujer me lamió el coño lleno de semen ajeno, metiendo la lengua profunda, tragando. Otra me besó, pasándome el sabor mezclado. Me masturbé mientras me follaban, frotándome el clítoris hinchado hasta correrme otra vez, un chorro que salpicó el suelo. Dejaron caer cera derretida de las velas sobre mis pezones, mi vientre, mis labios. Me giraron y también cayó en mi culo. El ardor dejaba círculos rojos alrededor de la cera, y casi me corro solo con eso.

En algún momento me levantaron y me llevaron a una habitación lateral. Allí había espejos en las paredes y en el techo. Me ataron las muñecas a la cabecera de la cama con pañuelos de seda. Dos hombres me abrieron las piernas. Uno me folló el coño, el otro el culo. Ritmo alterno: cuando uno entraba, el otro salía. Sentía sus pollas rozándose dentro, el placer tan intenso que dolía. Una tercera mujer me chupaba las tetas, mordiendo pezones. Me corrí tan fuerte que me desmayé un segundo. Desperté con más gente alrededor. Manos por todas partes. Lenguas. Dedos. Pollas. Perdí la noción del tiempo.

Al final de la noche —o quizás ya era amanecer, no lo sé— me dejaron sola en la alfombra del salón. Estaba cubierta de semen seco, sudor, saliva. El coño hinchado, rojo, palpitando. El culo sensible. Las tetas marcadas con mordiscos. El pelo pegajoso. Me incorporé despacio. Miré alrededor: cuerpos exhaustos durmiendo en sofás, en el suelo, abrazados. Algunos aún follaban despacio, como si no pudieran parar. Yo me levanté, tambaleante. Fui al baño. Me miré en el espejo grande. Tenía semen en la cara, en el pecho, entre las piernas. Ojos rojos. Labios hinchados. Y por primera vez sentí que no era solo vacío: era nada. Un agujero negro que había tragado todo el placer del mundo y seguía teniendo hambre.

Me duché con agua fría. Salí envuelta en una manta. Alguien me ofreció café. Lo bebí en silencio. Nadie hablaba de lo que había pasado. Era normal. Me vestí despacio. Salí al porche. El amanecer era gris, con niebla entre los pinos. El frío me despertó del todo. Subí al coche. Conduje de vuelta a Madrid con las ventanillas bajadas, el aire helado secándome las lágrimas que no sabía que estaban cayendo.

Esa noche había follado con más de diez personas. Me había corrido incontables veces. Pero al llegar a casa, me metí en la cama sola y lloré hasta dormirme. Porque el placer extremo no llena. Solo cava más hondo el hueco.

Y yo ya estaba tocando fondo.

La edad de la verdad empezó con un espejo y un silencio.

Tenía veintiocho años y medio, o quizás veintinueve ya; los cumpleaños se me habían vuelto borrosos, como si el tiempo se midiera en orgasmos en vez de en días. Después de la fiesta en la sierra me pasé tres días en cama, con fiebre baja, el coño hinchado y sensible al roce de la sábana, el culo todavía recordando cada embestida, la piel marcada por dedos, dientes, semen seco que se desprendía en escamas cuando me duchaba. No lloré entonces. Lloré después, cuando intenté volver a la vida normal y me di cuenta de que ya no sabía cómo.

Una tarde de noviembre, gris y húmeda, entré en el baño de mi piso pequeño en Lavapiés. Me quité la ropa despacio, como si cada prenda pesara. Me quedé desnuda frente al espejo grande que había comprado en un rastro para verme entera cuando me vestía para salir a cazar. Pero esa tarde no me vestí. Me miré.

Las tetas seguían firmes, aunque los pezones estaban más oscuros, más grandes, como si hubieran sido usados demasiado. El vientre plano, pero con una fina línea plateada debajo del ombligo que no recordaba haber tenido antes. Los muslos con pequeñas marcas rojas que se desvanecían despacio. El coño… el coño era otro. Los labios mayores hinchados de tanto roce, el clítoris más prominente, casi siempre medio erecto incluso en reposo, como si pidiera atención constante. Y entre las piernas, un olor que ya no era solo mío: era una mezcla de todos los cuerpos que habían estado dentro de mí en los últimos años. Me acerqué más al espejo, abrí las piernas, separé los labios con dos dedos. Vi el interior rosado, brillante, vivo. Y por primera vez no sentí deseo. Sentí curiosidad. ¿Quién era esa mujer que se miraba así?

Me senté en el borde de la bañera. Apoyé la espalda en las baldosas frías. Abrí las piernas del todo. No había nadie mirando. Nadie ordenándome. Nadie esperando que gimiera o que me corriera rápido para pasar al siguiente. Solo yo.

Metí un dedo despacio. No para masturbarme. Para reconocerme. Toqué las paredes internas, suaves, calientes, húmedas sin esfuerzo. Moví el dedo en círculos lentos, sin prisa. Sentí cómo se contraían alrededor, cómo respondían sin que yo les pidiera nada. Metí otro dedo. Presioné ese punto que Sergio me había enseñado a buscar, el que hace que las piernas tiemblen. Pero esta vez no busqué el orgasmo explosivo. Solo sentí. Sentí el pulso ahí dentro, el calor que subía despacio por el vientre, la respiración que se hacía más profunda sin que yo forzara nada.

Cerré los ojos. Pensé en Sergio. En cómo me había abierto la primera vez, en cómo me había hecho suya. Pensé en Elena y Javier, en sus manos expertas, en sus bocas. Pensé en Marcos, en la traición que me había hecho sentir poderosa y miserable al mismo tiempo. Pensé en la sierra, en los cuerpos anónimos, en el semen que me cubría como una segunda piel. Y por primera vez no sentí rabia ni culpa ni hambre. Solo tristeza. Una tristeza limpia, casi tierna.

Abrí los ojos. Seguí moviendo los dedos, pero ahora más suave, casi acariciando. El clítoris se hinchó bajo mi pulgar. No lo froté fuerte. Lo rocé en círculos pequeños, lentos. El placer llegó despacio, como una ola lejana que se acerca sin prisa. Cuando me corrí fue suave, profundo, sin gritos. Solo un suspiro largo, un temblor que me recorrió desde los pies hasta la nuca, y luego lágrimas. Lágrimas calientes que me resbalaron por las mejillas y cayeron sobre mis tetas.

Me quedé allí sentada un rato largo, con los dedos aún dentro, respirando. El espejo se había empañado por el calor de mi cuerpo. Dibujé con el dedo una C en el vaho. Clara. Por primera vez sentí que esa inicial era mía.

Esa noche no salí. No llamé a nadie. Me hice un té, me puse un pijama viejo, me metí en la cama con un libro que llevaba años sin abrir. Leí despacio. Me dormí sin masturbarme otra vez.

Al día siguiente llamé a Sergio.

No había hablado con él desde que me dijo que se casaba. Marqué su número con el corazón en la garganta. Contestó al tercer tono.

—Clara.

Su voz seguía siendo la misma: grave, calmada, con ese deje de guitarra que me ponía la piel de gallina.

—Hola.

Silencio. Los dos sabíamos que no era una llamada para follar.

—Gracias —dije al fin.

—¿Por qué?

—Por enseñarme a ser puta. Por enseñarme a ser libre. Por romperme hasta que aprendí a recomponerme sola.

Otro silencio.

—No te rompí yo, Clara. Te rompiste tú porque querías saber hasta dónde llegaba.

—Tienes razón. Pero me enseñaste el camino. Y ahora quiero caminar sola.

—No me pidas perdón —dijo él—. Ni yo a ti. Solo… cuídate.

—Voy a intentarlo.

Colgué. No lloré. Me sentí ligera, como si hubiera soltado un peso que llevaba años cargando en el pecho.

Desde entonces follé menos. Mucho menos.

Cuando follaba, elegía. Elegía despacio. A veces mujeres que me besaban durante horas, que me lamían como si mi coño fuera lo único que existiera en el mundo. A veces hombres que me miraban a los ojos mientras entraban en mí, sin prisa, sin postureo. A veces sola, en la cama, con la luz encendida, tocándome como si fuera la primera vez.

El cuerpo cambió. Los pezones se volvieron más sensibles, pero ya no tan duros todo el tiempo. El coño se relajó un poco, pero aprendió a contraerse con más precisión, a pedir lo que necesitaba sin gritar. Aprendí a correrme con penetración suave, con solo dos dedos, con una lengua que no tuviera prisa. Aprendí que el orgasmo no siempre tiene que ser un terremoto; a veces es solo un susurro que te recorre entera y te deja en paz.

Tengo treinta y dos ahora.

Sigo follando. Sigo deseando. Pero ya no huyo dentro del sexo. El sexo ya no es mi escape ni mi cárcel. Es solo una parte de mí. Una parte bonita, sucia, contradictoria, viva.

Y por fin, después de tantas edades —la inocencia, la sumisión, la rabia, el poder, el vacío—, creo que estoy empezando a ser Clara de verdad.

No la Clara que Sergio creó. No la Clara que se follaba a medio Madrid para no sentir el hueco. Sino la Clara que se mira al espejo sin miedo, que se toca sin vergüenza, que elige sin culpa.

Y eso, después de todo, es lo más obsceno y lo más hermoso que he aprendido.

Tenía treinta y seis años cuando el fantasma regresó.

Habían pasado once años desde la última vez que vi a Sergio. Once años en los que había reconstruido una vida que parecía normal: un trabajo en una editorial pequeña, un piso luminoso en Lavapiés, amantes ocasionales que nunca se quedaban a dormir, un cuerpo que ya no gritaba pidiendo más. Me había convencido de que la puta estaba muerta, enterrada bajo capas de terapia, libros y mañanas en las que me masturbaba despacio, sin rabia, sin dolor.

Pero los fantasmas no mueren. Solo esperan.

Fue un viernes de octubre, en una librería del centro. Yo buscaba un libro de Almudena Grandes —irónico, ¿verdad?— y él estaba allí, de espaldas, hojeando poesía. Lo reconocí por la nuca, por la forma en que inclinaba la cabeza. Sergio. Más canas en las sienes, más arrugas alrededor de los ojos, pero la misma voz grave cuando se giró y dijo mi nombre.

—Clara.

No fue un grito. Fue un susurro. Como si nunca hubiéramos dejado de hablarnos.

Hablamos como si no pasara nada. Como si no me hubiera atado a una cruz mientras el amigo de mi padre me llenaba de semen. Como si no me hubiera entregado a doce personas para después decirme “esto es el final”. Hablamos del tiempo, del libro que buscaba, de que él ahora vivía en una casa con jardín en las afueras. Me contó que estaba casado desde hacía ocho años. Que tenía una hija de seis, Lucía, que leía cuentos por las noches y que se parecía a él en los ojos.

—Se llama Lucía —dijo, y sonrió con una ternura que me clavó un cuchillo en el estómago.

Intercambiamos teléfonos. “Por si acaso”, dijo él. Yo guardé el contacto con manos temblorosas. Cuando nos despedimos, me dio dos besos en las mejillas, como dos viejos amigos. Olía igual. A tabaco negro y a madera vieja. A todo lo que me había roto.

Volví a casa rota. Me metí en la ducha y lloré bajo el agua caliente hasta que me ardía la piel. Me miré en el espejo empañado y vi a la Clara de veinticinco años otra vez: la que suplicaba, la que se corría mientras la humillaban, la que nunca había aprendido a decir basta. La puta no estaba muerta. Solo dormía.

Esa misma noche descargué Tinder. No quería ternura. No quería conversaciones. Quería que alguien me recordara quién era de verdad.

Omar apareció esa misma madrugada. Perfil sencillo: foto en blanco y negro, barba cuidada, ojos oscuros, treinta y ocho años, musulmán practicante, ingeniero. Su mensaje fue educado, casi tímido: “Me gusta tu sonrisa en la foto. ¿Te apetece charlar?”.

Quedamos al día siguiente en un bar discreto. Era más alto de lo que imaginaba, hombros anchos, manos grandes pero suaves. Hablamos de libros, de viajes, de que él rezaba cinco veces al día pero que no juzgaba a nadie. Parecía light. Dulce. Me tocó la mano por encima de la mesa y yo sentí un calor extraño, casi inocente.

Subimos a mi piso. El sexo empezó normal. Casi tierno. Me besó despacio, me quitó la ropa con respeto, me lamió los pezones como si fueran algo sagrado. Su polla era enorme —más gruesa y larga de lo que había visto en años—, pero la usó con cuidado al principio. Entró en mi coño despacio, mirándome a los ojos, susurrando en árabe palabras que no entendía pero que sonaban a caricia. Me corrí suave, casi con sorpresa. Pensé: “Quizás esto sea lo que necesito ahora. Alguien que no me rompa”.

Pero yo le había dicho la verdad antes de subir: “No necesito ternura, Omar. Quiero que me folles de verdad. Sin piedad”.

Él sonrió. Una sonrisa que cambió todo.

Se apartó un segundo. Me giró boca abajo. Me abrió las piernas con fuerza. Escupió en mi culo sin preguntar. Sentí su polla enorme presionando contra mi ano. Intenté relajarme, pero era demasiado grande.

—Espera… —susurré.

No esperó. Empujó. Brutal. De un solo golpe seco entró hasta el fondo. Grité. Dolor puro, desgarrador. Me sujetó las muñecas contra la almohada con una mano mientras con la otra me tapaba la boca.

—Dijiste que no querías ternura —gruñó en mi oído, con un acento que de pronto sonaba más duro—. Pues ahora te voy a dar lo que pediste.

Me sodomizó sin piedad. Cada embestida era un martillo. Su polla me abría, me rompía, me llenaba hasta que sentía que iba a partirme en dos. Me follaba el culo como si me odiara, gruñendo en árabe palabras que ahora sí entendía el tono: puta, zorra, mía. Me corrí contra mi voluntad, un orgasmo seco y violento que me hizo chorrear sobre las sábanas. Él no paraba. Me levantó las caderas, me folló más profundo, más rápido. Al final se corrió dentro, chorros calientes y abundantes que sentí inundándome el intestino.

Se apartó. Me dejó allí, temblando, con el culo abierto, semen goteando, lágrimas en la cara. Me miró un segundo, casi con lástima.

—Pediste que no fuera tierno —dijo mientras se vestía—. avísame si quieres repetir.

Se fue.

Y la puta volvió.

Me quedé en la cama horas, con el culo ardiendo, el coño palpitando, el sabor de la humillación en la boca. Me masturbé pensando en él, en Sergio, en Rafael, en todos. Me corrí otra vez, gritando el nombre de Sergio sin darme cuenta.

Su sombra volvía a planear sobre mí. El teléfono con su número guardado brillaba en la mesilla. La niña de seis años, la mujer que lo esperaba en casa, la vida que él había construido lejos de mí… todo eso solo hacía que lo deseara más.

La Clara buena estaba muerta otra vez.

Y la otra… la que se dejaba romper, la que pedía más, la que nunca había dejado de pertenecerle a Sergio… acababa de despertar.

 

Volví a llamar a Omar esa misma semana. Tres veces en diez días. Cada llamada era más corta, más urgente. “Ven”, le decía con la voz ya rota. Y él venía. O yo iba. Y cada vez el sexo se volvía más duro, más animal, más sin piedad.

La segunda vez fue en mi casa, dos días después. Nada de besos. Nada de caricias. Me empujó contra la pared nada más entrar, me bajó los pantalones y me folló el coño de pie, brutal, sujetándome el cuello con una mano mientras me mordía el hombro hasta dejarme la marca de sus dientes. “¿Esto es lo que quieres, puta?”, gruñía en mi oído con ese acento que ahora sonaba a amenaza. Me corrí gritando, pero él no paró. Me giró, me puso de rodillas y me folló la boca hasta que vomité saliva y me corrió por la garganta. Luego me sodomizó en el suelo del salón, sin lubricante, solo con su saliva y mi propia humedad. Me dejó el culo rojo, abierto, goteando. Cuando se fue, me quedé temblando en el suelo, masturbándome con los dedos llenos de su semen, odiándome y deseando más.

La tercera vez fue peor. Fui a su piso. Me recibió con una sonrisa fría. Me ató las muñecas a la cabecera de la cama con su cinturón. Me tapó los ojos con un pañuelo negro. Y entonces empezó el castigo. Me azotó el culo con la mano abierta hasta que lloré. Me metió tres dedos en el coño y dos en el culo al mismo tiempo, moviéndolos como si quisiera romperme por dentro. Me folló el ano durante casi una hora, cambiando de ritmo: lento y profundo, luego salvaje y rápido, sacándola entera y volviéndola a meter de golpe. Me corría una y otra vez, convulsionando, suplicando que parara y que no parara nunca. Al final me corrió dentro del culo, me quitó la venda y me obligó a mirarlo mientras me decía: “Cada vez que me llames, voy a follarte más fuerte. Hasta que me pidas que pare de verdad”. No pedí que parara.

La cuarta llamada fue la que lo cambió todo.

Era un sábado por la mañana. Le escribí a las nueve: “Voy a tu casa. Ahora”. Llegué a las diez y media. Omar abrió la puerta con esa sonrisa que ya no era dulce. Dentro del salón había tres hombres más. Tres musulmanes como él, de treinta y tantos, barba cuidada, cuerpos fuertes. Uno alto y delgado, otro corpulento con manos enormes, el tercero más joven, con ojos negros que brillaban de anticipación. Omar cerró la puerta con llave.

—Te dije que cada vez sería más fuerte —murmuró—. Hoy vas a ser nuestra todo el día. Y vas a durar.

No me dio tiempo a responder. Me desnudaron entre los cuatro. Me pusieron de rodillas en el centro del salón. El primero (el alto) me metió la polla en la boca mientras Omar me sujetaba el pelo. Los otros dos me abrieron las piernas y empezaron a tocarme: dedos en el coño, en el culo, pellizcando pezones, mordiendo el interior de los muslos. Me follaban la boca por turnos, profundo, hasta la garganta, haciendo que me corriera saliva por la barbilla.

Luego me tumbaron en la mesa del comedor, boca arriba, con las piernas abiertas y atadas a las patas con cuerdas. Omar sacó una bolsita. Polvo blanco. Tres rayas perfectas sobre la mesa, al lado de mi cabeza.

—Esto te va a mantener abierta todo el día —dijo—. No queremos que te canses pronto.

Me obligaron. Me taparon una fosa nasal y me hicieron esnifar la primera raya. El segundo hombre me sujetaba la cabeza. La coca me subió como un fuego blanco por la nariz, directo al cerebro. El corazón se me aceleró. Todo se volvió más intenso, más eléctrico. La vergüenza desapareció. Solo quedó hambre.

Empezaron a usarme.

Omar me folló el coño primero, brutal, sujetándome las caderas. El alto me follaba la boca. El corpulento me metía dos dedos en el culo mientras me azotaba las tetas. El joven me pellizcaba el clítoris con fuerza. Me corrí casi enseguida, gritando alrededor de la polla que tenía en la boca, chorreando sobre la mesa.

Cambios constantes. Me pusieron a cuatro patas en el suelo. Doble penetración: Omar en el coño, el corpulento en el culo. Sus pollas se rozaban dentro de mí, gruesas, venosas, implacables. El alto me follaba la boca. El joven me grababa con el móvil. Me corrí otra vez, convulsionando, apretándolos a los dos. Me llenaron los dos a la vez: semen caliente inundándome el coño y el culo.

Luego triple. Me sentaron encima de Omar, su polla enorme en el coño. El alto entró en mi culo. El joven me metió la polla en la boca. El corpulento me masturbaba el clítoris con dos dedos mientras me azotaba las tetas. Me follaban los tres al mismo tiempo, sincronizados, como si hubieran ensayado. La coca me mantenía despierta, sensible, insaciable. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Lloraba, gemía, suplicaba “más, más”, mientras ellos se reían y me llamaban puta, zorra blanca, esclava.

Me usaron durante horas. En la mesa, en el sofá, contra la pared, en la ducha. Me follaban el culo uno detrás de otro, sin descanso. Se corrían en la cara, en las tetas, dentro del coño, dentro del culo. Me obligaron a esnifar otra raya a mediodía, cuando empecé a flaquear. La tercera a las cinco de la tarde, cuando ya tenía el cuerpo lleno de semen seco, el coño y el culo hinchados y rojos, las rodillas destrozadas.

Al final del día, cuando ya estaba casi sin voz, me tumbaron en la cama. Los cuatro a la vez. Uno en la boca, uno en el coño, uno en el culo, el cuarto masturbándose sobre mis tetas. Me llenaron otra vez. Me dejaron allí, hecha un desastre: semen por todas partes, marcas de manos y dientes, ojos rojos, corazón latiendo a mil por la coca.

Omar se acercó al final. Me acarició el pelo con algo parecido a ternura cruel.

—Puedes volver cuando quieras —dijo—. La próxima vez traeremos más amigos.

Salí de su casa a las nueve de la noche. Tambaleante. Con el coño y el culo ardiendo, semen resbalándome por las piernas, la cabeza explotando por la coca y el placer. Me metí en el coche y conduje hacia casa con las manos temblando en el volante.

Y entonces lo sentí.

La puta había vuelto del todo. Más fuerte que nunca.

Y la sombra de Sergio… Sergio, el hombre casado con una hija de seis años… volvía a planear sobre mí más pesada que nunca.

Porque ahora sabía que, si lo llamaba, él también me rompería otra vez. Y yo ya no quería parar.

No sé cómo llegué allí. O quizás sí lo sé, pero mi mente se niega a reconstruirlo entero porque duele demasiado.

La última vez que fui a casa de Omar fue un jueves por la tarde, justo cuando empezaba el Ramadán. Él me había escrito por la mañana: “Ven esta noche. Trae hambre”. Yo ya no preguntaba. Fui con el cuerpo anticipando el castigo, con el coño ya húmedo solo de pensar en su polla gruesa abriéndome sin aviso. Llegué a su piso a las nueve. Me recibió con la misma sonrisa fría de siempre, pero había algo diferente: más hombres en el salón. Cinco, seis, quizás más. No conté. Me desnudaron en la entrada. Me pusieron de rodillas. Me ofrecieron un vaso de agua con algo disuelto que sabía raro, pero bebí porque tenía sed y porque ya no sabía decir no.

Después de eso, todo se volvió borroso. Recuerdo manos por todas partes, pollas en mi boca, en mi coño, en mi culo. Recuerdo que me ataron a una mesa baja, que me follaban dos al mismo tiempo en el coño mientras otro me sodomizaba. Recuerdo el sabor de semen mezclado con algo químico en la garganta. Recuerdo que me corrí tantas veces que empecé a convulsionar, que perdí el control de la vejiga y me meé encima mientras me follaban. Y luego… nada. Oscuridad.

Desperté en un sótano. Frío. Oscuro. Olía a humedad, a sudor viejo, a incienso barato y a semen seco. Estaba tumbada en un colchón sucio en el suelo, desnuda, con las muñecas atadas a una tubería con cinta americana. El cuerpo me dolía entero: tetas marcadas con mordiscos, muslos con moretones en forma de dedos, coño y culo hinchados y abiertos como si nunca fueran a cerrarse. Tenía sed. Tenía náuseas. Tenía miedo.

Oí voces arriba. Árabe. Risas bajas. Pasos en la escalera. Bajaron varios. Omar fue el primero. Me miró desde arriba, sin emoción.

—Bienvenida al Ramadán, puta. Aquí todos ayunan de día. De noche… se alimentan de ti.

No era su piso. Era una casa grande, comunitaria, en algún barrio periférico de Madrid donde vivían más de treinta hombres: inmigrantes, estudiantes, trabajadores, todos musulmanes practicantes que durante el día rezaban, ayunaban, trabajaban. De noche, cuando rompían el ayuno, bajaban al sótano. Y yo era el postre.

La primera noche fueron doce. Me desataron solo para ponerme a cuatro patas en el centro del colchón. Me follaban por turnos. Uno en la boca, uno en el coño, uno en el culo. A veces dos en el coño al mismo tiempo: pollas gruesas, venosas, empujando juntas, estirándome hasta que gritaba y lloraba. Una vez llegaron a meterme dos en el coño y una en el culo mientras otros dos me follaban la boca a la vez, alternando, metiéndomela hasta la garganta hasta que vomitaba bilis y saliva. Se corrían dentro, fuera, en la cara, en el pelo. Me obligaban a tragar lo que podía. Me dejaban allí, goteando, y subían a rezar o a comer. Volvían al cabo de una hora. Y otra vez.

Las noches siguientes fueron peores. Más hombres. Veinte, veinticinco, treinta. Algunos solo miraban y se masturbaban sobre mí. Otros me usaban con rabia, como si yo fuera el culpable de todos sus deseos reprimidos durante el día. Me ataban a una cruz improvisada con tubos y me azotaban con cinturones antes de follarme. Me metían botellas, dedos, lo que tuvieran a mano. Una noche me pusieron de rodillas en círculo y me hicieron una bukkake masiva: treinta pollas eyaculando sobre mi cara, mi pelo, mis tetas. Semen espeso, caliente, que me entraba en los ojos, en la boca, que me ahogaba. Tragué hasta que me dolió la garganta.

Mi cuerpo se rompió poco a poco. El coño ya no se cerraba: los labios mayores hinchados, rojos, colgando. El culo lo mismo: un agujero abierto, sensible, que dolía con el roce del aire. Sangraba un poco cada vez que me penetraban profundo. Tenía fiebre. Tenía escalofríos. Tenía alucinaciones: veía a Sergio en las sombras, fumando, mirando impasible. Veía a Rafael, a mi padre, a Álvaro. Todos mirándome con lástima y desprecio.

La última noche —creo que fue la séptima— me dejaron sola en el colchón. Ya no bajaban tantos. Se habían cansado. Me miraban como se mira un juguete roto. Omar bajó al final, solo. Me desató las muñecas. Me miró un segundo.

—Te hemos usado bien —dijo—. Ahora vete.

Me ayudó a levantarme. Me dio una camiseta vieja y unos pantalones que olían a otro hombre. Me llevó en coche hasta cerca de mi barrio. Me dejó en una calle oscura. No dijo nada más.

Caminé a casa descalza, con el cuerpo destrozado. Cada paso dolía: el coño rozaba contra la tela, el culo ardía, las tetas me pesaban de tanto semen seco. Llegué al portal temblando. Subí las escaleras apoyándome en la pared. Entré en mi piso y me derrumbé en el suelo del baño.

Me miré en el espejo roto que tenía en la pared. Cara hinchada, ojos rojos, pelo pegajoso de semen seco. Cuerpo marcado con moretones, mordiscos, arañazos. Coño y culo abiertos como heridas que no cicatrizan.

Lloré. No de dolor físico. De vacío absoluto.

La puta había tocado fondo otra vez. Más profundo que nunca.

Y Sergio… Sergio seguía allí, en mi cabeza, susurrando: “Esto es lo que eres. Siempre lo has sido”.

No lo llamé esa noche. Pero sabía que lo haría. Porque ahora ya no había nada que perder.

Solo más oscuridad.

Tardé exactamente un mes en poder caminar sin que me doliera el coño y el culo al rozar con la ropa interior. Treinta días de silencio, de duchas de agua hirviendo que no conseguían quitarme el olor a semen seco y a sudor ajeno, de noches en las que me despertaba gritando porque soñaba que treinta pollas seguían follándome sin parar. El cuerpo se recuperó despacio: los labios mayores volvieron a su sitio, aunque quedaron más gruesos, más oscuros, como si hubieran envejecido diez años en una semana. El ano se cerró, pero seguía sensible; cualquier roce me hacía saltar. Psicológicamente… eso fue otra cosa. No salía de casa. No contestaba mensajes. Me masturbaba compulsivamente, pero sin placer, solo para sentir que aún controlaba algo.

Entonces me llamó Lola. Una prostituta que había conocido en la época de Sergio, de esas que trabajaban en los clubs privados y que nunca preguntaban nombres. Me dijo que unos ricachones —“gente muy seria, muy discreta, con dinero que quema”— buscaban chicas para una “super fiesta” en una finca en las afueras de Segovia. Cinco chicas para más de cincuenta invitados enmascarados, hombres y mujeres. “Es heavy, Clara. Muy heavy. Pero pagan diez mil euros por cabeza y te recogen y te traen de vuelta. ¿Te apuntas?”.

Le dije que sí sin pensarlo dos veces. La puta que dormía dentro de mí abrió los ojos de golpe. Quería que me rompieran otra vez. Quería sentir que aún podía llegar más abajo.

La finca era un palacio moderno escondido entre pinos. Llegamos las cinco en una furgoneta negra con cristales tintados. Nos desnudaron nada más entrar, nos pusieron collares con números y nos llevaron al sótano enorme: paredes negras, luces rojas, aparatos que parecían sacados de una película de terror. Cincuenta y tres personas enmascaradas ya esperaban, sentadas en semicírculo. Mujeres con látigos, hombres con pollas fuera, todos en silencio.

La primera noche fue solo presentación. Nos ataron a cinco cruces de San Andrés. Empezaron con electricidad. Cables finos conectados a una máquina. Electrodos en pezones, clítoris, labios mayores, interior del coño, ano. Pulsos bajos al principio: hormigueo que te hacía gemir. Luego más fuertes. Sacudidas que te arqueaban el cuerpo entero, que te hacían chorrear sin control, que te arrancaban gritos roncos. Yo me corrí la primera vez con la electricidad sola, convulsionando, orinándome encima mientras una mujer enmascarada subía la intensidad y se reía.

El piercing de pezones fue al segundo día. Nos tumbaron en mesas de acero. Un médico enmascarado —o alguien que parecía médico— nos perforó los pezones con agujas gruesas sin anestesia. El dolor fue blanco, cegador. Sangré. Me pusieron aros de acero inoxidable gruesos, con cadenas que colgaban. Cada movimiento tiraba de ellos y me hacía gritar.

Luego las inyecciones salinas. Jeringas enormes llenas de suero fisiológico. Nos inyectaron en los labios mayores —dos, tres, cuatro jeringas por lado— hasta que se hincharon como globos, enormes, rojos, colgando entre las piernas como carne deformada. En las tetas igual: inyecciones directas en cada pecho hasta que quedaron hinchados, tensos, grotescos, con los pezones perforados apuntando hacia arriba. No podía cerrar las piernas. Caminar era imposible. Me sentía un monstruo sexual, un objeto hinchado y listo para ser usado.

Las bombas de vacío fueron lo peor. Grandes campanas de cristal conectadas a una máquina potente. Nos succionaron los pezones ya perforados durante horas: los pezones se estiraron hasta quedar largos, deformes, morados, como tetillas de vaca. Luego el clítoris. La bomba más grande. Me succionaron el clítoris hasta que se hinchó como una pequeña polla, rojo oscuro, palpitante, sensible al roce del aire. Cuando quitaron la bomba, el clítoris quedó deformado, colgando, tan hinchado que cualquier roce me hacía correrme de dolor.

Durante siete días enteros fuimos objetos. Nos usaban en turnos. Nos follaban en todas las posiciones posibles mientras las máquinas seguían trabajando: electricidad constante en bajo voltaje, bombas de vacío puestas y quitadas, inyecciones nuevas cada doce horas para mantenernos hinchadas. Nos azotaban con látigos de cuero, con varas, con fustas. Nos metían puños enteros en el coño hinchado y en el culo. Nos obligaban a corrernos delante de todos mientras nos grababan. Comíamos y bebíamos de cuencos en el suelo, como perras. Dormíamos atadas, con vibradores enormes dentro que no paraban nunca.

La séptima noche, cuando ya estábamos destrozadas —coños y culos como heridas abiertas, tetas y labios deformes, cuerpos cubiertos de semen seco, moretones y sangre seca—, Rafael se acercó. Llevaba máscara, pero lo reconocí por la voz, por la forma en que caminaba. Se quitó la máscara despacio.

—Clarita… —murmuró—. Sigues siendo la mejor.

Y entonces se acercó otro hombre. Alto, canoso, con la misma postura recta que yo había visto toda mi vida. Se quitó también la máscara.

Era mi padre.

El impacto fue físico. Sentí que el suelo desaparecía. El corazón se me paró. El mundo se volvió negro. “Papá…” fue lo último que dije antes de desmayarme.

Desperté tres días después en una clínica privada de lujo en las afueras de Madrid. Habitación blanca, aséptica, con vistas a un jardín. Tenía suero en el brazo. Las tetas y los labios ya deshinchados, pero aún sensibles, con los aros de acero aún puestos. El clítoris seguía deformado, más grande de lo normal. El cuerpo lleno de hematomas que empezaban a amarillear.

Mi padre estaba sentado en una silla al lado de la cama. Sin máscara. Con los ojos rojos de haber llorado. Rafael estaba de pie detrás, con cara de circunstancias.

—Clara… —dijo mi padre con voz rota—. Lo sé todo. Desde hace años. Sergio me lo contó hace mucho. Y Rafael… Rafael me invitó a ver. Quería que viera en qué te habías convertido. Para que pudiera… ayudarte.

No pude hablar. Solo lloré. Lágrimas silenciosas que me resbalaban por las mejillas.

Mi padre me cogió la mano.

—Te vamos a internar, hija. En una clínica especializada en… adicciones y traumas sexuales. Es lo mejor. Seis meses mínimo. Terapia intensiva, aislamiento, medicación. Nadie te va a tocar. Nadie te va a usar. Vas a salir limpia.

Miré a Rafael. Él bajó la mirada.

—Esto es por tu bien, Clarita —dijo bajito.

Dos enfermeros entraron. Me pusieron una inyección en el brazo. Empecé a sentirme pesada, lejos.

Mientras me dormía, vi la cara de Sergio en el techo blanco. Sonriendo. Fumando. Impasible.

Y supe que, aunque me internaran, aunque me borraran la memoria, aunque me curaran el cuerpo… la puta nunca iba a morir del todo.

Porque yo ya no era Clara.

Era lo que Sergio había creado.

Y lo que mi padre acababa de ver con sus propios ojos.

La puerta de la habitación se cerró con llave.

Y yo me hundí en un sueño negro, profundo, donde ya no había fondo.

Solo silencio.

Y la certeza de que, cuando saliera, volvería a buscarlo todo otra vez.

Porque eso era lo único que sabía hacer.

EPILOGO

Salí de la clínica después de ocho meses. El tiempo se estiró porque no cooperaba del todo: las noches en que me despertaba sudando, con el cuerpo recordando cada perforación, cada inyección, cada polla que me había abierto hasta el fondo. Los terapeutas hablaban de “adicción al trauma sexual”, de “disociación”, de “reparación del yo fragmentado”. Yo asentía. Tomaba las pastillas. Hacía las sesiones de grupo. Pero en el fondo sabía que no se repara lo que nunca estuvo entero.

Cuando me dieron el alta, tenía treinta y siete años. El cuerpo había vuelto casi a la normalidad: los pezones ya no colgaban deformes, el clítoris había reducido su tamaño grotesco, los labios mayores se habían retraído aunque seguían más gruesos, más sensibles. Las cicatrices eran internas. Caminaba erguida, vestía ropa normal, sonreía en el trabajo. Pero cada vez que me tocaba en la ducha —despacio, sin prisa— sentía la sombra. No era placer. Era reconocimiento. La puta seguía ahí, respirando bajito, esperando.

No volví a ver a mi padre. Me envió cartas que no abrí. Rafael desapareció de mi vida como si nunca hubiera existido. Sergio… Sergio me mandó un mensaje una sola vez, tres meses después del alta. “Lucía pregunta por la tía Clara que leía cuentos. ¿Quieres venir algún día?”. Lo leí tres veces. Luego borré el número. No respondí. No porque lo odiara. Sino porque si lo veía, si olía su colonia vieja, si veía sus manos grandes, sabía que me arrodillaría sin que me lo pidiera. Y ya no quería ser su alumna. Quería ser mía, aunque fuera a medias.

Omar nunca volvió a escribirme. Supongo que encontró otra puta para romper durante el Ramadán. O quizás se cansó de que yo no pidiera clemencia.

Ahora vivo sola. Trabajo desde casa. Salgo poco. Cuando me masturbo —porque lo hago, todas las noches—, no pienso en los treinta hombres del sótano, ni en las bombas de vacío, ni en las inyecciones que me hincharon como un globo obsceno. Pienso en la primera noche con Sergio. En cómo me miró cuando me quitó la camiseta y dijo: “Eres preciosa, Clara. Pero no lo sabes todavía”. Pienso en cómo me abrió despacio, con ternura cruel, y me hizo creer que el placer era un regalo que él me daba.

Y me corro suave, casi con tristeza. Porque ya no busco el fondo. Solo busco recordar quién era antes de que él me enseñara a caer.

A veces, en el espejo del baño, veo a la niña que fui. Y a la puta que soy. Y a la mujer que quizás algún día sea.

No sé si llegaré a ser esa última. Pero por primera vez en mi vida, no tengo prisa por romperme otra vez.

Solo tengo prisa por existir.

Sin máscaras. Sin espejos infinitos. Sin collares.

Solo yo.

Y aunque la puta siga respirando bajito en mi interior, ya no manda.

Al menos… no siempre.

Fin.