Capítulo 4
Sentido del olfato
José caminaba entre los arbustos secos que arañaban sus pantalones, sintiendo el peso de la llave de Daniel en el bolsillo. Estaba lejos de la ciudad, en un silencio solo roto por el crujir de las ramas. La casa abandonada se erguía frente a él como un cadáver de madera y piedra. Al insertar la llave, un panel numérico oculto cobró vida con un pitido electrónico. José marcó el código y, con un suspiro hidráulico, la puerta se abrió.
El interior era una ruina: polvo, muebles destrozados y olor a humedad. José recorrió las habitaciones, impaciente, hasta que sus ojos dieron con la lámpara del techo. De ella colgaba una correa vieja de encender la luz. Tiró con fuerza y el suelo vibró; un pasadizo secreto se reveló ante sus pies.
Al bajar por las escaleras de madera que gemían bajo su peso, la linterna de su celular iluminó una pared de piedra sin salida. Pero José ya conocía los trucos de su cliente. Tanteó la roca hasta que un botón mecánico cedió bajo su mano. La pared se deslizó, dejando ver un laboratorio metálico de alta tecnología, un búnker de acero brillante en medio de la tierra.
Sobre una mesa de acero, vio los dispositivos: pequeñas bombas que parecían simples llaveros. Guardó una en su bolsillo, pero su verdadero premio estaba a un costado. El maletín de cuero negro contenía un millón de dólares en efectivo. Por un momento, José olvidó el drama con Tamara; ese dinero era su libertad, o quizás el precio de su alma.
Tras esconder el botín en su despacho y lavar su camioneta para borrar cualquier rastro de barro del bosque, José regresó a casa. La cena con Tamara fue un ejercicio de hipocresía pura.
—Me alegra que ese criminal de Daniel se pudra en la cárcel —dijo Tamara, cortando la carne con tranquilidad—. No tenés nada que reprocharte, hiciste lo que pudiste como abogado.
José la miró fijamente, masticando en silencio.
—Tenes razón, amor—respondió José con una sonrisa gélida—. Por suerte, ya me pagaron lo que me debían. Mañana firmo lo papeles y ya se termina todo
Al otro dia el jefe de policía Alejandro duarte estaba en su oficina y en frente de el las oficiales Sabrina córtese, y Cintia Gómez
Duarte dejó unos papeles sobre la mesa y las miró por encima de sus anteojos.
—Me han llegado sus quejas, y no solo a mí, sino también al Ministerio —empezó Duarte con voz ronca—. Dicen que esta fuerza es anacrónica, que por ser mujeres se las relega a tareas administrativas o patrullajes de baja intensidad. Dicen que no se les permite demostrar que tienen el mismo cuero que cualquier oficial hombre para los operativos de alto riesgo.
Sabrina dio un paso al frente, sin bajar la mirada.
—Así es, Comisario —respondió con firmeza—. Tenemos el mismo entrenamiento, las mismas calificaciones y, me atrevo a decir, más disciplina que muchos de nuestros compañeros. No queremos privilegios, queremos las misiones que realmente importan.
Duarte soltó una risa seca y miró a Cinthia.
—¿Usted piensa lo mismo, Oficial Gómez? ¿Está preparada para lo que el barro y la calle realmente exigen?
—Con total convicción, señor —contestó Cinthia sin dudar—. Denos la oportunidad y le demostraremos de qué estamos hechas.
Duarte guardó silencio unos segundos, tamborileando los dedos sobre el escritorio. Finalmente, suspiró y se reincorporó en su silla.
—Bien. El Ministerio quiere resultados y ustedes quieren una oportunidad. Se las voy a dar. Esta tarde trasladamos a Daniel Carrasco. Es un pez gordo, un científico vinculado a la mafia, y hay que llevarlo a la unidad penal de Alta Barrosa. Es un trayecto largo por rutas secundarias.
Las dos oficiales intercambiaron una mirada de determinación. Era una misión de custodia de alto perfil.
—Ustedes dos irán en el patrullero principal con el detenido —continuó Duarte—. Pero no estarán solas. Habrá una unidad de apoyo con dos compañeros escoltándolas unos metros atrás para asegurar el perímetro. Si entregan a Carrasco en Alta Barrosa sin incidentes, personalmente me encargaré de que sus nombres encabecen la lista para los próximos operativos del grupo especial. Tendrán el respeto que tanto piden y, según dicen, se merecen. ¿Aceptan?
—Entendido, señor —dijeron ambas al unísono, sintiendo el peso de la responsabilidad
La sala de visitas de la prisión era un cubículo asfixiante con olor a desinfectante. José estaba sentado frente a Daniel, tratando de mantener la compostura. El abogado se acomodó los lentes y, tras asegurarse de que el guardia de la puerta estaba distraído mirando su reloj, se inclinó hacia adelante.
—Todo está listo, Daniel —susurró José, su voz era un hilo apenas audible—. Ya firmé el papeleo final. Los pasajes están comprados y el DNI falso con tu nueva identidad te espera en el escondite que acordamos, junto con el resto de la documentación.
Daniel lo observó con esos ojos fríos, como los de un reptil que analiza a su presa. Una media sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿Y lo otro? —preguntó el científico—. ¿Trajiste lo que te pedí?
José asintió levemente. Por debajo de la mesa, con un movimiento rápido y ensayado, deslizó el pequeño cilindro metálico hacia Daniel. El preso lo atrapó al vuelo y lo hizo desaparecer dentro del bolsillo de su overol naranja con una destreza asombrosa.
—Perfecto, José —dijo Daniel, recostándose en su silla—. Al final resultaste ser mucho más eficiente de lo que aparentabas.
—¿Cómo vas a hacerlo? —preguntó José, sintiendo que el corazón le martilleaba el pecho.
Daniel se lamió los labios, saboreando ya la libertad. —Es simple. Durante el traslado, activaré la bomba de humo. La cabina se llenará de gas somnífero; las dos oficiales y los escoltas quedarán fuera de combate en segundos. Yo saldré del patrullero, caminaré unos kilómetros hasta el punto de encuentro y mis contactos me llevarán a un aeropuerto privado. Para mañana a esta hora, estaré en Chile, disfrutando de los millones que hice con la mafia. Vos solo disfrutá de tu dinero y olvidate de que nos conocimos. Aquí no ha pasado nada.
Se estrecharon la mano —un pacto entre un abogado quebrado y un criminal brillante—. José se retiró con el maletín de dinero, sintiéndose el hombre más astuto del mundo.
Minutos después, de regreso en su celda antes de que lo encadenaran para el traslado, Daniel sacó el dispositivo para inspeccionarlo una última vez. Su mirada recorrió las pequeñas inscripciones técnicas grabadas en el cromo del cilindro. De repente, su rostro palideció y sus ojos se abrieron con furia.
—¡Qué pedazo de imbécil! —rugió Daniel para sí mismo, apretando el objeto hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. ¡José, pelado de mierda…! ¡Me trajo la bomba de feromonas concentradas en lugar de la de gas somnífero!
Daniel miró la puerta de la celda. El tiempo se acababa. Los guardias ya venían a buscarlo. No tenía otra opción; tendría que usar lo que tenía. El plan original de dormir a las oficiales se había transformado, por el error de José, en un plan mucho más salvaje e impredecible.
Esta parte es excelente porque establece el «tablero de ajedrez». Daniel, lejos de asustarse por la amenaza de Duarte, comprende que el error de José acaba de convertir su traslado en una oportunidad de dominación total, especialmente ahora que sabe que hay dos oficiales más (Luciano y Alfredo) que también caerán bajo el efecto del gas.
El eco de unas botas pesadas retumbó en el pasillo de las celdas. Alejandro Duarte, el Jefe de Policía, apareció con su uniforme de gala, escoltando a Sabrina y Cinthia, quienes lucían impecables y decididas. Daniel, ya esposado de pies y manos, se puso de pie lentamente, con una sonrisa que Duarte interpretó como un gesto de burla.
—Escuchame bien, Carrasco —dijo Duarte, acercándose tanto que Daniel podía oler el café en su aliento—. Estas son las oficiales Cortese y Gómez. Ellas se encargarán de tu traslado. Y antes de que tu mente de criminal piense que por ser mujeres vas a tener una oportunidad de escape, sacatelo de la cabeza.
Daniel miró a Sabrina y luego a Cinthia, recorriéndolas con una mirada lenta que las hizo sentir incómodas.
—Son muy… profesionales —murmuró Daniel con un tono de voz cargado de un doble sentido que solo él entendía.
—No solo son profesionales, son implacables —le espetó Duarte—. Y por si tenés ideas raras, no van solas. Detrás de ellas irán los oficiales Luciano y Alfredo. Son dos de nuestros mejores hombres, expertos en tiro táctico. Si intentás cualquier movimiento extraño, si tan solo te estirás de más, ellos tienen la orden judicial de abrir fuego. No necesitamos que llegues vivo si intentás fugarte. ¿Quedó claro?
Daniel bajó la cabeza, pero no por miedo. En su mente, el plan se estaba reescribiendo. El gas de feromonas no solo afectaría a las mujeres; el deseo químico no discrimina. Imaginó a los musculosos Luciano y Alfredo perdiendo la disciplina, y a Sabrina y Cinthia rendidas ante sus instintos.
—Totalmente claro, Jefe —respondió Daniel, ocultando su euforia—. Cumpliremos con la ley.
En el patio de la prisión, el operativo estaba listo. El primer patrullero esperaba con el motor en marcha. Detrás, una unidad de apoyo con vidrios polarizados mostraba a sus ocupantes: Luciano, un joven de gimnasio con el uniforme a punto de reventar por sus hombros, y Alfredo, un oficial de ascendencia africana, cuya imponente estatura y brazos macizos intimidaban a cualquiera.
—Chicas, buena suerte —dijo Luciano desde la ventana del segundo móvil, dedicándole un guiño a Cinthia—. No les quitemos el ojo de encima a este genio.
—Despreocupate, Lu —contestó Cinthia, ajustándose el cinturón—. Lo tenemos controlado.
Duarte dio la señal y la caravana salió de la prisión. Daniel, sentado en la oscuridad del asiento trasero, sintió el frío metal de la pequeña bomba de feromonas contra su pierna.
«Duarte, no tenés idea de lo que acabás de hacer», pensó Daniel mientras el patrullero se adentraba en la ruta hacia el bosque. «Luciano y Alfredo creen que vienen a protegerme… pero van a terminar formando parte de mi obra maestra».
Con una sonrisa picaresca y cargada de una malicia que nadie supo interpretar, Daniel subió al patrullero. Las puertas se cerraron con un golpe seco. El convoy inició el traslado hacia la prisión de Alta Barrosa, adentrándose en las rutas secundarias que serpenteaban entre el denso bosque.
El orden de marcha era estricto: en el primer móvil, Sabrina conducía con la mirada fija en el asfalto mientras Cinthia vigilaba a Daniel por el retrovisor. Diez metros atrás, el segundo patrullero seguía el ritmo, pero el ambiente allí adentro era mucho más relajado.
Luciano, que apenas podía contener sus bíceps dentro de la camisa del uniforme, conducía con una mano relajada sobre el volante. No le prestaba mucha atención al auto de adelante; para él, este era un traslado de rutina más.
—Ya está todo cocinado para la semana que viene, Alfredo —dijo Luciano, con una chispa de excitación en los ojos—. Reservé mesa en el boliche de siempre. Vamos a romper la noche, acordate lo que te digo.
Alfredo, el oficial afro, se acomodó en el asiento del acompañante, haciendo crujir el cuero del chaleco táctico. —¿Y el tema de las minas? Mirá que no quiero ir a rebotar —contestó Alfredo con una sonrisa ancha.
—¿Rebotar? Mirá esto —Luciano sacó su celular y, aprovechando un tramo recto de la ruta, le mostró una foto a su compañero—. Ya hablé con estas dos. Mirá lo que son… están separadas y tienen unas ganas de joda que no te explicás.
Alfredo tomó el teléfono y silbó, impresionado por las curvas de las mujeres en la pantalla. —¡No te puedo creer! ¿Cuántos años tienen? Porque se ven impecables, Lu.
—Son de las nuestras, hermano —rio Luciano—. Vos despreocupate. Va a haber trago tras trago, vino de primera y después… bueno, ya sabés. A esas nos las vamos a coger hasta que no den más. Esas minas entran sí o sí en el plan.
—Así me gusta —asintió Alfredo, devolviendo el celular—. Un poco de acción después de tanto uniforme y tanto preso.
Ambos rieron, sumergidos en su fantasía de conquista, sin notar que en el patrullero de adelante, Daniel ya tenía la mano metida en el bolsillo del overol. El delincuente acariciaba el botón del dispositivo de feromonas, esperando el punto exacto donde el bosque se volviera más espeso y la señal de radio empezara a fallar.
Daniel los observaba por el cristal trasero, viendo las siluetas de los dos oficiales musculosos en el auto de apoyo. «Disfruten de su charla de hombres mientras puedan», pensó Daniel con una satisfacción oscura. «En unos minutos, ese boliche y esas minas van a ser lo último en lo que piensen».
El patrullero avanzaba devorando kilómetros de asfalto solitario. Daniel, en el asiento trasero, mantenía una sonrisa picaresca y siniestra, una expresión tan cargada de malicia que Cinthia no pudo pasarla por alto. Lo observó por el espejo retrovisor, sintiendo una punzada de irritación.
—¿Qué pasa, señor Carrasco? —preguntó Cinthia con voz gélida—. ¿Está nervioso o está planeando alguna estupidez? Si es lo segundo, le pido que lo piense más de dos veces. No nos va a temblar el pulso para frenarlo, incluso si eso implica disparar.
Daniel soltó una carcajada suave que erizó los pelos de la nuca de las oficiales.
—No estoy nervioso, oficial. Solo estoy pensando en lo bien que se verían usted y su compañera sin esos uniformes tan rígidos —respondió Daniel, inclinándose hacia la reja de seguridad—. ¿Por qué no paramos un ratito? Podríamos pasarla muy bien… una pequeña «fiesta de despedida». Yo sé que en el fondo se mueren de ganas.
—¡Cierre la boca y no se pase de listo! —ladró Sabrina desde el volante, sin despegar la vista de la ruta—. Ya escuchó a mi compañera. No nos atraen los criminales, y mucho menos los que creen que pueden manipularnos.
—Miren que la podemos pasar realmente bien —insistió Daniel, con una voz que se volvía peligrosamente seductora—. Tengo algo que las va a ayudar a decidirse…
En un movimiento rápido, Daniel sacó el dispositivo de su overol.
—¿Qué tiene ahí? ¡Suelte eso inmediatamente! —gritó Cinthia, intentando girarse mientras buscaba su arma.
Pero ya era tarde. Daniel, sin ningún tapujo, presionó el botón. Un siseo violento llenó la cabina y una densa nube de humo color rosa intenso brotó del cilindro, cubriendo instantáneamente todo el interior del patrullero.
—¡No… qué es esto! —exclamó Sabrina, pero al inhalar el aroma dulce y embriagador, sintió que sus músculos perdían fuerza y su juicio se nublaba por un calor repentino y devastador.
El patrullero dio un volantazo violento. Sabrina perdió el control del volante y el vehículo se desvió de la carretera principal, saltando la banquina y adentrándose en un camino de hierbas altas y arbustos a toda velocidad. Las ramas golpeaban contra el chasis mientras el auto se internaba en lo profundo del bosque, oculto por la vegetación.
A diez metros atrás, sumergidos en su charla sobre mujeres y boliches, Luciano y Alfredo no se dieron cuenta del desvío de inmediato. El humo rosa que escapaba por las rejillas del patrullero de adelante fue disipado por el viento, y para cuando Luciano levantó la vista, el auto de las oficiales había desaparecido de su campo de visión, tragado por la maleza.
—¿Pero qué carajo…? —murmuró Luciano, frenando de golpe—. ¿A dónde se metieron estas dos?
A unos cientos de metros atrás, el patrullero de apoyo frenó en seco, dejando una marca de neumáticos sobre el asfalto. Luciano y Alfredo bajaron del vehículo, desconcertados, mirando hacia todas partes. El bosque parecía haber devorado al primer auto.
—¿A dónde carajo se metieron? —preguntó Alfredo, ajustándose el cinturón táctico y mirando el horizonte—. Estaban ahí hace un segundo.
Luciano, cegado por la arrogancia, señaló hacia una senda que se abría hacia el lado izquierdo de la ruta. —Seguro doblaron por aquel lugar, vi un destello de luces entre los pinos. ¡Vamos, rápido!
—¿Estás seguro de que fue por allá, Lu? —dudó Alfredo, mirando hacia el lado contrario, donde las hierbas estaban aplastadas.
—¡Que sí, movete! —gritó Luciano, subiendo al auto.
Sin saberlo, tomaron el camino contrario. Mientras los hombres se alejaban hacia la izquierda, el patrullero de las oficiales se hundía cada vez más hacia la derecha, perdiéndose en la espesura.
Finalmente, Sabrina logró clavar los frenos. El patrullero derrapó sobre el pasto alto hasta detenerse en un claro descampado, justo frente a una laguna de aguas quietas que reflejaba la luna. El silencio del bosque era absoluto, interrumpido solo por el motor caliente del auto.
Ambas oficiales bajaron del coche, tosiendo levemente por los restos del humo rosado que aún flotaba en el aire. Se miraron confundidas, tocándose la cara y los brazos.
—La verdad… no siento nada —dijo Cinthia, extrañada—. No me pica la garganta, no estoy ciega… ni siquiera me siento mareada. ¿Qué carajo nos tiró este tipo? ¿Fue una broma?
—No lo sé —respondió Sabrina, cuyo rostro empezaba a verse extrañamente sonrojado—, pero bajémoslo ya mismo antes de que intente otra estupidez. ¡Abajo, Carrasco!
Cinthia abrió la puerta trasera con violencia, tomó a Daniel por el brazo y lo arrojó al suelo, obligándolo a ponerse de rodillas sobre el pasto húmedo.
—¿Qué mierda nos diste? —le gritó Sabrina, apuntándole con su arma, aunque sentía que la mano le temblaba un poco, no por miedo, sino por un calor que nacía en la base de su columna.
Daniel, de rodillas pero con una expresión de triunfo absoluto, las miró de arriba abajo. El humo rosa se había pegado a sus uniformes como un perfume invisible. —Ya se los dije, oficiales… No es veneno. Es solo un pequeño «polvito» para que la pasemos mejor. En unos minutos, me van a estar pidiendo por favor que no me detenga.
—¡Cállate, estúpido! —le espetó Sabrina. Intentó llevarse el handy a la boca para pedir apoyo—. ¡Central, aquí Unidad 4! ¡Tuvimos un incidente en el traslado, estamos en un sector de lagunas, solicitamos apoyo de la escolta! ¡Central, respondan!
Pero del handy solo salía estática. El bosque y la hondonada habían anulado cualquier señal. Estaban solas, con un criminal que sonreía y un gas que empezaba a dilatarles las pupilas, haciendo que el uniforme policial comenzara a sentirse como una armadura de fuego sobre sus pieles.
Daniel soltó una carcajada ronca que pareció vibrar en el aire denso de la laguna. Sus ojos brillaban con una confianza depredadora mientras observaba a Cinthia, quien respiraba con dificultad, con las pupilas tan dilatadas que casi no se veía el color de su iris.
—Oficial Cinthia… —susurró Daniel con una voz que sonaba como seda en los oídos de ella—. ¿Por qué mejor no deja el arma en el suelo? O mejor aún, arrójela lejos. No vaya a ser que se le escape un disparo y lo tenga que lamentar… o peor, que me lastime y se quede sin su premio.
Como si estuviera en un trance hipnótico, Cinthia soltó su arma. El metal golpeó el pasto con un sonido sordo.
—¡Cinthia! ¡¿Qué carajo estás haciendo?! —gritó Sabrina, retrocediendo un paso, horrorizada—. ¡Recuperá el arma ahora mismo! ¡No dejes que este tipo te manipule, es el gas, reaccioná!
Pero mientras Sabrina le gritaba a su compañera, Daniel aprovechó la distracción. Con una habilidad asombrosa, sus manos libres —había logrado hacerse con las llaves en el caos del humo— se deshicieron de las esposas. En un parpadeo, se deslizó detrás de Cinthia y la rodeó con sus brazos, inmovilizándola con una llave al cuello, pero sin apretar, casi como un abrazo forzado.
Sabrina, desesperada, tiró el handy inútil al suelo y desenfundó su propia arma, apuntando directamente a la cabeza de Daniel. El sudor le corría por la nuca, y su camisa policial le apretaba el pecho, que subía y bajaba violentamente.
—¡Soltala! ¡Soltala ahora mismo o te juro que te vuelo la cabeza, Carrasco! —bramó Sabrina, aunque su voz temblaba por el calor químico que le recorría las venas.
—Tranquila, Sabrina… —respondió Daniel, pegando su mejilla a la de Cinthia—. No le voy a hacer nada que ella no quiera. ¿Verdad, oficial?
Para horror de Sabrina, Daniel pasó su lengua lentamente por la mejilla de Cinthia, subiendo hasta su oreja. Cinthia no solo no se resistió, sino que cerró los ojos y dejó escapar un gemido de placer que rompió el último rastro de disciplina en el lugar. Sabrina bajó el arma unos centímetros, confundida, sintiendo que su propia voluntad se evaporaba.
Daniel, viendo que tenía el control total, llevó su mano libre al pecho de Cinthia. Con una lentitud tortuosa, empezó a desabrochar los botones de su camisa de uniforme. El sonido de los botones soltándose parecía retumbar en el silencio del bosque.
—Ya les dije… —murmuró Daniel mientras la camisa de Cinthia se abría, revelando su piel húmeda y encendida—. Vamos a pasar un ratito muy bien. Sabrina, guardá ese juguete… y vení a ayudarnos.—Tirá el arma, Sabrina —ordenó Daniel con una voz cargada de una autoridad oscura—. Ya no la necesitás. Sabés que no vas a disparar.
Sabrina sintió que sus dedos perdían fuerza. El metal de la pistola, que siempre había sido su símbolo de poder, ahora le parecía un objeto ajeno y pesado. Con un movimiento mecánico, soltó el arma sobre el pasto. El sonido del impacto contra el suelo marcó el final de su resistencia. Se quedó ahí, de pie, con los brazos caídos y la mirada nublada, impactada por su propia incapacidad de reaccionar.
—¿Qué… qué nos hacés? —alcanzó a balbucear Sabrina, mientras el sudor le empapaba la nuca—. ¿Cómo nos estás manipulando?
—Yo no las manipulo, oficial —rio Daniel, soltando a Cinthia pero manteniéndose cerca de ella—. Solo les estoy abriendo la puerta del deseo. La bomba solo sacó a la luz lo que el uniforme les obligaba a esconder.
Cinthia, con la camisa ya entreabierta, se tambaleó hacia Sabrina. Su rostro estaba encendido, y sus ojos buscaban desesperadamente los de su compañera.
—No sé qué pasa, Sabrina… —murmuró Cinthia con la voz quebrada por un jadeo—. Siento mucho calor… un calor que me quema por dentro. No puedo pensar en el código, no puedo pensar en Duarte… solo quiero que este fuego pare.
—Yo también, Cinthia… yo también —confesó Sabrina, sintiendo que sus propias manos subían instintivamente a su cuello para buscar aire.
Daniel, disfrutando del espectáculo, se apoyó con total relajación sobre el capó del patrullero, cruzando los brazos sobre el pecho. Su mirada recorría los cuerpos de las dos mujeres con una mezcla de orgullo científico y lujuria.
—¿Por qué no se humedecen entre ustedes? —sugirió Daniel con malicia. Con un movimiento firme, empujó a Cinthia hacia adelante, haciendo que quedara frente a frente, cuerpo a cuerpo, con Sabrina—. Mírense. Son dos oficiales hermosas atrapadas en un uniforme que les aprieta.
Daniel dio un golpe suave en el metal del auto para marcar el ritmo.
—Quiero ver cómo se ayudan —ordenó—. Empiecen a sacarse la ropa. Una a la otra. Lentamente. Quiero que el bosque sea testigo de cómo la ley se desnuda ante mí.
Sabrina y Cinthia se miraron. Ya no eran compañeras de armas; eran dos mujeres unidas por una urgencia química incontrolable. Las manos de Sabrina, temblorosas, se posaron en los hombros de Cinthia, buscando el primer botón de lo que quedaba de su camisa, mientras Cinthia hacía lo mismo con el chaleco táctico de Sabrina, ansiosas por liberar la piel del encierro del uniforme.
Sabrina, con los dedos torpes y el pulso acelerado, terminó de desabrochar el último botón de la camisa de Cinthia. Al abrirse la prenda, el aire fresco de la laguna rozó la piel húmeda de la oficial, pero no sirvió para calmarla. Al mismo tiempo, Cinthia levantó los brazos para ayudar a Sabrina a quitarse el pesado chaleco antibalas, tirándolo al suelo como si fuera una carga insoportable que ya no necesitaban.
Daniel las observaba desde el capó, deleitándose con el espectáculo de la autoridad desmoronándose.
—Eso es, chicas… —susurró Daniel con una voz hipnótica—. Suéltense. Dejen que el uniforme caiga. Sean libres de toda esa disciplina que las asfixia.
Sabrina soltó un jadeo profundo, con los ojos nublados por el deseo. Ya no le importaba el operativo, ni Duarte, ni su carrera.
—No sé qué me pasa… —confesó Sabrina, rompiendo el último rastro de decoro—. Estoy terriblemente excitada. Siento la vagina empapada… el roce de la ropa me quema.
Cinthia asintió, soltando un gemido mientras sus manos bajaban instintivamente hacia su propia cintura.
—A mí me pasa lo mismo… —respondió Cinthia, con la respiración entrecortada—. No me puedo contener más. Siento que el cuerpo me va a estallar si no me saco esto ahora mismo.
Con movimientos lentos y coordinados por una urgencia química, ambas llevaron sus manos a las hebillas de sus cinturones tácticos. El sonido metálico de los enganches soltándose (¡clack!) resonó en el silencio del descampado. Poco a poco, empezaron a deslizar el grueso cuero de los cinturones con sus esposas, cargadores y linternas, dejando que todo cayera sobre el pasto, junto a las armas que habían abandonado.
Daniel se lamió los labios, viendo cómo las dos mujeres, frente a frente, empezaban a despojarse de sus pantalones de combate, quedando solo en su ropa interior técnica, bajo la luz azulada de la luna y el reflejo de la laguna.
El silencio del campo se rompió por el sonido rítmico y húmedo de los labios de las dos oficiales. Daniel, de pie y con una erección que ya no podía ocultar bajo su pantalón de preso, las observaba con una mezcla de orgullo y lascivia.
—Eso es… usen la lengua, quiero oírlas —ordenó Daniel con voz ronca.
Sabrina y Cinthia se hundieron en un beso profundo, desesperado. Sus lenguas se entrelazaban con una pasión salvaje, buscando el fondo de la garganta de la otra como si fuera la única forma de calmar el incendio químico que las devoraba. Los sonidos de la succión y el intercambio de saliva eran tan claros que hacían que a Daniel le recorriera un escalofrío de placer por toda la columna.
Mientras se besaban, sus manos no se quedaban quietas. Empezaron a acariciarse con una urgencia eléctrica. El contraste era hipnótico: la piel morena y canela de Cinthia brillaba bajo el sol, enmarcada por un corpiño de encaje blanco que resaltaba sus curvas de oficial entrenada. Por otro lado, la piel blanca y pura de Sabrina parecía casi porcelana, destacando con un corpiño negro azabache que contenía su pecho agitado.
—Mmm… sss… —gemía Sabrina contra los labios de Cinthia mientras bajaba sus manos por la cintura firme de su compañera, apretando la carne con deseo.
Cinthia respondió recorriendo con sus uñas la espalda de Sabrina, dejando marcas rojas que desaparecían al instante por la presión de sus cuerpos. Sus pieles, empapadas en sudor, se pegaban y se despegaban con cada movimiento, creando una fricción que las volvía locas. No había rastro de la ley, ni del uniforme que yacía tirado en el pasto; solo quedaban dos mujeres rendidas a un instinto que el «llavero» de Daniel había liberado.
Daniel se acercó un paso más, disfrutando de cómo el blanco y el negro de sus prendas íntimas chocaban entre sí mientras ellas se fundían en un abrazo prohibido.
—Están haciendo que me sienta muy bien, chicas —murmuró Daniel, acariciándose a sí mismo—. Pero todavía queda mucha ropa por quitar… y mucho placer por descubrir.
Los besos no daban tregua. Eran una marea de sensaciones que bajaba desde los labios hasta el cuello, donde Sabrina enterraba su rostro, inhalando el aroma de las feromonas mezclado con el sudor de Cinthia. Sabrina, impulsada por un hambre que no conocía, hundió su boca entre los pechos de su compañera, atrapada entre el encaje blanco, mientras soltaba gemidos sordos.
Poco a poco, Sabrina fue descendiendo. Sus labios recorrieron el abdomen tenso y marcado de Cinthia, bajando centímetro a centímetro hasta llegar al borde del pantalón táctico. Con manos expertas, pero temblorosas por la excitación, desabrochó el botón principal y bajó el cierre. El sonido metálico fue la sentencia final de su disciplina.
—Qué lindo culo tienen las policías, ¿eh? —comentó Daniel desde atrás, con una voz cargada de ironía y deseo—. No me las imaginaba así de firmes debajo de esa tela tan gruesa. Se nota que le dan duro al ejercicio en la academia, ¿no?
Sabrina no respondió; estaba perdida en su tarea. Agarró con fuerza la tela oscura del pantalón oficial y empezó a deslizarla hacia abajo. Cinthia tuvo que apoyarse en los hombros de Sabrina para no caerse, mientras sentía cómo el aire del mediodía golpeaba sus piernas por primera vez en el día.
Sabrina bajó el pantalón hasta los tobillos y, con una urgencia salvaje, ayudó a su compañera a quitarse las pesadas botas de cuero. Una vez libres los pies, tiró del pantalón hasta quitarlo por completo, arrojándolo lejos, hacia la laguna.
Cinthia quedó allí, de pie frente a Sabrina, despojada de todo rastro de oficial de la ley, vestida únicamente con su conjunto de encaje blanco que resaltaba su piel morena bajo el sol brillante. Daniel se acercó, rodeando con la mirada ese cuerpo que ahora le pertenecía por completo.
—Perfecto —murmuró Daniel—. Ahora te toca a vos, Cinthia. Hacé lo mismo con Sabrina.
Sabrina, sintiendo que el peso de la tela le quemaba la piel, se dio la vuelta, dándole la espalda a su compañera. Con dedos ansiosos, comenzó a desabrocharse el cinturón táctico y el cierre de su pantalón. Cinthia, actuando por un instinto que ya no podía frenar, se colocó detrás de ella. Sus manos morenas contrastaron con la piel pálida de Sabrina mientras la ayudaba a deslizar el uniforme hacia abajo, revelando sus curvas firmes y generosas en medio del campo solitario.
Daniel, al ver esa imagen —las dos oficiales entregadas al deseo bajo el sol del mediodía—, llegó a su límite. No podía contener más la presión en su entrepierna. Sin apartar la mirada ni un segundo, liberó su miembro y comenzó a masturbarse con fuerza frente a ellas, dejando que el placer de la dominación se mezclara con la urgencia del gas.
—Miren eso… —gruñó Daniel, con la voz ronca por la excitación—. Son perfectas.
En ese momento, sin que nadie tuviera que pedírselo, Cinthia se dejó llevar por la fragancia rosada que emanaba del cuerpo de su compañera. En cuanto el pantalón de Sabrina cayó a la hierba, Cinthia se arrodilló y hundió su rostro en las nalgas de Sabrina. Comenzó a lamerlas y besarlas con una pasión animal, haciendo que Sabrina arqueara la espalda y soltara un grito de placer que resonó en toda la laguna.
Sabrina se estremecía ante el contacto de la lengua de Cinthia, mientras sus manos se apoyaban con fuerza en el capó caliente del patrullero. Estaba totalmente expuesta, con su conjunto de encaje negro resaltando sobre su piel blanca, mientras su compañera la adoraba como si no existiera nada más en el mundo.
Daniel, jadeando y siguiendo el ritmo de los movimientos de las oficiales, se acercó un poco más.
—¡Sí! ¡Eso es lo que quería ver! —exclamó Daniel, mientras el sol de la tarde bañaba la escena de un dorado intenso—. Sigan… no se detengan…
Cinthia, con los labios encendidos, subió de nuevo desde las caderas de su compañera para atrapar nuevamente el cuello y la oreja de Sabrina. Sus manos morenas subieron con urgencia, apretando con fuerza los pechos de Sabrina que aún luchaban por escapar del corpiño negro. Sabrina se relamió los labios, entregada totalmente al roce, moviendo la cola y las caderas rítmicamente contra Cinthia, en una danza de espalda a Daniel que era puro instinto.
Daniel, jadeando y sin dejar de disfrutar del espectáculo, soltó una orden final con voz de mando:
—Ya fue suficiente de esconderse… —gruñó—. Quiero verlas completas. Quiero ver sus pechos ahora mismo.
Como si fueran una sola persona, movidas por el mismo hilo invisible del gas de feromonas, las dos oficiales se giraron para quedar de frente a él. Con una delicadeza que contrastaba con la urgencia del momento, llevaron sus manos hacia atrás. El sonido de los ganchos metálicos de los corpiños soltándose fue el último paso hacia la desnudez total.
Los corpiños, el blanco de encaje y el negro azabache, cayeron lentamente sobre el pasto.
Bajo el sol radiante, la belleza de ambas quedó expuesta en todo su esplendor. Los pechos de Sabrina eran una obra de arte: redondeados, de una blancura casi pálida, con los pezones oscuros y erguidos, marcando su excitación con total claridad. Por otro lado, los de Cinthia eran una tentación morena: algo más firmes y agudos, apuntando hacia adelante con una elegancia salvaje que hacía que su piel canela brillara bajo el sudor.
—Increíble… —susurró Daniel, acercándose a ellas mientras los pechos de ambas subían y bajaban aceleradamente por la respiración agitada—. Son mucho mejores de lo que imaginé cuando las vi con ese uniforme puesto.
Sabrina y Cinthia se miraron una a la otra, desnudas de la cintura para arriba, sintiendo cómo el aire caliente del mediodía les rozaba la piel. Ya no quedaba rastro de la Oficial Cortese ni de la Oficial Gómez; solo había dos mujeres unidas por un deseo prohibido frente a un hombre que ahora era su dueño absoluto.
Daniel no esperó más. Con movimientos rápidos y cargados de una arrogancia triunfal, se despojó de su overol naranja de prisionero, quedando completamente desnudo bajo el sol del mediodía. Su cuerpo, marcado por la vida criminal y el encierro, se erguía ahora como el único soberano en aquel claro junto a la laguna.
—Vengan acá… —ordenó con una voz que no admitía réplica—. Acérquense.
Sabrina y Cinthia, movidas por el aroma rosáceo que emanaba de su propia piel y la de Daniel, obedecieron como si estuvieran bajo un hechizo. Caminaron hacia él, con sus pechos descubiertos subiendo y bajando con una respiración agitada. Daniel, con una sonrisa picaresca, extendió sus manos y las tomó a ambas por la nuca con firmeza.
—Abajo —sentenció.
Con una presión suave pero autoritaria, las obligó a inclinarse. Sabrina, a la izquierda, y Cinthia, a la derecha, se arrodillaron frente a él. Sus rostros quedaron a milímetros de su miembro, que latía con fuerza. Sin dudarlo, ambas oficiales de policía hundieron sus lenguas y sus labios en él, comenzando un sexo oral frenético y apasionado. Los sonidos húmedos de la succión se mezclaban con el canto de los pájaros y el calor sofocante del bosque.
Daniel cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gruñido de puro placer. Mientras ellas lo atendían con una desesperación química, él no se quedó quieto. Bajó sus manos grandes y ásperas hacia las cinturas de las oficiales, deslizándolas por debajo de la fina tela de sus tangas que aún les quedaba.
—Eso es… —gemía Daniel, mientras hundía sus dedos en las colas duras y perfectas de sus captoras—. Qué culitos tan firmes tienen… se nota que la academia las dejó en forma solo para este momento.
Sus manos apretaban con fuerza las nalgas de Sabrina, cuya piel blanca contrastaba con el rojo de su excitación, y las de Cinthia, cuya piel morena se sentía ardiente al tacto. Daniel las manejaba a su antojo, moviendo sus cabezas para marcar el ritmo, mientras el sol de la tarde seguía iluminando el espectáculo más salvaje que aquel bosque hubiera presenciado jamás
A la orilla de la laguna, el tiempo parecía haberse detenido. Las dos oficiales ya no se turnaban; ahora compartían el miembro de Daniel como si fuera un manjar sagrado, un premio que el gas de feromonas les obligaba a adorar. Sus lenguas se entrelazaban alrededor del metal caliente de la virilidad de Daniel, saboreando cada gota de excitación bajo el sol.
Sabrina fue la primera en entregarse por completo. Con un gemido sordo que vibró en su garganta, se lo introdujo profundamente, moviendo la cabeza con un ritmo frenético y experto. Cinthia, a su lado, lejos de sentir celos, la alentaba con los ojos nublados por la lujuria, acariciándole el cabello mientras le susurraba con voz quebrada:
—¡Sí, Sabrina… tragátela toda! ¡Tragala! —exclamaba Cinthia, antes de unirse ella también al contacto—. ¡Qué rica pija… qué increíble es este tipo!
Daniel, en la cima de su gloria, sentía que el mundo le pertenecía. Mientras ellas cabeceaban y succionaban con una pasión animal, él bajó sus manos hacia la entrepierna de ambas. Sus dedos se hundieron con fuerza en las vaginas empapadas de las oficiales, que estaban desbordantes de deseo.
—Eso es, mis perras policías… —gruñía Daniel, moviendo sus dedos rítmicamente dentro de ellas—. Sientan cómo el deseo las quema por dentro.
Sabrina y Cinthia soltaban gritos ahogados entre cada succión, estremeciéndose por el doble placer: el contacto en sus bocas y la invasión de los dedos de Daniel en su intimidad. El sudor corría por sus cuerpos, mezclándose con los fluidos y el aroma rosáceo que seguía flotando en el aire del mediodía, convirtiendo el claro del bosque en un santuario de placer desenfrenado.
Daniel, con un movimiento brusco y dominante, tomó a Sabrina del cabello para obligarla a ponerse de pie. Ella se levantó con un jadeo, con la mirada perdida y los labios brillantes por la saliva. Daniel la atrajo hacia sí y la besó con una pasión salvaje, devorando su boca mientras sus cuerpos desnudos y sudorosos se pegaban bajo el calor del mediodía.
Mientras tanto, Cinthia no se quedó atrás. Permaneció de rodillas, con la piel morena brillando bajo el sol, y tomó el imponente miembro de Daniel con ambas manos. Sus ojos estaban fijos en él, hipnotizados por su tamaño y por el efecto del gas. Comenzó a pasar su lengua lentamente sobre el glande, saboreando cada rincón, antes de introducirlo profundamente en su boca con un gemido de satisfacción.
Daniel, sintiendo el calor de la boca de Cinthia y la suavidad del cuerpo de Sabrina contra el suyo, bajó la vista hacia la oficial morena.
—¿Te gusta lo que tenés en la boca, oficial Gómez? —le preguntó Daniel con una sonrisa cínica y triunfal.
—Sí… me encanta, papito… —logró decir Cinthia entre succión y succión, con la voz quebrada por el deseo—. Es lo más rico que probé en mi vida…glup glup glup glup glup mmammmmmm
Satisfecho con la respuesta, Daniel volvió su atención a Sabrina. Sin dejar que Cinthia se detuviera, bajó su cabeza hacia los pechos blancos y redondeados de la oficial rubia. Sus labios atraparon uno de sus pezones oscuros y marcados, succionándolo con fuerza mientras Sabrina arqueaba la espalda contra el capó caliente del patrullero, soltando un grito de placer que se perdió en la inmensidad del bosque.
El cuadro era dantesco: Daniel en el centro, siendo adorado por Cinthia mientras él devoraba a Sabrina, todo bajo el amparo de una laguna que era el único testigo de cómo la autoridad policial se había rendido ante el criminal y sus feromonas.
Daniel, con una fuerza bruta que a Sabrina le resultó electrizante, la empujó sobre el capó del patrullero. Ella cayó de espaldas sobre el metal ardiente por el sol, con el cabello rubio desparramado y la respiración entrecortada. Sin darle tiempo a reaccionar, Daniel levantó a Cinthia del suelo y la atrapó en un beso mucho más feroz y dominante que el anterior, reclamando su boca como si quisiera marcarla para siempre.
—Ahora vas a probar lo que es bueno, oficial —le susurró Daniel al oído, con una voz cargada de malicia—. Vas a saborear la argolla de tu amiga hasta que no pueda más.
Tomó a Cinthia de la cintura y la llevó hasta donde estaba Sabrina. Con una urgencia salvaje, Cinthia le arrancó la última prenda que le quedaba a su compañera: la tanga negra que ocultaba su intimidad. Sabrina, totalmente entregada, abrió sus piernas torneadas y las apoyó sobre los hombros de Cinthia, exponiéndose por completo bajo el sol del mediodía.
- Mmmmmmm mjuuauauuauagggggg — Cinthia realizaba por primera sexo oral a una mujer
- Aaahhggg ahhhhhhggggg — gemia Sabrina a sentir la lengua de su compañero
Cinthia no lo dudó. Hundió su cara en la vagina empapada de Sabrina, lamiendo y succionando con una pasión desesperada, mientras Sabrina arqueaba la espalda contra el capó, soltando gemidos que se mezclaban con el sonido del viento.
Pero Daniel quería más. Se posicionó detrás de Cinthia, que estaba inclinada sobre su amiga en una posición de entrega total. Con un movimiento decidido, Daniel bajó su cabeza hacia la entrepierna de la oficial morena. Mientras ella devoraba a Sabrina, Daniel comenzó a hacerle un sexo oral intenso a Cinthia, atrapando su clítoris con los labios y provocando que ambas mujeres vibraran al unísono.
El cuadro era un torbellino de piel, sudor y fluidos: Cinthia saboreando a Sabrina, y Daniel devorando a Cinthia desde atrás. Aahahahahahah que rica concha oficial aaahahammmmmmm decía el presidiario. Los cuerpos de las dos oficiales estaban conectados por el placer y por el criminal que ahora las manejaba como piezas de un juego privado, justo encima del vehículo que antes representaba su deber y ahora era su cama de asfalto y metal.
Después de saborear la intimidad de Cinthia hasta dejarla temblando, Daniel decidió que ya no era suficiente con las manos y la boca. Se puso de pie detrás de la oficial morena, cuya piel canela estaba empapada en sudor y brillaba bajo el sol. Con una autoridad bruta, la tomó firmemente de las caderas, abriéndole las nalgas con fuerza para exponer su centro más húmedo y sensible.
Daniel tomó su miembro con la mano derecha, apuntando directamente hacia la entrada de Cinthia. Con una lentitud tortuosa, comenzó a introducirse en ella. Cuando finalmente empujó con fuerza, el impacto fue total.
—¡Ahhh! —Cinthia soltó un grito que desgarró el silencio de la laguna, un gemido de dolor mezclado con un placer tan intenso que la hizo perder el aliento por un segundo.
Pero Sabrina, que seguía tendida boca arriba sobre el metal caliente, no estaba dispuesta a dejar que su compañera se alejara. El gas de feromonas las había encadenado en un deseo mutuo que no conocía límites. Al sentir que Cinthia se tensaba y se arqueaba por la penetración de Daniel, Sabrina reaccionó con una posesividad salvaje.
Extendió sus brazos, tomó a Cinthia de la nuca y, con un tirón firme, la obligó a hundir nuevamente el rostro entre sus piernas.
—No te vayas… —balbuceó Sabrina con los ojos en blanco—. Seguí… seguí lamiéndome…
Cinthia, atrapada entre la embestida de Daniel por detrás y la demanda insaciable de Sabrina por delante, volvió a hundir la lengua en la vagina de su compañera. El ritmo era frenético: los empujes de Daniel hacían que el cuerpo de Cinthia golpeara rítmicamente contra el de Sabrina, creando una fricción de piel contra piel que las estaba volviendo locas.
Daniel, viendo cómo las dos oficiales se devoraban mientras él reclamaba a la morena, comenzó a aumentar la velocidad, haciendo que el patrullero crujiera bajo la presión de sus cuerpos entregados al pecado más absoluto.
El sol de la tarde caía a plomo sobre el claro, pero el calor del ambiente no era nada comparado con el fuego que ardía sobre el patrullero. Daniel, poseído por un instinto depredador, tomó a Cinthia fuertemente del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para que ella pudiera sentir cada una de sus embestidas. La penetraba con una fuerza rítmica y salvaje, haciendo que el metal del capó vibrara bajo ellos.
Cinthia, con el rostro desencajado por el placer y el dolor dulce de la entrega, no quería que Sabrina se quedara atrás. Mientras recibía a Daniel, estiró su brazo hacia adelante y hundió dos de sus dedos en la intimidad empapada de su compañera. El sonido húmedo del «plas, plaf» empezó a rítmar con los movimientos de Daniel, creando una sinfonía de fluidos y deseo.
Los gemidos de las dos oficiales ya no eran humanos; eran agudos, constantes, como el aullido de dos lobas reclamando su libertad en medio del campo.
—¡Eso es! ¡Griten putasssss gritennn para mí! —bramaba Daniel, cuya espalda ya brillaba por la transpiración—. ¡Miren en lo que se convirtieron las oficiales!
Daniel estaba en éxtasis. Su plan de escape se había transformado en un festín que superaba cualquier fantasía. Con una mano libre, comenzó a repartir cachetadas sonoras sobre las nalgas de Cinthia, dejando marcas rojas que resaltaban sobre su piel morena, mientras con la otra rodeaba su cuerpo para apretar sus pechos agudos, retorciendo sus pezones con fuerza.
Sabrina, recostada boca arriba con las piernas abiertas y los dedos de su compañera trabajando dentro de ella, tenía la mirada perdida en el cielo azul, completamente ida por el efecto del gas. Daniel la miró fijamente, con una sonrisa cargada de una promesa oscura.
- Aahahahhaha aaaaaaaaaaaaaaaaaaagggggg — ambas mujeres
—Tranquila, Oficial Sabrina… —le dijo con voz ronca, mientras aceleraba el ritmo con Cinthia—. No te pongas celosa. Ahora te va a tocar recibir a vos. En un momento vas a saber lo que es tener a un hombre de verdad adentro.
El aire en la laguna estaba tan cargado de feromonas y sudor que parecía que el tiempo se había detenido, justo antes de que el descontrol llegara a su punto de no retorno.
Daniel, con la respiración pesada y los ojos inyectados en deseo, decidió que quería una mejor vista de la destrucción moral que había provocado. Con una sonrisa de suficiencia, dio un paso atrás y, de un salto, se subió al techo del patrullero. Desde esa altura, el criminal se convirtió en el juez y soberano de la escena.
—Quiero ver más acción… —ordenó Daniel, cuya voz retumbaba desde lo alto—. Pónganse cómodas sobre el capó. Quiero que se devoren.
Bajo el efecto devastador del gas, Sabrina y Cinthia obedecieron sin dudar. Sabrina se mantuvo recostada sobre el metal caliente, mientras que Cinthia se giró y se posicionó sobre ella, entrelazando sus cuerpos en un 69 perfecto. El contraste era absoluto: el encaje negro de una y el blanco de la otra yacían olvidados en el pasto, mientras sus pieles, una morena y la otra pálida, se fundían bajo el sol.
Desde el techo del vehículo, Daniel se sentó con las piernas abiertas y comenzó a masturbarse con una fuerza brutal, buscando endurecer su miembro hasta el límite mientras observaba el espectáculo lésbico que ocurría a solo unos centímetros de sus pies.
—¡Eso es! ¡Usen las lenguas! —gritaba Daniel, disfrutando de la humillación de la ley. —aaamamamama gluuuuupp mmamamamamglñlluuuuppppp — eran lobas en celos
Las oficiales estaban completamente idas. Sus lenguas trabajaban con una desesperación animal, explorando las intimidades de la otra con una pasión que nunca habrían admitido en la comisaría. Los gemidos agudos y los sonidos húmedos de la succión llenaban el aire silencioso de la laguna, rebotando en la carrocería del auto.
Sabrina, con el rostro hundido en la entrepierna de Cinthia, sentía el sabor salado del sudor y el deseo; mientras tanto, Cinthia, sobre ella, arqueaba la espalda y buscaba con su lengua el clítoris de su compañera, haciendo que Sabrina golpeara el capó con sus talones en un espasmo de placer.
A kilómetros de distancia, la desesperación empezaba a carcomer a los escoltas. El patrullero de apoyo frenó en medio de la ruta, levantando una nube de polvo. Luciano golpeó el volante con frustración mientras el handy solo emitía un chirrido de estática constante.
—¡Nada! No responden —ladró Luciano, con el sudor corriéndole por las sienes—. Es como si la tierra se las hubiera tragado.
—Alfredo, esto no me gusta nada —dijo su compañero, mirando el horizonte desierto—. Nos alejamos demasiado buscando por este lado. Ese hijo de puta es peligroso, ¿y si les hizo algo?
—No le conviene hacerles nada —respondió Luciano, tratando de autoconvencerse—. Son dos oficiales armadas contra un preso esposado. Seguro el auto se les rompió con algún arbusto o lo redujeron y están esperando apoyo sin señal. ¡Vamos, peguemos la vuelta!
Luciano giró el auto violentamente. Sin saberlo, finalmente se dirigían hacia el lugar correcto, pero lo que estaban a punto de encontrar no se parecía en nada a un «procedimiento policial».
El Asiento del Mando
Mientras tanto, en la laguna, la escena se había vuelto de un morbo insoportable. Daniel ya no estaba sobre el techo; se había apoderado de la cabina delantera del patrullero. Estaba sentado en el asiento del conductor, el mismo lugar desde donde se imparte la ley, pero ahora convertido en su trono de placer.
Sabrina, completamente ida y con el cabello rubio revuelto, lo montaba de frente, sentada sobre su regazo entre el volante y el asiento. Sus cuerpos sudorosos chocaban rítmicamente, creando un sonido carnal que se mezclaba con el jadeo constante de la oficial. Daniel la tomaba de la cintura con fuerza, hundiéndose en ella, mientras sus manos no dejaban de apretar y sacudir los pechos blancos de Sabrina.
—Mirate, oficial… —le susurraba Daniel al oído, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, rozando el techo del auto—. Qué linda te ves así, entregada, montando al tipo que tenías que vigilar.
Pero el juego no estaba completo. En el asiento de atrás, separada solo por la rejilla de seguridad que ahora parecía un accesorio erótico, estaba Cinthia. La oficial morena, incapaz de contener el fuego que le recorría las venas al ver a su compañera con Daniel, se masturbaba frenéticamente. Sus dedos trabajaban con desesperación en su intimidad empapada mientras sus ojos estaban fijos en el movimiento de las caderas de Sabrina y en los gestos de placer de Daniel.
Cinthia gemía y se retorcía en el asiento trasero, viendo cómo la jerarquía policial se disolvía en ese espacio cerrado y caluroso, deseando ser ella la que estuviera en el lugar de Sabrina, mientras el sol de la tarde seguía calentando el metal del vehículo.
Eso oficial usted difrute disfrute de como me como a su compañera aahahahahha plaf plaf plaf
Aaahahahahahahhh decía Cinthia a la vez que se metia los desdos
Ssisisismmamamamasisisisiaiaiiaaii pedía Sabrina
A varios kilómetros de allí, el motor del segundo patrullero rugía mientras Luciano y Alfredo devoraban la carretera. La angustia se sentía en el aire. Luciano pisaba el acelerador a fondo, esquivando baches en el camino de tierra, con la mirada fija en el horizonte donde el sol empezaba a bajar.
—¡Dale, dale, que no llegamos! —gritaba Alfredo, apretando el handy con fuerza—. Si ese tipo les puso una mano encima, juro que no llega vivo a la cárcel.
No tenían idea de que, en ese mismo instante, la realidad era mucho más compleja y oscura de lo que su ética policial les permitía imaginar.
En el claro de la laguna, el control de Daniel era absoluto. Había bajado a las oficiales del auto y ahora las tenía a ambas en cuatro sobre el pasto húmedo, una al lado de la otra. Sus cuerpos desnudos, uno blanco y otro moreno, resaltaban contra el verde de la vegetación como trofeos de guerra.
Daniel, moviéndose con una energía inagotable, no se decidía por una sola. Iba alternando, penetrando a Sabrina con fuerza rítmica para luego cambiar inmediatamente a Cinthia, quien esperaba su turno con gemidos de impaciencia.
—¡Eso es, mis oficiales favoritas! —exclamaba Daniel, mientras el sonido de los cuerpos chocando resonaba en el silencio del campo—. ¿Quién manda ahora, eh?
- Aahahahahahahah — gritaba Sabrina
- Te gusta cómo te cojo akaaahh —
- Siiiiaaaaaaaaaaaaagggg siiiiii — mientras metía los dedos en la vagina de Cinthia
Con sus manos grandes y ásperas, Daniel les tiraba del cabello hacia atrás para obligarlas a mirar el cielo mientras las penetraba. No dejaba de cachetear sus colas con fuerza, dejando marcas rojizas que ardían bajo el sol, mientras sus dedos buscaban sus pechos para apretarlos con una urgencia salvaje.
En los breves momentos de cambio, Daniel las obligaba a girar el rostro para besarlas con una pasión violenta, intercambiando saliva y aliento entre las tres bocas. Sabrina y Cinthia, totalmente perdidas en el trance del gas, se buscaban entre ellas también, acariciándose mientras Daniel las reclamaba una por una.
Aahahahagagagagagagag ggggggglllllllaaaaaaaaa lo gritos de los 3 rompía la calma como si el paraíso se transformara en el mismo infierno de lujuria.
El aroma de las feromonas era tan espeso que parecía una niebla invisible que las mantenía encadenadas a él. Daniel sabía que el tiempo era corto, pero eso solo hacía que su deseo fuera más voraz, queriendo marcar cada centímetro de esas pieles antes de que el mundo real volviera a irrumpir en su paraíso privado.
Después de más de media hora de un desenfreno que parecía no tener fin, Daniel llegó a su límite. Con los ojos inyectados en lujuria y la respiración rota, se apartó de ellas y comenzó a masturbarse con una fuerza desesperada. Sabrina y Cinthia, aún bajo el último resto del trance, permanecían arrodilladas frente a él, con las lenguas afuera y los ojos nublados, como si esperaran la última orden de su captor.
- Danos leche papi danos lecheeeee— sus voses se unian en una pidiendo a su macho mas y mas
—¡Tomen esto… oficiales! —gritó Daniel con un gemido gutural que resonó en toda la laguna. — aaahhhhh ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
La descarga fue violenta. El semen salpicó el cabello rubio de Sabrina, recorrió los pechos morenos de Cinthia y manchó sus rostros y labios. Daniel se dejó caer hacia atrás, jadeando, agotado por el esfuerzo y la liberación, creyéndose el dueño absoluto de la situación.
Pero el pico del orgasmo trajo consigo una caída en la intensidad de las feromonas.
- Mmamamamamamammmmamamamam — se relamia y disfrutaban
El aire fresco de la tarde empezó a limpiar los pulmones de las mujeres. Cinthia fue la primera en sentir el «click» en su cabeza. Al parpadear, la neblina rosada se disipó y vio la realidad: su uniforme tirado, su cuerpo desnudo y humillado, y al criminal riéndose de ellas.
Con una fuerza de voluntad sobrehumana, Cinthia tanteó el suelo. Sus dedos rozaron una piedra pesada y afilada que estaba junto a su rodilla. Sin dudarlo, aprovechando que Daniel todavía estaba recuperando el aliento, se abalanzó sobre él y le descargó un golpe seco en la sien.
—¡Hijo de puta! —rugió Cinthia mientras Daniel caía pesadamente hacia un costado, aturdido y sangrando.
Sabrina sacudió la cabeza, limpiándose los ojos con la mano temblorosa. Al ver a Cinthia jadeando y a Daniel en el suelo, el horror la invadió.
—Cinthia… ¿qué… qué pasó? —preguntó Sabrina con la voz rota, mirando su propio cuerpo manchado—. ¿Qué hicimos?
—No fuimos nosotras, Sabrina —dijo Cinthia, con una rabia fría mientras buscaba desesperadamente sus esposas entre el equipo tirado en el pasto—. Ese malnacido nos obligó… fue esa bomba de mierda que tiró. Nos drogó para usarnos.
Sabrina miró a Daniel con un odio profundo. La oficial que había en ella regresó de golpe. Se puso de pie, ignorando su desnudez por un segundo, y ayudó a Cinthia a inmovilizar al preso que empezaba a quejarse en el suelo.
El silencio en la laguna era sepulcral, solo roto por la respiración agitada de las dos oficiales. Daniel yacía inconsciente, con un hilo de sangre corriéndole por la frente. Cinthia miró a Sabrina a los ojos; ambas sabían que si la verdad salía a la luz, sus carreras y sus vidas estarían acabadas.
—Esto no se puede enterar nadie, ¿entendiste? —sentenció Cinthia con una voz gélida que no dejaba lugar a dudas.
Con una eficiencia mecánica, empezaron a borrar el rastro del pecado. Se limpiaron las caras y los cuerpos con furia, usando sus propias camisas para quitarse los restos de Daniel. Se vistieron a toda prisa, ajustándose los uniformes que aún olían a la fragancia rosada. Entre las dos, arrastraron el cuerpo pesado de Daniel hacia el patrullero, vistiéndolo a medias y colocándole las esposas con una presión que le cortaba la circulación.
Justo cuando cerraban la puerta trasera del vehículo, el ulular de una sirena desgarró el aire. Las luces azules y rojas de Luciano y Alfredo aparecieron entre los arbustos, frenando en una nube de tierra.
Ambos oficiales bajaron del auto con las armas en la mano, desesperados. —¡Chicas! ¿Qué pasó? ¿Están bien? —gritó Luciano, barriendo la escena con la mirada.
Sabrina dio un paso al frente, ajustándose el cinturón táctico con una calma asombrosa, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas. —Nada, chicos… este tipo es un demente. Tenía una bomba de gas lacrimógeno o de olor escondida para intentar escaparse —explicó Sabrina, señalando el interior del móvil—. Nos aturdió un momento, pero logramos reducirlo.
—¿Están seguras de que están bien? Se las ve… agitadas —preguntó Alfredo, notando el sudor en sus frentes.
—Por supuesto —intervino Cinthia con firmeza—. Nos costó, se resistió como un animal. Tuvimos que darle un golpe con una piedra para que se quedara quieto e inconsciente, si no, se nos iba.
Luciano soltó un suspiro de alivio, guardando su arma. —No se preocupen, es algo que pasa con estos delincuentes. Lo importante es que están a salvo. Volvamos rápido, en la cárcel ya deben estar llamando a la central.
—¿Quieren que las acompañemos o que alguno de nosotros maneje su patrullero? —ofreció Alfredo por cortesía.
—Muchas gracias por preocuparse, chicos, pero estamos bien —respondió Sabrina con una sonrisa profesional que ocultaba el secreto más oscuro de su carrera—. Podemos llevarlo nosotras. Las esperamos en la carretera.
Los dos oficiales asintieron, subieron a su unidad y emprendieron el regreso. Sabrina y Cinthia se quedaron solas un segundo más antes de subir al auto. Se miraron por el espejo retrovisor, compartiendo un vínculo que nadie más entendería jamás. Sabrina arrancó el motor y, sin decir una palabra, se alejaron de la laguna, dejando atrás el aroma a feromonas y el recuerdo de una tarde donde la ley se rindió ante el instinto.
Este cierre le da un toque de tensión final perfecto, mostrando que Daniel, aunque derrotado físicamente, sigue intentando mantener el control psicológico a través de la burla. Las oficiales, sin embargo, demuestran que han recuperado su coraza de hierro.
Aquí tienes la conclusión definitiva de esta historia:
El Silencio de la Victoria
El patrullero avanzaba a toda velocidad por la carretera. El aire acondicionado estaba al máximo, pero el ambiente dentro de la cabina seguía sintiéndose denso. De repente, desde el asiento trasero, se escuchó un quejido ronco. Daniel estaba abriendo los ojos, recobrando el conocimiento.
—Mmm… Qué bien la pasamos, ¿no, chicas? —susurró Daniel con una sonrisa cínica, asomándose a la rejilla—. Les dije que íbamos a tener una linda fiestita de despedida…
—Cerrá la boca, Daniel —espetó Cinthia sin mirarlo, apretando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Aunque digas algo, nadie te va a creer. Sos un convicto. No nos vuelvas a dirigir la palabra o te metemos un tiro acá mismo y decimos que intentaste saltar del auto.
Daniel soltó una carcajada seca, desafiante. —Tranquilas… las que recibieron un buen disparo de leche fueron ustedes recién. Cómo les gustó, ¿eh? Todavía lo tienen encima.
—Cállate, estúpido —intervino Sabrina, con una voz cargada de asco y autoridad—. Si no fuese por tu bomba de mierda, no nos habrías tocado jamás. Y espero que ahora, dentro de la cárcel, seas vos el que reciba lo mismo que nos diste.
El resto del viaje fue un silencio sepulcral. Daniel, al ver la mirada letal de Sabrina, decidió callarse hasta llegar a la unidad penitenciaria. Al entrar en el recinto, las autoridades recibieron al preso. Sabrina y Cinthia hicieron la entrega con una frialdad impecable, firmando las actas como si nada hubiera pasado bajo el sol de la laguna.
Al salir, Luciano y Alfredo las esperaban junto a su patrullero. —Chicos, muchas gracias de nuevo —dijo Sabrina, dándoles un apretón de manos—. Disculpen por el inconveniente en el camino.
—No tienen nada que agradecer —respondió Luciano con sinceridad—. Hicieron lo que tenían que hacer. Ese percance no va a manchar ningún expediente; de hecho, fue un operativo perfecto. Las felicitamos, chicas.
—Muchas gracias a ustedes —respondió Cinthia, dándoles un abrazo rápido antes de subir al móvil.
El Regreso a la Jefatura
Cuando finalmente llegaron a la Jefatura de Policía, el ambiente era de celebración. El Comisario Alejandro Duarte las recibió en su despacho con una sonrisa de satisfacción.
—¡Excelente trabajo, oficiales! —exclamó Duarte, dándoles una palmada en el hombro—. Sabía que eran las indicadas para este traslado. Capturar a un tipo como Daniel y mantener el orden a pesar de sus trucos es un mérito enorme. Tienen el resto del día libre, se lo ganaron.
Sabrina y Cinthia se miraron por un breve segundo. Un pacto de sangre y silencio se selló en esa mirada. —Gracias, señor —dijeron al unísono.
Caminaron hacia la salida, dejando atrás el edificio de piedra y ley. Afuera, el sol empezaba a bajar, el mismo sol que horas antes las había visto rendirse al instinto. Ahora, volvían a ser las impecables oficiales de la ley, llevando consigo un secreto que la laguna se encargaría de guardar para siempre.
fin