Capítulo 3

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Sentido de la vista

Eran casi las doce de la noche. No sabían por qué habían elegido ese horario, justo cuando termina un día y comienza otro. Quizá lo hicieron como una analogía que expresaba lo que les pasaba como pareja: terminaban con una etapa para empezar otra. Lo que no sabían era si esta nueva etapa serviría para afianzar su vínculo o terminaría por producir una terrible crisis en su relación. Pero en todo caso ya lo habían hablado detenidamente y habían decidido correr ese riesgo.

Tamara estuvo encerrada en el baño durante una hora, y luego otro tanto en el cuarto. José se había dado una ducha y en cinco minutos estaba listo. Se vistió con un saco y pantalón gris, acompañado de una remera blanca. La esperó, y en cierto punto cree que fue lo mejor que ella se quedara en el cuarto hasta el último momento. Esperar junto a ella podría ser una tortura.

Tamara se vino para la sala de estar cuando faltaban cinco minutos para las doce. Llevaba un vestido rojo que resaltaba su figura: era una mujer alta, de curvas pronunciadas, grandes pechos y una buena cola. Su cabello rubio caía sobre sus hombros. José la miró, admirando la imponente presencia de su pareja.

Tamara le sonrió a José con nerviosismo, mostrando sus perfectos dientes blancos. A él le generó un extraño alivio comprobar que ella parecía tan cohibida como él mismo. Aunque en ninguno de los dos, el sentimiento resultó suficiente como para mitigar su determinación. —Ay, estoy nerviosa —dijo ella.

Tamara poseía una belleza imponente e innegable, imposible de pasar por alto. Su vestido rojo, la hacían el centro de atención.

—Estás preciosa —le dijo José, con voz temblorosa. En la mirada de Tamara él pudo ver la complicidad que los mantuvo juntos los últimos meses.

Ella lo abrazó. El cuello de Tamara despedía un olor a perfume delicioso.

Él la miró atentamente, admirando cómo el vestido rojo ceñía su cintura y resaltaba sus formas. Besó su boca. Sus miradas no se desviaban de los ojos del otro. —Acordate de todo lo que hablamos. Si no… —No me lo repitas —la interrumpió José—. En serio, no hace falta.

Y era cierto. Habían hablado de ello muchas veces, y de manera detallada. Al principio se planteó como una broma. Luego se dieron cuenta de que el escenario hipotético del que debatían les resultaba muy atractivo. Pero lo dejaron en el terreno de la fantasía.

Después de muchos meses, cuando ya lo creían olvidado, reflotaron el tema, y esta vez ya no parecía una mera hipótesis. Igual después de eso pasó mucho tiempo, y muchas conversaciones, hasta que se decidieron a concretarlo. Así que no, no valía la pena volver ahora a lo mismo.

Tamara le sonrió a José. Creo que había algo de lástima en su mirada, como si se compadeciera de la inseguridad que siempre caracterizó a José, y que en ese momento era más palpable que nunca.

Entonces sonó el timbre. —Yo abro —dijo José, aferrándome a una de las pocas cosas sobre la que tenía control. Claudio y Juan estaban al otro lado de la puerta. Él los hizo pasar. —Cómo andás, chabón —saludó Claudio, exageradamente efusivo. Era un tipo imponente: alto, musculoso, con el pelo y la barba candado totalmente blancos. Vestía un pantalón chupín negro que acentuaba su estilo rockero. José sabía que era músico. Tamara lo conocía de alguna página de internet y varias veces le había hablado de él, sin que José le diera mucha importancia. El estilo rockero de Claudio era imponente. El otro, Juan, era amigo de Claudio. Era alto, de pelo negro y bigote, vestido con una camisa y pantalón jean. Parecía un poco más serio que Claudio.

Tamara se había mantenido atrás. Cuando los muchachos terminaron de saludar a José, se acercaron a ella. Claudio le dio un beso en la mejilla, agarrándola de la cintura. Tamara enrojeció levemente. —Mucho gusto —dijo ella después, cuando saludó a Juan. —Bueno, por fin nos conocemos —dijo este último, sosteniéndole la mirada. —¿Quieren tomar algo? —preguntó ella. —Una cerveza estaría bien —dijo Claudio—. Te ayudo —agregó después, y fue detrás de ella a la cocina. José sintió que el corazón se le encogía cuando los vio alejarse, una al lado del otro, hasta que se perdieron de su vista.

José acompañó a Juan al living. De la cocina escuchó una carcajada de Tamara que le heló la sangre. Al rato volvieron con unas botellas de cerveza artesanal y cuatro vasos. Tamara se sentó al lado de José. Los visitantes quedaron enfrente de ellos, en otro sofá. José tenía que reconocer que siempre tuvo una faceta prejuiciosa. Nunca le cayeron bien los chetos de Capital.

Hubo unos cuantos segundos de tenso silencio. Hasta que Juan rompió el hielo. —¿A qué te dedicás? —preguntó.

Me pareció una pregunta tonta, pero al menos dijo algo. —Abogado —contestó José. —Qué interesante —dijo Claudio. A José le dieron ganas de preguntarle qué tenía de interesante ser abogado, pero se contuvo.

Era obvio que estaba siendo condescendiente, pero quizás no lo hacía con mala intención. Claudio llenó los vasos de cerveza, mientras cruzaba miradas cómplices con Tamara. Era como si se estuvieran transmitiendo información sin la necesidad de emitir ninguna palabra. —Sabes, creo que no te dije —comentó Claudio después dirigiéndose a Tamara—, felicidades por tu nuevo trabajo. Creo que el otro día, cuando me lo comentaste, no te felicité, soy un colgado. —No pasa nada, todo bien. Gracias —contestó ella, mirando a José, como esperando que él agregara algo. —¿Hace mucho que viven acá? Es un lindo barrio —preguntó Juan. —En realidad 5 años —aclaró Tamara, bebiendo un trago de birra

. —Qué buena colección de libros tienen. No sabía que te gustaba leer, Tamara —comentó Claudio, mirando el mueble que estaba contra la pared. —Sí, me encanta. Y a José también —contestó ella, intentando incluirlo en la charla. Pero Claudio no dio la menor importancia a ese detalle.

En parte José lo agradeció, porque la verdad es que Tamara había hecho ese comentario por pura amabilidad.. —Mirá vos, tantas veces que hablamos y no sabía que también compartíamos el gusto por la literatura. —Una cosa más para que charlen —dijo Juan, mirando a José de reojo, como para ver su reacción. Esta vez su malicia sí se le hizo evidente a José.

Además, se estaba haciendo eco de algo que él mismo había pensado. Sin embargo, sólo atinó a tragar saliva. —Y ¿hace mucho que están casados? —preguntó Juan. —Tres años ¿no? —dijo Claudio. —Sí, tres años tambien—corroboró José. —Demasiado tiempo —acotó Juan.

La conversación siguió por un rato, siempre con cosas banales. Tamara les recomendó un par de series. Claudio habló de su música, mientras Tamara lo miraba con ojos brillosos. Juan observaba las piernas y pechos de Tamara, sin disimular su admiración, pero esto no parecía hacerlo para molestar a José, sino que le resultaba imposible no desviar la vista, de vez en cuando, hacia esas torneadas piernas. De repente, este último dijo, hablándole a José: —Claudio me dijo que no vas a participar, José. ¿Todavía pensás así?

Se hizo un silencio profundo y violento. José sintió cómo Tamara daba una larga exhalación. La miró. Tenía la cabeza gacha. De repente deseó que lo tragara la tierra, pero sin embargo jamás se le cruzó por la cabeza dar por terminada la velada. —Bueno, igual, si después cambiás de opinión, no pasa nada —aclaró Claudio. Era mucho más agradable que su amigo. Su simpatía era genuina. Y sin embargo por momentos José lo detestaba más que a Juan. —Pero es mejor saberlo de antes —dijo Juan. —No, no se preocupen, no voy a participar —aseguró José convencido. —Joya, todo bien. —Voy a traer otra cerveza —dijo Tamara.

José la vio alejarse, intuyendo que ella también tenía sus reservas. Pero estaba igual de seguro que regresaría y seguiría con lo que habían pactado. Todas las sensaciones que los atravesaban eran previsibles, y habían resuelto no amedrentarse por ellas.

—Che, así que conocieron Jujuy, es un hermoso lugar —comentó Claudio—. La Quebrada de Humahuaca es una obra de arte. —Sí —contestó José, con desgano. Tamara volvió con la cerveza. Pero en lugar de sentarse al lado de José, se puso en medio de ellos. El corazón de José empezó a latir aceleradamente. Se dio cuenta de que tenía sus manos cerradas en un puño, sobre su regazo, y le transpiraban. —¿De qué hablaban? —preguntó Tamara, tratando de disimular su creciente nerviosismo con una sonrisa forzada. —Del norte —dijo Claudio—, yo fui hace un par de años y me enamoré —agregó, mirando fijamente a Tamara. —Ay sí, es increí… Tamara no terminó la frase. Claudio arrimó su cara, con rapidez, y le comió la boca de un beso. Ella retrocedió por instinto. Su espalda quedó pegada contra el respaldo del sofá. José los miró, sin poder decir una palabra. Claudio redobló la apuesta. La agarró de la cintura, la atrajo hacia sí con cierta violencia, y la besó de nuevo. Esta vez Tamara cedió. Rodeó con sus brazos el cuello de Claudio y correspondió al beso con un hambre que hizo que el alma se le cayera a José al piso.

Cuando la escena terminó, Tamara miró a José. Él no podía articular palabra. —José, ¿te gusta que te humillen? —preguntó Juan de repente. —Qué —dijo José, desconcertado, pues la pregunta lo tomó por completa sorpresa. —A algunos les gusta que los humillen… —aclaró Juan. —No sé. No —balbuceó José—. Creo que no. Juan agarró de la barbilla a Tamara. La hizo girar hacia él. Ella se acercó. Lo miraba con cierta incertidumbre. Juan le susurró algo al oído y ella soltó una risa nerviosa. —¿Qué le dijiste? —reclamó saber José. Juan miró a José con desdén. —Le dije que es mucha mujer para un pelotudo como vos. Sentío que su sangre hervía. —Menti… —Tamara quiso advertir a José que lo que le dijo Juan era una broma, pero este la acalló con otro beso.

Era demasiado extraño ver cómo los labios de Tamara se movían, apasionados, y su lengua salía y se tocaba con la de ese tipo. Lo hacía con una naturalidad que espantaba a José. Y sin embargo, no podía dejar de verla.

Juan se puso de pie, ajustándose el cinturón con una parsimonia que a José le resultó insultante. —Bueno, basta de charla —dijo Juan, mirando el techo—. ¿Dónde está la habitación?

Tamara tragó saliva y señaló hacia la escalera con un gesto débil. —Arriba… al fondo del pasillo —respondió con un hilo de voz.

Juan le tendió la mano. Ella no la tomó de inmediato; primero miró a José, buscando en su marido un permiso que ya estaba dado de antemano. Al no encontrar resistencia, se levantó y empezó a guiar a Juan hacia la planta alta. José vio cómo subían escalón por escalón: el vestido rojo desapareciendo lentamente de su vista, seguido por la figura imponente y despreocupada de Juan.

José hizo amago de levantarse, con las manos temblando, pero Claudio le puso una mano firme en el pecho, obligándolo a quedarse en el sofá.

—Dejalos, chabón. Ella solo lo va a dejar arriba y baja, quedate tranquilo —le dijo Claudio con una sonrisa mansa, casi paternal.

Se escucharon los pasos de ambos en el piso de arriba, el sonido de una puerta abriéndose y el peso de dos personas entrando en el cuarto. José sentía que el aire le faltaba, que las paredes de su propia casa se estaban encogiendo.

—Tenés que estar orgulloso, José —le soltó Claudio de repente, mientras servía lo que quedaba de la cerveza en el vaso de José—. Hay que ser muy valiente para hacer lo que hacés.

José lo miró, confundido. —¿Valiente? —balbuceó—. Me siento un tarado.

—No, no digas eso —lo interrumpió el músico, mirándolo a los ojos con una intensidad magnética—. Lo que estás haciendo, lo hacés por amor. Estás entregando tu posesión más preciada para que ella experimente algo nuevo. Eso es generosidad extrema, flaco. No cualquiera se banca ver a un tipo como Juan llevándose a su mujer.

Claudio se recostó en el sofá, estirando sus piernas largas. —Juan es así, un bruto. Le gusta el impacto, le gusta marcar territorio. Pero vos… vos sos el dueño de la historia. Sin vos, este juego no existe. Disfrutá de eso, de saber que ella mañana se va a despertar al lado tuyo sabiendo lo que fuiste capaz de permitir esto por ella.

Tamara volvió a aparecer en la escalera. Bajaba sola. José soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo; verla ahí, le dio una falsa sensación de seguridad.

Claudio, que no le había sacado los ojos de encima a José, se levantó con una calma absoluta. —Es ahora, fiera —le dijo en voz baja, dándole una palmada en el hombro—. Acordate de lo que te dije: esto es pura valentía. No cualquiera ama así.

Claudio empezó a subir, cruzándose con Tamara a mitad de camino. Se dieron una mirada rápida, un código que José no alcanzó a descifrar, y el músico desapareció en la planta alta.

Tamara llegó hasta donde estaba José. Se veía excitada . Se quedó de pie frente a él, buscándole la mirada de forma insistente. —¿Estás bien, José? —le preguntó con un hilo de voz—. ¿Querés que sigamos con esto? Si me decís que no, se termina acá.

José la miró. El perfume de ella seguía flotando en el aire, mezclado con la tensión del ambiente. Sintió un nudo en el estómago, una mezcla de terror y una curiosidad oscura que ya no podía frenar. —Sí —contestó José, tratando de que no le temblara la voz—. Seguí.

Tamara lo miró con una mezcla de ternura y una chispa de algo nuevo, algo más salvaje. Se inclinó y le dio un beso corto en la frente. —Gracias —le susurró al oído, con una gratitud que a José le sonó a despedida.

José la vio caminar hacia la cocina antes de subir. Él la siguió, movido por una inercia que no podía controlar, como si necesitara prolongar esos últimos segundos de normalidad. Tamara se acercó a la mesada, sacó un blíster de las pastillas del día después y, con un movimiento seco, extrajo una. La tomó con un sorbo de agua directamente del grifo, sin usar un vaso, con la mirada perdida en los azulejos.

Ese gesto —tan mecánico, tan premeditado— golpeó a José más que cualquier otra cosa. Era la señal de que no había vuelta atrás; el cuerpo de ella se estaba preparando para lo que venía.

Tamara dejó el blíster sobre la mesada y se giró. Al ver a José allí parado, mirándola con esa mezcla de devoción y desamparo, sus facciones se suavizaron un poco, pero esa «chispa salvaje» seguía brillando en el fondo de sus pupilas. Se acercó a él, le acomodó el cuello del saco gris con suavidad y apoyó sus manos en el pecho de su marido.

—¿Vamos? —preguntó Tamara.

Su voz sonó clara, casi despojada de la duda que tenía minutos antes. José la miró y, con un automatismo que lo asustó, asintió con la cabeza.

—Sí —dijo, seco, entregado a la inercia del momento.

Caminaron de regreso hacia la sala de estar, donde la atmósfera todavía conservaba el eco de la charla previa. Tamara se detuvo en medio de la alfombra y se giró hacia él. Sus movimientos ahora tenían una cadencia distinta, más lenta y deliberada.

—Dejá el saco acá, José. Te vas a sentir más cómodo —le pidió con una suavidad que no admitía réplica.

Él obedeció. Se quitó el saco gris, esa prenda que representaba su armadura profesional de abogado, y la dejó doblada con torpeza sobre el brazo del sofá. Se sintió expuesto, como si al quitarse esa tela también se estuviera despojando de su autoridad en la casa.

Tamara, mientras tanto, se apoyó levemente sobre una mesa ratona para quitarse los zapatos de taco alto. Sus pies descalzos sobre el suelo parecían un gesto de intimidad que, en cualquier otra noche, habría sido el preludio de un descanso compartido. Pero no hoy.

—Traeme la cartera, está colgada ahí —le indicó, señalando el perchero de la entrada.

José fue por ella. Era una cartera pequeña, de cuero negro. Se la entregó en la mano, sintiendo el roce de sus dedos fríos. Estaba a solo unos centímetros de él, pero José sentía que un abismo los separaba.

—Date vuelta —le pidió ella con un susurro, pero dándole la espalda a él—. Bajame el cierre, por favor.

José sintió que los dedos le pesaban como si fueran de plomo. Acercó las manos al cuello de Tamara, donde el rojo del vestido contrastaba con la palidez de su piel. Buscó el pequeño gancho metálico. El contacto con su espalda tibia le produjo un escalofrío. Con un movimiento lento, casi solemne, empezó a bajar el cierre.

José terminó de bajar el cierre. El vestido rojo, que había sido el centro de atención toda la noche, ahora se abría como una cortina, revelando la lencería blanca que Tamara llevaba debajo. Era un conjunto delicado, de encaje fino, que José conocía bien; quizás incluso se lo había regalado él en algún aniversario.

La tela roja cayó suavemente sobre la alfombra, formando un círculo brillante a sus pies. Tamara se quedó parada frente a él, iluminada por la luz tenue de la sala, su figura ahora expuesta en esa lencería impoluta blanca.

José sintió una opresión en el pecho, una mezcla de deseo y vergüenza que lo asfixiaba. Se encontró buscando las palabras, cualquier cosa que pudiera decir para detener el tiempo o para expresar el torbellino de emociones que lo consumía.

—Estás… —José intentó hablar, pero su voz se quebró. Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo, con un hilo de voz apenas audible—: Estás hermosa.

Tamara le dedicó una pequeña sonrisa, una mueca ambigua que podría ser gratitud, lástima o una pizca de burla. Se inclinó y, de la cartera que aún estaba en el sofá, sacó una tira de preservativos. El metal frío del empaque brilló bajo la luz.

Los sostuvo un instante en su mano, como si fueran un trofeo,

—Gracias, mi amor —le dijo, la voz extrañamente dulce, casi condescendiente—. Ahora sí, vamos. Hagámoslo de una vez

Le tendió la mano. José sintió la calidez de su palma, un calor que antes significaba refugio y ahora se sentía como el fuego que lo consumía. Sin dudar, Tamara lo tomó de la mano y lo guio hacia la escalera, ascendiendo juntos hacia el piso de arriba, donde los sonidos ya eran más evidentes, invitándolos a ser testigos de su propio desmoronamiento.

Al cruzar el umbral, José sintió que el aire cambiaba. Su dormitorio, el lugar donde dormía cada noche, había sido transformado en un escenario extraño, decorado meticulosamente para la ocasión. En el centro de la cama, Claudio y Juan esperaban desnudos, recostados boca arriba.

Frente a ellos, en un lugar que parecía diseñado para no perderse ni un detalle, estaba la silla. José se sentó, sintiéndose pequeño en su propia casa, mientras Tamara se acercaba al borde del colchón.

Bajo la luz tenue, José no pudo evitar fijar la vista en los dos hombres. Ambos poseían miembros imponentes, de un tamaño que hacía que José tragara saliva con dificultad. Tamara también parecía impactada por la visión; sus ojos recorrieron la anatomía de ambos con una mezcla de fascinación y deseo que nunca antes le había mostrado a su marido.

—Son increíbles… —susurró ella, casi para sí misma, pero lo suficientemente alto para que José lo escuchara. Se acercó a acariciarlos, y mientras ellos le devolvían las caricias y le decían cosas al oído, ella no dejaba de elogiarlos—. No puedo creer lo grandes que son… son perfectos.

Claudio, con una sonrisa de suficiencia, se levantó un momento para encender la luz principal. El resplandor crudo inundó el cuarto, eliminando cualquier rastro de misterio.

—Mirá bien, José. Esto es lo que ella quería —dijo Claudio

Tamara, bajo esa luz cegadora, sacó un forro. Con dedos decididos, extrajo uno de los preservativos. Miró a Juan, luego miró de reojo a José —como para asegurarse de que él no se perdiera nada— y se llevó el látex a la boca.

José observó, con el alma en un hilo, cómo ella se arrodillaba frente a Juan. Con una técnica lenta y una entrega absoluta, comenzó a colocar el preservativo utilizando solo sus labios y su lengua, perdiéndose en un sexo oral profundo que dejó a José sin aliento. Los elogios que ella seguía murmurando entre movimientos terminaron de demoler lo poco que quedaba del orgullo de su marido.

Mientras Tamara continuaba con su labor, entregada por completo al sexo oral con Juan, Claudio no se quedó como un simple espectador. Con una parsimonia casi ritual, tomó otro de los preservativos y se lo colocó él mismo, sin dejar de observar ni un segundo el balanceo rítmico de los hombros de ella.

Claudio se levantó y se posicionó detrás de Tamara, que seguía arrodillada, de espaldas a la silla donde José permanecía petrificado. La luz cruda de la habitación resaltaba cada detalle de la lencería blanca de ella, que ahora se tensaba sobre sus formas.

Mmm… —un gemido bajo escapó de la garganta de Tamara mientras seguía ocupada con Juan, un sonido húmedo y rítmico que llenaba el silencio del cuarto.

Claudio se inclinó y rodeó la cintura de ella con sus manos grandes. José escuchó el sonido de la piel chocando contra la piel, un ¡plap! seco que le hizo dar un respingo en la silla. Claudio comenzó a besarle las nalgas con un hambre evidente, dejando marcas húmedas sobre su piel blanca.

Slurp… mmuá… —se escuchaba el sonido de los besos de Claudio, intensos y profundos, mezclados con los ruidos de succión de Tamara.

Juan, por su parte, echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, cerrando los ojos con una mueca de placer absoluto. —Ahhh… sí, así, Tamara… —susurró él, mientras las manos de ella lo sujetaban con fuerza.

José estaba ahí, a escasos metros, viendo cómo su esposa se convertía en el centro de un engranaje perfecto de placer ajeno. El sonido de los besos de Claudio en la parte posterior de ella y la labor incesante de Tamara con Juan creaban una atmósfera sonora que José nunca habría podido imaginar. Era un concierto de humedad, respiraciones agitadas y el roce constante del látex.

Tamara se arqueó levemente cuando sintió la lengua de Claudio recorrerla, pero no se detuvo. Sus ojos, entornados por el placer y el esfuerzo, se encontraron por un segundo con los de José desde esa posición humillante, y él pudo ver que ella ya no estaba allí como su mujer, sino como alguien completamente entregado a la experiencia.

La atmósfera en la habitación se volvió espesa, cargada de un calor que parecía distorsionar el aire. Bajo la luz blanca, el movimiento se volvió coreográfico.

Los tres se acomodaron en el centro de la cama, de rodillas, formando un triángulo de piel y deseo. Juan y Claudio rodeaban a Tamara, cuyos ojos brillaban con una intensidad eléctrica. Comenzaron a besarse entre ellos, un intercambio de lenguas y alientos que José observaba con la boca seca.

Mmm… qué rica que estás, por Dios —gruñó Juan entre besos.

Con un movimiento brusco y experto, Juan desprendió el encaje blanco de la lencería de Tamara, liberando sus pechos. Los dos hombres se abalanzaron sobre ellos al mismo tiempo.

Ssslp… mmuá… ahhh… —se escuchaba el sonido húmedo de las succiones mientras Juan saboreaba un pezón y Claudio el otro.

Tamara echó la cabeza hacia atrás, con la garganta expuesta, soltando un gemido largo y vibrante: —¡Ohhh, sí! ¡Dénme más! —exclamó ella, mientras sus manos, inquietas, bajaban para rodear los miembros de ambos. Comenzó a masturbarlos con un ritmo frenético, un shhh-shhh rítmico que se mezclaba con el jadeo de los hombres.

Mientras la besaban y la mordisqueaban, las manos de Claudio y Juan no se quedaban quietas. Una mano de Juan se hundió entre las piernas de ella, buscando su humedad (¡fush, fush!), mientras Claudio exploraba con sus dedos la firmeza de su cola, apretándola con fuerza.

Estás empapada, nena… mirá cómo te ponés con nosotros —le susurró Claudio al oído, provocando que ella se estremeciera de pies a cabeza.

José, desde su silla, sentía que el mundo desaparecía. La visión de su esposa siendo devorada por esos dos hombres imponentes, el sonido de los fluidos y los elogios sucios que ellos le dedicaban, le provocaron una reacción que no pudo contener. Sus manos, casi por instinto, bajaron hacia su propio pantalón. Comenzó a tocarse ahí mismo, en la silla, con movimientos desesperados, incapaz de quitar la vista de la cama.

¡Sí, José! ¡Mirá cómo me tocan! ¡Mirá qué grandes que son! —gritó Tamara, mirando a su marido con una sonrisa salvaje mientras continuaba masturbándolos a ambos—. ¡Mirame!

El cuarto era un caos de onomatopeyas: el slurp de los besos, el ¡plap! de las manos contra la carne y los gemidos roncos de los dos hombres que ya no tenían ningún reparo en mostrar su dominio.

 

—Ahora chupanos la pija a los dos —ordenó Juan con voz ronca, sin dejar lugar a réplicas.

Con una parsimonia dominante, tomó a Tamara por la nuca y guio su cabeza nuevamente hacia su miembro. Tamara, obediente y sumisa, se entregó al acto con un glup… glup… sonoro y profundo. Mientras ella se concentraba en él, Juan aprovechó la posición para correrle la lencería blanca hacia un lado. Con un movimiento rápido y experto, le metió dos dedos en la concha; el sonido húmedo del ¡shhhk… shhhk! comenzó a marcar un ritmo frenético de mete y saca.

Tamara gemía ahogada por la boca ocupada, mientras sus manos no se quedaban quietas: ¡zas… zas! masturbaba a Claudio con desesperación. Claudio, sin perder tiempo, le seguía acariciando y apretando los pechos, produciendo un sonido de ¡plap… plap! constante contra la carne blanca.

El intercambio fue caótico y eléctrico. Tamara giraba la cabeza, alternando ¡slurp… slurp! entre los miembros de ambos hombres, buscando satisfacer a los dos al mismo tiempo. El aire en la habitación se volvió insoportable, cargado de sudor y deseo.

José, sentado en la silla, ya no podía controlar nada. El sonido del ¡shhhk… shhhk! de los dedos de Juan dentro de su esposa actuaba como un látigo en su cerebro. Sus propias manos bajaron temblando, y comenzó a tocarse frenéticamente su miembro sobre el pantalón, jadeando bajito, incapaz de apartar la vista de cómo su matrimonio se desintegraba en ese triángulo de carne y fluidos.

Juan soltó una carcajada cínica mientras observaba la reacción de José en la silla. —¿Se te está parando la pija, Josesito? —se burló, disfrutando de su parálisis—. Mirá cómo la chupa la yegua esta.

Tamara ni siquiera parpadeó. Seguía con su labor frenética, alternando la boca de una pija a la otra en un ¡slurp… slurp! húmedo y rítmico que llenaba la habitación. Mientras tanto, Claudio y Juan, a ritmo compartido, comenzaron a cachetearle las nalgas con fuerza. El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba con un seco ¡plaf… plaf… plaf!, dejando marcas rojas sobre su piel blanca.

Claudio se giró hacia José, con una sonrisa depredadora. —Dale, Josesito, sacatela —ordenó, marcando el último paso de la humillación.

José, temblando incontrolablemente y con la respiración entrecortada, obedeció. Sus dedos torpes desabrocharon el cinturón y bajaron el cierre, liberando su miembro erecto, que quedó expuesto bajo la luz cruda del cuarto. Se quedó ahí, paralizado y expuesto, mientras el concierto de ¡plaf! y ¡slurp! continuaba sobre la cama.

La diferencia era innegable y brutal; la pija de José, aunque erecta por la situación, no se comparaba en absoluto con la imponencia de las de Claudio y Juan.

—¿Qué pasa, Josesito? ¿Te achicaste? —se burló Juan, mirando de reojo el miembro de José y luego el suyo—. Dale, decile que la amás. Decile que te calienta verla así, tan puta. ¡Dale, decilo!

José, con la voz quebrada y temblando, apenas pudo articular las palabras: —Te… te amo, Tamara. Me… me calienta verte así…

Tamara, sin detener el ¡slurp… slurp! rítmico que le hacía a Claudio, soltó una carcajada ahogada.

En ese momento, Juan empujó a Tamara para que quedara boca arriba. Con un tirón seco, le arrancó la tanga blanca, dejándola totalmente expuesta. Mientras Claudio se acomodaba para seguir recibiendo placer oral, Juan bajó la cabeza y comenzó a lamerla con desesperación. El sonido húmedo de la succión, un ¡fush… fush… fush! constante, llenó el ambiente.

—¡Eso, Tamy, así, no pares! —gruñó Claudio, tomando a Tamara por la cabeza y empujando su miembro con fuerza hacia su garganta, provocando un ¡ghok… ghok! ahogado de ella.

Tamara quedó atrapada en ese engranaje de placer: abajo, el sexo oral de Juan le provocaba gemidos agudos; arriba, la boca ocupada con Claudio.

—¡Ahhh! ¡Juan, más fuerte! —gritó ella, arqueándose, mientras Claudio reía y la cacheteaba: ¡plaf… plaf!

Claudio, con una sonrisa de absoluta posesión, se irguió un momento y luego se abalanzó sobre Tamara. Se posicionó sobre ella, dominando su cuerpo, mientras Juan seguía con su labor en la parte inferior. Con un movimiento brusco, Claudio se hizo una turca en el abdomen, dejando caer su miembro erecto sobre los pechos de Tamara.

—¡Plaf! ¡Plaf! —sonó el choque de la piel contra la piel mientras frotaba su pija con vigor contra las tetas de ella.

Para que el roce fuera aún más intenso y placentero, Claudio escupió. Un ¡ptü! sonoro cayó sobre uno de los pechos de Tamara, seguido de otro ¡ptü! en el otro. Las gotas de saliva brillaron bajo la luz cruda, mezclándose con el sudor. Luego, reanudó el frote, el sonido húmedo del ¡shplish… shplish! marcando el ritmo de su turca.

Tamara, atrapada entre el placer de Juan abajo y el de Claudio arriba, jadeaba incesantemente. Sus pechos, ahora brillantes y húmedos, eran el centro de la atención de Claudio, mientras Juan seguía con su ¡fush… fush! insistente.

—aahhahahaha siiiii ahhhhhhhhhhhhhh — decía tamara

José, en la silla, observaba todo, su miembro temblaba en su mano mientras el aire se volvía irrespirable.

—Ahora te vamos a coger de verdad, Tamara —dijo Juan con voz firme, marcando el ritmo de la noche.

Él se acomodó boca abajo en el borde de la cama, posicionándose. Tamara, con la respiración agitada y los ojos fijos en la escena, obedeció. Se montó sobre él con movimientos lentos y calculados, sintiendo la tensión en todo el cuarto.

El ambiente se volvió asfixiante. El sonido del roce de los cuerpos, un ¡shhhk… shhhk! constante y rítmico, llenaba la habitación, mezclándose con las respiraciones pesadas. Claudio, desde un costado, observaba con una sonrisa depredadora, ¡plaf… plaf!, dándole palmadas en la espalda a Juan para motivarlo.

Tamara gemía intensamente, ¡ahhh… ahhh!, arqueando la espalda mientras mantenía la mirada en José, quien seguía petrificado en la silla, tocándose desesperadamente y sintiendo cómo su dignidad se desmoronaba por completo con cada sonido de esa unión.

—¡Ay, qué verga tenés, Juancito! ¡Aaaaaaaaaaaaaaahh, aaaaaaaaaaaaaaaahhh, mmmm! —gemía Tamara, perdiendo el control mientras se movía frenéticamente sobre él. El sonido de los cuerpos chocando era un ¡plap… plap… plap! seco y constante que retumbaba en las paredes.

Juan, respirando entrecortadamente, le sujetaba la cintura con fuerza para marcar el ritmo, mientras Claudio observaba todo con una mirada depredadora.

—¡Ahora me toca! —rugió Claudio, impaciente por su turno.

Claudio se acomodó en la cama y guio a Tamara para posicionarse en un 69. El aire se volvió aún más pesado y cargado de sudor. Tamara, ahora entre las piernas de Claudio, se concentraba en su labor con un ¡slurp… slurp! incesante, mientras Claudio la penetraba oralmente desde el otro extremo.

José, aún en la silla, observaba cómo su esposa intercambiaba fluidos con los dos hombres simultáneamente, sintiendo un nudo en el estómago que le impedía respirar.

José no paraba de tocarse, jadeando y gimiendo en la silla, incapaz de detener el placer perverso que lo consumía por completo.

—¿Viste que vos también la pasás bien, Josesito? —se burló Juan, lanzándole una mirada cargada de dominio mientras seguía con Tamara.

El cuarto era un caos absoluto de sonidos insoportables. Los mmmmmmmmaaauauauauuh… aaaaahahh… ffff… de Tamara resonaban por cada rincón, mezclándose con los glup… glup… glup… brutales de Claudio succionando su vagina, un sonido húmedo y voraz que indicaba una entrega total.

Tamara, en el clímax del 69 con Claudio, se estremecía bajo la intensidad, mientras José, a pocos metros, se rendía al mismo tiempo a su propio éxtasis humillante

Tamara había caído de rodillas sobre el colchón con una gracia felina, sus muslos firmes y redondos separados justo lo suficiente para que Claudio pudiera admirar el brillo de su excitación resbalando entre sus labios hinchados. Se apoyó sobre los antebrazos, arqueando la espalda de manera que su trasero, redondo y turgente, quedara elevado como una oferta silenciosa., recordándole que no podía escapar, que no quería escapar.

José, desde la silla, no podía despegar la vista. Sentía cómo el aire le faltaba al ver a su esposa en esa posición, totalmente expuesta y sometida ante los dos.

—toma, Tamara… —Juan gruñó, enredando los dedos en su cabello castaño oscuro, recogido en un moño desordenado que ahora se deshacía en mechones sudorosos—. Así, justo así, nena. Usá esa bocita sucia como sabés.

Ella no respondió con palabras. En su lugar, huecó las mejillas y llevó la cabeza hacia adelante, tomando a Juan hasta la garganta con un sonido húmedo y obsceno. Sus ojos, delineados con kohl que ahora estaba corrido por el sudor, se encontraron con los de él, desafiantes, mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en las esquinas. No era dolor lo que la hacía lagrimear, sino la intensidad, la sensación de estar llena en ambos extremos, de ser usada, adorada y dominada al mismo tiempo.

José veía cómo Tamara buscaba la mirada de Juan mientras sufría y gozaba. La escena le revolvía el estómago, pero una excitación incontrolable lo obligaba a seguir mirando, con la mano temblorosa sobre su propio miembro.

Claudio no le dio tiempo para adaptarse. Con un gruñido animal, empujó hacia adelante, enterrando su gruesa circunferencia en el apretado calor de su ano sin previo aviso.

—¡Ah, mierda! —Tamara jadeó alrededor de la pija de Juan, las palabras distorsionadas en un gemido vibrante que hizo que él maldijera y empujara más profundo—. ¡Clau—! ¡Dios, sí, así, más fuerte!

—Te lo dije, puta —Claudio siseó, retirándose solo para volver a embestir con un golpe seco que hizo que los pechos de Tamara rebotaran—. Vas a tomar cada centímetro como la buena perra que sos. —Sus dedos se clavaron más hondo en su carne, dejando marcas blancas donde la presión cortaba la circulación—. Y vas a chuparle la verga a Juan como si tu vida dependiera de ello, ¿entendido?

Ella asintió lo mejor que pudo, el movimiento haciendo que la pija de Juan resbalara contra su paladar. Sus manos, que antes estaban apoyadas en el colchón, ahora se aferraban a los muslos de Juan, las uñas pintadas de rojo oscuro hundiéndose en su piel mientras intentaba mantener el equilibrio. Cada embestida de Claudio la empujaba hacia adelante, obligándola a tomar más de Juan, y cada vez que se ahogaba, él gemía y le decía que era una buena chica, que era perfecta. Las palabras la enardecían, la hacían sentir como si estuviera ardiendo por dentro.

Desde su rincón, José soltó un gemido ahogado al ver cómo Claudio la penetraba. La humillación de ver a Tamara tratada así, y la erotización de la escena, lo tenían al borde del colapso emocional y físico.

—Mirá qué bien te queda, Tamara —Juan murmuró, acariciando su mejilla con el pulgar mientras ella baboseaba su longitud con saliva y lágrimas—. Toda hinchada, con los labios rojos como si acabaras de besuquearte con alguien. —Bajó la mirada hacia donde Claudio desaparecía dentro de ella, el sonido húmedo y obsceno de sus cuerpos chocando llenando el silencio entre jadeos—. Y ese culo… joder, cómo se traga a Claudio. Sos una maldita diosa.

uan soltó una carcajada ronca, complacido por la visión de Tamara jadeando bajo el impacto de Claudio. —Mirala, Josesito. Mirá cómo la están usando los verdaderos machos.

Sin pedir permiso, Juan se levantó de su posición y se colocó detrás de Claudio. Claudio entendió la señal de inmediato y se hizo a un lado, dejando espacio. Tamara, aún de rodillas y apoyada en los antebrazos, respiraba con dificultad, con la boca entreabierta y la mirada perdida en la intensidad de la situación.

Claudio tomo un pote de lubricante y se lo tiro sobre su ano, luego juan se puso boca arriba para que Tamara lo montara nuevamente

Pero cuando ella se clavo la verga en la vagina de nuevo Claudio se puso encima metiéndosela en el Culo

La doble penetración comenzó con un ritmo brutal y coordinado. ¡Plap, plap, plap! resonaba el sonido de las nalgas de Tamara chocando contra la pelvis de Claudio, mientras que los sonidos húmedos de succión (glup, glup) marcaban el ritmo de Juan en su boca.

—¡Oh dios! ¡Me rompen! ¡Me rompen! —gritaba Tamara, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, sintiéndose llena y poseída por completo, incapaz de distinguir entre el dolor y el placer extremo.

Claudio, sosteniéndola de la cintura con fuerza, intensificó el ritmo, mirando fijamente a José. —¡Mirá, José! ¡Mirá cómo tu mujer disfruta de ser de todos menos tuya!

José jadeaba incontrolablemente, sintiendo cómo su propio clímax se acercaba, mezclado con una humillación tan profunda que le resultaba erótica.

Claudio, con una sonrisa salvaje, inclinó la cabeza hacia Tamara. —¡Acabó! ¡Acabó! —gritó, su voz ronca por el esfuerzo. Con un tirón, sacó su miembro de ella, mientras Juan hacía lo propio.

Tamara, jadeando, se quedó con los ojos vidriosos, su cuerpo temblando por el placer brutal. Los dos hombres se miraron, una señal silenciosa de complicidad y triunfo.

—Ahora, Josesito, mirá esto —dijo Juan con desprecio, posicionándose sobre la cara de Tamara. Claudio, a su lado, hizo lo mismo con sus pechos.

Con una sincronía perturbadora, ambos hombres se deshicieron de los preservativos con un movimiento rápido. Tamara soltó un gemido ahogado al verlos, pero no tuvo tiempo de reaccionar.ç

Aaaoaoaoajajahjahaahhhhhhhh eran leones gruñendos

Juan se inclinó y, con un gruñido gutural, descargó su semen sobre el rostro de Tamara. Las gotas calientes y espesas salpicaron su frente, sus mejillas y se escurrieron por su mentón, mezclándose con sus lágrimas y el sudor. Casi al mismo tiempo, Claudio se derramó sobre sus pechos, cubriendo su piel blanca y sus pezones duros con su propia eyaculación, que brillaba bajo la luz cruda de la habitación.

—¡Ahhh! —gimió Tamara, con la cara y el pecho empapados, la cabeza ladeada mientras el placer y la humillación la superaban.

José, en la silla, ya no pudo contenerse. La visión de su esposa profanada de esa manera tan explícita lo llevó al límite. Con un gemido de dolor y placer, se vino también , un clímax desesperado y vergonzoso que marcó el final de su resistencia. Su cuerpo se desplomó en la silla, tembloroso, mientras el aire de la habitación se volvía espeso con el olor a sexo y derrota.

Claudio y Juan, satisfechos, se levantaron. La escena en la cama era un testimonio de su dominio. Tamara yacía entre ellos, cubierta por el sudor, las lágrimas y el semen de los dos hombres, con una expresión vacía pero extrañamente serena.

—Mirá cómo quedó llena de leche tu mujer —dijo Juan con una sonrisa cínica, señalándola sin ocultar su desprecio.

Ambos quedaron exhaustos, jadeando.

En ese momento, el silencio del cuarto fue roto por un grito prolongado y agudo que escapó de la garganta de Tamara, una mezcla de extenuación y placer residual: —¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhaaaaaaaaaaaaaaaaaoooooooh!

Al escucharla, José no pudo contenerse más. Llevaba tanto tiempo masturbándose frenéticamente que el orgasmo le sobrevino como una descarga eléctrica violenta. Se sorprendió a sí mismo de haber aguantado tanto, descargando su propia mezcla de excitación y humillación en la soledad de su silla, mientras contemplaba cómo su matrimonio se desintegraba definitivamente.

Tras unos minutos de descanso, la atmósfera se distendió ligeramente. Claudio tomó a Tamara de la mano y la ayudó a levantarse. —Vamos a limpiarnos —dijo, dirigiéndose al baño principal.

José se quedó solo en la habitación, sintiendo cómo el frío comenzaba a calarle los huesos ahora que la adrenalina bajaba. Desde el baño, escuchó el sonido del agua caliente corriendo y, al poco tiempo, gemidos suaves y murmullos cómplices que indicaban un último encuentro sexual bajo la ducha, un cierre íntimo del que él había sido excluido.

Cuando finalmente salieron, el ambiente era otro. Tamara, vestida con una bata, evitaba su mirada, mientras los dos hombres se ponían sus ropas con parsimonia.

—Bueno, che, fue una noche intensa —dijo Claudio, abrochándose la camisa—. Gracias por la hospitalidad, José.

Juan le estrechó la mano con firmeza, una última muestra de superioridad. —Cuídala bien, ¿eh? —añadió con una ironía mordaz.

José asintió en silencio, incapaz de articular palabra. Tamara los acompañó hasta la puerta. Tras un último beso rápido en la mejilla de ella, los extraños se retiraron, cerrando la puerta y dejando a la pareja sumida en un silencio sepulcral, en medio de la sala de estar que ahora se sentía extraña y vacía.

José miró a Tamara. La tensión entre ellos era insoportable, una mezcla de culpa, excitación residual y vergüenza. Sin decir palabra, él la tomó de la cintura y la besó con una urgencia desesperada, necesitando reafirmar su posesión sobre ella. Tamara correspondió con la misma intensidad, como si ambos buscaran borrar lo ocurrido a través de un encuentro sexual frenético y posesivo sobre el sofá.

Al amanecer, la luz del sol entró por la ventana, desnudando la escena de la noche anterior. José se levantó con el cuerpo dolorido y la mente turbia. Al llegar a la cocina, se detuvo en seco al borde del pasillo.

Tamara estaba allí, preparando el café de espaldas. Llevaba puesta una remera de José que le quedaba grande. Canturreaba una melodía suave mientras esperaba que saliera la bebida, moviéndose con una ligereza y una felicidad que contrastaban brutalmente con el desmoronamiento de la noche anterior. Parecía haber olvidado todo, o quizás, lo había integrado como un triunfo personal. José se quedó mirándola, sin saber si sentir alivio o un terror profundo por la nueva etapa que, finalmente, habían comenzado.

 

FIN

 

5 sentidos

sentidos II