Capítulo 4

Cuento número 4

La noticia se había esparcido por el mundo mágico. Harry Potter recibió su invitación a Hogwarts, ¡el niño que vivió!

Severus Snape se encontraba en su despacho, contemplando con melancolía un pequeño frasco con un extraño líquido color rosa. Su mirada expresaba melancolía y su corazón palpitaba fuerte, como si quisiera salir de su pecho.

—Necesito relajarme —dijo para sí mismo.

Su caldero estaba hirviendo. No se encontraba muy lleno; el elixir llenaba a menos de un cuarto del recipiente.

Agregó el contenido del frasco. El caldero comenzó a burbujear, llegó a su punto de ebullición y un vapor color rosa, con aroma a jazmín y otras hierbas, impregnó la habitación.

—La poción multijugos está lista —anunció.

Llenó otro recipiente con la poción recién terminada y salió del recinto.

Los cuadros saludaban al profesor mientras este bajaba por las escaleras que no paraban de cambiar de posición.

La escuela estaba vacía, pero muy pronto vendrían los nuevos estudiantes y también la nueva celebridad.

El profesor ingresó a la biblioteca, en la sección de repostería, al tercer estante, y tocó el libro de pasteles vivientes, crema de mandrágora y arañas en salsa tártara.

Los tocó siete veces en diferentes sentidos, creando un ritmo musical muy divertido y poco común.

Al terminar, un pulpo fantasmal salió de entre los libros, tragándose al profesor, quien empezó a deslizarse por su garganta a mucha velocidad.

Luces muy vívidas y de todos los colores aparecieron, como si el espacio se distorsionara. Luego todo volvió a la calma.

El viaje había terminado. Snape llegó a su destino: Holland’s Leaguer Magic. El lugar estaba lleno; las copas flotaban de mesa en mesa.

Las mesas eran redondas. Algunos jugaban a los naipes mágicos; era difícil ganar, ya que debías tomar las cartas y evitar que cambiaran. Si no lo lograbas, tu mano podía cambiar de ganadora a perdedora en un segundo.

Otros estaban con las damas de compañía, charlando en las mesas. Otros magos disfrutaban de las gordas bailarinas.

—Hola, profesor. Hace mucho no lo veía por aquí. Qué gusto saludarlo. Los magos de Hogwarts no suelen visitarnos; dicen que no es buen ejemplo.

—Madame Cyn, nadie tiene por qué enterarse —replicó Snape.

La mujer, de casi tres metros de altura, con grandes pechos, gran escote y largas piernas, tomó su sombrero, fumó su cigarrillo y sonrió.

—Bien dicho, profesor. Hoy le tengo a una alumna muy traviesa. Seguro usted tiene mucho que enseñarle.

Caminaron juntos por los pasillos. Consoladores, preservativos y genitales de repuesto flotaban y entraban en las diferentes habitaciones. Hermosas ninfas corrían desnudas jugando con otros clientes. Pepinos salían gritando y corriendo mientras algunos elfos domésticos intentaban atraparlos y regresarlos a sus deberes.

Unas muñecas mágicas intentaron seducir al profesor, bailando de forma sugerente. La madame les advirtió que él no era de los clientes baratos y les ordenó ir al salón económico.

—Hemos llegado, profesor. Que lo disfrute. La chica llegará en un momento.

—Madame, dígale que beba esto antes de entrar y que se vista con el traje que me gusta, el de siempre. Tome el dinero correspondiente al servicio.

Dicho esto, entregó una bolsa llena de monedas.

Snape entró y cerró la puerta. La habitación tenía columpios, una cama masajeadora y un jacuzzi con brazos de pulpo.

Jaló la cuerda de ambiente y la habitación cambió a un lugar más tranquilo y familiar para el profesor: una cama, la chimenea y un cielo estrellado como el de Hogwarts.

Se sentó en la cama con las piernas abiertas.

La puerta se abrió. Una mujer con traje transparente, muy hermosa, con cabello largo hasta los hombros de color rojo oscuro y denso, ojos almendrados de color verde claro y piel blanca, entró. Traía unos cuernos de ciervo y su traje destilaba pequeños destellos azules y blanquecinos, semejantes a un patronus.

Notas musicales bailaban en el aire.

La chica, delgada, movía sus caderas al ritmo de la música. Su cuerpo era delgado y esbelto, sus senos bien firmes y pezones erectos, vagina rosada y depilada.

Ella se movía como serpiente, se detenía, tocaba su entrepierna, movía su cadera adelante, atrás y en círculos. Su vestido luminoso de ciervo destellaba luz blanquecina y azulada. La tela transparente se fue diluyendo, dejándola completamente desnuda.

El profesor se levantó, la besó, metió sus dedos en su vagina y jugueteaba con ellos mientras se humedecían. Jugaba con la punta de su lengua en la garganta de la hermosa mujer. Se detuvo un momento, la miró a los ojos, besó su frente con ojos de enamorado, soltó una lágrima y pronunció su nombre:

—Lily, mi amada, cómo lamento no haberte protegido.

La mujer le dio un dulce beso, bajó hasta su pantalón, sacó su pene y comenzó a chuparlo. Lamía sus testículos y metía el falo hasta lo más profundo de su garganta.

El profesor jugaba con su hermosa cabellera mientras ella lo miraba con lujuria, tragándose su falo.

Ella se apartó, se acostó en la cama y abrió sus piernas, ofreciendo su vulva al dichoso cliente. Empezó a masturbarse, tocaba con sus dedos el clítoris de forma circular mientras metía los dedos de la otra mano en su vulva ahora dilatada. Luego sacó los dedos húmedos de su vagina, los metió en su boca y, con una hermosa sonrisa, estiró la mano y, moviendo su dedo, invitó al profesor.

Una bolsita de condón saltó de un pequeño nochero en la esquina, se abrió, salió corriendo y saltó hacia el pene del profesor, cubriéndolo todo.

Ahora que ya tenía el preservativo puesto, Snape empezó a penetrar a la mujer. Tocaba sus senos, los chupaba con vehemencia. Ella se movía de forma magistral, como las olas del mar en noches de tormenta.

—Lily, te amo. ¿Me amas?
—Sí, te amo.
—Lily, ¿te gusta cómo lo hago? ¿Soy mejor que James, verdad?
—Sí, sí. Nadie como tú —dijo la chica mientras acariciaba la melena de Snape.

Snape chupaba su cuello, luego mordió sus labios, acariciaba sus hermosos senos, los apretaba, los chupaba, volvió a besarla, se entretuvo con sus labios rojos y brillantes. Ella sonreía; su mirada brillaba e iluminaba el corazón del lúgubre profesor.

Snape la penetraba suave, luego duro y más duro. La respiración se hizo más frenética. Ella atrapó con las piernas al profesor, se aferró a él también con las manos, movía su pelvis más rápido, más rápido, hasta que se puso tensa por unos instantes, contuvo la respiración por un breve momento, exhaló y luego su cuerpo se relajó. Ambos tuvieron un orgasmo.

Aún quedaban treinta minutos para que se cumplieran las tres horas que el profesor había pagado.

Él le pidió que se volteara para jugar un poco con su trasero. Tomó unas bolas irlandesas y las introdujo en el ano de la mujer. Estas explotaban dentro de ella, ocasionando que su cuerpo se erizara, le diera un espasmo y un orgasmo en cada explosión. Siguió metiendo las bolas y estas explotaban de forma simultánea: ta, ta, ta, ta. La mujer empezó a babear debido a los orgasmos múltiples y salió mucho líquido de su vagina: un squirt mágico.

La cama quedó empapada, pero la sábana absorbió todo, quedando como recién lavada.

La chica quedó muy cansada, respirando agitadamente.
—Yo debería pagarte a ti. Qué gratificante.
—Shhh, no hables. Lily no se expresaría de esa manera.

Snape la sodomizó y comenzó a metérsela por detrás. A veces sacaba su pene y abría su ano con los dedos, como si quisiera encontrar algo adentro. Su ano estaba abierto por las bolas, estaba color rosadito y se veía exquisito, ya que ella tenía un trasero muy lindo.

Estuvieron de perrito, de lado, de frente, pero siempre por detrás, mientras le metía los dedos por la vagina.

Sonó la campana anunciando que solo quedaban cinco minutos de tiempo. Snape comenzó a penetrarla por detrás con más fuerza, le pasó la lengua por la línea de la espalda mientras apretaba sus senos, miró el delicado cuello de Lily, lo acarició con sus labios, se detuvo nuevamente para contemplar su bello cuerpo y se sintió conmovido.

Recordó tristemente que solo era un juego. La verdadera no lo amaba y ya no vivía.

Sintió rabia, asco, tomó la decisión de terminar con este juego. Por alguna razón había salido de la fantasía.

Sacó su pene de dentro del ano de la muchacha, le pidió que se quedara en esa posición, buscó su pantalón, tomó su varita y regresó rápidamente.

Apuntó con la varita hacia el ano de la chica y dijo:
—Anus móvile extasiate.

El hueco del ano se hizo más apretado. Al meter su pene, el interior de la muchacha apretaba más, se movía en todas las direcciones: un pliegue hacia arriba, otro hacia abajo. Su agujero masajeaba y chupaba, como si hubiera metido el pene en un torbellino de agua.

Snape eyaculó. Estaba satisfecho. El condón salió corriendo, se tiró a sí mismo en la basura, el tarro dio dos vueltas y se prendió en llamas hasta desaparecer.

La poción multijugos perdía su efecto. Se había potenciado para durar tres horas y sonó la última campana: el tiempo se acabó.

La forma de Lily ya no estaba. La verdadera forma de la mujer apareció: una mujer de cabello negro, ojos oscuros y cuerpo escultural, mejor que el de Lily estéticamente hablando, pero no era Lily. Snape perdió el interés.

La campana sonó. Se acabó el tiempo.

El profesor se vistió y salió sin despedirse, pero se sentía más tranquilo.

Llegó el día de conocer a Potter, el hijo de su amada. El sombrero lo envió a Gryffindor, lo cual le parecía bien de momento. No le gustaría que Potter se diera cuenta de lo que hacía con la imagen de su madre.

Acto que se repetiría mientras durara la esencia de Lily en aquel frasco misterioso.

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