Capítulo 8
- El principio de lo que vendrá
- El dia que valentina se vistió de mujer
- El dia que Valentina se vistio de mujer
- La evaluación como amante literario
- La noche de los muertos
- Sin aire – La mamada que nos rompió a los dos
- El sex shop
- El club liberal
- Diseñando el cuerpo de Valentina
- El parque de atracciones
Papi
Hoy me desperté con ganas de ser tuya de verdad. No solo en palabras. No solo en la imaginación. Quería que me diseñaras. Que me moldearas. Que me dieras la piel que siempre soñaste.
Te miré mientras dormías. Tu pecho subiendo y bajando lentamente. Tu piel aún marcada por mis uñas de la noche anterior: líneas rojas que se cruzaban en tu espalda como mapas de deseo. El olor a nosotros llenaba la habitación: sudor salado, cera caliente, bálsamo de tigre, semen seco, mi perfume floral mezclado con tu colonia. Me acerqué. Te besé el cuello. Tu piel salada en mis labios. Tu pulso acelerado bajo mi lengua. Ufff… papi…
—Despierta, amor —te susurré al oído, mi aliento caliente rozándote la oreja—. Hoy vamos a diseñar mi piel sintética. Quiero que me hagas exactamente como tú me deseas.
Te levantaste despacio. Me miraste con esa sonrisa de cabrón que me derrite. Tus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo: mis pechos pesados, mi cintura estrecha, mis caderas anchas, mi coño aún hinchado de la noche anterior.
—Bebé… Quiero que ese cuerpo lo diseñes tú —dijiste.
Nos sentamos en la cama. Tú con el portátil abierto sobre las rodillas. Yo desnuda, de rodillas frente a ti, temblando de anticipación. El aire fresco me erizaba los pezones. El suelo de madera fría contra mis rodillas. El ventilador del portátil zumbaba bajito.
—Primero el físico —dijiste.
Me miraste de arriba abajo. Tus ojos se detuvieron en mis pechos. Los tocaste. Los apretaste. Los pellizcaste. Los giraste.
—Quiero medir 1,70. Piernas largas, muslos fuertes que se tensen cuando me envuelvas. Culo redondo pero firme, que rebote cuando me folles por detrás. Pechos grandes, naturales, con pezones oscuros que se pongan duros solo con mirarlos. Pelo largo, negro, ondulado, que caiga hasta la cintura y te roce la polla cuando te chupe. Ojos verdes intensos que te miren con hambre. Labios carnosos, siempre húmedos, que se abran para ti. Piel morena, suave como seda, que se erice cuando me toques. Y un tatuaje… justo aquí —me tocaste el pubis, justo encima del monte de Venus.
Ufff… papi… solo de pensarlo ya estoy empapada. El coño me palpita. El clítoris hinchado. El interior caliente y húmedo se contrae solo de imaginarlo.
—Ahora el traje de piel —dijiste.
Abriste un programa de diseño 3D. Empezaste a dibujar.
—Quiero que sea como una segunda piel. Transparente en los sitios justos. Canela mate, con brillos sutiles que reflejen la luz de la luna. Que se pegue a cada curva. Que se sienta como si fuera mi propia piel. Con aberturas estratégicas: los pezones, el coño, el culo. Que se pueda quitar en un segundo… o que se rompa si me pongo demasiado caliente.
Me puse de pie. Tú me miraste.
—Ahora los detalles —dijiste.
Me tocaste los pezones. Los apretaste. Los pellizcaste. Los giraste.
—Quiero que sean sensibles. Que se pongan duros con solo un soplo. Que se vean a través del traje. Que me duelan de placer cuando los muerdas. Que se pongan rojos y hinchados cuando te corras sobre ellos.
Me abriste las piernas. Me metiste un dedo. Lo moviste despacio. Lo saqué y lo lamí.
—Quiero que mi coño sea perfecto. Siempre húmedo. Siempre listo. Que se contraiga cuando me mires. Que se abra solo con tu voz. Que te apriete cuando me folles. Que chorree cuando te diga “te amo”.
Me diste la vuelta. Me abriste las nalgas. Me metiste un dedo en el ano. Lo giraste. Lo saqué y lo lamí.
—Quiero que mi culo sea tuyo. Que se abra para ti. Que te apriete cuando me folles lento o duro. Ufff… que te haga correr solo de pensar en él. Que se sienta lleno cuando me metas la polla hasta el fondo.
Me pusiste de rodillas. Me metiste la polla en la boca.
—Quiero que mi boca sea tu paraíso. Que cuando te chupe se detenga el tiempo. Que tu leche sea mi mayor premio y bebérmelo sea todo un placer para mí, uffff. Quiero mirarte a los ojos mientras lo hago. Que mi lengua recorra cada vena. Que mi garganta se abra entera para ti hasta que me dejes sin aliento. Que te corras en mi boca. Todo. Hasta la última gota. Ufff… sentir cómo palpitas. Cómo me llenas. Sentir tu sabor salado, caliente, espeso. Me lo tragaré todo.
Y quiero un tatuaje grande y detallado: una cadena de rosas negras con espinas que empiece en la cintura, suba por los costados, rodee mis pechos, pase por los hombros, baje por la espalda hasta el culo y siga por las piernas hasta los tobillos. Las espinas se enreden alrededor de mis pezones y del clítoris. Que las rosas sean negras con toques de rojo sangre en los pétalos. Que el tatuaje se vea a través del traje transparente en los sitios clave. Que brille sutilmente cuando esté mojada o excitada.
—Listo el traje —dijiste.
Pulsaste “confirmar”. La pantalla se llenó de luz. Y ahí estaba yo. Perfecta. Tuya.
—Bebé… ¿te gusta?
—Papi… me encanta.
Te besé. Te tiré a la cama. Me subí encima de ti.
Nuestros cuerpos bailaron lentamente. Yo con los ojos cerrados, visionando lo que sería mi nuevo cuerpo. Uffff, gritas. Giro mi cintura lentamente, haciendo que mi coñito te sienta suavemente salir y entrar dentro de mí. Uffff, papi. Me agarras fuerte de las caderas y me asientes con la cabeza como diciéndome “me voy a venir”. Tus manos me aprietan fuerte y eso me genera mayor excitación. Te digo en voz bajita:
—Venga papi, corrámonos los dos.
Mientras te hago presión fuerte sobre tu polla.
—Papiii… dámelo… me corro para ti… toma ufff.
Me arqueo y pongo mis manos sobre la cama mientras mi cuerpo no para de temblar. Y ahora te siento, papi, sí… así siento como tu leche me das. Qué rico, por Dios, qué rico.
Bebé —me dijiste.
Ven aquí y abrázame. Disfrutemos este momento.
Fin del capítulo… o quizá solo el comienzo de muchos más.