El aire en ese antro de harina y levadura era tan espeso que podías masticarlo, una atmósfera de catacumba alimentada por el rugido sordo de los hornos. Entré allí con el estómago pegado al espinazo y el alma arrastrándose por las alcantarillas de la calle, buscando no solo un mendrugo de pan, sino una señal de que el mundo todavía palpitaba debajo de toda esa costra de civilización podrida.
Y allí estaba ella.
No era una mujer, era un monumento al exceso, una Venus de panadería con los brazos blancos de harina hasta los codos, como si acabara de emerger de una explosión en un molino. Sus ojos no te miraban, te devoraban con una indiferencia ancestral. Tenía una mancha de masa en la mejilla y un sudor brillante que le bajaba por el escote, trazando un mapa de humedad hacia las regiones donde la vida realmente hierve.
—¿Qué quieres? —preguntó. Su voz tenía el crujido de la corteza recién horneada.
—Todo —dije yo, y no me refería a los croissants.
Me lanzó una mirada que habría derretido el hierro de las bandejas. Sin decir palabra, me hizo una seña con la cabeza y cruzamos el umbral hacia el taller. Era un útero de calor sofocante. El olor del pan fermentando era el olor de la creación misma: agrio, dulce, biológico, casi obsceno. Era el olor de la vida antes de que le pusieran modales y corbata.
Allí, entre sacos de yute y mesas de madera curtidas por décadas de amasado, nos estrellamos el uno contra el otro. No hubo preámbulos de salón ni cortesías de burgués aburrido. Fue una colisión de dos animales hambrientos que se reconocen en la oscuridad de una cueva. La arrojé sobre una montaña de sacos de harina y el polvo se levantó como una nube de incienso en una catedral profana.
Sus manos me buscaban con la misma urgencia con la que se desgarra una hogaza caliente. Tenía el sabor de la levadura y de la piel salada. En ese taller, rodeados por el murmullo de las masas que subían en silencio, nos convertimos en una sola maquinaria de carne y deseo. No era amor, era algo mucho más sagrado: era la anulación total de la soledad a través de los sentidos.
Sus muslos eran columnas de mármol tibio y su risa, una carcajada de satisfacción que resonaba contra las paredes de ladrillo. Mientras la poseía, sentí que el universo entero se reducía a ese rincón polvoriento, a ese ritmo frenético de pulmones estallando y corazones golpeando contra las costillas. Estábamos horneando nuestra propia existencia en ese instante de delirio puro, sin pasado, sin futuro, solo el presente viscoso y magnífico de la carne.
Cuando finalmente nos separamos, cubiertos de blanco de la cabeza a los pies como dos fantasmas que acabaran de regresar del inframundo, nos quedamos allí tirados, fumando la nada. El horno seguía rugiendo al fondo, transformando la materia simple en algo comestible, de la misma manera que ese encuentro nos había transformado a nosotros: dos extraños que, por un momento, le habían robado un poco de fuego a los dioses en la parte trasera de una panadería mugrienta.