Bajo el sol cegador de la playa nudista, la arena caliente como una brasa suave bajo su culo, Marcos descansaba boca arriba, completamente desnudo. El calor del mediodía acariciaba cada centímetro de su piel morena, bronceada por años de veranos en aquel rincón apartado. El rumor del mar, constante y rítmico, era el único sonido que perturbaba la paz. Con los ojos entornados, su mente, sin embargo, no descansaba. Vagaba, como tantas otras veces, hacia los recuerdos de las miradas cargadas, las risas tensas y las lecturas compartidas y comentadas de libros eróticos con su compañera Laura, en la oficina. Tres años de una tensión sexual que se palpaba en el aire cada vez que sus dedos se rozaban al revisar un informe, cada vez que ella se inclinaba sobre su mesa y el escote de su camisa con dos botones desabrochados revelaba la promesa de unos pechos generosos. Cincuenta sombras, El amante de Lady Chatterley… cada libro comentado, cuanto más duras fueran las escenas de sexo descritas, más placer les reportaban. Sin duda, son los mejores momentos del trabajo, un nuevo capítulo en su juego privado, una coreografía de insinuaciones y deseos nunca consumados. Él deseoso de follarla, desde el primer día que la vio, ella, también.

El súbito cambio en el murmullo ambiental, un aumento de voces femeninas, lo sacó de su ensoñación. Entrecerró los ojos y escaneó la línea de la orilla, disimulando un poco. Y entonces la vio. Como una aparición sacada directamente de sus fantasías más húmedas, o al menos eso le parecía. Conforme se fue acercando lo confirmó ¡no podía creerlo! Era ella, Laura, entrando en la playa junto a una amiga. Llevaban únicamente unas blusas largas, transparentes, de un tejido tan fino que se adhería a sus cuerpos con la brisa salina. La amiga llevaba un biquini, Laura nada. Absolutamente nada. Marcos contuvo el aliento, atónito. Hacía sólo unos segundos la estaba imaginando pegado a él en el trabajo, rozando sus tetas con su hombro mientras tecleaba su contraseña, que le ruborizaba descifrar, la imaginaba abalanzada sobre él, sin bragas, pidiéndole que la follara sobre la mesa… y de repente, la fantasía se hace realidad, al menos parte de ella. La blusa de Laura era blanca, y el sol, justo detrás, la convertía en una pantalla de iluminación perfecta y mostraba, sin piedad, la silueta compacta y voluptuosa que tantas veces había soñado: los pechos generosos, redondos y firmes, aún con 55 años, con los pezones oscuros y erectos marcando la tela, la curva suave del vientre y, más abajo, el triángulo rubio -esto lo intuía, en el trabajo él le decía que si era rubia de bote, ella le contestaba que se fijara en las cejas- y bien definido de su coño.

Ella lo vio unos segundos después. Sus ojos verdes, amplios por la sorpresa, bajaron de su cara a su polla, donde la sombra de su desnudez empezaba a transformarse, a alargarse y endurecerse, respondiendo con una brutal honestidad a la maravillosa visión que tenía delante. No hubo rubor, solo un reconocimiento carnal, animal, bidireccional. La sonrisa que surgió en los labios de Laura era pura provocación.

—Marcos… ¡vaya casualidad! —dijo, acercándose. Su voz, su mirada, decían otra cosa muy distinta «Marcos… quiero esa polla dentro de mí».

—Laura. No sabía que practicaras nudismo —logró articular él, con la voz ronca por la excitación, mientras su mirada iba de sus tetas a la silueta de su preciado tesoro y viceversa, en un círculo interminable. Los pezones, ahora claramente visibles, se endurecían aún más contra la tela transparente.

—Hoy es mi primer día —respondió ella, sin apartar los ojos de su polla, gruesa, de buen calibre, circuncidada, sin pieles que molestaran, con la punta sonrosada, que comenzaba una rebelión imparable, alzándose lentamente, llenándose de sangre hasta quedar casi erecta, apuntando hacia ella con insolencia.

Evidentemente ella lo notó, era capaz de descubrir pequeños detalles en los informes, que pasaban por alto al resto, no se le iba a escapar el crecimiento de la polla de Marcos. Y, sabiendo exactamente el efecto que le causaba, como siempre descarada, se contoneó al girarse para hablar con su amiga, una morena igualmente atrevida que observaba la escena con una sonrisa cómplice. Con el sol a su espalda, la blusa se volvió completamente inútil. Marcos pudo ver, con todo lujo de detalles, la forma perfecta de su culo, la hendidura oscura entre sus piernas y esos pezones que tanto había imaginado lamer y morder. Un gemido ahogado se le escapó. Por mucho que intentó pensar en cosas frías, en números, en informes, su pene ya estaba duro como el acero, palpitante.

La amiga, captando la electricidad del momento, dijo con voz alegre:

—Voy a poner la sombrilla, cariño. Disfruta de la… poo..playa.

Laura se quedó unos segundos más, lamiéndose los labios con la punta de la lengua, mordiéndose el labio inferior, mientras su mirada, hambrienta, devoraba la erección de Marcos.

—Parece que haces mejor uso del sol que yo —murmuró, y sin añadir nada más, se dirigió hacia donde su amiga extendía las toallas, a unos pocos metros de distancia.

Marcos, para no violar las normas de la playa, se dio la vuelta boca abajo, pero la necesidad de verla era un fuego en las entrañas. Se giró para seguir admirando sus curvas. Cogió el móvil, fingiendo revisar algo, y espió por encima del hombro. Con el miembro duro hacia la toalla, evitaba que lo echaran por exhibicionismo. Fue testigo de cómo Laura, en un movimiento deliberadamente lento, sabiéndose observada, se despojaba de la blusa. Su cuerpo quedó completamente expuesto al sol y a los ojos de Marcos: pechos altos, de areolas grandes y pezones como bayas oscuras, caderas generosas, como a él le gustaban, y, ya era hora, confirmando el rizado pelo rubio de su sexo. Los labios de su coño no afloraban, eran “disimulados”, como a él le gustaban, esperando ser abiertos por su lengua. La muy… cabrona… no se conformó con eso. Al inclinarse para colocar la toalla, abrió las piernas y arqueó la espalda, ofreciéndole la mejor vista de su vida, su culo y su coño, rosa y húmedo, brillando bajo la luz del sol. Marcos sintió una sacudida en el nabo, una tensión tan extrema que estuvo a punto de correrse allí mismo, en la toalla.

No podía más. Con manos temblorosas, abrió WhatsApp.

Marcos: Hoy va a ser el día, voy a follarte duro hasta que no te queden fuerzas para gemir. Como a ti te gusta, como en esos libros que tanto nos calientan. Como te mereces después de tres años de correrme cientos de veces imaginándolo.

Vio cómo ella cogía el móvil y leía el mensaje. Comprobó, con deleite, cómo Laura se ruborizaba. Luego, ella alzó la vista y lo miró directamente, le regaló una sonrisa cargada de un «Estoy deseándolo».

Marcos: Cuando me levante, ponte la blusa, coge la toalla y sígueme a unos metros de distancia ¡Ahora!

Tuvo que esperar unos minutos, respirando hondo, hasta que su erección cedió lo suficiente para poder caminar sin escándalo. Se dirigió hacia un pequeño pasadizo entre las rocas que separaba la playa principal de una cala más pequeña y, tras otra barrera natural de piedras, a una tercera cala minúscula, completamente privada, su santuario secreto. La esperó, desnudo, de espaldas al mar.

El sonido de la arena crujiendo bajo sus pies descalzos lo alertó. Se giró. Allí estaba Laura, con la blusa, pero con tres botones desabrochados deliberadamente, para mostrar sus pechos bien conservados, la toalla en la mano, los ojos brillando con una mezcla de deseo y sumisión.

Marcos, sin rodeos, como a ella le gustaba, le dijo al oído:

—Aquí mando yo, soy tu amo. Todo lo que te ordene será para darte el máximo placer —dijo, con una voz grave que no reconocía—. Tú eres mi esclava ¿Entendido?

—Sí, amo -Susurró Laura, asintiendo con la cabeza.

—Quítate la blusa. Tírala ahí. Ahora, ve al agua. Báñate. Y mientras lo haces, mastúrbate. Mírame a mí mientras te tocas. Acaríciate el culo y penétratelo con los dedos. Dilátalo. Porque te voy lo voy a penetrar como castigo por estos tres años de tensión sexual no resuelta.

—Sí, amo.

Marcos se sentó en la arena, su pene ya de nuevo en plena erección, recto, de 15 centímetros, con las venas marcadas y la cabeza morada que latía al ritmo de su corazón. Observó, hipnotizado, cómo Laura entraba en el agua, se mojaba el cuerpo, y luego, mirándolo fijamente, empezaba a acariciarse. Una mano en sus pechos, pellizcando los pezones, la otra bajando por su vientre hasta su sexo. Se mordía los labios. Metió dos dedos dentro de su triángulo rubio y, sin dejar de mirarlo, los sacó brillantes y se los llevó a la boca. Se giró y se puso de espaldas a Marcos. Pasó las manos por detrás y, con una abría su culo, dejando el ano visible. Con la otra, introducía un dedo. Arqueaba la espalda y, sin dudarlo, se introdujo dos dedos, que metía y sacaba de su culo. Estaba claro que no era la primera vez que lo hacía y eso volvía loco a Marcos. Era la visión más excitante que había contemplado jamás.

—¡Sal! —ordenó él, mezcla de grito y gemido de placer, cuando no pudo soportarlo más.

Ella salió del agua, con su cuerpo brillante como el de una sirena.

—Chúpamela ¡ya! Quiero ver cómo me la comes.

Laura se abalanzó sobre su polla, dura como una piedra. Hambrienta, sumisa y deseosa. La rodeó con sus labios carnosos y comenzó a succionar con una pericia que le hizo ver las estrellas. Usaba la lengua, las mejillas, la garganta, incluso los dientes, con la presión justa para no hacerle daño, todo lo contrario. Tragaba profundamente, ahogándose voluntariamente en él. Era una auténtica experta, una diosa, lo volvía completamente loco. Marcos, al borde del precipicio, tuvo que agarrarla del pelo y apartarla con fuerza.

—Noooo, que me corroooo… Todavía noooo —jadeó, a punto de derramar su leche en su boca.

— Arrodíllate en la toalla, que te voy a follar hasta la garganta. Quiero que la sientas en esa lengua de cabrona que tienes.

Marcos se levantó, aunque le temblaban un poco las piernas tras la colosal mamada. Laura entendió la orden y se arrodilló ante él, sin que tuviera que decir nada más, abriendo su preciosa boca y sacando un poco la lengua, preparándose para albergar su miembro. Agarrando la base de su pene, se la introdujo en la boca, empujando hacia dentro hasta sentir su garganta. Empezó a embestir, a penetrar su boca, profunda y caliente. Laura gemía, ahogada, incluso con lágrimas en los ojos, pero no de dolor. Todo lo contrario, le encantaba tenerla dentro, suya, hasta el fondo. La excitación de Marcos era feroz. La apartó de nuevo justo a tiempo, otra vez a punto de correrse y llenarla de su leche, cosa que ha imaginado innumerables veces. Hoy no, hoy quería su premio, quería depositar su leche en otro sitio. Así que la puso a cuatro patas en la toalla. Se arrodilló detrás de ella y le dio unos azotes contundentes. Lejos de disgustarla, a Laura le ponía sentirse azotada por su compañero de trabajo. Sin prisa, empezó a comerle el culo. Le abrió las nalgas y le pasó la lengua, varias veces, por su ano, que aún estaba contraído por la sorpresa. Lo presionó, marcando su territorio, haciendo una predicción de lo que le esperaba. Sabía a mar ¡riquísimo! Luego bajó a su coño, encontrándolo empapado, con un sabor salado y dulce a la vez. ¡Delicioso! En esta postura no pudo comérselo bien y tampoco podía esperar más, ni él ni ella.

—Por favor, amo… —suplicó ella, gimiendo—. Fóllame duro. Te lo ruego. Necesito tu polla dentro de mí.

Estaban cerca de la altura a la que llegaba el agua y el romper de las olas. Solo se oía ese sonido y los gemidos de Laura mientras Marcos le metía un par de dedos de la otra mano en el coño. La penetró con los dedos para ponerla aún más caliente. Sabiendo de su impaciencia, la cogió con fuerza de la cintura y la tumbó boca arriba. Follarla a cuatro patas por detrás era su mayor deseo, pero era la primera vez que la iba a penetrar y quería ver su preciosa cara. Le abrió las piernas, se colocó entre ellas y le introdujo el mástil de acero de una vez, hundiendo su polla en su coño rubio con un solo empujón brutal. Tenía que romper la tensión de tres años imaginando este momento. Con puro instinto animal, la folló salvajemente. Estaba tan estrecha, tan caliente y tan increíblemente húmeda que tuvo que apretar los dientes para no correrse al instante. Fueron tres años imaginando cientos de formas de follarla. Sacaba el miembro por completo unos segundos, para intentar relajarse. Pero ella, insaciable e impaciente, gritaba —No la saques, fóllame cabrón­­­— Volvía a embestirla con fuerza. La volvía a sacar completa y ella, ávida, le dedicaba una mirada asesina. Su objetivo no era correrse en su coño. La puso otra vez a cuatro patas, antes de que volviera a quejarse. Untó sus dedos con los jugos del coño de Laura y los introdujo en su ano. Primero el corazón, luego añadió el índice, metiéndolos y sacándolos. La dilataba, preparándola, al tiempo que mantenía su nabo dentro de ella, para que se relajara.

—Hoy tu culo es mío —gruñó, mientras movía los dedos con vigor.

—Eres mi rubia, mi psicóloga, mi esclava, voy a meter mi polla en tu culo. —En otra ocasión contaré el porqué de “mi psicóloga”.

Cuando la sintió lo suficientemente abierta, colocó la cabeza de su pene, gruesa y morada, en su entrada. Empujó lentamente, venciendo la resistencia muscular. Laura gritó, una mezcla de dolor y éxtasis. Pero no se asustó ni pidió que parara, al contrario, para asombro y placer máximo de Marcos, Laura dijo:

—Fóllame el culo hasta el fondo ¡cabrón! —en una mezcla de susurro, deseo y orden impetuosa.

Ella, impaciente, empujó sus caderas hacia atrás en sentido contrario al de la embestida de Marcos. Se notaba que no era la primera vez que le follaban el culo. Su precioso agujero se tragó la polla de su compañero de trabajo por completo. Era una auténtica diosa del sexo, y eso lo ponía aún más caliente.

—¡Puta! Me vuelves loco. Eres la primera que se traga mi polla completa por el culo —gritó Marcos.

Empezó a taladrarla con una cadencia salvaje, posesiva. Su gruesa polla entraba en ese oscuro y estrecho lugar con un placer incontrolable. Cada embestida era la realización de tres años de deseo reprimido. Se iba a correr y quería ver su cara, mientras la sometía. La volvió a girar, necesitaba ver su rostro contraído, sus ojos vidriosos, su boca entreabierta en un grito silencioso, mezcla de dolor, placer y excitación. Le levantó las piernas sobre sus hombros y volvió a penetrarla analmente, aún más profundo, mirando fijamente su cara. La sensación era abrumadora, primitiva, animal. Con unos pocos embistes más, no pudo contenerse. Un rugido salió de su garganta mientras explotaba dentro de ella, llenando su culo con pulsaciones interminables de leche caliente.

Descansaron, entrelazados, bañándose en el mar y tomando el sol de nuevo, en un silencio cargado de complicidad.

Laura escribió un WhatsApp a su amiga, para decirle que volvería pronto, que estaba tomando el sol con su compañero de trabajo.

Al rato, apareció un hombre, solo, por el paso entre las rocas. La fantasía de Laura, que él conocía por sus confesiones literarias, resonó en su mente: ser follada por dos hombres.

Marcos intercambió una mirada con Laura, que le hizo un gesto afirmativo.

—Me moriré de celos, pero ¿qué te parece ese que viene? ¿te gustaría que te penetráramos los dos?

La muy cabrona no respondió, afirmó moviendo la cabeza y guiñándome un ojo.

Él se levantó y fue a hablar con el desconocido, un tipo moreno y atlético. La propuesta fue directa, brutal.

—¿Ves esa rubia madura? ¿Querrías follártela?

Sin pensárselo, asintió, con una sonrisa de lobo.

Marcos volvió con Laura.

—Tu fantasía se cumple hoy, pero con mis condiciones. —le dijo, atándole la blusa sobre los ojos, cegándola.

—Yo mando aquí. No hables. Fóllale el coño. Su boca y su culo son míos. Y córrete fuera de ella. —le ordenó al oído del desconocido.

Marcos fue el encargado de prepararla para la doble penetración. No quería roce alguno con el desconocido, por lo que puso a Laura a cuatro patas, que estaba temblorosa de excitación al ver que se iba a cumplir una de sus fantasías. El desconocido, al ver la preciosa imagen de la rubia con el culo bien abierto, quedó completamente erecto, con un miembro colosal, que Laura no vería, pero sí sentiría. Marcos le ordenó que la penetrara, mientras él se colocaba delante e introducía su miembro en la boca de Laura, que ya empezaba a gemir. A los pocos segundos, con una mezcla de celos y posesión, Marcos ordenó al desconocido que parara y que se pusiera acostado boca arriba, mientras cogía a Laura y la ponía encima del desconocido, cabalgando su enorme polla. La dejó de disfruta un momento, incluso la cogía de la cintura para ayudarla en las cabalgadas. Se situó detrás y la empujó hacia abajo, para dejar su culo bien abierto. Le introdujo la polla en el culo, que aún tenía dilatado, y empezó a follárselo, mientras ordenaba al desconocido que hiciera lo propio con su coño. No se sincronizaban bien en la doble penetración, dado que era la primera vez para los tres. Pero Macos miraba la cara de Laura y se la veía disfrutar al máximo, arqueando el cuello de placer. Era un caos de sensaciones: él follando el culo más preciado, cumpliendo su fantasía más deseada. Pero ella follada por otro. Aun así, ver a Laura gimiendo y, con un grito ahogado, corriéndose, valió la pena. Sacó su polla de su culo, la levantó cogiéndola de la cintura, y dejó que el desconocido se corriera fuera.

Despidió al desconocido. Laura se tumbó boca abajo en la tolla. Marcos no se había corrido. Cuando recuperó fuerzas, se dieron un baño relajante en la playa. Mientras se bañaban, apretaban sus cuerpos y ella seguía sintiendo la erección. Marcos jugaba con su polla rozándole el sexo bajo el agua. Apareció Ceci, la amiga de Laura, que se cansó de esperar y tenía ganas de ver qué estaban haciendo. Ellos no lo sabían, pero Ceci había estado mirando cómo follaban a su amiga los dos hombres, mientras se masturbaba. Con descaro los miró y los llamó. Salieron a la orilla y dijo, con una sonrisa cómplice:

-Amigo de Laura, quiero que me hagas lo mismo que le has hecho a ella.

Miré a Laura, que también conocía mi fantasía de follar con dos mujeres. Me hizo su gesto mágico: guiñó su precioso ojo verde. Marcos no daba crédito, la rubia soñada y una acompañante para él solo. Marcos pudo darle un buen repaso a Ceci, que venía completamente desnuda. Era más baja, más delgada, quizá demasiado, pechos pequeños, pero bien puestos, un coño carnoso, con los labios bien expuestos. Antes de que pudieran cambiar de opinión, cogió a Ceci de la cintura y le susurró al oído:

-Arrodíllate y hazme una mamada, si lo haces bien, te haré lo que le he hecho a tu amiga.

Ella, también obediente, se arrodilló y cogió su miembro, que ya estaba retomando la forma. Mientras Ceci jugaba con él en la boca, Marcos cogió a Laura y empezó a besarla y a decirle que también ella se la comiera, una a cada lado de su polla, las dos bocas lamiéndosela a la vez. Todo un gusto, una imagen para el recuerdo. Laura, más decidida, cogía la polla por su base y se la metía en su boca. Hacía un par de mamadas, la sacaba y se la ponía a Ceci, para que repitiera el dulce movimiento.

—Ceci ¡no sabía que eras tan zorra! —dijo Laura, ahora que tenía la boca libre.

Laura volvió a sacar la polla de la boca de Ceci y a introducírsela en la suya. Le hizo una mamada monumental, para demostrar a su amiga que era una experta.

—Pues anda que tú, que he visto cómo te follaban esas dos pollas y como jadeabas como una puta. ¡Qué gusto! Yo también quiero. —dijo Ceci.

Marcos sacó la polla de la boca de Laura, la cogió de la base, y se la introdujo a Ceci, para follarle la boca. Tenía mucha menos pericia y experiencia que Laura. No se dejaba follar hasta la garganta. Pero la situación era tan morbosa que casi vuelve a correrse, esta vez en la boca de Ceci. Así que le ordenó a Ceci que se pusiera boca arriba en la toalla.

—¿Alguna vez has lamido un coño? —susurró al oído de Laura.

—Nooo —respondió ella.

—Pues hoy va a ser la primera vez. Si lo haces bien, luego te lo haremos a ti. Ceci te comerá el coño mientras yo te follo.

Eso convenció a Laura que se arrodilló entre las piernas de Ceci. Le abrió el sexo con los dedos y empezó a lamérselo suavemente.

Él se arrodilló junto a la boca de Ceci, le giró la cabeza y le metió su miembro, para que la lamiera. No era tan buena comiéndola como Laura, pero el tener a dos mujeres a sus órdenes para follarlas lo volvía loco.

Marcos se levantó y cogió de la cintura a Laura, para que se pusiera a un lado de Ceci. Desde ahí le volvió a lamer el clítoris con la punta de la lengua. Él se situó entre las piernas de Ceci y, abriéndolas, bajó el nabo hacia su entrada, cerca de los labios del sexo de Ceci, que estaban húmedos con la saliva de Laura. Con la punta fue haciendo pasadas para abrirlos, tocando la lengua de Laura. Empezó a penetrarla. Ceci estaba fuera de sí, porque era la primera vez que le lamían el coño a la vez que la penetraban. Se corrió increíblemente rápida, soltando un fuerte gemido. Ahora era el turno de Laura. Marcos la puso boca arriba y cogió del pelo a Ceci, suavemente.

—¿Te has comido un coño alguna vez? —dijo él a Ceci.

—Sí, y me encanta. —dijo Ceci, para sorpresa de ambos.

—¿Y uno rubio?

—No, nunca.

Con la mano en la cabeza de Ceci, Marcos se la fue llevando hacia el húmedo y rubio sexo de Laura. Empezó a chuparlo, a lamerlo, a pasarle la lengua de arriba a abajo. Dejando claro, para deleite de Laura, que no era el primero que se comía. Encontraba fácilmente su botón mágico. Él deseaba follarle las tetas a Laura y correrse en su boca, fantasía que tanto había imaginado. Pero quería dejar cosas para el trabajo, para recuperar el tiempo perdido. Se puso detrás de Ceci, que estaba con el culo abierto. Por un momento pensó en follárselo, pero no la conocía y no sabía si querría. Así que, viendo lo bien que lo estaba haciendo, porque Laura gemía de placer, la volvió a introducir en su coño. Con cada empujón, la fuerza pasaba a la lengua de Ceci que, a su vez, presionaba el coño de Laura, y se arqueaba al recibirla. No quería correrse con Ceci, le tocaba a Laura, era la promesa que le había hecho si se portaba bien.

—Ceci, ponte en un lado y sigue comiéndoselo. Vamos a hacer que se corra tu amiga entre los dos. —susurró él.

Laura, impaciente por que entrara dentro de ella, se abrió de piernas. Marcos se colocó en medio y penetró su precioso tesoro rubio. Ella gemía de placer, con la lengua de Ceci incansable y con el nabo de Marcos embistiéndola. Se corrió al instante. Asombrada de haberlo hecho tan rápida. También era la primera vez que recibía una polla y una lengua a la vez. Él, que aún no se había corrido, aprovechó para girarla y ponerla boca abajo, levantando su cintura, y con ella, su culo.

—Lámele el culo, déjaselo bien húmedo con tu saliva. —ordenó Marcos.

Ceci se quedó unos segundos parada, pero acabó obedeciendo. No sabía el motivo de tal orden, aunque pronto lo descubriría. Marcos penetró a Laura una vez más, desde atrás, su coño, aunque lo hizo muy suavemente, para no correrse y para no molestar a Ceci en su labor y, sobre todo, porque ya tenía adicción de su trasero.

—Mira cómo se traga mi polla por el culo nuestra amiga. Y es la tercera porculada que va a recibir hoy — dijo él a Ceci con la voz ronca.

Ceci se quedó asombrada. No había tenido nunca sexo anal y ver a su amiga cómo le entraba el calibre de Marcos de un empujón y hasta los huevos fue toda una sorpresa.

—Cariño, me tienes que enseñar cómo lo haces, ¡la polla es gorda! Y te la ha metido de un golpe ¡alucinante! — dijo Ceci, que ahora tenía curiosidad a ver que Laura estaba gimiendo con la penetración anal de Marcos.

La percutió varias veces, con la lasciva mirada de Ceci, que no parpadeaba para no perderse ni un segundo del espectáculo. Sacó la polla de dentro de Laura, justo antes de derramar su semen.

—Arrodillaros las dos ¡ya! Que quiero correrme en vuestras bocas. —rugió Marcos.

Obedecieron y se pusieron frente a su miembro, a punto de explotar. No tardó en correrse en la boca de Laura, llenándola de su leche caliente. Mientras Laura tragaba su semen, dejó a Ceci que le lamiera las últimas gotas, dejándosela limpia y reluciente. Minutos antes pensó el dejar esa boca para el trabajo, pero verlas ahí las dos esperando recibir su corrida pudo más.

Se recostaron los tres en la toalla y la arena. Disfrutando y haciendo algún comentario jocoso. Al rato Ceci se despidió y se fue.

—La próxima vez te voy a follar en el trabajo, sobre mi mesa. —dijo él.

Ella, con una sonrisa complaciente en la boca, mientras andaba marcándose, se levantó la blusa, dejando su precioso culo al descubierto, contoneándose a propósito, como despedida.

—Para que no te olvides. —dijo ella en la distancia.

Marcos se quedó tomando el sol, con una sonrisa de oreja a oreja.

Quince días después, tras la finalización de las vacaciones… en la oficina

El aire acondicionado zumbaba con un susurro constante, el único sonido en la tarde de un viernes en mi despacho. Había llamado a Laura para revisar el informe de ventas del último trimestre. Desde mi silla, a través de la cristalera, veía a Sandra recogiendo sus cosas. Mi oficina tiene una cristalera desde la que se ve toda la sala, donde están el resto de mis compañeros. Tenía una buena panorámica del puesto de trabajo de Sandra. Solo quedaba ella, así que, levanté el teléfono.

—Laura, ¿podrías subir un momento? Necesito de tu experiencia sobre un informe.

Minutos después, ella entraba. Un susurro de seda y perfume ligero. Llevaba esa falda que tanto me gusta. Verde esmeralda, con flores grandes estampadas, de una tela tan fina que caía como agua sobre sus anchas caderas. Y el escote… de infarto. Su pelo rubio, ondulado y voluminoso, siempre suelto. Sus ojos verdes, del mismo tono que la falda, me miraron con curiosidad profesional. Me encantan los veranos, donde mis compañeras de trabajo vienen con ropa fina, faldas cortas, telas ligeras y, sobre todo, escotes que me alegran el día.

Trabajamos un rato en el informe. Cuando ella se inclinaba hacia el monitor y hacia mí para señalar una gráfica, no podía evitar girar mi cabeza y admirar sus preciosos pechos, que ya había visto y memorizado en la playa, pero aún no los había disfrutado como se merecían. Y si me rozaba, como estaba haciendo en ese momento, empezaba a palpitarme la cabeza y no precisamente la de arriba. Mientras hablábamos de programas y porcentajes, mi atención se dividía: una parte en sus palabras inteligentes, la otra en el suave movimiento de su pecho al respirar, en la corta distancia a la que se mantenía, en el modo en que se mordía el labio inferior al concentrarse.

—Creo que eso es todo, Marcos. —dijo finalmente, estirando los brazos hacia atrás en un gesto que arqueó su espalda, destacando aún más sus pechos, insinuando, sin tener que decirlo “¿Hay algo más que quieras de mí?”. No comentamos nada del día de playa, al menos directamente. Pero en las reuniones de videoconferencias con otros compañeros, la cabrona se ponía una playa de fondo. Cuando todos se desconectaban, quedando solo nosotros, me decía:

—¿Te gusta mi fondo?

—No, lo que me gusta es lo que te hice en ese fondo y lo que te voy a hacer pronto. —le respondía yo, que empezaba a ponerme caliente.

Miré hacia la cristalera, vi que Sandra seguía allí. Sabía que era bisexual porque, igual la veíamos saliendo con un hombre que lo hacía con una mujer. Por alguna conversación y algunos comentarios, intuía que era liberal. Me gustaba, pero no tanto como Laura. Me levanté y cerré las cortinas, dejando un hueco, el suficiente, para que ella pudiera vernos. Eché el pestillo de la puerta y fui hacia Laura, que ya tenía una idea de lo que quería de ella.

—Bombón, estamos solos —le dije. La pequeña mentira salió de mi boca con naturalidad. Vi cómo los ojos verdes de Laura perdían el foco profesional. Una chispa de algo más peligroso los encendió.

— ¿Solo nosotros? —preguntó, con su voz en un tono más bajo, más íntimo.

— Sí —confirmé, sentándome de nuevo en mi silla.

—Esa falda me encanta ¿sabes por qué? —Le dije con la voz ronca, excitado por lo que le iba a hacer, después de las veces que lo había imaginado en mis fantasías más oscuras y placenteras.

Ella miró hacia su escote, sonriendo y guiñándome un ojo.

—Sí, por ese escote que deja entrever tus preciosas tetas. Pero me gusta más por otra cosa, porque es de tela fina y se sube fácil. —Le dije, completamente excitado.

—Levántate. —Ordené a Laura.

Mientras se levantaba, sin más dilación, mis manos bajaban hacia el final de su falda, subiéndola hasta que quedaron sus bragas cerca de mi cara. Le di un beso entre sus bragas y su sexo.

—Ves qué fácil sube. Mantente la falda. —ella, obediente, cogió la falda. Dejando mis manos libres. Las puse en su culo y le bajé las bragas de un tirón.

—La próxima vez que te llame quiero que vayas al aseo, te quites las bragas, y vengas sin ellas. Las odio, son un estorbo.

—Sí, amo —Respondió ella sumisa, al tiempo que levantaba los pies para sacarse las bragas por completo. Las cogí y las guardé en el bolsillo de mi pantalón.

—Te las devolveré si te portas bien.

—Así me gusta, como en la playa, tu precioso coño en mi boca. —Murmuré contra su sexo, que ella, impaciente, presionaba contra mi boca, recordando la brisa salada, la arena bajo nuestras toallas, la libertad anónima de aquel lugar nudista. Pero esto era diferente. Aquí había nombres, riesgos, paredes, ojos. Por un momento, me había olvidado de Sandra, giré un poco las caderas de Laura, mientras empezaba a pasarle la lengua por los labios, abriéndolos. Introduje un par de dedos en su interior, moviéndolos con avidez, sin apartar mi lengua, para excitarla al máximo. Aproveché sus gemidos de placer para mover suavemente mi cabeza y mirar por la rendija de la cristalera y, allí estaba, Sandra, mirándonos. Me quedé sin aliento, mientras seguía penetrando a Laura con los dedos, Sandra estaba acariciando su sexo por encima del pantalón. Lo cual demostraba su talante liberal y, sobre todo, que le estaba gustando lo que veía. No sé si le gustaba yo o Laura, eso me daba igual.

—Fóllame, fóooollameeee, te lo suplico» —Pedía Laura con su impaciencia típica.

Se iba a girar para que la penetrara sobre la mesa. Pero, de hacerlo, vería a Sandra. La cogí con fuerza de la cintura, la senté en la silla. Me bajé los pantalones y puse mi polla dura en su boca, para que me la comiera. Laura empezó a lamerme el miembro. Una gozada, tenía un don, la mejor boca que he probado nunca. Se le daba de maravilla chupármela. Hacía que se me olvidara todo, incluida Sandra. Levanté la vista y Sandra se había pegado al cristal, ahora con la cremallera de su pantalón bajada, frotándose con fuerza su coño, dejando entrever que lo tenía completamente rasurado. Cuando su mirada se cruzó con la mía, abrió su coño con los dedos, para mostrarme lo que me perdía. Yo hice lo propio con mi polla. La saqué de la experta boca de Laura, para que Sandra pudiera verla. Cogí del pelo a Laura y empecé a follarle la boca. Se la metí hasta los huevos. Sandra se desabrochó un par de botones de su camisa, los suficientes para sacarse las tetas por encima del sujetador. Yo alternaba entre la avidez de Laura engullendo mi polla y la excitación de Sandra. No podía aguantar más. Cogí a Laura, la apoyé en la mesa, en un ángulo en el que ella no pudiera ver la cristalera, pero que Sandra pudiera apreciar mi polla entrando dentro de Laura. Le abrí las piernas, le abrí el culo, se lo lamí y la penetré. La embestí duro, sin contemplaciones, como a ella le gustaba. Saqué el nabo de su coño antes de correrme. Le di unos azotes, mirando a Sandra, comprobando que eso la excitaba más, metiéndose dos dedos en la boca y luego en el coño. Me volví a centrar en mi psicóloga rubia. Le di la vuelta, la senté en la mesa, le abrí las piernas, me coloqué entre ellas y volví a penetrarla, a punto de reventar, en su húmedo coño. Pero esta vez viendo su cara de excitación y deseo. Le quité el vestido completamente, quería comerle las tetas mientras la follaba. Le bajé el sujetador y sus pechos se liberaron para mí. Le mordí los pezones. Ella pasó sus piernas por detrás, atrayéndome aún más. Estaba a punto de correrme.

—¿Tienes hambre? —Le pregunté.

—Síiiiiiii —gimió ella.

—Voy a correrme. Arrodíllate.

Se arrodilló y dijo:

—Dame tu leche, córrete en mi boca.

Sandra miraba la escena con un deseo incontrolable. Bajé la vista para disfrutar de Laura y su insaciable apetito. Tragándose mi polla. Un segundo antes de correrme, la saqué un poco, dejando la punta en su lengua, para ver mi leche desramarse en ella. Me corrí. Estaba tan excitado que saltó un poco de semen en su cara. Laura, hambrienta, no dudó en recogerlo con los dedos y lamérselos. Una auténtica maravilla. Volvió a coger mi miembro para lamer hasta la última gota.

Sandra se había marchado. Aproveché para preguntarle a Laura:

—Si Sandra hubiera estado mirando mientras te follo ¿te habría molestado?

—Al contrario, me habría encantado.

Sonreí y anoté mentalmente para la próxima. Ahora sabía que podía invitar a Sandra a la fiesta. Aunque estoy convencido de que a Sandra le gustaba más Laura que yo. No me importaba en absoluto. La próxima vez los dos nos follaríamos a Laura.

20 días después…

La luz del atardecer entraba por las persianas semi-cerradas de mi despacho. Era pasado el horario laboral. Un viernes, de nuevo. El aire olía a café frío y al perfume de Laura, más intenso, más decidido que la última vez.

—El informe de seguimiento, —dijo ella, entrando por la puerta de mi despacho y dejando caer una carpeta sobre mi escritorio. Pero su mano no se retiró. Sus dedos, recorrieron el borde de la madera hasta rozar los míos. No hacía falta decir nada más. El recuerdo de su falda verde levantada en ese mismo lugar, de su respiración entrecortada, pesaba más que cualquier palabra.

Esta vez no hubo preámbulos laborales. Fue ella quien cerró la persiana. Un incendio que se avivó en segundos. Besos urgentes, manos que arrancaban botones y buscaban piel. La cogí de la cintura y la subí a la mesa, apartando la carpeta con un gesto brusco. Levanté su falda y comprobé, con satisfacción máxima, que no llevaba bragas. Había hecho caso a mi orden. Yo estaba entre sus piernas, hoy no habría preámbulos. Me bajé los pantalones y pasé la cabeza de mi nabo erguido por su dulce coño. Se lo fui abriendo con pasadas de arriba abajo. Ella jadeaba. La penetré. Empecé a follarla rítmicamente. Esta vez, despacio, suave. Sacaba la polla al completo de su coño y la volvía a introducir hasta el fondo. Hoy iba a ser diferente, o eso creía.

Perdido en el calor y la urgencia del momento, oímos un leve crujido en la puerta, que me hizo congelarme. No estaba cerrada. Solo echada. Y ahora estaba abriéndose. Laura dio un grito ahogado y se cubrió instintivamente. Yo me volví, un rugido atascado en mi garganta.

En el marco de la puerta estaba Derek, el vigilante nocturno, que sustituía al habitual en vacaciones. Alto, ancho de hombros, con su uniforme azul marino impecable. Su rostro, de ébano pulido, estaba congelado en una expresión de absoluta sorpresa. No dijo nada. Solo sus ojos oscuros, muy abiertos, iban de mi rostro congestionado al de Laura, despeinada y jadeante, con el vestido aún levantado.

—Perdonad, creía que no había nadie… —Dijo el vigilante.

Pero entonces sentí la mano de Laura en mi brazo. No era un gesto de contención. Era una presión, intensa, cargada de algo que no era miedo. Miré hacia ella. Su rubio desordenado enmarcaba un rostro ruborizado, pero sus ojos verdes no tenían vergüenza. Tenían… curiosidad. Una curiosidad voraz. Estaba mirando a Derek, a su corpulencia, a la forma en que el uniforme se tensaba sobre sus brazos. Pasó de la mirada de sorpresa a la mirada de deseo. En otras ocasiones me había dicho, entre risas y excitación, que envidiaba a una compañera de trabajo que tenía un novio de color.

—No te disculpes, —le dije, y mi voz era extrañamente serena, en la tensión de la habitación. Sin apartar los ojos de Laura, añadí:

—Creo que el chico merece una disculpa mejor. Lo hemos puesto en una situación… incómoda. —dijo Laura, excitada.

Derek pareció recuperar el habla.

—No, no se preocupen, yo… yo solo venía a hacer la ronda. La puerta estaba entornada. Os dejo tranquilos. —Pero no se movía. Su mirada estaba ahora clavada en Laura, hipnotizado por la escena, por su descaro.

Fue entonces cuando hice algo que detuvo el corazón de Laura. Con un movimiento deliberadamente lento, como si realizara un ritual, le volví a subir la falda, dejando al descubierto su precioso sexo rubio. Tenía una mezcla de celos y deseo de darle el máximo placer, igual que me ocurrió en la playa con el desconocido.

—No tienes por qué irte, —le dije, pasando los dedos por su coño, que empezaba a recuperar la humedad. —A menos que… te moleste lo que ves.

El aire se espesó, cargado de una electricidad brutal. Vi el conflicto en los ojos de Derek, pasando de la profesionalidad a la excitación. Era imposible no verlo. Laura emanaba una energía poderosa, imparable, que yo notaba en su coño a través de mis dedos.

Ella giró la cabeza hacia mí, sus ojos verdes brillando con una chispa retadora, cómplice y, al mismo tiempo, completamente nueva. “Marcos… ¿recuerdas lo que te decía de la que tiene un novio negro?” Sus palabras eran un susurro solo perceptible por mí. No era una pregunta. Era una invitación. Una propuesta. Y en el fondo de mí, quería complacerla. Un impulso oscuro, primitivo, comenzó a latir. La vi a ella, deseándolo. Lo vi a él, confundido, pero evidentemente excitado por la audacia de ella. Y algo en mí, algo posesivo y al mismo tiempo profundamente perverso, quiso verlo. Quiso ser parte de ese deseo de ella.

Sin dejar de mirar a Laura, di un paso al frente. Mi voz sonó ronca, pero clara.

—Tienes razón. Sería… egoísta no ofrecerle al muchacho una disculpa adecuada.

Derek miró a Laura, luego a mí. La batalla en su interior era visible. Finalmente, con un movimiento seco, asintió una vez. Fue todo lo que hizo falta.

Laura sonrió, una sonrisa triunfal y lujuriosa. Fue ella quien cerró la puerta y corrió el cerrojo con un clic final. El sonido nos encerró a los tres en un nuevo universo.

Al igual que en la playa, tomé el control para que los celos no me engulleran. Le ordené a Laura que se arrodillara y me la comiera. Derek, al ver su don, se acercó, él también quería probar la habilidad de esa maravillosa boca. Pero era mía, tanto su boca como su culo, intocables. Cuando Derek tenía su miembro duro, gigante, de más de 20 centímetros, cerca de la cara de Laura, ésta lo miraba con una impaciencia y deseo absolutos. Saqué mi polla de su boca, muy a mi pesar, me coloqué detrás, la cogí de la cintura y la puse sobre la mesa, de culo. Le levante la falda. Me puse al otro lado, con mi miembro cerca de su cara. No tuve que decir nada más, el negro, deseando follar ese precioso tesoro rubio, la cogió de las caderas y, en un movimiento brusco, se la introdujo por completo. Estaba tan húmeda, tan cachonda, tan caliente, tan deseosa, que su mástil entró casi sin dificultad. Un gemido salió de su boca. Me encantaba estar delante, mirándola, viendo cómo disfrutaba de las embestidas del negro. Me miraba con esos ojos que irradiaban placer. Su cara era puro éxtasis. No pude aguantar más, le introduje mi polla en su boca. Laura jadeaba y gemía con cada embestida del pollón de Derek, estaba disfrutando de lo lindo. Le faltaba la respiración con mi nabo obstruyéndosela. Se la sacaba de la boca para oírla gemir como una perra en celo. Verla a ella rendirse a esa imponencia con una avidez que nunca me había mostrado, despertó en mí una mezcla de celos feroces y de una excitación monstruosa. Era el espectáculo de mi psicóloga siendo tomada por otro, y no por otro cualquiera, como en la playa, por un negro bien dotado. En la orilla, con el desconocido, le tapé los ojos, solo podía sentir las dos pollas dentro. Aquí, cuando su boca quedaba libre, giraba el cuerpo y la cabeza para ver cómo el negro la percutía. Cuando Derek la embestía, su cuerpo vibraba y se transmitía hasta mi polla a través de su boca, que entraba hasta la garganta, dejándola sin respiración. El guardia, joven y vigoroso, no se corría fácil. Laura, en un momento que le dejé la boca libre, me suplicó:

—Quiero cabalgar su polla negra.

Me costó decidirme. Un día es un día, todo por su placer.

—Acuéstate boca arriba en el suelo. —Le dije al guardia, que estaba sudando y agradeció la parada para tomar aliento.

Cogí a Laura de la cintura y la posé sobre el mástil del vigilante. Le saqué la falda por arriba, para que no molestara. La puse mirando hacia sus piernas, al revés, para poder seguir disfrutando de su boca y su expresión compungida de puro éxtasis. Ella cogió la polla negra con la mano y se la llevo a su coño. Yo la mantenía de las axilas. Estaba sudorosa y exhausta, pero insaciable. La dejé bajar de golpe, empalándose en el miembro duro de Derek. Posó las manos en los mulos del vigilante y empezó a cabalgarlo, haciendo sentadillas, como en el gimnasio, con la diferencia del premio que recibía cada vez que bajaba. Me puse delante, para verla bien. Me miraba de forma salvaje. Se cansó pronto. El negro la cogió de la cintura para ayudarle y ella arqueaba la espalda de auténtico gozo. Veía que Derek iba a correrse. Laura se corrió con un grito ahogado. No tenía fuerzas para levantarse. Volví a cogerla de las axilas y la levanté. El miembro salió de su coño, aún duro, aún sin correrse. Fue como quitar un tapón, justo cuando levanté a Laura, su polla soltó un chorro de semen que cayó en su chaqueta.

Laura se fue al sofá de invitados, a descansar. Yo ofrecí a Derek un pañuelo, para que se limpiara un poco.. Se puso los pantalones.

—Gracias, ha sido estupendo. —Dios, marchándose.

Laura y yo nos quedamos en el sofá, nuestros cuerpos aún entrelazados, su cuerpo sudoroso y exhausto. Giró la cabeza hacia mí. Su pelo rubio estaba pegado a sus sienes. Sus ojos verdes me buscaron, buscando mi reacción, mi juicio. Sorprendentemente estaba encantado de haber sido parte de su fantasía más oscura, y la esperanza de que, a la próxima, le tocaría a ella satisfacer una de mis fantasías. Y yo sabía muy bien cómo y con quién.

1 mes después

Un día antes de aprovechar la semana de vacaciones que me quedó del verano, se produjo la situación perfecta. Por fin Sandra se había quedado sola en toda la planta. Laura también estaba disponible para mí. El día de antes había hablado con Sandra, para preparar la “fiesta sorpresa”. También con Laura, a la que solo le dije que a partir de las seis de la tarde la sala se quedaba vacía porque había celebración, que se pusiera falda para hoy.

La puerta del centro de proceso de datos de la empresa queda junto a mi despacho. Motivo por el cual tengo la llave de acceso. Salí de mi despacho y saludé a Sandra, abrí la puerta de la sala y entré. Dejé la puerta entrecerrada.

Sandra entró con un bolso, siguiendo mis indicaciones del día anterior. Llevaba una falda, con medias que le llegaban hasta la mitad de sus muslos, acabadas en una liga con bordados rojos. No llevaba bragas, siguiendo mis instrucciones, solo un corsé negro, alrededor de la cintura, también con bordados rojos. Le levanté la falda mientras le decía lo bien que lo íbamos a pasar. Quería comprobar si había cumplido mi orden más importante, introducirse un plug anal por el culo. Con satisfacción, le abrí el culo y comprobé que sí lo llevaba. Sobresalía la base de color púrpura del aparato en su pequeño pero contorneado trasero. Sandra era una amante del deporte y se notaba en la dureza de su culo y sus musculosas piernas.

Por mi parte, me traje, en el maletín del portátil, unos juguetes para diversión de mis chicas.

Envié un WhatsApp a Laura.

«Sube, estoy en la sala de servidores.»

En esta zona tengo unos equipos que gestiono, por lo que puedo acceder cada vez que lo necesito, sin dar explicaciones. El zumbido constante, un rumor vital y mecánico, llenaba el aire. Coloqué a Sandra detrás de los armarios, para que Laura no la viera al entrar. Apagué la luz. Estaba en completa oscuridad, solo rota por el ritmo hipnótico de cientos de LED: puntos rojos que latían como corazones, verdes fijos, azules que parpadeaban. Había fantaseado cientos de veces con follar allí a Laura, era nuestro cuarto oscuro. El escenario del que ella y yo habíamos hablado en susurros febriles, acalorados por las páginas de 50 sombras.

Me coloqué cerca de la puerta, vestido con un pantalón vaquero y un polo gris. Frente a mí, iluminadas por los destellos espectrales de las máquinas, entraba Laura. Mi rubia madura, de ojos verdes, ahora enormes y sumisos en la penumbra. Llevaba un vestido ceñido, negro, que se fundía con la oscuridad. Sandra, más menuda y atlética, de pelo castaño recogido en una coleta severa que ahora parecía una invitación a deshacer, quedaba escondida fuera de la visión de Laura.

—Si pasas a mi cuarto oscuro tendrás que cumplir mis órdenes y serás mi esclava —dije, mi voz sonó profunda, dueña del espacio, era el Amo.

—Lo sé y lo deseo —susurró ella.

—Date la vuelta —ordené.

Saqué el antifaz de mi maletín y se lo puse, tapando sus preciosos ojos. Hice lo propio con una brida, uní sus manos por delante y se las até. La necesitaba relativamente suelta, me hubiera gustado atarla por detrás, pero sería en otra ocasión.

Tenía una alfombrilla que había sustraído de la sala de ocio de la empresa. La desenrollé en el suelo. Levanté la falda de Laura, que, una vez más, me satisfacía plenamente al venir sin bragas. No pude resistirme a darle un beso de bienvenida en su rubio sexo. Ordené a Laura que se acostara boca arriba en la alfombrilla. La ayudé porque no veía nada. Le flexioné las piernas y se las abrí. Fue detrás del armario e indiqué, con un gesto, a Sandra que empezara su trabajo. Habíamos pactado las reglas e instrucciones, ella sabía lo que había que hacer. Se colocó de rodillas, entre las piernas de Laura, sin decir nada, para no ser descubierta. Laura aún creía que estábamos solos. Empezó a lamer el dulce sexo de Laura. Aproveché para quitarme los pantalones y los calzoncillos. Con el miembro duro, me coloqué detrás de Sandra. En un principio, mi idea era llevar mi polla a la boca de Laura mientras Sandra se lo comía. Pero, viendo el culo y el coño de Sandra, que aún no había probado, abiertos para mí, hizo que cambiara de planes. Pasé la cabeza de mi pene por la raja de Sandra, para excitarla. Se sorprendió y levantó la cabeza, mirándome, no se lo esperaba. Su mirada decía “¡penétrame!”. La introduje en su coño y ella soltó un pequeño gemido, que puso en sobre aviso a Laura. Ella volvió a comerle el coño, con más avidez, para que se le olvidara el gemido. Me encantaban las medias con liga y el corsé, me volvían loco. La follé con cierta suavidad, para que Laura no notara mis sacudidas. Solo quería probarlo y no correrme, porque la noche iba a ser larga. Lo tenía muy apretado, húmedo, caliente y deliciosamente estrecho. Se notaba su juventud, aún no había cumplido los 35 y más aún sus prácticas deportivas. Su coño presionaba mi dura polla de forma brutal, tuve que sacarla por temor a correrme. Me distraje unos minutos sacando el plug del culo de Sandra e introduciéndolo con suavidad, para que no gimiera. Además, Sandra me había revelado que era virgen por el culo. Le dije que esta noche perdería la virginidad.

Laura tenía las manos cerca de la cabeza de Sandra, si se la cogía, sabría que no era yo. Aunque seguramente ya había intuido que no estábamos solos y que esa lengua que la llevaba al éxtasis no era la mía. Aún así, era el momento de dejarle claro que no estábamos solos. Fui hacia su cabeza y coloqué mi nabo en su cara y en su boca, mientras Sandra seguía, incansable, lamiéndole su flor y follándola con los dedos.

—Cabrónnn ¿quién me está comiendo el coño? —dijo Laura, con excitación y cierta sorpresa, en un momento en que su boca quedó libre de mi miembro.

—Puede que un hombre o una mujer —dije, sonriendo.

Fui hacia sus piernas abiertas y me coloqué en posición de penetrarla. Le dije a Sandra al oído que le comiera las tetas y la boca, para darle más pistas sobre si era un hombre o una mujer. Ayudé a Sandra a que se colocara con su culo justo encima del sexo de Laura. Sandra desabrochó todos los botones de la falda de Laura, para dejar libres sus tetas. Introduje mi mástil, duro como una piedra, en el agujero rubio de Laura. La follé al tiempo que Sandra obedecía y le comía las tetas y la boca. Laura, a estas alturas, con el roce de las tetas de Sandra, ya sabría que nuestra acompañante sorpresa era una mujer. Pasé del coño rubio al coño moreno, atraje de la cintura a Sandra hacia mi polla y la penetré encima de Laura. Mis muslos chocaban con los de Laura cada vez que le daba un empujón a Sandra ¡qué gusto!

—Fóllame a míiiiii. —gritaba Laura.

La sacaba del moreno y la introducía en el rubio para acallar a mi avariciosa psicóloga, que aún seguía con el antifaz y la brida. Antes de quitárselos, quise jugar un poco más.

—Hazle un 69, pon tu coño en su boca —ordené a Sandra. Mi intención era seguir follando el delicioso y mojado coño de Laura mientras ambas se comían entre ellas. Alternando mi polla entre el agujero rubio y la boca de Sandra.

Antes de quitar el antifaz a Laura. La levanté.

—Ponte a cuatro patas preciosa, abre bien el culo, te lo voy a follar. —ordené a Sandra.

Estaba deseando de ver la expresión de la cara de Laura al oír que iba a penetrar un culo que no era el suyo y aún no sabía quién era la afortunada. Tocaba el turno de ser la espectadora a Laura. Encendí la luz para que se viera con claridad el espectáculo de desvirgar un culo. Coloqué a Laura con la cabeza cerca del culo de Sandra, arrodillada. Le quité el antifaz y las bridas, necesitaba que viera en primera persona cómo le penetraba el trasero sin estrenar a Sandra.

—Qué… putaaaa… eres Sandra —dijo Laura con diversión y risas, viendo cómo sacaba y metía el plug en el culo de Sandra.

—No me decías puta mientras te comía el coño, Laura —gimió Sandra, notando las entradas del plug. Por su expresión, le dolería mi penetración. Tal vez no fue buena idea intentar follar un culo virgen con el calibre de mi polla.

—La mejor comida que me han hecho nunca —rio Laura.

—Déjame a mí —dijo Laura, para mi asombro, que se puso detrás de Sandra, arrodillada, me cogió el plug y empezó a introducírselo en el culo a Sandra, para dilatarla.

No estaba en mis planes, pero ver a Laura penetrar a Sandra me puso más cachondo aún. Cogí a Laura de la cintura para ponerla en una posición que pudiera follarla mientras ella jugaba con ese culo joven. Cuando vi que Sandra no se quejaba de las penetraciones con el plug, aparté a Laura y coloqué la punta de mi miembro en su culo. Laura no quiso perderse el momento, se colocó a un lado, a una distancia perfecta para ver el espectáculo. Fui introduciendo mi nabo en su culo. Descubriendo que no era el culo experto de Laura, que con una embestida consiguió tragarse mi polla de golpe. Aquí no fue fácil, cada centímetro que entraba provocaba un gemido de dolor a Sandra, que me paraba poniendo sus manos en mi pelvis. Laura, experta, echaba saliva en el culo de Sandra.

—Relájate, voy a acariciarte el coño y a lubricar bien tu culo, para que entre mejor. Cuanto más relajada, mejor te entrará —dijo Laura, en un consejo de experta.

Empecé a empujar de nuevo, lenta e inexorablemente. Era una posesión total, íntima, el cumplimiento de una fantasía secreta bajo la mirada de la otra mujer. El cuerpo de Sandra se estremeció cuando mi polla entró por completo, entregándose al placer prohibido y anhelado.

Entonces miré a Laura, que seguía arrodillada, observando con los ojos desorbitados, lamiéndose los labios brillantes.

—Fóllala ahora que ha entrado por completo —me ordenó Laura, intercambiando los papeles de amo y sumisa.

Obedecí encantado, le di varios embistes, con suavidad, no quería que le doliera demasiado, para que quisiera volver a repetir.

—Fóllala duro, como a mí ¡cabrón! —decía Laura, con envidia.

—Noo, por favor, que me duele un poco —suplicaba Sandra.

Yo estaba a punto de correrme. Pero cambié de planes. Le daría a Laura lo que le pedía que hiciera a Sandra. Saqué mi polla del culo inexperto de Sandra, que no me había satisfecho como esperaba. Ella lo agradeció con un gemido mezcla de gusto y de dolor.

—Ponte a cuatro patas —ordené a Laura.

—Te voy a follar duro a ti. Que vea Sandra que, por el culo, cuando lo has hecho varias veces, puede ser muy placentero. —rugí, poniendo a la rubia con el culo abierto.

Sandra intercambiaba ahora la posición con Laura. Cogí el plug, lo lubriqué y se lo metí a Laura por el culo, que entró sin dificultad. Le dije a Sandra que la follara un poco con el plug. Mientras yo volvía a penetrar el coño estrecho de Sandra, para que se fuera con buen sabor de boca. Cuando mi polla estaba bien lubricada con los jugos de Sandra y el culo experto de Laura estaba preparado, aparté a Sandra y le demostré lo valiente que era Laura. En un solo movimiento introduje por completo mi calibre en su agujero, hasta los huevos.

—Joder Laura, tú sí que eres una ¡puta! Con qué facilidad y, además, veo que te pones cachonda como una perra en celo —dijo Sandra, repuesta ya de la porculada y asombrada por la avidez de Laura.

Llegué al clímax pronto. Ese culo me tenía completamente obsesionado y follarlo era el máximo placer que había alcanzado nunca. Me corrí en su interior de puro gozo.

—¿Os ha gustado la experiencia? —pregunté a mis chicas.

—Síiii, ha sido espectacular ¿repetiremos? —dijo Sandra.

—Laura ¿tú qué opinas? —dije, mirando a Laura, como se colocaba la falda y tapaba, muy a mi pesar, su dulce coño rubio.

—Pues claro nena, tenemos que acostumbrar ese culo para que no te duela y disfrutes como una perra —dijo Laura, riéndose.