Capítulo 2

Capítulos de la serie:

La oficina seguía normal, nada alarmante, cada uno en su puesto trabajando. Ella se fijaba en alguno, al azar, en como vestían en su cuerpo, su culo, daba igual, cualquier detalle la encendía.

Un mediodía, aprovechando que la sala de descanso estaba vacía, se acercó primero a Javier y luego a Carlos, uno detrás de otro, con el mismo nudo en el estómago.

— ¿Le has dicho algo a alguien? —Preguntó a Javier en un susurro furioso, — no quiero que sepan que me encantan las pollas.

Él levantó las manos, inocente.

—Ni una palabra, Laura. Te doy mi palabra. Nadie por mi parte sabe nada.

Lo mismo con Carlos, que la miró a los ojos con esa cara de niño bueno.

—Imposible. Yo no he abierto la boca. Será que estás más guapa y se nota.

Mentiras. Laura lo sabía, lo sentía en los huesos. Pero no tenía forma de demostrarlo.

Al final de la tarde, mientras recogía sus cosas, se le acercó Raúl. Era uno de los comerciales más nuevos, alto, con hombros anchos, ojos verdes turquesa que parecían atravesarla y un cuerpo que se marcaba bajo la camisa ajustada. Laura siempre había evitado mirarlo demasiado, pero esa tarde, cuando él se plantó delante de su escritorio con las manos en los bolsillos, sintió un cosquilleo directo en la entrepierna.

—Laura, estoy reventado. Que día de mierda. ¿Te vienes a tomar unas cervezas conmigo? Solo para relajarnos un rato. Prometo no morder…mucho… a menos que me dejes hacerlo.

Su voz era grave, directa, sin rodeos. Laura dudó un segundo, pero esos ojos y ese cuerpo le estaban haciendo estragos. Asintió.

—Vale. Pero solo un par. Que con más me descontrolo y lo mismo hago una…locura.

Salieron juntos del parking. Raúl conducía un coche deportivo todoterreno, alto y negro. Apenas habían salido a la calle cuando él aparcó en un lateral oscuro, se giró hacia, acerco su cara…su boca hacia ella….y Laura fue a recibirlo efusivamente besándolo intensamente. Fue un beso duro, posesivo. Raúl dirigió sus manos directamente a la camisa de Laura, desabrochando botones con dedos hábiles mientras su boca bajaba al escote. Sacó uno de sus pechos y lo chupó con fuerza, mordisqueando el pezón hasta hacerla gemir… soltando un…—sigo?, y ella muy efusiva… necesitando mas…un hormigueo desde su vientre , dijo — hazme lo que quieras… rápido… no puedo aguantar más… él se retiro, la miro, y se acomodo para conducir soltando…

—No te tapes —cuando ella fue a cubrirse un poco—. Déjalos fuera mientras vamos por las calles. Me encanta ver tus tetas rebotar.

Arrancó de nuevo y condujo hacia las afueras, hacia una zona industrial abandonada donde apenas había luces. Mientras manejaba con una mano, metió la otra entre las piernas de Laura, apartando las bragas y metiendo dos dedos en su coño ya mojado.

—Joder, estás empapada —gruñó, moviendo los dedos dentro y fuera—. Chúpamela mientras llegamos. Vamos, sácala y ya sabes.

Laura, con el pecho todavía al aire y la falda subida, se inclinó sobre la consola. Bajó la cremallera de Raúl, sacó su polla dura y gruesa y se la metió en la boca. Chupó despacio al principio, luego más profundo, sintiendo cómo él aceleraba un poco cada vez que ella bajaba hasta la base.

—Así, buena puta… no pares… despacio y hasta los huevos.

Raúl apagó el motor en el descampado desierto, donde solo se oía el viento rozando contra los laterales del coche y el jadeo acelerado de ambos. El asiento trasero era amplio, con espacio suficiente para moverse sin problemas. Laura ya estaba en cuatro patas para desabotonar la falda y bajársela, las tetas pesadas balanceándose con cada respiración entrecortada.

Raúl se arrodilló detrás de ella, agarrándole las caderas con fuerza, separando las nalgas con los pulgares para admirar el culo redondo y firme que se le ofrecía. Su polla, gruesa y venosa, dura como piedra después de la mamada en marcha, rozaba ya la piel caliente. La punta, brillante de saliva y precum, se deslizó primero entre las nalgas, arriba y abajo, untando los jugos que goteaban de su coño.

—Voy a follarte primero el culo Laura—dijo él con voz ronca, casi un gruñido—. Abre bien ese agujerito, que la quiero meter toda dentro.

Laura se tensó de golpe, el cuerpo entero rígido. Giró la cabeza, con los ojos muy abiertos y la voz temblorosa.

—Por favor, Raúl… si… métemela por el culo…no puedo esperar… hazlo ya mismo. Estoy preparada. Lo necesito y lo quiero ahora, susurró Laura, excitada y temblando de deseo. Escupió directamente sobre su ano, un chorro caliente y espeso que le resbaló por el agujero apretado. Con la mano libre extendió la saliva y los jugos que chorreaban de su coño, lubricando todo el surco entre las nalgas. Raúl colocó la punta y empujó despacio, y ella jadeó de placer intenso, el estiramiento convirtiéndose en un éxtasis profundo. Raúl bombeó con fuerza, y Laura gritó de placer, llegando a un orgasmo rápido, brutal, llenándola de calor.

— ¡Ahhh! Sí, me encanta… qué delicioso’, gemía ella, arqueando la espalda para recibirlo más puesto que otro orgasmo estaba por venir.

La cabeza gruesa empezó a abrirse paso. Laura jadeó fuerte, apretando los dientes. El ardor era inmediato, intenso, como si la estuvieran desgarrando despacio. El anillo muscular se resistía, pero la excitación la traicionaba: su coño palpitaba vacío, chorreando más jugos que resbalaban hacia abajo y facilitaban el deslizamiento. Raúl movía las caderas en círculos pequeños, frotando la punta contra el borde, presionando un poco más cada vez, entonces cambio de agujero se la presento en el coño y con un empujón firme pero controlado, la cabeza entera superó la resistencia y entro hasta la más profundo que pudo.

Laura gritó. Un grito agudo, mezcla de dolor y sorpresa, que resonó dentro del coche cerrado.

— ¡Ahhh! ¡Si! ¡Me la metiste toda, joder! ¡Me corro…si…que gusto cabrón…que polla…¡si!…

Raúl se quedó quieto unos segundos, disfrutando la sensación de ese coño apretadísimo estrujándole la punta de la polla. Laura temblaba entera, las piernas flojas, las uñas clavadas en el cuero del asiento. El dolor era punzante, quemante, pero tenía un cosquilleo extraño, prohibido, que le subía por la espalda… un deseo de follarle el culo que no lo podía aguantar.

Raúl gruñó de placer, sintiendo cómo ella se apretaba alrededor de la cabeza.

—Joder… qué apretada estás… me estás exprimiendo la polla como si quisieras tragártela entera.

Laura gemía desbocada… bajito, el sudor perlando su frente.

El empezaba a bombear con fuerza, agarrándola por los pechos a mano abierta y tirando de ellos para atrás para acompañar la profunda metida

—Así te gusta más, ¿eh? —gruñó, embistiendo profundo, haciendo que sus pelotas golpearan contra el clítoris hinchado—. El coño ya es mío… pero al culo ya le daré lo que se merece…no aguanto…me voy a correr.

La folló con rabia, el coche meciéndose violentamente, los gemidos de Laura subiendo de volumen hasta convertirse en gritos ahogados. Raúl aceleró el ritmo, sintiendo cómo ella se contraía alrededor de su polla llegándole a Laura su nuevo orgasmo. Cuando no pudo más, salió de golpe, se masturbó dos o tres veces con fuerza y eyaculó sobre su culo y espalda: chorros espesos, calientes, abundantes, le resbalaron por las nalgas hasta llegar al ano todavía sensible y ligeramente abierto de la misma excitación.

Se quedó jadeando, admirando su obra: Laura en cuatro patas, temblando, con el culo y la espalda cubiertos de semen blanco y pegajoso que goteaba despacio.

—No te limpies —le insinuó con voz ronca—. Déjalo así. Que se te seque encima, que lo vea tu marido… mientras te llevo a recoger tu coche. Quiero que llegues a tu casa oliendo a corrida de macho de verdad.

Laura no respondió. Se dejó caer de lado en el asiento, las piernas flojas, el ano ardiendo todavía por la caliente leche que le goteaba desde el culo y cachas hacía abajo. Raúl se subió los pantalones, arrancó el coche y condujo de vuelta hacia la ciudad en silencio. Solo cuando ya estaban cerca de la zona donde ella había dejado su coche, habló de nuevo, sin mirarla.

—La próxima vez, quedamos, pero solo si te gusto y… lo quieres.

Laura se quedó callada, mirando por la ventanilla. El semen se secaba poco a poco sobre su piel, tirante y pegajoso. Sentía el ano sensible, un recordatorio ardiente de lo le pidió a Raúl. Se vio en mitad de la calle, con los pelos revueltos, sus bragas mojadas y se sintió como una puta cualquiera, que busca su próximo cliente y eso la excitaba.

Laura llegó a casa pasadas las once. El salón estaba en penumbra, solo la luz parpadeante del televisor iluminaba la silueta de Marcos hundido en el sofá, con la cerveza habitual en la mano y los ojos vidriosos fijos en la pantalla.

—Hola —dijo ella en voz baja, quitándose los zapatos en la entrada.

Marcos apenas giró la cabeza.

—Llegas tarde otra vez.

—Reunión que se alargó —mintió con naturalidad, sintiendo todavía el semen seco pegado a la espalda y entre las nalgas, tirante y pegajoso bajo la ropa—. Me voy a duchar y a dormir, estoy muerta.

Él gruñó algo ininteligible y volvió a la tele. Laura subió las escaleras sin que él la mirara dos veces.

En el baño cerró la puerta con llave, se desnudó despacio y dejó que la ropa cayera al suelo. El espejo empañado por el vapor le devolvió una imagen borrosa de su cuerpo marcado: rojeces en las caderas donde Raúl la había agarrado, semen seco en la espalda y en las nalgas, un leve enrojecimiento alrededor del ano que todavía palpitaba con sensibilidad. Abrió la ducha y se metió bajo el chorro caliente.

El agua le resbaló por la piel, llevándose poco a poco las pruebas físicas, pero no las sensaciones. Cerró los ojos y la imagen volvió de golpe: la presión de la cabeza gruesa de la polla de Raúl en su tesoro sagrado, el ardor intenso, el grito que se le escapó, cómo su cuerpo se había tensado y, al mismo tiempo, cómo su coño había chorreado más fuerte. Recordó el momento exacto en que la punta presionaba, el estiramiento desconocido, el hormigueo hacia su clítoris, el dolor que se mezclaba con algo nuevo, algo que la había hecho temblar de pies a cabeza.

Sintió un calor repentino subirle desde el vientre. Sin pensarlo, llevó una mano entre las piernas. Los dedos se deslizaron fáciles por la humedad que todavía le quedaba, rozando el clítoris hinchado. Jadeó bajito. Metió dos dedos en el coño, moviéndolos despacio, pero su mente no dejaba de volver al culo. La curiosidad la picaba como nunca.

Con la otra mano, temblorosa, bajó hacia atrás. Tocó el agujero con la yema de un dedo, solo rozándolo. Estaba sensible, un poco caliente todavía por la situación anterior. Presionó suave, introduciendo la punta. El ardor regresó, pero esta vez no era solo dolor: era placer mezclado, eléctrico. Metió el dedo un poco más, despacio, sintiendo cómo el anillo se abría para dejarla pasar. Los ojos se le abrieron como platos bajo el agua caliente. Siguió, introduciendo el dedo entero, moviéndolo con cuidado.

La excitación le subió como una ola. El clítoris palpitaba bajo los dedos de la otra mano, que ahora frotaba en círculos rápidos. El dedo en el culo entraba y salía, cada vez más fácil, cada vez más profundo. De repente, algo se rompió dentro de ella: un orgasmo brutal la atravesó, más intenso que ninguno que hubiera tenido antes. Las piernas le fallaron, tuvo que apoyarse en la pared de azulejos. Gritó ahogado, el cuerpo convulsionando, el coño contrayéndose alrededor de los dedos mientras el ano se apretaba rítmicamente alrededor del otro. Duró segundos eternos, oleadas que no paraban, hasta que se quedó jadeando, temblando.

Pero el gusto no se iba. El orgasmo la había dejado hambrienta de más. Se tocó el clítoris de nuevo, suave al principio, y con la otra mano volvió al culo. Esta vez metió dos dedos, despacio, sintiendo el estiramiento delicioso. El agua caliente seguía cayendo sobre su espalda. Movió los dedos dentro y fuera, curvándolos un poco, explorando. El placer volvió a subir, más rápido esta vez. Se mordió el labio para no gritar fuerte. Otro orgasmo la alcanzó, aún más intenso: el cuerpo se arqueó, las rodillas se doblaron, un gemido largo y ronco se le escapó mientras todo su ser se centraba en esa sensación nueva, prohibida y gloriosa.

Salió de la ducha temblando, se secó a medias y se metió en la cama. Marcos ya estaba allí, roncando suavemente. Se acercó a él por detrás, rozándole la espalda, buscando algo de contacto. Él se removió, medio dormido, y la penetró pero… sin muchas ganas, un polvo rápido y mecánico. Entró y salió unas cuantas veces, gruñó y se corrió dentro de ella en menos de dos minutos. Luego se dio la vuelta y se durmió como muerto.

Laura se quedó despierta, el semen de su marido goteando despacio entre sus piernas, pero su mente estaba en otra parte. Esperó a que la respiración de Marcos se volviera profunda y regular. Entonces, en la oscuridad, volvió a llevar la mano atrás. Se lamió los dedos para lubricarlos mejor y los introdujo de nuevo en el culo, esta vez con más confianza. Dos dedos, luego tres, abriéndose paso con lentitud exquisita. Movió la otra mano al clítoris, frotando con círculos firmes.

El tercer orgasmo llegó como una explosión silenciosa. El cuerpo se tensó entero, las caderas se alzaron de la cama, un gemido ahogado se le escapó entre los dientes. Duró más que los anteriores, oleadas interminables que la dejaron flotando, glorificada, con el ano palpitando alrededor de los dedos y el coño chorreando sobre las sábanas.

Cuando por fin se calmó, sacó los dedos despacio, se limpió un poco con la sábana y se quedó quieta, mirando el techo en la oscuridad. Había descubierto un placer que nunca había imaginado, uno que la hacía sentir poderosa y sucia al mismo tiempo. Sabía que no iba a parar. La curiosidad ya no era solo curiosidad: era necesidad.

Se durmió con una sonrisa pequeña en los labios, el cuerpo relajado y satisfecho como nunca antes. Mañana sería otro día en la oficina. con más miradas, más insinuaciones…

Era viernes por la mañana y la oficina parecía un hervidero de hormigas excitadas. Sabía que era por ella porque de verdad necesitaba eso. Los comentarios ya no eran sutiles: ya no solo miradas. Ahora eran frases directas susurradas al pasar, como “¿Hoy también sales tarde, Laura? ¿O ya tienes plan?”, o “Si necesitas que te echen una mano… o lo que sea, avisa”. Laura se sentía deseada, cosquilla en el estómago, las mejillas ardiendo cada vez que cruzaba el pasillo. Pero al mismo tiempo, una parte oscura de ella se excitaba con esa atención constante, con saber que todos la veían como algo deseable, se sentía poderosa.

La curiosidad Prohibida

El despertar de Laura en la oficina