Capítulo 1

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  • Cornudo en Cancún: La puta de mi mujer y mi mejor amigo

Se llamaba Laura. Veintiocho años, cuerpo de infarto y una cara que parecía sacada de un anuncio de lujo. Yo me llamo Roberto, tengo cincuenta y dos, una buena panza de ejecutivo, pelo canoso y una cuenta bancaria que me permitía darme estos caprichos. La había conquistado con dinero, regalos y la seguridad de un hombre que sabe lo que quiere. O eso creía yo.

Llegamos al hotel todo incluido en Cancún un jueves por la tarde. El sol todavía pegaba fuerte cuando el taxi nos dejó en la entrada. Laura llevaba un vestidito corto blanco que apenas le cubría el culo y unas sandalias de tacón que hacían que sus piernas parecieran eternas. Yo sudaba ya con la camisa pegada al cuerpo.

—Qué calor, ¿no? —dije, dándole una palmada fuerte en el culo delante del botones—. Pero tranquila, cariño, que aquí te voy a follar como Dios manda todas las noches.

Laura sonrió con esa sonrisita que nunca supe si era de verdad o de compromiso. Yo pensé que era de ganas.

Nos dieron una suite junior con vista al mar. Apenas entramos, tiré las maletas a un lado y la empujé contra la pared.

—Ven aquí, puta mía —gruñí, subiéndole el vestido—. Llevo todo el vuelo pensando en este coño.

Laura separó las piernas sin decir mucho. Me bajé el pantalón, saqué mi polla ya medio dura y se la metí de un empujón. Estaba seca, pero no me importó. Empujé un par de veces hasta que se mojó un poco. Me corrí rápido, como siempre. Cinco minutos y ya estaba jadeando contra su cuello.

—Joder, qué bueno estás, mi amor —mintió ella, acariciándome la espalda.

Esa misma noche bajamos a cenar al restaurante principal. Y ahí estaba él: Miguel, mi viejo amigo de la universidad. Cincuenta y cuatro años, pero el cabrón se mantenía en forma. Alto, moreno, con esa barba de tres días que a las mujeres les gusta y unos brazos que parecían de gimnasio. Venía solo.

—¡Hijo de puta! —grité, dándole un abrazo—. ¿Qué haces aquí?

—Vacaciones, carnal. Necesitaba desconectar —respondió, pero sus ojos ya se habían clavado en Laura.

Se la presenté como “mi esposa”. Miguel le dio la mano, pero la miró de arriba abajo sin disimulo. Laura se sonrojó un poco, pero no apartó la mirada.

Esa noche bebimos bastante. Yo me puse pedo rápido, como siempre. Miguel seguía sobrio, contando chistes y haciendo reír a Laura. Yo me reía también, pero por dentro pensaba: “Mírala, es mía. Tú solo puedes mirar”.

Al día siguiente quedamos en la piscina. Laura apareció con el bikini rosa diminuto que le había comprado. Las tetas casi se le salían por los lados y la parte de abajo se le metía entre las nalgas. Yo me senté en una tumbona con una cerveza en la mano, orgulloso de exhibir mi trofeo.

Miguel se acercó y me dio una palmada en la espalda.

—Joder, Roberto… qué mujer tienes.

—Lo sé, carnal. Y es toda mía —respondí, riéndome como un idiota.

Laura se metió al agua. Miguel no tardó en seguirla. Yo me quedé medio dormido en la tumbona. Desde ahí los veía: hablaban, se reían, él le pasaba crema en la espalda. Cuando ella se dio la vuelta, Miguel le untó crema justo debajo de las tetas, rozándole los pezones. Laura soltó una risita nerviosa.

Esa tarde me fui a dormir una siesta. Cuando desperté, Laura no estaba. Los encontré en el bar de la playa. Ella sentada en un taburete, Miguel de pie entre sus muslos, casi pegado a ella, con la mano en su cintura.

Esa noche cenamos los tres otra vez. Yo bebí más de la cuenta. A las once ya estaba casi inconsciente. Miguel me ayudó a subir a la habitación junto con Laura. Me tiraron en la cama y perdí el conocimiento.

Me desperté como a las dos y media de la mañana con la boca seca y un dolor de cabeza terrible. Laura no estaba a mi lado. La cama estaba fría. Me levanté tambaleándome y salí al balcón buscando aire. Desde ahí, en la zona oscura de la piscina bajo unas palmeras, los vi.

Estaban empezando.

Laura estaba de pie frente a Miguel, besándolo con ganas. Él ya le había bajado la parte de arriba del bikini rosa y le apretaba las tetas con fuerza mientras ella gemía bajito contra su boca. Miguel le bajó la braguita y la tiró a un lado. Laura se arrodilló de inmediato sobre la tumbona.

—Así me gusta, puta —gruñó Miguel mientras ella le sacaba la verga dura—. Mucho más grande que la de tu viejo, ¿verdad?

Laura soltó una risita pervertida y respondió sin dudar:

—Muchísimo más grande… y más gruesa. La de Roberto ni se compara… es tan… insignificante.

Esas palabras me cayeron como un puñetazo en el estómago. Sentí rabia, humillación y una erección dolorosa al mismo tiempo.

Laura abrió la boca y se la metió entera. Empezó a chupársela con hambre, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Subía y bajaba la cabeza, metiéndose casi hasta la garganta mientras Miguel le agarraba el pelo.

—Joder, qué boca tan buena tienes… Tu marido no se merece esto. Seguro que ni se te para bien al pobre cornudo —se burló Miguel.

Laura sacó la polla un segundo, jadeando, con hilos de saliva colgando:

—Roberto se corre en menos de cinco minutos y ni siquiera me hace acabar… Tú en cambio… me tienes toda mojada solo de chupártela.

Miguel sonrió con arrogancia y le dio una nalgada fuerte.

—Sigue chupando, que quiero que te tragues hasta el fondo.

Laura obedeció con devoción: lamía toda la longitud, le chupaba los huevos y volvía a metérsela entera mientras gemía. Miguel le follaba la boca con fuerza.

Después la levantó, la puso a cuatro patas sobre la tumbona y le escupió en el coño. La penetró de un solo empujón brutal.

—¡Ahhh! ¡Miguel! —gritó Laura de placer.

—¿Esto es lo que quieres, no? Una verga de verdad —gruñó él mientras empezaba a embestirla con fuerza—. Dile a tu marido lo que sientes.

—Tu polla es mucho mejor… ¡me estás llenando entero! —gemía ella entre embestida y embestida—. Roberto nunca me ha follado así… es un inútil en la cama…

Cada palabra me dolía y me excitaba. Me agarré la polla por encima del pijama y empecé a masturbarme despacio, escondido en la oscuridad del balcón.

Miguel la sentó a horcajadas sobre él. Laura empezó a cabalgarlo con furia, sus tetas perfectas rebotando mientras gemía sin control.

—Dime otra vez lo que piensas de tu marido —exigió Miguel, dándole nalgadas fuertes.

—Es un viejo cornudo… un capullo… solo sirve para pagar las vacaciones mientras tú me das lo que él no puede —jadeó Laura, moviendo las caderas con fuerza—. ¡Me corro mucho más contigo!

Miguel la agarró del cuello y la folló desde abajo con estocadas profundas y rápidas. Laura tembló violentamente, corriéndose con fuerza mientras clavaba las uñas en su espalda.

Miguel no paró. La puso otra vez en cuatro y la siguió taladrando sin piedad. Finalmente gruñó fuerte, empujó hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándole el coño con leche caliente mientras Laura gemía de placer.

Se quedaron unidos unos segundos. Luego Laura se arrodilló, le limpió la polla con la boca, lamiendo hasta la última gota, mirándolo con adoración.

—Esto es lo que mereces, no las migajas de ese inútil —murmuró Miguel.

—Totalmente de acuerdo… —susurró ella, besando la punta de su verga.

Volvieron a la habitación casi a las cuatro. Yo me tiré en la cama fingiendo dormir. Laura se duchó y se acostó a mi lado oliendo a jabón y a sexo ajeno.

Yo me quedé despierto el resto de la noche, con el corazón latiendo fuerte y la polla todavía dura, repitiendo en mi cabeza cada palabra despectiva que habían dicho de mí.