Capítulo 1

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  • Clases particulares de tenis

El Club Privado «Los Olivos» estaba casi desierto a esa hora. Alejandro (yo) caminó por el pasillo elevado que daba a las canchas techadas. El sonido seco de las pelotas de tenis golpeando las raquetas había cesado hacía rato, reemplazado por ecos mucho más húmedos y rítmicos.

Alejandro se detuvo frente al ventanal de vidrio templado de la Cancha 3. La vista era obscena y perfecta.

Abajo, sobre la arcilla naranja, la clase había tomado un giro drástico.

En la banca lateral:

Milena, la suegra de 50 años, tenía su falda de tenis blanca subida hasta la cintura. Estaba sentada a horcajadas sobre Fede, el instructor argentino de pelo largo. Fede ni siquiera se había quitado la camiseta deportiva; simplemente la tenía agarrada de las caderas, haciéndola rebotar con fuerza. Milena tenía la cabeza echada hacia atrás, gritando al techo, con una mano aferrada a la reja metálica.

En la red:

Jazmin estaba de espaldas, inclinada sobre la red tensa. Nacho, el otro instructor, más joven y musculoso, estaba pegado a ella. Le había bajado las bragas deportivas hasta los tobillos, pero le había dejado la falda puesta, que ahora aleteaba con cada embestida.

Nacho la tenía agarrada del pelo con una mano y de la cintura con la otra, penetrándola con un ritmo brutal. Jazmin se aferraba a la red, sus dedos blancos por la presión, mientras la estructura metálica chirriaba bajo el peso de los dos.

—¡Eso, nena! —gritaba Nacho con su acento marcado—. ¡Mantené la postura! ¡Así se recibe el saque!

Alejandro bajó las escaleras. El olor lo golpeó al abrir la puerta de la cancha: arcilla, sudor masculino y sexo intenso.

Nadie se detuvo al verlo entrar. Al contrario.

—¡Mirá quién llegó! —dijo Fede desde la banca, sin dejar de embestir a Milena—. El árbitro.

Milena abrió los ojos, borrachos de placer.

—Hola, yerno… —gimió—. Llegaste justo para el match point.

Alejandro se quedó de pie en la línea de fondo, viendo el espectáculo doble. Madre e hija siendo usadas como muñecas de práctica por los instructores.

—¡Voy a terminar, jaz! —avisó Nacho, dándole una nalgada sonora a Jazmin que resonó en todo el galpón.

—¡Y yo también, Milena! —gruñó Fede.

Fue simultáneo. Los dos instructores se tensaron. Nacho se hundió en Jazmin, llenándola de golpe. Fede hizo lo mismo con Milena. Las dos mujeres gritaron al unísono, un coro familiar de sumisión y llenado.

Los instructores se retiraron casi al mismo tiempo, limpiándose con sus propias toallas de mano, riéndose y chocando los cinco.

—Buena clase, señoras —dijo Nacho—. La semana que viene practicamos el revés.

Pasaron por el lado de Alejandro. Fede le dio una palmada en el hombro.

—Te las dejamos calientes, campeón. La cancha es toda tuya. Cuidado que resbala.

Se fueron, dejando a las mujeres destruidas en la cancha.

Indira estaba colgada de la red, jazmín , con las piernas temblando y un hilo espeso de Nacho bajando por su muslo, mezclándose con el polvo de ladrillo naranja. Milena estaba desparramada en la banca, con las piernas abiertas, exhibiendo lo que Fede le había dejado.

Alejandro se desabrochó el cinturón. Caminó primero hacia Jazmin .

La giró bruscamente. Ella lo miró con ojos vidriosos.

—Ale… me dejaron…

—Te dejaron rebalsando —dijo él, metiendo la mano entre sus piernas y sacándola empapada de la mezcla de semen y fluidos de ella—. Y ahora voy a revolverlo.

La puso contra la red, en la misma posición que Nacho. Entró en ella. El sonido fue chap, chap. Estaba tan llena que Alejandro sentía que resbalaba dentro de un tubo de ensayo.

—¡Siéntelo! —le gritó, embistiendo con rabia—. ¡Siente cómo mezclo mi leche con la del argentino!

Jazmin gemía, sintiendo la segunda ola de invasión. Alejandro batía el interior de su novia, asegurándose de que su rastro quedara encima y revuelto con el del otro.

Pero no terminó ahí. Alejandro salió de jazmín , dejándola caer de rodillas sobre la arcilla. Caminó hacia la banca donde Milena lo miraba, tocándose distraídamente.

—¿Y para la suegra no hay nada? —provocó Milena, abriendo más las piernas.

Alejandro se arrodilló entre las piernas de la madre de su novia. Vio que ella también estaba inundada por Fede.

—Ustedes dos son insaciables —dijo.

Entró en Milena. La sensación era distinta, más madura, pero igual de sucia. Alejandro bombeó con fuerza, mezclando los fluidos de Fede con los suyos dentro de la madre, mientras jazmín miraba desde el suelo cómo su novio se follaba a su mamá.

—¡Eso, Ale! —animaba jazmin , gateando hasta ellos—. ¡Llénala a ella también!

Alejandro estaba al límite. Tenía la imagen de las dos faldas blancas levantadas y los restos de los instructores en ambas.

Sacó su miembro de Milena justo antes de explotar.

—¡Las dos! —ordenó—. ¡Juntas!

Milena Y Jazmin juntaron sus caras frente a él, madre e hija unidas por la depravación. Alejandro se corrió sobre ellas, lanzando chorros espesos que cayeron sobre los pechos de Milena y la cara de jazmín , manchando las camisetas blancas de tenis y la piel sudada.

—Ahí tienen su trofeo —jadeó Alejandro , sacudiéndose las últimas gotas.

Las dos mujeres se quedaron allí, abrazadas en la banca, cubiertas de Alejandro y rellenas de los instructores, riéndose bajito, cómplices.

Alejandro se subió el cierre, miró las manchas blancas y naranjas en la ropa de ellas y sonrió.

—Vámonos. Y límpiense bien antes de subir al auto, no quiero manchar la tapicería con lo que les sobra.