Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • La puta creyente I

Se llamaba Sofía. Dieciocho años recién cumplidos, pelo castaño larguísimo que le llegaba casi a la cintura, ojos grandes de niña buena y una cruz de madera pequeña que nunca se quitaba del cuello. Iba a misa todos los días, cantaba en el coro parroquial, ayudaba en Cáritas y todavía se sonrojaba cuando escuchaba una palabra fuerte. Su mamá la había criado para ser “un ejemplo”, y ella lo creía de verdad.

El nuevo inquilino llegó un martes de octubre. Treinta y tantos, alto, barba de tres días, voz grave y esa sonrisa lenta que parecía saber cosas que nadie más sabía. Se llamaba Daniel. Alquiló el cuarto de atrás, el que daba al patio, y desde el primer día empezó a tratar a Sofía como si ya fueran íntimos.

Al principio eran detalles pequeños.

“Qué bonito te ves con esa falda larga, parece de monja… pero se te marcan las piernitas cuando caminas, ¿lo sabías?”

Ella se ponía roja hasta las orejas y balbuceaba un “Ay, no diga esas cosas, por favor…”.

Él solo sonreía más.

Una tarde la mamá salió a una novena y los dejó solos en la casa. Daniel la encontró en la cocina lavando los platos, con el delantal blanco atado a la cintura y el cabello recogido en una coleta alta. Se acercó por detrás, muy despacio

—¿Sabes qué pienso cuando te veo rezando el rosario todas las noches? —susurró contra su oreja.

Sofía se congeló, el plato temblándole en las manos.

—Pienso… en cómo se te verían esas rodillas en el suelo, pero no rezando.

Ella dejó caer el plato. El ruido del vidrio rompiéndose fue lo único que se escuchó por varios segundos.

—No… no hable así —susurró ella, pero su voz salió débil, temblorosa.

Daniel no se movió. Solo bajó más la voz.

—¿Nunca has sentido curiosidad, Sofi? ¿De verdad nunca te has tocado pensando en cómo sería que un hombre te agarrara fuerte, te abriera las piernitas y te metiera todo hasta el fondo?

Ella negó con la cabeza, rapidísimo, pero no se apartó.

Él le levantó la falda despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando llegó a las braguitas blancas de algodón con bordecitos de encaje, las rozó con dos dedos por encima de la tela.

—Estás mojada —dijo casi con ternura—. ¿Ves? Tu cuerpo ya sabe lo que quiere. Solo tu cabecita todavía está peleando.

Sofía cerró los ojos con fuerza. Una lágrima se le escapó, pero al mismo tiempo sus caderas se movieron apenas, buscando más contacto.

—No es pecado si no lo eliges tú… —murmuró él mientras le bajaba las bragas hasta los tobillos—. Es pecado si lo niegas cuando ya te está gustando tanto.

La giró, la sentó en la encimera de la cocina. Le abrió las piernas con las dos manos. Sofía se tapó la cara con los antebrazos, avergonzada, pero no cerró las piernas.

Daniel se arrodilló un momento solo para mirarla. Rosada, brillante, apenas un triángulo de vello suave y oscuro. Pasó la lengua una sola vez, larga y lenta, desde abajo hasta arriba. Ella soltó un gemido que parecía un sollozo.

—Dios mío… perdóname… —susurró.

—No le pidas perdón a Él todavía —dijo Daniel mientras se desabrochaba el cinturón—. Pídeselo a mí cuando te esté follando tan duro que no puedas ni rezar.

La penetró de un solo empujón, sin condón, sin preámbulos. Sofía gritó, mezcla de dolor y algo más oscuro y dulce. Él la sujetó por las caderas y empezó a moverse con ritmo fuerte, profundo, sin piedad. Cada embestida le sacaba un jadeo nuevo, cada vez más alto.

—Mírame —le ordenó.

Ella obedeció, con los ojos vidriosos, las mejillas empapadas.

—Dime que te gusta —le dijo mientras le apretaba los pezones por encima de la blusa—. Dímelo.

—Me… me gusta… —sollozó ella—. Ay, Señor, me gusta mucho…

Daniel aceleró, la encimera temblaba con cada golpe. Le levantó la blusa, le sacó un pecho y se lo metió a la boca, chupando fuerte mientras seguía clavándosela hasta el fondo.

—Vas a venirte así, ¿verdad? —gruñó contra su piel—. Vas a venirte con mi verga dentro mientras piensas en lo puta que te estás volviendo.

Sofía se tensó entera, las piernas temblándole alrededor de su cintura. Un grito largo, agudo, casi religioso. Se corrió apretándolo tan fuerte que Daniel casi se va con ella. Él aguantó unos segundos más, salió y se corrió en su vientre plano, gruesos chorros blancos que le manchaban la piel y la cruz que colgaba entre sus pechos.

Cuando terminó, la abrazó. Ella temblaba todavía, respirando entrecortada.

—Ahora reza —le susurró al oído mientras le acariciaba el pelo—. Reza pidiéndole perdón… pero con mi semen todavía caliente en tu piel.

Sofía cerró los ojos, juntó las manos temblorosas sobre el pecho y empezó a rezar en voz muy baja, con la voz rota.

Y Daniel sonrió, porque sabía que al día siguiente ella volvería a abrir las piernas sin que tuviera que convencerla tanto.