La lluvia golpeaba con furia los vitrales de la parroquia de San Judas. Cada gota parecía un latido. Adentro, el olor a incienso y madera vieja envolvía el silencio, solo interrumpido por el eco de mis tacones sobre el mármol frío.
Me acerqué al confesionario. El encaje de mi lencería rozaba mi piel bajo el vestido de seda negra, recordándome quién era yo. Una mujer. Una pecadora. Una diosa disfrazada de oveja.
Me arrodillé. El reclinatorio crujió bajo mi peso. Del otro lado de la rejilla, escuché una respiración agitada. Entrecortada. Casi suplicante.
Era el padre Julián.
Joven. De facciones duras, como talladas en piedra. Pero sus ojos… esos ojos lo traicionaban cada vez que me veía en primera fila durante la misa. Se demoraban un segundo de más. Bajaban. Subían. Se perdían en mi escote y luego pedían perdón al cielo.
Yo se lo concedía. Pero no gratis.
—Ave María Purísima… —susurró él, con la voz temblorosa. Su mano aferraba el crucifijo como si fuera un salvavidas.
—Sin pecado concebida, Padre —respondí, pegando mis labios rojos a la rejilla de madera. Mi aliento se colaba por los agujeros. Él lo recibió en su mejilla. Lo vi estremecerse—. Vengo a confesar un deseo que no me deja dormir. Un deseo que tiene nombre, sotana… y una cruz en el pecho.
Silencio.
Escuché cómo se removía en su asiento. El cuero del banco crujió bajo su cuerpo. También crujió algo dentro de él. Su fe. Su voto. Su dignidad.
—Hija… —dijo, tragando saliva—. El confesionario es para el arrepentimiento. No para la tentación.
Intentaba sonar firme. Pero el miedo y las ganas bailaban en su tono como dos serpientes en celo.
—Es que no me arrepiento, Padre —respondí, bajando la voz hasta convertirla en una caricia—. Me muero por saber si debajo de esa tela negra hay un hombre de verdad… o solo un santo de madera.
Deslicé mi mano por la pequeña cortinilla de terciopelo. La aparté lo suficiente para que viera mis ojos. Mis labios rojos. Mi lengua mojándolos despacio.
Luego bajé el escote.
La luz de las velas iluminó mi pecho. El encaje negro sostenía mis tetas como dos ofrendas. Mis pezones ya estaban duros. El frío. O la excitación. O él.
—Usted sabe que soy diferente, Julián —le dije, usando su nombre por primera vez. Era un pecado pronunciarlo así, en ese tono, en ese lugar. Y a él se le notó—. Que soy una mujer creada a mi propia imagen y semejanza. Y sé que esa curiosidad lo está matando.
—No debería… —balbuceó.
—¿No debería qué? ¿Tocarlo?
Metí un dedo por la rejilla. Rozó sus labios. Húmedos. Temblorosos. Él no se apartó. No se santiguó. No pidió ayuda.
Al contrario.
Cerró los ojos y soltó un gemido que no tenía nada de sagrado. Era un sonido profundo, ronco, contenido durante años. Un gemido de hombre encerrado en un hábito que le quedaba pequeño.
—Salga de ahí —le ordené en un susurro mandón, lamiendo la punta de mis dedos después de tocar su boca—. La sacristía está sola. Y yo tengo una penitencia muy especial preparada para usted.
Se levantó. Crujió el cuero. Crujió su sotana. Crujió su alma.
Y me siguió.
—
La sacristía olía a cera derretida, a incienso reciente, a libros viejos. Pero el olor que llenaba el aire ahora era otro: el perfume que me puse en el cuello, entre las tetas, detrás de las rodillas. Lo compré para él. Sin saberlo. O sabiéndolo.
Cerré la puerta con llave. El sonido metálico lo hizo estremecerse.
—Arrodíllate —le dije, sin mirarlo.
—¿Yo? —preguntó, confundido.
—Tú. Aquí no hay padre ni hija. Solo un hombre y una mujer. Y ella está dando las órdenes hoy.
Se arrodilló. La sotana se extendió sobre el piso de madera como un charco de pecado.
Caminé alrededor de él. Mis tacones repiqueteaban a su alrededor. Cada paso era una sentencia. Cada giro de cadera, una condena.
—¿Has estado con una mujer, Julián? —pregunté, deteniéndome detrás de él.
—No… quiero decir… antes de ordenarme…
—No te pregunté por antes. Te pregunto por ahora. Por esta noche. Por esta mujer que tienes enfrente.
Calló.
Pasé mis manos por sus hombros. Sentí cómo se tensaban bajo la tela negra. Bajé hasta su pecho. Mis dedos encontraron la cruz. La tomé. La levanté. Se la quité del cuello despacio, como si le arrancara una piel.
—Esto no te va a salvar aquí —susurré, dejando la cruz sobre una silla—. Solo yo puedo hacerlo.
Me puse frente a él. Levanté mi falda de seda negra hasta la mitad del muslo. Él levantó la vista. Tragó saliva.
—Bésame los pies —ordené.
No dudó. Se inclinó y besó la punta de mis zapatos. Luego mis tobillos. Luego mis pantorrillas. Subía despacio, con los labios temblorosos, la respiración rota.
—Así me gusta —dije, y lo agarré del pelo—. Así se arrepiente un hombre de verdad.
Me bajé la media. Una. Luego la otra. Quedé con las piernas desnudas, la falda subida hasta las caderas. Él miraba el encaje de mi lencería como si fuera la hostia consagrada.
—¿Quieres ver más? —pregunté.
—Sí —susurró, con la voz rota.
—Pide.
—Por favor…
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, muéstrame.
Sonreí. Me bajé la lencería despacio. Quedé desnuda de la cintura para abajo. Mi coño peludito, mojado, brillaba bajo la luz de los cirios.
—Acércate —ordené.
Se arrastró de rodillas hasta quedar frente a mí. No esperé más. Tomé su cabeza con las dos manos y la hundí entre mis piernas.
—Chúpame —le dije—. Arrepiéntete con la lengua.
Gimió. Y lamió. Y lamió como si fuera su última confesión. Su lengua recorría mis labios, mi centro, ese punto que me hace temblar. Yo movía mis caderas contra su cara, mojándole toda la boca, la nariz, la barbilla.
—Así —gemí—. Así, padre. Usted que perdonaba pecados… ahora va a saborear uno bien rico.
Me corrí en su boca. Apreté sus orejas con mis muslos. Me temblaron las piernas. Él siguió lamiendo hasta que lo aparté.
—Levántate —ordené.
Se puso de pie. Tenía la cara brillante. Los ojos vidriosos. La sotana manchada de mi humedad.
—Bájate la sotana —dije.
Lo hizo. Con manos temblorosas. Primero los botones. Luego la tela cayó. Quedó en calzoncillos. Y se notaba todo. Duro. Caliente. Mojado también.
—Quítatelos —ordené.
Obedeció. Su miembro quedó al aire. Firme. Largo. Con venas marcadas. Y un olor a hombre, a deseo contenido, a semen que llevaba años esperando.
—Arrepiéntete de nuevo —dije, arrodillándome frente a él.
Lo tomé en mi boca. Chupé despacio al principio, con la lengua, con los labios, mirándolo a los ojos. Él gimió. Agarró la pared. Luego mi pelo.
—Dios mío —susurró.
—Dios no está aquí —dije, soltándolo un segundo—. Solo yo. Solo esta mujer que te va a hacer pedazos.
Me lo volví a meter entero. Chupé más rápido. Él gemía más fuerte. Sus piernas temblaban. Su abdomen se tensaba.
—No voy a aguantar —dijo.
—No quiero que aguantes. Quiero que te vengas en mi boca. Quiero que me llenes la garganta de pecado.
Y se vino. Con un gemido largo, ronco, que rebotó en las paredes de la sacristía. Me llenó entera. Caliente. Espeso. Me lo tragué sin dejar de chupar, hasta que él ya no podía más.
Me levanté. Me limpié los labios con el dorso de la mano. Él estaba apoyado en la pared, sin fuerzas, la sotana a los pies, el pecho subiendo y bajando.
—Esa fue tu primera penitencia —dije, vistiéndome despacio—. La próxima vez, trae más fe. Y más resistencia.
—¿Próxima vez? —preguntó, aún sin aliento.
—Claro, padre. Esto no termina aquí. Usted tiene muchos pecados que confesar. Y yo… muchas formas de perdonarlos.
Agarre mi bolso, me puse las medias otra vez, ajusté mi vestido de seda negra. Antes de salir, me acerqué a él, le levanté la cara con un dedo, y le di un beso lento en la boca. Sabía a mí. Y a él. Y a incienso.
—Nos vemos el domingo en primera fila —susurré—. No me quite los ojos de encima, padre. Que si lo hace, voy a tener que volver a castigarlo.
Sali de la sacristía. La lluvia había parado. El silencio en la parroquia era distinto ahora. Más pesado. Más caliente.
Y detrás de mí, escuché cómo el padre Julián se dejaba caer de rodillas otra vez.
Pero esta vez no rezaba.
—
Fin
—
Tg: @DulxeErotixa