Mis padres llevaban una relación bastante buena. Los dos iban al gimnasio, por lo que se mantenían en muy buena forma. Mi padre era militar, mientras mi madre se dedicaba exclusivamente a la casa. Yo, hijo único, estaba en la universidad e iba también al gimnasio. Los tres nos manteníamos en muy buena forma.

Todo iba con normalidad hasta que cierto día empezaron a coger de forma más bulliciosa. Escuchaba los gemidos de mi madre sin ningún reparo y también las cosas que se decían. Al principio solo escuchaba; a veces me acercaba a su puerta para escuchar más claramente. Ahí pude oír cómo ella le contaba antiguas experiencias sexuales antes de ser pareja: cosas de cómo la desfloraron, quién le daba sus mejores cogidas y cosas así.

Parece que a mi padre le gustaba escuchar y se excitaba mucho, porque mientras ella le contaba se podía oír el sonido frenético de la cama. Además, él mismo le preguntaba más cosas, incluso si ella había cogido con alguien desde que se casaron. Ella le decía que no, pero le preguntaba si quería ser un cornudito. Ese era su juego íntimo.

Después de eso puse un poco de atención en ellos y me percaté de que ella empezó a vestir ropa más ceñida: pantalones apretados y polos que no dejaban mucho a la imaginación. Cuando salían, los hombres se le quedaban mirando el culo y ella se percataba, empezando a menearse más cuando caminaba. Se miraban con mi padre disimuladamente de reojo y sonreían. Al parecer habían entrado en un juego donde ella calentaba a otros y mi padre se excitaba con eso. Cuando llegaban a casa se iban a su habitación y empezaban a coger un buen rato. Eso ya era una rutina los sábados.

Por mi parte, no me metía en eso. Total, cada pareja con sus cosas.

Un buen día, cuando mi padre se encontraba fuera trabajando, noté que mi madre se empezaba a mostrar más conmigo. Salía con leggins muy ajustados, se ponía en cuatro dándome la espalda supuestamente recogiendo algo, pero ya eran bastantes veces en el día que lo hacía. Cuando le ayudaba con las compras se acercaba a mí y disimuladamente me tocaba el paquete, como si fuera casualidad.

Un día que estaba colocando unas cajas encima de un ropero, me dijo que la ayudara. Me acerqué, pero en vez de dejarme la carga a mí, se colocó delante mío como para que ambos cargáramos y empezó a frotar su culo en mi paquete, que estaba bastante duro en ese momento. Colocamos la caja, ella volteó, me agarró el pecho con la palma de su mano derecha, con la izquierda me dio una palmada en el culo y, muy cerca de mi rostro, me agradeció y se fue. Yo me quedé muy excitado.

Así eso se convirtió en una rutina. Por las noches los seguía escuchando coger riquísimo, hasta que un día los escuché hablando de sus juegos, de cómo ella calentaba a otros tipos y a mi padre eso lo encendía. Incluso hablaron de cómo un día en una discoteca un tipo estuvo a punto de cogérsela en el baño de mujeres, pero ella gritó a seguridad y lo sacaron. Comprendí que el trato era que ella los calentaba, pero sin dejar que la cogieran; eso estaba reservado para mi padre.

Escuché que me habían hecho también parte de ese juego. Se reían los dos. A mí me entró por primera vez ganas de cogerla y empecé a pensar cómo podría hacerlo, ya que tanto le gustaba calentar.

Los domingos nos reuníamos con las familias de varios vecinos en una casa cercana a la mía. Hacían parrilla, tomaban unas cervezas y por la tarde los hombres nos quedábamos viendo el fútbol mientras las mujeres se retiraban a sus casas. Siempre después del fútbol nos quedábamos todos tomando unas cervezas y volvíamos a nuestras casas en la noche, eso de las 9:00 pm. Fue ahí que decidí aprovechar ese espacio después de la parrilla hasta la noche.

Ese domingo, como todas las semanas, mi madre se retiró a las 3 pm a nuestra casa. Yo me retiré a las 4 pm sin decir nada. Llegué a casa silencioso, subí sigilosamente al segundo nivel y fui a la habitación de mis padres. Encontré durmiendo a mi madre; solo tenía puesto un babydoll y su pequeña tanga. Ella estaba echada de cucharita. Silenciosamente me quité toda la ropa, quedando desnudo. Me acerqué, levanté suave el babydoll, la besé en el cuello y la oreja suavemente. Ella, entre sueños, se dejaba hacer. Le empecé a bajar el calzón sin cambiar de esa posición de cucharita. La empecé a masturbar con mis dedos. Estaba muy excitada, su conchita bien mojada rápidamente. Ella se empezaba a mover y tenía ya buen rato gimiendo. Me coloqué detrás de ella y se la metí suavemente. Empezamos un vaivén en esa posición de cucharita. Ella estaba totalmente creída que era mi padre el que se la estaba cogiendo.

Yo, con la fuerza de mi juventud, tenía para mucho rato aún. Ella se movía a mi ritmo, estiraba su mano hacia mi cadera y me jalaba hacia ella. Al rato empecé a sentir sus espasmos mientras gemía sin ningún control. Yo aún tenía para más. Ella me decía “¡Basta, basta!” pero no dejaba de moverse a mi ritmo. A los minutos otra vez ella explotó en espasmos, otro orgasmo la inundaba mientras yo seguía mi movimiento frenético hasta que finalmente me vine, todo dentro de ella. Mientras eyaculaba, ella jalaba mi cuerpo para que me pegara más. Me dijo que “hoy había durado mucho más que antes, que hacía tiempo no la cogía tan vigorosamente”.

Seguíamos en esa posición de cucharita. Después de pocos minutos, la empujé boca abajo y me puse encima de ella. Yo estaba listo para el segundo round. Ella dijo “¿Otra vez?”. Así, en esa posición sin dejar que ella volteara a verme y me descubriera, coloqué mi miembro en la entrada de su mojada vagina y empecé nuevamente a cogerla. Una y otra vez la penetraba. Ella en esa posición aún hacía ligeros movimientos: arriba, abajo, circulares. Se notaba que era una experta en las artes amatorias. Volví a sentir su orgasmo mientras seguía taladrándola y minutos después volví a llenarla toda.

Después me acosté a su lado y ella me vio. Totalmente sorprendida y horrorizada me dijo “¿Tú?”. Me quedó mirando, se tapó la boca y después de unos segundos empezó a reír ligeramente. Me dijo que mi padre jamás debía enterarse y que esto jamás debería volver a pasar. Yo le dije que estaba bien y me retiré.

Mi padre, como de costumbre, llegó a las 9 pm y mi madre bajó a hacernos la cena, pero lo hizo con el babydoll y se paseó en la cocina delante de ambos. Yo me sorprendí porque ella jamás me había provocado delante de mi padre. Él no dijo nada. Cenamos y nos retiramos a las habitaciones.

Al rato empecé a escuchar nuevamente los gemidos de mi madre. Cogieron unos minutos. Al rato me acerqué a su puerta para escucharlos hablar. Se reían por lo excitado que estaba yo cuando ella fue en el babydoll a la cocina. Él ni se imagina que ya había disfrutado de su mujer.

El día lunes me fui temprano a la universidad y mi padre al trabajo. Volví a las 2 pm. Apenas entré vi a mi madre, nos miramos a los ojos y sin decir palabra alguna subimos a su habitación. Nos desnudamos rápidamente. Le hice una sesión de sexo oral hasta arrancarle un orgasmo. Mientras ella se retorcía de espasmos le puse las piernas al hombro, ella se agarró de las sábanas y yo de la cabecera de la cama, y así empecé el bombeo. Sin reparos, solo nos mirábamos a los ojos con furia mientras cogíamos. Una y otra vez entré y salí de ella. No hubo besos, no hubo palabras, solo nuestras miradas y nuestros cuerpos moviéndose al mismo ritmo, proporcionándonos placer. Llegó su segundo orgasmo junto al mío. Nuevamente acabé dentro de ella.

Nos convertimos en amantes. Ella me contaba que a mi padre le excitaba mucho que ella se exhibiera, pero sin llegar a más. Ella hacía tiempo quería ponerle los cuernos pero no se animaba a hacerlo, y conmigo encontró al amante perfecto. Nadie sospecharía nunca nada de nosotros y teníamos casi todos los días para hacer el amor.