Capítulo 2
Ben se quedó ahí, envuelto en la toalla que su madre le había pasado, sintiendo el peso de la vergüenza y algo más que empezaba a crecer en su entrepierna. La erección no cedía; al contrario, el roce sutil de la tela contra su piel sensible solo lo empeoraba. El sol seguía pegando fuerte sobre la piscina, y el agua aún goteaba de su bañador, pero lo que realmente lo torturaba era esa tensión acumulada, como un nudo apretado en lo más profundo de su cuerpo. Al principio, fue solo un cosquilleo incómodo, pero pronto se transformó en un dolor sordo, punzante, que se extendía desde sus testículos hacia el abdomen. «Blue balls», lo había oído llamar en bromas con amigos, pero nunca lo había sentido así: una presión insistente, como si su cuerpo estuviera gritando por alivio, traicionado por esa excitación que su mente intentaba negar. Se sentó en el borde de la piscina, fingiendo ajustar la toalla, pero cada movimiento hacía que el dolor se intensificara, un recordatorio palpitante de los roces «accidentales» con su madre, del brillo del aceite en sus curvas, del modo en que su bikini se pegaba a su piel húmeda.
Bethy, siempre atenta como una madre intuitiva, lo notó de inmediato. Estaba secándose el cabello con otra toalla, pero sus ojos se posaron en Ben con esa mirada que solo una mamá podía tener: una mezcla de preocupación genuina y algo más profundo, casi instintivo. Vio cómo él se removía inquieto, cómo sus hombros se tensaban y su rostro se contraía en un gesto gesto. No era solo la erección visible —que ya empezaba a menguar un poco por la vergüenza—, sino ese malestar que lo hacía inclinarse ligeramente hacia adelante, como si estuviera protegiendo algo delicado. «Hijo, ¿estás bien? Pareces incómodo», dijo ella con voz suave, acercándose con pasos ligeros, el albornoz ahora cubriéndola un poco más, pero sin ocultar del todo el contorno de su figura bajo el bikini aún húmedo. Mark, desde su silla, levantó la vista del libro, pero se mantuvo callado, observando con esa sonrisa discreta que indicaba que la apuesta había superado sus expectativas.
Ben murmuró algo inaudible, negando con la cabeza, pero el dolor lo traicionó: un gemido bajo escapó de sus labios cuando intentó levantarse. «Es… nada, mamá. Solo un calambre o algo», mintió, pero su voz temblaba. Bethy frunció el ceño, sentándose a su lado en el borde de la piscina, sus piernas rozando las de él de manera casual, inocente, como siempre lo habían hecho en momentos familiares. El aroma del aceite bronceador aún flotaba en su piel, mezclado con el cloro y un toque de su perfume floral, ese que siempre le recordaba a Ben las tardes de infancia. Ella posó una mano en su rodilla, un gesto maternal, pero el contacto envió una oleada de calor a través de él, intensificando el dolor en lugar de aliviarlo. «No me mientas, Ben. Te conozco mejor que nadie. ¿Es por el sol? ¿O por nadar tanto? A veces el cuerpo se tensa después de tanto esfuerzo».
Alex, ajeno a todo, seguía chapoteando en el agua con risas, lanzando una pelota inflable contra la pared de la piscina, pero Bethy lo ignoró, enfocándose en su «presa» vulnerable. Como la leona que era, percibía la debilidad, pero en lugar de atacar, decidió curar. «Ven, vamos adentro un momento. Te preparo algo para relajar los músculos». Lo tomó del brazo con gentileza, ayudándolo a levantarse, y lo guio hacia la casa, dejando a Mark y Alex afuera. El interior estaba fresco, el aire acondicionado zumbando suavemente, y Bethy lo llevó a la sala de estar, sentándolo en el sofá mullido. «Quédate quieto, hijo. Voy a traerte un remedio casero que siempre funciona para estos dolores repentinos».
Desapareció en la cocina por un minuto, regresando con un vaso de agua fría infundida con rodajas de limón y unas hojas de menta fresca. «Bebe esto despacio. El frío ayuda a calmar la circulación, y la menta relaja todo». Ben tomó el vaso, sintiendo el frescor en sus labios, pero el dolor persistía, un pulso constante que lo hacía apretar los muslos inconscientemente. Bethy se sentó a su lado, un poco más cerca de lo necesario, y comenzó a masajearle los hombros con manos expertas, justificándolo como «para quitar la tensión del cuello». Sus dedos, aún con restos de aceite, se deslizaban por su piel, presionando puntos que enviaban ondas de alivio hacia abajo. «Respira profundo, Ben. Inhala… exhala. A veces el cuerpo se sobrecarga por el calor y el ejercicio, y necesita un poco de mimo».
Pero el verdadero golpe de sorpresa vino cuando Bethy, recordando un truco de sus días de yoga, decidió improvisar algo más. «Espera aquí», dijo, yendo a su habitación. Volvió con una pelota de tenis pequeña y suave, de esas que usan para masajes. «Esto es genial para soltar nudos. Túmbate boca arriba en el sofá, y pon esto bajo tus lumbares». Ben obedeció, confundido pero obediente, y ella colocó la pelota bajo su espalda baja, guiándolo para que rodara suavemente sobre ella. El movimiento era sutil, un vaivén que presionaba justo en la zona lumbar, enviando vibraciones que, sin que él lo esperara, empezaron a disipar la presión acumulada en sus testículos. No era directo, no era invasivo —todo se mantenía en el terreno de un masaje inocente, como los que le daba de niño después de un partido de fútbol—. Bethy se arrodilló al lado del sofá, ajustando la posición de la pelota con cuidado, sus manos rozando sus caderas de pasada, siempre con esa fachada de preocupación maternal. «Siente cómo se suelta, ¿verdad? Es como si el cuerpo liberara toda esa energía atrapada».
El dolor comenzó a ceder, transformándose en un alivio cálido, casi eufórico, que lo dejó jadeando ligeramente. Bethy sonrió, sus ojos brillando con esa victoria secreta, sabiendo que había remediado la situación sin cruzar ninguna línea. «Mejor, ¿no? Ahora descansa un rato, y luego volvemos a la piscina. No le digas a tu hermano, que se va a burlar». Ben asintió, agradecido, sintiendo una conexión más profunda, pero todo envuelto en esa inocencia familiar que los protegía. Afuera, Mark seguía observando desde la ventana, preguntándose qué nueva apuesta podría venir después, mientras el sol seguía calentando el agua de la piscina, lista para más «accidentes».