Tenía 19 años y acababa de mudarme cerca del departamento de mi prima en Buenos Aires. El barrio de Once era nuevo para mí, ruidoso y lleno de vida. Ella me había dicho mil veces que pasara cuando quisiera, así que esa tarde de enero decidí visitarla.
Toqué el portero y me atendió Marcos, la voz ronca y tranquila:
—Subí, che. Tu prima todavía no llegó del laburo, pero está por venir. No te quedes en la calle con este calor.
Subí en el ascensor nerviosa. Marcos era el novio de mi prima desde hacía rato: alto, morocho, con brazos fuertes y esa sonrisa que te dejaba tonta. Siempre había sido bueno conmigo, pero nunca habíamos estado solos tanto tiempo.
Cuando entré al departamento, el aire acondicionado me dio un respiro. Afuera hacía un bochorno de mierda, pero adentro estaba fresco. Marcos estaba sin remera, solo con un short negro de gimnasia, el pecho brillando un poco de sudor. Me dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
—¿Querés una cerveza fría? —preguntó, mirándome las piernas debajo de la pollera cortita.
Acepté. Nos sentamos en el living a charlar pavadas: mi mudanza, el precio de los alquileres, lo caro que estaba todo. Pasaron casi cuarenta minutos y mi prima no aparecía. Marcos miró el celular y suspiró:
—Dice que se retrasó. Llega en una hora más o menos. ¿Te quedás?
Asentí. No quería irme.
De repente el cielo se puso oscuro. Empezó a caer una lluvia fuerte, de esas típicas de enero en Buenos Aires: gotas gruesas golpeando las ventanas, truenos lejanos que hacían vibrar los vidrios. Afuera todo era gris y frío húmedo, el agua corría por la calle formando charcos. Adentro, en cambio, el aire estaba cálido por nuestros cuerpos, el living se sentía íntimo, casi cerrado.
Marcos se acercó más en el sillón. Su rodilla rozó la mía.
—Estás linda, eh… ya no sos la primita chiquita —murmuró, con esa sonrisa pícara.
Su mano se apoyó en mi muslo y subió despacio. No la saqué. El corazón me latía en la garganta. Me besó el cuello primero, suave, después con más hambre. Sus labios bajaron mientras me sacaba la remerita y el corpiño. Mis tetas quedaron al aire y él las agarró con ganas, chupando los pezones hasta que gemí bajito.
—Marcos… mi prima… —susurré, pero ya estaba mojada.
—Shhh… solo un ratito —dijo él, y me levantó como si nada.
Me llevó a la habitación de ellos. El cuarto olía a su perfume mezclado con el de mi prima. Afuera la lluvia caía cada vez más fuerte, los truenos retumbaban. Adentro, el calor de nuestros cuerpos contrastaba con el frío que se colaba por las rendijas de la ventana.
Me acostó en la cama y se sacó el short. Su pija estaba dura, gruesa, venosa. Me miró sorprendido cuando le dije bajito que era mi primera vez.
—¿En serio? Tranquila… yo te guío.
Me besó toda: el cuello, las tetas, la panza. Cuando llegó entre mis piernas y me abrió con la lengua, arqueé la espalda y solté un gemido largo. Estaba empapada, temblando. Su boca me chupaba el clítoris con experiencia mientras dos dedos entraban despacio.
Después se puso **encima mío**. Sentí todo su peso cálido, su pecho contra mis tetas, sus caderas abriéndome las piernas. Afuera llovía a cántaros, el agua golpeaba el vidrio como si quisiera entrar. Adentro, el calor era intenso: nuestros cuerpos sudados se pegaban, su piel ardía contra la mía, el aire acondicionado apenas refrescaba el ambiente cargado de olor a sexo.
Entró despacio. Dolía un poco al principio, pero era una mezcla rara de dolor y placer que me volvía loca. Lo abracé fuerte, clavándole las uñas en la espalda mientras me penetraba más profundo.
—Sos tan apretadita… joder… —gruñó él contra mi oído, moviéndose cada vez más rápido.
Me follaba con ritmo constante, su pija entraba y salía, golpeando adentro mío. Yo gemía sin control, las piernas alrededor de su cintura. El contraste era brutal: el frío húmedo de la tormenta de enero afuera, y el calor húmedo y pegajoso de su cuerpo encima mío, sudando, respirando fuerte, agarrándome las tetas mientras me cogía.
Me dio vuelta en un momento, me puso en cuatro y me entró desde atrás, agarrándome las caderas fuerte. Después volvió a ponerse encima, cara a cara, mirándome a los ojos mientras aceleraba. Sentía que para mí era **todo**: mi primera vez, con el novio de mi prima, en su propia cama, bajo la lluvia. El corazón me explotaba de emoción, culpa y placer.
Él, en cambio, solo gemía de gusto. No había ternura, solo un polvo rico y rápido. Cuando estaba por terminar, gruñó:
—Me voy a correr…
Y se vació adentro mío, caliente y abundante. Se dejó caer un segundo encima, respirando agitado, su peso cálido aplastándome contra la cama. Afuera seguía lloviendo fuerte.
Después se levantó rápido, miró el reloj y dijo:
—Tu prima debe estar por llegar. Vestite, boluda.
Así nomás. Se puso el short y fue a la cocina como si nada hubiera pasado. Yo me quedé unos minutos más en esa cama, con su semen escurriéndose entre mis piernas, el cuerpo todavía temblando y el pecho lleno de sentimientos encontrados. Para él había sido solo un polvo oportunista. Para mí… había sido **todo**.
La lluvia seguía cayendo cuando escuchamos la llave en la puerta. Mi prima llegó empapada, riendo del temporal. Yo sonreí como pude, con las mejillas todavía coloradas y las piernas débiles.
Esa fue la primera de mis noches de enero… y nunca la olvidé.
—
**Fin del relato**