Capítulo 1
- Los privilegios del hijo al ser el hombre de la casa I
Les voy a platicar como mi hijo fue tomando el lugar de su padre poco a poco, se que el incesto es algo prohibido y que una madre pueda hacer eso con su hijo es impensable, pero todo se fue dando poco a poco, le fui dando esos privilegios que yo no cuestione, va hacer larga la historia pero voy a intentar contar todo lo que me acuerde.
Bien todo comenzó con la muerte de mi marido, la verdad que su pérdida dió un golpe grande a nuestra familia, mi hijo tenía 19 años apenas iba a ingresar a la universidad, yo le dije que continuara con sus estudios, que yo me encargaria de los gastos, pero las semanas pasaban y yo no encontraba empleo a pesar de mis 38 años no tenía casi experiencia y tampoco ayudaba mi edad, asi que esa dificultad para poder conseguir empleo hacía cada vez la situación, esto es importante yo crecí con la creencias que el hombre trabajaba y la mujer es ama de casa, no me importaba que así fueran las cosas, ya que mi marido cumplía todo lo necesario, pero ahora la estaba viviendo difícil, parece que esto lo noto mi hijo ya que también los ahorros se estaba terminando, así que un día mi hijo llegó de la calle yo estaba en la sala viendo la televisión, cuando mi hijo se acerco a mi se sento a mi lado y me dijo.
ALEJANDRO
Hola, mamá. Necesito hablar contigo.
DANIELA
¿Qué pasó, mi niño?
ALEJANDRO
Sé que querías que estudiara, pero la situación no puede seguir así, mamá. Decidí meterme a trabajar.
Las palabras que había dicho eran como un dolor agudo que me puso muy nerviosa, iba a dejar los estudios, sabia que implican esas palabras era por mi culpa el no poder conseguir trabajo, pero no quería que mi hijo se saliera de la escuela yo quería que tuviera un futuro.
DANIELA
Pero, cariño, tus estudios… Sé que no he encontrado trabajo, pero…
Me interrumpió, su voz firme, con una autoridad que nunca le había escuchado. No era el tono de un niño, sino el de un hombre que tomaba una decisión irreversible.
ALEJANDRO
Mamá, sé que quieres que continúe estudiando, pero puedo ganar dinero. No te preocupes. Ya encontré trabajo, así que no te preocupes. Yo me ocuparé de los gastos.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de una ola. Una parte de mí quería protestar, gritar que no era su responsabilidad, que él debía perseguir sus sueños. Pero la otra, la que sentía el frío abrazo de la desesperación, la que veía los ahorros menguar, sabía que tenía razón, no podía encontrar trabajo, la situación era insostenible, la resignación se instaló en mis huesos.
DANIELA
De acuerdo. Ya eres todo un hombre ayudándome.
Levanté mi mano, mis dedos rozando su cabello oscuro, suave como la seda. Una caricia tierna, una mezcla de orgullo y dolor. Sus ojos, idénticos a los de su padre, brillaron con una determinación inquebrantable.
ALEJANDRO
No te preocupes, mamá. Verás que nos va a ir mejor.
Y así, mi hijo, mi pequeño, se convirtió en el sostén de nuestro hogar.
Cuando mi hijo me dijo eso que ahora él iba a ser el sustento del hogar decidí que yo le iba ayudar en lo que más pudiera, bien como dije yo era la idea que la mujer debería atender muy bien a su esposo, como mi hijo iba a trabajar decidí tomar ese papel para que no se le hiciera pesado me levanté temprano a prepararle el almuerzo y prepare el desayuno.
Luego, con el desayuno listo y humeante, me dirigí a su habitación, lo despertaba suavemente, mis dedos acariciando su frente, mi voz con susurro le dije.
DANIELA
Bebe despierta amor antes que te vayas desayuna lo que te prepare para que tengas energías para todo el dia.
ALEJANDRO
Gracias, mamá. No tenías que hacerlo.
Me miró, sus ojos aún nublados por el sueño, pero con una chispa de aprecio, una sonrisa se dibujó en mis labios, una sonrisa que intentaba ocultar la tristeza que aún tenía.
DANIELA
No te preocupes, mi vida. Este también va a ser mi trabajo, así que no te preocupes. Si los dos vamos a hacer el esfuerzo, mi hombrecito.
Mi «hombrecito». La palabra resonó en el aire, cargada de un significado nuevo y profundo. Él terminó el desayuno con rapidez, su energía juvenil rebosando, y se fue al trabajo. Yo, me quedé en casa, sumergida en los quehaceres domésticos, mi mente divagando entre el pasado y el incierto futuro.
La noche trajo consigo el regreso de Alejandro. Lo escuché entrar, sus pasos más lentos, más cansados, era su primer día, la fatiga lo había vencido, necesitaba más experiencia y que se acostumbrara a este nuevo estilo de vida. El entró a su habitación, un santuario de desorden adolescente, y se dejó caer en la cama. Quince minutos después, entré, mi corazón apretado al verlo tendido, inmóvil.
DANIELA
Hijo, quítate la ropa que está sucia.
Su voz salió amortiguada, un murmullo de agotamiento.
ALEJANDRO
Ay, mamá. Luego. Estoy muy cansado, no me puedo levantar.
Una ternura inmensa me invadió. Me acerqué a la cama, mi mano en su hombro.
DANIELA
Vamos, levántate. Yo te ayudo.
Lo senté en el borde de la cama. Él se dejó guiar, su cuerpo pesado. Me hinque y acerqué mis manos a sus zapatos, mis dedos desataron los cordones de sus zapatos, uno a uno, con una delicadeza casi reverente.
ALEJANDRO
Mamá, no tienes que hacer eso.
Su voz era suave, casi una queja. Levanté la mirada, mis ojos encontrando los suyos.
DANIELA
No te preocupes, cariño. También este es mi deber. Te tengo que atender bien, ya que tú te estás esforzando.
Estaba vestida con una blusa blanca, ligera, mis pechos, llenos y firmes, se asomaban sutilmente por el escote. Noté cómo sus ojos se detuvieron en ellos, una mujer se da cuenta cuando un hombre la mira, cuando voy por la calle notas cuando lo hacen, por eso me di cuenta como mi hijo se perdía con la mirada en mis pechos. Pensé que era natural, que simplemente miraba. Lo ignoré, mis manos continuaron su labor, desabrochando su camisa, despojándose de su ropa sucia. para terminar con sus pantalones al bajarlo su miembro se marcaba en sus boxes no puede evitar mirarlo y senti un escalofrio que recorrio mi espalda, asi que rapido le quite sus pantalones, junte toda la ropa en mis manos y dije.
DANIELA
Bien, amor. Acuéstate y descansa. Mañana te despierto.
Me levanté, mis rodillas protestando. Él se recostó, sus ojos cerrándose casi de inmediato.
ALEJANDRO
Gracias, mamá.
DANIELA
No, gracias a ti, amor, por esforzarte.
El primer día terminó. Y con él, una nueva dinámica comenzó a tejerse entre nosotros, sutil, casi imperceptible. Mi actitud, mi sumisión natural, la necesidad de un nuevo rol, parecieron darle a mi hijo un poder que él, sin saberlo, empezó a tomar. Dicen que si no pones un límite, todo se puede salir de control. ¡Cuánta razón tenían!
Las semanas se deslizaron como agua entre mis dedos. Cada amanecer, el mismo ritual. Me despertaba antes que el sol, la cocina llena del aroma a café y a pan recién tostado. Preparaba su almuerzo, su desayuno. Luego, el suave despertar, el desayuno compartido en un silencio cómodo, y su partida. Cuando regresaba, la cena lo esperaba, caliente y reconfortante.
Alejandro se adaptó a su trabajo. Llegaba con más energía, el cansancio inicial se había transformado en una rutina manejable. Pero la costumbre de quitarle los zapatos, esa, permaneció. Cada noche, me hincaba frente a él, mis manos desatando los cordones, quitando sus zapatos sucios. Él, sentado en el borde de la cama, aprovechaba el momento. Sus ojos se fijaban en mis pechos, un escrutinio más descarado ahora, una mirada que ya no era fugaz, sino sostenida. Yo, en mi blusa, en mi rol de cuidadora, lo aceptaba. Era parte del servicio, pensé. Parte de ser su madre, su ama de casa.
Los días siguiente fueron casi igual que el primer día, me despertaba a preparar el almuerzo y el desayuno, para después ir a despertar a mi hijo, para cuando él se iba a trabajar yo me ocupaba de los quehaceres del hogar, para cuando volvió tenía la cena lista, la diferencia es que ya estaba acostumbrado al trabajo, ya no llegaba cansado como el primer día, el se acercaba a darme un beso en el cachete y me decía.
ALEJANDRO
Ya llegue mamá, huele rico y tengo mucha hambre.
DANIELA
sí hijo lávate las manos y siéntate yo pongo la mesa.
Pero a pesar que mi hijo no estaba cansado, Se dejó caer en el sofá de la sala, no en su cama y me decía.
ALEJANDRO
Mamá me quitas los zapatos.
Me sorprendio yo solo lo hice por que estaba cansado pero que el me dijera eso, no sabia como tomarlo, pero no lo rechace ni proteste, simplemente dije.
DANIELA
Ven, mi amor voy.
Me dirigí hacia él, parándome enfrente de él, me arrodillé, mis dedos trabajaron en los nudos, desatando el cansancio de su jornada. Mis ojos, sin querer, se encontraron con sus pantalones, ajustados, revelando la protuberancia de su miembro, haciéndome acordar cuando se marcaba por encima de sus boxers un rubor se extendió por mi cuello, caliente, inesperado.
ALEJANDRO
Sabes, mamá, nadie me trata como tú.
Su voz era baja, un murmullo que rozó mis oídos, levanté la vista, mis manos aún en sus zapatos, sus ojos, oscuros y profundos, me atraparon. Ya no era una mirada furtiva a mis pechos. Era una mirada que lo abarcaba todo, que me desnudaba con una intensidad que me hizo temblar.
DANIELA
Es mi deber, mi vida. Tú te esfuerzas tanto por nosotros.
Mis palabras sonaron huecas, una excusa débil para la corriente eléctrica que corría entre nosotros. Mis dedos, al desabrochar el último cordón.
ALEJANDRO
Y lo haces muy bien. Eres la mejor.
Sus palabras no eran solo agradecimiento. Eran algo más, algo que no podía nombrar, pero que sentía en cada fibra de mi ser. Mis mejillas ardieron. Terminé con los zapatos, mis manos se movían con una lentitud inusual.
DANIELA
¿Quieres que te prenda el baño para que te bañes y ya te vayas a dormir?
Me levanté, intentando romper la tensión, intentando escapar de su mirada.
ALEJANDRO
Sí. Eso estaría perfecto.
Me di la vuelta, mis pasos un poco inciertos. Fui al baño, preparé la tina, el agua caliente llenando la habitación de vapor. Cuando regresé, él estaba de pie, de abrochándose la camisa. Mis ojos se desviaron, pero no antes de captar la imagen de su cuerpo.
DANIELA
Ya está listo el baño.
Me apresuré a salir, mi respiración era agitada. Un momento después, lo escuché entrar al baño. El sonido del agua chapoteando llenó el silencio. Me senté en la sala, mi mente en un torbellino. ¿por que me estaba comportando así? ¿por que esa mirada de mi hijo me hacia sentir asi no creo que sea algo malo que tu hijo te vea asi ? esas preguntas que trataban de tranquilizarme o que justificara todo lo que estaba pasando. cuando escucho como mi hijo termina de bañarse y se va a su cuarto sin antes despedirse.
ALEJANDRO
Buenas noches mamá.
DANIELA
Buenas noches mi amor descansa.
El se fue a su cuarto y yo decidí alzar la mesa para después irme a dormir asi estaba yendo nuestros días hasta que un dia paso algo que hizo que cambiara la jerarquía de poder algo que también haría que nuestra situación cambiará poco a poco.
Un martes, mis amigas Laura y Marta me convencieron de ir a una clase de zumba. Ellas me dijeron que necesitaba salir de casa, distraerme de todo lo que estaba pasando, pensé mucho lo que me dijeron así que decidida en que tenían mucha razón que necesitaba distraerme decidí que al día siguiente iría a las clases de zumba.
Así que cuando Alejandro se fue a su trabajo, me fui a bañar, me mire al espejo 38 años figura que aun me gustaba piel que mi esposo siempre me había alabado, me puse una blusa top negra, leggins grises de esos que se ajustan bien al cuerpo marcado todo, quería sentirme sexy por primera vez en meses.
Las clases fueron de maravilla, de verdad disfrute conversar y ejercitarme para olvidarme de todo, estaba disfrutando de las pláticas de mis amigas que cuando mire el reloj eran las 8 de la noche.
DANIELA
¡ay dios mio! tengo que irme ya es bien tarde mi hijo me a de estar esperando se me fue rapido el dia
Mis amigas me querían detener que me quedara más tiempo con ellas, que mi hijo me podía esperar, que nos tomamos otra cerveza, solo recogí mi bolso y les dije.
DANIELA
No puedo de verdad tengo que irme Alejandro ya debe de estar en casa y no hice la cena.
Respondí abrazándolas rápidamente para irme del lugar. Llegué corriendo a la casa, la luz del salón estaba encendida, y Alejandro estaba sentado en el sofá, con los brazos cruzados, su cara estaba roja de enojo.
ALEJANDRO
Mamá, ¿por qué a esta hora?
DANIELA
Lo siento, cariño, dije, Fui a zumba con las chicas, me distraje.
ALEJANDRO
Distraerte?, exclamó él, volviéndose hacia mí con furia. ¿Y tus labores? ¿Acaso no dijiste que tu tambien me ayudarias que te encargarias ? yo aquí esperándote muriéndome de hambre.
DANIELA
Pero también necesito, intenté replicar, pero él me interrumpió.
ALEJANDRO
Necesitas cumplir con tu deber, dijo, con una voz baja y grave que me hizo temblar. Papá lo sabía. Él siempre te enseñaba a cumplir.
Recuerdo cuando Carlos me castigaba a mí y a Alejandro con nalgadas. Una vez, cuando era chico, Alejandro me vio en el regazo de Carlos, llorando por haber olvidado de hacer algo
ALEJANDRO
¿Qué haces, papá? preguntó él, asustado.
PADRE
Estoy disciplinando a tu madre, como lo hago contigo por no cumplir sus obligaciones ese es el deber del hombre de la casa.
Ese recuerdo es importante ya que lo que haría Alejandro después de decir eso tendría mucha lógica el solo replicará lo que hacía su padre, Alejandro se acercó a mí y me agarró del brazo con fuerza.
ALEJANDRO
Ven
Me jaló hacia el sofá y me puso sobre sus rodillas. Mis nalgas sobresalían por los leggins, y sentí una extraña mezcla de vergüenza y… algo más. Un cosquilleo en la espalda que no podía explicar, estar en esa posición sobre el regazo de mi hijo era inexplicable.
DANIELA
Alejandro, por favor, susurré. Esto no está bien.
ALEJANDRO
Si lo está. Ahora soy yo el que lo hace. Es mi deber.
Sentí su mano levantarse, y luego un golpe fuerte en mis nalgas. Solté un gemido no solo de dolor, sino de confusión. El golpe era firme, como los de Carlos, pero había algo en la manera en que lo dio que me ponía alerta. Otro golpe: sentí el calor propagarse por mi cuerpo, la vergüenza de estar en esa posición, pero también una emoción que intentaba reprimir.
ALEJANDRO
¿Te acuerdas de cuando papá te castigaba?” preguntó él, mientras su mano se preparaba para otro golpe. Decía que era por tu bien.
DANIELA
Si, susurré, con la voz rota.
ALEJANDRO
Pues yo también lo hago por tu bien.
Dijo, y volvió a golpear. Cada golpe era un recordatorio de quién estaba a cargo ahora de cómo nuestra relación estaba cambiando, de cómo los límites que había siempre existido, comenzaban a desvanecerse. No era dolor insoportable, pero era un aviso él ya no era mi niño.
Cuando terminó, me soltó. Me puse de pie, con las piernas temblorosas, y me miré a los ojos. Había una seguridad en su mirada que no había visto nunca.
ALEJANDRO
Ahora ve y prepara la cena, dijo con voz firme.
DANIELA
Si.
respondí, sin poder rechazarlo. Fui a la cocina, mi mente en un torbellino, Cuando terminé la cena, él me ordenó que le quitara los zapatos. Me agaché frente a él, y sentí su mirada sobre mí una mirada que no era de hijo. Lo sentía, como un fuego que me quemaba por dentro.
Esa noche, en mi cuarto, me acosté y cerré los ojos. La imagen de estar en sus piernas, los golpes, su mirada el que no dije nada, no hice ni siquiera el esfuerzo de evitar la situación, era como si aceptara que me había portado mal, era como si aceptara que mi hijo ahora madara en la casa, ese sentimiento no se me iba. Intenté sacármela de la cabeza, pero cuanto más lo intentaba, más fuerte se hacía. Terminé tocándome, como nunca antes con la mente llena de confusión, de vergüenza, pero también de una atracción que no podía explicar. Cuando terminé, me sentí vacía… y con miedo de lo que vendría.