Me llamo Andrés, tengo 29 años. Mi esposa se llama Valentina, tiene 25. Es una diosa. Piel clara y suave, cabello negro largo y liso que le llega hasta la mitad de la espalda, un cuerpo de infarto: tetas grandes y firmes, cintura pequeña y un culo redondo, grande y perfecto que vuelve loco a cualquiera. A Valentina le encanta vestirse provocativa, le gusta que la miren, y yo… aunque me da celos, también me excita en secreto.
Esa noche habíamos salido a celebrar nuestro aniversario en un resort de playa. Habíamos bebido bastante. Yo estaba cansado y subí un rato a la habitación, pero Valentina quería quedarse un poco más en la fiesta que había junto a la piscina.
—Bajo en un rato, amor —me dijo con esa sonrisa traviesa.
Pasaron casi cuarenta minutos y no bajaba. Bajé a buscarla.
Lo que vi me dejó congelado.
Valentina estaba en una zona más oscura del jardín, cerca de la piscina. Tenía el vestido corto negro subido hasta la cintura. Estaba rodeada por tres hombres: dos turistas altos y musculosos (uno negro y uno blanco) y el bartender del resort, un moreno muy guapo y fuerte.
El bartender la besaba con fuerza mientras le metía la mano entre las piernas. El otro le tenía las tetas afuera y le chupaba los pezones con ganas. El tercero estaba detrás, agarrándole ese culo perfecto con las dos manos.
Valentina gemía como una puta en celo.
—Ay, sí… tócame… —decía entre besos.
Me escondí detrás de unas plantas, con el corazón latiendo a mil por hora y la verga completamente dura.
El bartender le bajó la tanga y la tiró a un lado. Sin decir nada, la inclinó hacia adelante. Valentina se apoyó en una mesa alta y abrió las piernas. El tipo se sacó una verga gruesa y larga y se la metió de un solo empujón hasta el fondo, sin condón.
—¡Joder! Qué grande… —gimió Valentina con la boca abierta.
Empezó a cogérsela con fuerza, dándole nalgadas fuertes que hacían rebotar su culo. Cada embestida la hacía gemir más a