Luna y yo somos una pareja joven, no pasamos de los veintitrés años. No tenemos hijos y más que pareja somos un matrimonio. Llevamos viviendo juntos varios años y nos conocemos todo: las mañas, los olores y los fetiches.
El mío en particular es bastante extraño, pensaba yo. Disfruto ver cómo otros hombres se follan a Luna; en realidad, disfruto sus penes, cómo penetran a mi mujer. Apenas presto atención al hombre, me fijo más en el grosor, el largo, la curvatura, si la cabeza es roja, rosada o pálida. Me encanta ver cómo gime, cómo sube y baja, cómo se los mete en la boca, cómo su lengua acaricia cada centímetro y cómo los agarra con la mano. Adoro que Luna se vuelva puta para ellos.
Me gustaría decir que este fetiche comenzó cuando noté que ella no se corría conmigo o cuando bostezó mientras estaba encima mío, pero no es verdad.
Siempre supe que mi aparato no era lo suficientemente grande para una vagina. De hecho, por eso nunca había estado con una mujer antes. Pero Luna, a quien conocí en el colegio, me robó el corazón y valió la pena intentarlo. No fue hasta que cumplimos diecinueve que dejé que me montara. Vi en su rostro la decepción: sus ojos perdieron el brillo y la sonrisa pícara desapareció. Aun así, ella siguió.
Antes de ese momento, yo me pajeaba todos los días con los dedos pensando en que eso pasaría. La imaginaba con mis compañeros de clase y cada interacción que tenía con otro hombre me excitaba. Sabía que muchos le tenían ganas. No sé por qué, pero siempre deseé verla con alguno de ellos.
Después de dos años de relación y mucho sexo deficiente, ella decidió contarme lo que le pasaba. En ese momento mis ojos brillaron y mi pija se puso más dura que nunca.
“A mí me excita eso”.
Esa frase lo cambió todo. Desde ese día ella perdió un granito del respeto que me tenía. La siguiente conversación fue ella quejándose del tamaño de mi miembro, diciendo que su vagina ya había sentido antes un pene de verdad, uno que lograba combinar dolor y placer. En ese momento me sentí nadie, invisible, completamente humillado. Mi pene se mantuvo erecto durante toda la conversación. En algún momento ella se acercó y, al rozarme, se dio cuenta.
Dejó salir una carcajada:
—Es tan pequeño que ni lo había notado.
Luego de aquella burla, procedió a masturbarme mientras me contaba sobre su único ex.