Tenía 28 años y llevaba tres años casado con Esmeralda, mi esposa de 24. Era imposible no mirarla. Piel clara como porcelana, cabello negro largo y sedoso que le caía por la espalda, un cuerpo esbelto pero con curvas que volvían loco a cualquiera: tetas firmes y redondas, cintura estrecha y, sobre todo, ese culo hermoso, grande, redondo y firme que se movía de forma hipnótica cuando caminaba. A Esmeralda le encantaba vestir provocativa. Le gustaba sentirse deseada, y yo, aunque a veces me ponía celoso, secretamente disfrutaba que otros la miraran.
Esa noche invité a tres amigos a ver el partido de fútbol: Diego, Marcos y Raúl. Éramos del equipo de la universidad y siempre nos juntábamos. Esmeralda se había arreglado más de lo normal. Llevaba una falda corta de jean que apenas le cubría la mitad de los muslos y una blusa escotada blanca ajustada que marcaba perfectamente sus senos. Se veía espectacular.
—Pórtate bien, amor —le dije bromeando antes de salir por más cervezas.
—No te preocupes, mi vida —respondió ella con una sonrisa traviesa, dándome un beso en los labios.
Salí a la tienda que quedaba a quince minutos. Compré dos six-packs y unas botanas. Cuando regresé, la casa estaba extra silenciosa. El partido seguía en la televisión, pero las luces de la sala estaban bajas. Escuché ruidos desde el pasillo… gemidos.
Me quedé congelado en la entrada.
Avancé despacio y lo que vi me golpeó como un puñetazo.
Esmeralda estaba en el sofá, completamente desnuda. Su hermoso culo en pompa, de rodillas, mientras Diego la cogía por detrás con fuerza. No usaban condón. Podía ver claramente cómo la verga gruesa de Diego entraba y salía de la concha de mi esposa, brillante de sus jugos. Marcos estaba sentado frente a ella, con la verga en la boca de Esmeralda, que la chupaba con hambre, gimiendo como una puta en celo. Raúl le agarraba las tetas y le pellizcaba los pezones.
—Así, Diego… más duro… ¡rómpeme! —gemía Esmeralda con la boca llena.
Mi corazón latía a mil. Sentí rabia, celos… pero también una erección brutal. No podía creer lo que estaba viendo. Mi dulce Esmeralda, convertida en una zorra total.
Diego la agarraba fuerte de las caderas y le daba nalgadas que resonaban en la sala.
—Tu esposa es una puta increíble, wey —gruñó sin dejar de follársela—. Está empapada. Le encanta que la cojan sin condón.
Esmeralda sacó la verga de Marcos de su boca, jadeando.
—Perdón, amor… —dijo mirándome directamente a los ojos, con la cara llena de saliva y lujuria—. Pero no pude evitarlo… tenía tantas ganas…
En lugar de gritar o golpear a alguien, me quedé ahí parado, con la bolsa de cervezas en la mano, viendo cómo mi esposa se dejaba follar por mis amigos.
Marcos le agarró el pelo y le metió la verga de nuevo hasta la garganta.
—Sigue chupando, Esme. Tu marido ya nos vio… ahora sé la puta que eres.
Ella gimió más fuerte y movió el culo hacia atrás, pidiendo más. Diego aceleró las embestidas, follándola como animal. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando era obsceno.
Me senté en el sillón frente a ellos, sin poder apartar la mirada. Esmeralda me miraba mientras la cogían, con los ojos vidriosos de placer.
—¿Te gusta ver esto, mi amor? —preguntó entre gemido y gemido—. ¿Te gusta ver cómo tus amigos me usan?
No respondí. Solo asentí. Mi verga estaba durísima.
Raúl se puso debajo de ella y Esmeralda se sentó en su verga sin pensarlo dos veces, bajando hasta el fondo. Empezó a cabalgarlo con desesperación, moviendo ese culo perfecto en círculos.
—Ay, sí… está tan adentro… —gemía con la cabeza hacia atrás.
Diego se colocó detrás y, sin aviso, presionó su verga contra su culo.
—Espera… despacio —suplicó ella, pero no se quitó.
Diego escupió y empujó. Poco a poco entró en el culo de mi esposa. Ahora la tenían doblemente penetrada. Esmeralda soltó un grito de placer mezclado con dolor que se convirtió en gemidos constantes.
—Estoy llena… ¡me están partiendo! —gritaba.
Yo me bajé el pantalón y empecé a masturbarme viendo el espectáculo. Mi hermosa esposa de piel clara, con el cabello negro revuelto, sudada, siendo usada por tres vergas al mismo tiempo.
Durante casi una hora la follaron en todas las posiciones posibles. La pusieron en cuatro, la cogieron en el sofá, en la mesa del comedor. Le corrieron adentro varias veces: Diego en su concha, Raúl en su boca, Marcos en sus tetas. Esmeralda se veía destruida de placer, con semen escurriéndole por los muslos, por la barbilla y por el culo.
En un momento se acercó a mí gateando, con la cara manchada.
—Perdóname, amor… pero me encanta —susurró antes de tomarme la verga y chupármela con la misma hambre con la que había chupado a los demás.
Mientras ella me la mamaba, Diego la volvió a penetrar por detrás. Esmeralda gemía con mi verga en la boca.
Esa noche entendí algo sobre mi esposa… y sobre mí. Me excitaba verla así.
La follamos los cuatro hasta altas horas de la madrugada. Esmeralda se corrió incontables veces, gritando, llorando de placer, pidiendo más.
Cuando todo terminó, los amigos se fueron y nos quedamos solos. La cargué hasta la cama, su cuerpo lleno de marcas, mordidas y semen seco.
—Te amo —me dijo con voz ronca, acurrucándose contra mí—. Pero a veces necesito sentirme así… muy puta.
La besé en la frente y le acaricié el cabello negro.
—Entonces la próxima vez… avísame antes. Quiero verlo todo desde el principio.
Esmeralda sonrió con picardía y cerró los ojos, satisfecha.