Juliana – Medellín
Tengo 18 años y vivo sola con mi papá en Medellín. Él tiene 48. Mi mamá murió hace cuatro años y desde entonces somos solo nosotros dos. Nuestra vida es tranquila: Netflix casi todos los fines de semana en su cama, abrazados, comiendo y pasando tiempo juntos.
Desde los 15 empecé a sentirme muy atraída por él. Me encantaba verlo con el torso desnudo, sudado, arreglando cosas en la casa. Empecé a masturbarme pensando en él y con el tiempo esa fantasía se volvió cada vez más fuerte. Era la única virgen de mis amigas y no quería dársela a cualquier pelado. Yo quería que fuera con alguien que realmente amara… y ese alguien era mi papá.
Empecé a seducirlo poco a poco. En las noches de Netflix me ponía pijamas cortas y ajustadas, sin brasier, para que se me marcaran las tetas. Me acostaba en cuchara bien pegada a él y movía el culo despacito contra su verga. Sentía cómo se le ponía dura mientras dormía y eso me ponía cachonda perdida. Con el tiempo me volví más atrevida: lo abrazaba fuerte, me sentaba en sus piernas, le daba besitos en la boca y lo rozaba “por accidente”.
Llegó la Nochebuena. No viajamos a Montería porque le dieron vacaciones tarde. Papá se tomó varias cervezas y whiskies con los vecinos y llegó bien prendido. Yo me puse una pijamita negra cortica, sin calzón ni brasier.
Me metí a su cama y me acomodé en cuchara, pegando mi culo contra él. Al rato su verga ya estaba durísima. Empecé a moverme lento, rozando mis nalgas suaves contra su tronco grueso, hasta que quedó bien húmedo con mis jugos.
—¿Qué estás haciendo, mija? —preguntó con voz ronca y tomada.
En vez de responder, me volteé, lo besé con lengua y bajé por su cuerpo. Le bajé el boxer y saqué su verga. Estaba hinchada, venosa y goteando precum. Me miró sorprendido, pero no me detuvo.
Me acomodé entre sus piernas, lo miré a los ojos y le metí la verga a la boca. Empecé a chupársela rico, lento al principio, bajando hasta donde podía, sintiendo cómo me llenaba la boca. Subía y bajaba la cabeza mientras le lamía toda la cabeza gruesa con la lengua, saboreando su precum salado.
—Ay papi… qué verga tan rica tenés —gemí mirándolo.
Papá soltó un gruñido y me puso la mano en la cabeza, guiándome. Me volví más intensa, chupando más rápido, metiéndomela más profundo, babeando toda su verga. Le agarré los huevos y se los masajeé mientras le hacía garganta profunda. Él gemía fuerte y movía las caderas, follándome la boca.
Después de un rato me subió, me besó con ganas y me puso encima de él. Agarré su verga empapada de mi saliva y la acomodé en mi coño. Bajé despacito, gimiendo alto mientras me abría por completo.
—Papi… me estás partiendo… qué rico se siente —jadeé.
Empecé a montarlo duro, rebotando mis tetas mientras él me agarraba el culo y me daba nalgadas. Luego me volteó en cuatro y me cogió fuerte por detrás, metiéndomela hasta el fondo con cada embestida. El sonido de mi coño mojado chocando contra él era delicioso.
Me corrí temblando, apretándole la verga con mi coño. Él siguió follándome como loco hasta que soltó un gemido ronco y me llenó toda por dentro con chorros calientes y espesos de leche.
Al otro día se levantó arrepentido y raro, pero después de casi un mes le hablé claro: que había sido lo más especial de mi vida y que lo deseaba desde hacía mucho. Poco a poco volvió a acercarse… y ahora de vez en cuando seguimos cogiendo, especialmente en las noches de Netflix.