Capítulo 4
Capítulo 4: Riesgo y Morbo
El plan se cocinó durante toda la semana. Cada noche, después del trabajo, nos sentábamos a la mesa a cenar y hablábamos de ello con la misma naturalidad con que otros hablan del clima o del fútbol. Solo que nuestro tema era cómo exponernos sin que nos cacharan.
—La azotea es muy obvia —decía Marta, masticando un pedazo de tortilla—. Cualquiera que asome la cabeza puede vernos. Y si nos ven, nos reconocen al instante.
—¿Y el patio de atrás? —sugería Valeria, sus ojos brillando con esa chispa perversa que ya le conocía bien—. Está rodeado por la barda, pero la del vecino es baja. Si nos ponemos cerca de esa pared…
—El vecino es el flaco Raúl —dije yo, recordando al tipo solitario que vivía al lado, un electricista de unos treinta años que siempre nos saludaba con una sonrisa tímida—. Y trabaja de noche dos veces a la semana. Los jueves y los domingos.
Marta me miró, una ceja arqueada. —¿Cómo sabes eso?
—Porque los jueves y domingos en la noche no hay luz en su ventana —respondí, encogiéndome de hombros—. Y su camionet
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