Capítulo 1
- Mi hija para nosotros y para compartir II
- Mi hija para nosotros y para compartir I
Capítulo 2: La Iniciación
Mis dedos estaban empapados. La humedad caliente de Valeria cubría mis yemas, se pegaba a mi piel. Cada movimiento que hacía entre sus piernas producía un sonido húmedo, obsceno, que se mezclaba con sus gemidos y la respiración agitada de Marta. La oscuridad del cuarto no era completa; un poco de luz de la luna entraba por la ventana, iluminando los contornos de sus cuerpos, los destellos de sudor en la piel.
Valeria se retorcía bajo mi toque, sus caderas empujando rítmicamente contra mi mano. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, los labios brillantes por el beso que Marta le había dado. Marta, por su parte, había dejado de mordisquear su pecho y ahora observaba, recostada sobre un codo, su mirada viajando de mi cara a mi mano bajo las sábanas, a la expresión de éxtasis de nuestra hija.
—Así, Héctor —susurró Marta, su voz ronca por la excitación—. Más rápido. A ella le gusta cuando se frota el botoncito. ¿Verdad, nena?
Valeria no respondió con palabras, solo con un gemido más agudo, un movimiento más brusco de sus caderas. Sus manos agarraban las sábanas a los lados de su cuerpo, los nudillos blancos.
—Díselo —insistió Marta, acariciando el cabello de Valeria—. Dile a tu papi lo que te gusta.
—Sí… —logró decir Valeria, jadeando—. Ahí… justo ahí, papi…
La palabra “papi” salió de sus labios cargada de una connotación nueva, prohibida, que me hizo estremecer. No era la llamada cariñosa de una niña, era el susurro sucio de una mujer en pleno calor. Aumenté la presión y la velocidad de mis dedos sobre su clítoris, sintiendo cómo se hinchaba, cómo palpitaba bajo mi toque. Su respiración se volvió irregular, entrecortada.
Marta se movió. Bajó la sábana que nos cubría hasta la cintura, exponiendo nuestros cuerpos al aire caliente de la noche. La luz de la luna bañó a Valeria: su torso desnudo excepto por el sostén que le cubría los pechos pequeños pero firmes, su vientre plano, la tela oscura de sus bragas donde mi brazo desaparecía. Marta se inclinó y, con movimientos deliberados, le desabrochó el sostén por la espalda. Se lo quitó, dejando sus pechos al descubierto. Eran perfectos, redondos, con pezones erectos y oscuros.
—Mírala —me ordenó Marta, su voz ahora con un tono de dominación que me excitó aún más—. Mírala bien, Héctor. Es tu hija, pero mira qué mujer se ha hecho.
Lo hice. Mis ojos recorrieron su cuerpo mientras mis dedos seguían trabajando entre sus piernas. La conocía desde niña, pero nunca la había visto así, nunca la había “mirado” así. El deseo que sentí en ese momento fue tan intenso que me dolió en el pecho, una mezcla de lujuria, culpa y una posesividad animal que no conocía.
—Quiero ver —dijo Marta—. Quiero ver cómo la tocas.
Sacó mi mano de las bragas de Valeria. Mis dedos brillaban con sus fluidos a la luz de la luna. Luego, Marta agarró el elástico de las bragas de Valeria y se las bajó lentamente, pasándolas por sus caderas, sus muslos, hasta quitárselas por completo y tirarlas al suelo. Valeria quedó completamente desnuda ante mí, sus piernas abiertas, su sexo expuesto, húmedo y brillante.
—Dios mío —escapó de mis labios sin pensar.
—Sí —asintió Marta, con orgullo—. Es hermosa, ¿verdad? Y toda tuya esta noche.
Valeria no intentó cubrirse. Al contrario, abrió las piernas un poco más, una invitación descarada. Sus ojos se abrieron y me miraron directamente, con un desafío y una súplica al mismo tiempo.
Marta puso su mano sobre la mía y la guió de nuevo hacia el sexo de Valeria, pero esta vez no solo para tocar. Me guió para que separara sus labios con mis dedos, mostrando el rosa oscuro y húmedo en su interior.
—Mira —susurró Marta, su cabeza cerca de la mía, observando—. Mira qué conchita más linda, Héctor. Limpia, rosadita, goteando por ti. Toda mojada por su papi.
Sus palabras, tan vulgares, tan directas, me electrizaron. Valeria gimió, empujando su sexo contra mis dedos.
—Por favor… —murmuró—. Papi…
No supe si pedía que parara o que continuara, pero el tono era de necesidad urgente. Marta lo interpretó a su manera.
—Quiere más —dijo, y su mano soltó la mía y fue a mi entrepierna, donde mi verga estaba dura y palpitante contra mis calzoncillos—. Y tú también. Quítate esto.
Con manos expertas, me bajó los calzoncillos. Mi verga saltó libre, erecta, la punta ya húmeda con mi propia excitación. Marta la tomó en su mano y la acarició unas veces, mirándola con aprobación.
—Siempre te ha gustado verla, ¿verdad, viejo? —me dijo, con una sonrisa cómplice—. Cada vez que se ponía esos shorts cortos, te quedabas mirando. Yo lo veía. Y a ella también le gustaba que la miraras.
Valeria no negó nada. Solo me miraba, sus ojos bajando hasta mi verga, su lengua pasando por sus labios secos.
—Ahora vas a tener más que la vista —continuó Marta—. Pero primero, déjame prepararla mejor. No quiero que le duela.
Se movió en la cama, colocándose entre las piernas de Valeria. Yo me hice a un lado, observando, mi corazón latiendo como un tambor. Marta se inclinó sobre el sexo de nuestra hija y, sin ninguna ceremonia, bajó la cabeza y puso su boca sobre él.
Valeria gritó, un sonido agudo de sorpresa y placer. Sus manos volaron al cabello de Marta, aferrándose. Marta comenzó a lamerla, lentamente al principio, luego con más firmeza, sus labios y lengua trabajando en el clítoris, en la entrada. Los sonidos eran húmedos, fuertes, obscenos. Yo no podía apartar la mirada. Ver a mi esposa dándole placer oral a nuestra hija era la imagen más perversa y excitante que jamás había imaginado.
Marta trabajó en ella por varios minutos, hasta que Valeria estaba retorciéndose, gimiendo sin control, sus músculos tensos. Entonces Marta se detuvo y se sentó, su barbilla brillante con los fluidos de Valeria. Respiró profundamente.
—Ahora está lista —dijo, su voz aún más ronca—. Lubricada por dentro y por fuera. Héctor, ven.
Me hizo señas para que me colocara entre las piernas de Valeria. Yo me moví, sintiéndome torpe, como un adolescente en su primera vez. Mi verga palpitaba, dolorosamente erecta. Valeria me miró, sus ojos vidriosos por el placer, pero también con un poco de miedo.
—Tranquila, nena —dijo Marta, acariciando su rostro—. Tu papi te va a hacer sentir bien. Te va a enseñar lo que es un hombre de verdad. ¿Verdad, Héctor?
Asentí, sin poder hablar. Mis manos temblaban ligeramente cuando las puse en los muslos de Valeria. Su piel era suave, caliente. Marta se colocó a un lado, cerca de la cabeza de Valeria, tomando su mano.
—Míralo, Valeria —susurró—. Míralo bien. Es tu padre. El hombre que te hizo. Y ahora te va a poseer.
Sus palabras eran un veneno dulce que corría por mis venas. Tomé la base de mi verga y posicioné la punta en la entrada de Valeria. Estaba empapada, caliente. Podía sentir el latido de su cuerpo ahí.
—Despacio —indicó Marta, observando como un director de orquesta—. Métela despacio, Héctor. Déjala que se acostumbre.
Empujé suavemente. La punta de mi verga se deslizó dentro de ella, encontrando una resistencia mínima, solo la tensión de su cuerpo virgen. Valeria contuvo la respiración, sus ojos se abrieron más.
—Duele un poco —murmuró.
—Solo al principio —dijo Marta, besando su sien—. Relájate, hijita. Déjalo entrar. Confía en tu papi.
Valeria cerró los ojos, respiró hondo, y sus músculos se relajaron un poco. Yo empujé un poco más, sintiendo cómo su interior cálido y ajustado se abría para mí, me envolvía. Era una sensación abrumadora, tan intensa que casi me hacía perder el control. Había estado con Marta cientos de veces, pero esto era diferente. Era más estrecho, más prohibido, más emocional.
Cuando estuve completamente dentro, nos quedamos quietos por un momento, los dos jadeando. Valeria tenía lágrimas en las esquinas de sus ojos, pero no de dolor, al menos no solo de dolor. Era una mezcla de emociones. Yo también sentía que me ahogaba. La estaba penetrando. A mi hija. Y no quería parar.
—Ahora muévete —ordenó Marta, su voz ahora cargada de lujuria—. Suave al principio.
Comencé a moverme, sacando y metiendo mi verga lentamente. El sonido húmedo de nuestra unión llenó el cuarto. Valeria empezó a gemir de nuevo, pero ahora eran gemidos de placer, cada vez más fuertes. Sus manos me agarraron de los brazos, sus uñas se clavaron en mi piel.
—Así… —alentaba Marta, observando cada movimiento—. Más rápido, Héctor. Ella ya está lista.
Aumenté el ritmo. Mi caderas chocaban contra sus muslos, el sonido de piel contra piel se unió al de nuestra respiración agitada. Valeria levantó las piernas y las enganchó alrededor de mi cintura, permitiéndome una penetración más profunda. Cada embestida me hacía ver estrellas. Era demasiado, era perfecto.
Marta no se quedó como simple espectadora. Se inclinó y comenzó a besar a Valeria en la boca otra vez, un beso profundo y lujurioso mientras yo la cogía. Luego, bajó una mano y comenzó a frotar el clítoris de Valeria en círculos rápidos, sincronizados con mis embestidas.
—¡Sí, así! —gritó Valeria, rompiendo el beso—. ¡No pares, papi, por favor!
Sus palabras me impulsaron. La agarré de las caderas y la cogí con más fuerza, más rápido, perdiéndome en la sensación de su interior apretado, en el sonido de sus gemidos, en la vista de Marta tocándola y besándola. El sudor corría por mi espalda, por mi pecho. El calor en el cuarto era infernal, pero no me importaba. Solo importaba esto, este acto prohibido que nos unía de la manera más primitiva.
—Voy a… voy a acabar —gemí, sintiendo la presión acumulándose en mi base.
—No todavía —dijo Marta, con autoridad—. Aguanta. Ella primero.
Se concentró en el clítoris de Valeria, frotando más rápido, mientras yo mantenía un ritmo constante y profundo. Valeria empezó a temblar, sus gemidos se volvieron gritos ahogados, su cuerpo se arqueó como un arco.
—¡Ay, Dios, mamá, papi! —gritó—. ¡Ahí, ahí, ahí!
Su cuerpo se estremeció violentamente, su interior se contrajo alrededor de mi verga en espasmos rítmicos y poderosos. El orgasmo la recorrió como una ola eléctrica, haciéndola sacudirse, gritar, agarrarse a mí y a Marta con fuerza desesperada. Verla llegar al clímax, sentir cómo su cuerpo explotaba de placer por mi causa, fue lo más excitante que había experimentado.
Su orgasmo desató el mío. Ya no pude aguantar.
—Marta… —gruñí.
—Adentro —dijo ella, sin dudar—. Quiero que le llenes la panochita, Héctor. Que sepa lo que es recibir a su papi hasta el fondo.
Esas palabras fueron la gota que derramó el vaso. Con un rugido gutural, me hundí en Valeria hasta el fondo y exploté. Mi semen salió a chorros, caliente, llenándola, mientras yo temblaba y jadeaba, sosteniéndome sobre ella para no aplastarla. Fue un orgasmo tan intenso que me dejó viendo blanco por unos segundos, mi mente en blanco, solo sensación pura.
Cuando el último espasmo pasó, me derrumbé al lado de Valeria, exhausto, mi verga aún palpitando, saliendo de ella con un sonido húmedo. Los tres estábamos cubiertos de sudor, jadeando, incapaces de hablar.
Pasaron varios minutos en silencio, solo nuestros pulmones luchando por aire. La luna había cambiado de posición, iluminando ahora el rostro de Valeria. Tenía los ojos cerrados, una sonrisa pequeña y satisfecha en sus labios. Marta se acurrucó a su lado, pasando un brazo sobre su vientre.
—¿Estás bien, nena? —preguntó Marta, su voz suave ahora.
Valeria asintió, sin abrir los ojos. —Sí… nunca me había sentido así.
—Es porque fue con alguien que te ama —dijo Marta, mirándome por encima de ella—. Y porque tu mamá te guió.
Abrí la boca para decir algo, pero las palabras no venían. ¿Qué podía decir? ¿Perdón? ¿Gracias? Nada parecía adecuado. En lugar de eso, extendí mi mano y tomé la de Valeria. Ella la apretó.
Así nos quedamos, los tres enredados en la cama, pegados por el sudor y los fluidos secándose en nuestra piel, hasta que el cansancio nos venció y nos dormimos.
El sol de la mañana me despertó, atravesando la ventana sin cortinas. Me sentí desorientado por un segundo, hasta que los eventos de la noche anterior cayeron sobre mí como una losa. Me incorporé en la cama, mirando a mi alrededor.
Marta ya no estaba. Valeria sí, dormida de lado, desnuda, la sábana solo cubriéndole las piernas. Tenía moretones en las caderas donde la había agarrado, y una mancha seca de sangre y semen en la sábana entre sus piernas. La realidad de lo que habíamos hecho me golpeó en el estómago. Me levanté de la cama, sintiendo el peso de la culpa por primera vez desde la noche anterior. Fui al baño, me enjuagué la cara con agua fría, me miré en el espejo. Mis ojos estaban inyectados en sangre, mi rostro parecía más viejo. ¿Qué habíamos hecho?
Salí del baño y fui a la cocina. Marta estaba ahí, preparando café, vestida con una bata vieja. Se volvió cuando entré y me sonrió, una sonrisa natural, como si nada hubiera pasado.
—Buenos días —dijo—. ¿Dormiste bien?
—Marta… —comencé, pero no supe cómo continuar.
Ella se acercó a mí y puso una mano en mi pecho. —No. No empieces con remordimientos, Héctor. Lo que pasó anoche fue hermoso. Los tres lo queríamos. Mira a Valeria, duerme como un bebé, satisfecha. ¿Eso es malo?
—Es nuestra hija —murmuré.
—Y ahora es también tu mujer —dijo ella, sin titubear—. En este espacio, en esta intimidad. No estamos reemplazando nada, estamos agregando. Nuestro amor por ella siempre fue grande, ahora solo le dimos otra forma.
Bebí un sorbo del café que me ofreció. Estaba amargo, fuerte, como siempre. Pero hoy sabía diferente.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora desayunamos —dijo ella, como si fuera obvio—. Y hablamos. Como adultos.
Valeria apareció en la puerta de la cocina unos minutos después, vestida con una camiseta grande y unos shorts. Se veía tímida, evitando mi mirada al principio. Marta la llamó.
—Ven, nena. Sirve tu café.
Valeria se acercó y se sirvió. Nos sentamos los tres a la pequeña mesa de la cocina, en el mismo silencio incómodo de la noche anterior, pero ahora con la luz del día haciendo todo más crudo.
—Bueno —dijo Marta, rompiendo el hielo—. Anoche pasó. Y a los tres nos gustó. La pregunta es: ¿queremos que siga pasando?
Valeria y yo nos miramos. Ella bajó la vista a su taza.
—Yo… no sé —dijo Valeria, su voz baja—. Fue… increíble. Pero me siento rara.
—Es normal —dijo Marta—. Es un tabú, lo sabemos. Pero los tabús están para romperse cuando el amor es verdadero. Yo los vi anoche. Los vi conectados de una manera que ni tú y yo, Héctor, conectamos a veces. Fue real.
—¿Y tú no te sientes… celosa? —pregunté, la pregunta que me carcomía desde que desperté.
Marta sonrió, una sonrisa genuina. —Celosa? Al contrario. Me excitó más que nada en años. Ver a mi hombre poseer a mi hija, ver a mi hija entregarse a su padre… fue lo más caliente que he vivido. Y quiero más.
Sus palabras, dichas con tanta naturalidad en la cocina a la luz del día, me sorprendieron. Valeria también parecía sorprendida, pero interesada.
—¿Más? —preguntó Valeria.
—Claro —dijo Marta—. Anoche fue solo el principio. Hay mucho más que podemos explorar. Los tres juntos. Y a veces… solo dos.
Me miró con una chispa en los ojos. —Por ejemplo, yo no he tenido mi turno con nuestra hija como me gustaría.
Valeria se puso colorada, pero no por vergüenza, por excitación. Lo vi en sus ojos.
—¿Qué quieres decir, mami? —preguntó Valeria, su voz un hilo.
—Que anoche yo la besé y la toqué, pero quiero más —dijo Marta, levantándose y acercándose a Valeria. Puso sus manos en sus hombros—. Quiero saborearte completa, hijita. Quiero que sepas lo que es el placer que solo una mujer puede dar a otra. Y quiero que tu papi lo vea.
Valeria tragó saliva, sus ojos se clavaron en los de su madre. Yo me quedé sentado, observando, mi excitación renaciendo rápidamente a pesar de la culpa residual.
—¿Y tú quieres? —preguntó Marta, su rostro a centímetros del de Valeria.
—Sí —susurró Valeria—. Siempre he querido… pero no me atrevía.
Marta sonrió y la besó. No un beso suave, sino un beso apasionado, de lengua, allí en la cocina, frente a mí. Yo me ajusté el pantalón, sintiendo cómo se endurecía de nuevo.
—Entonces no esperemos —dijo Marta, rompiendo el beso—. Ahora mismo. En la sala. Héctor, tú observas. O participas, si quieres.
Nos levantamos y fuimos a la sala. Marta cerró las cortinas, creando una penumbra similar a la de la noche anterior. Luego se quitó la bata. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo, maduro, curvilíneo, estaba ante nosotros. Valeria se quitó la camiseta y los shorts, quedando desnuda también. Yo me senté en el sillón, sintiéndome como un espectador privilegiado de algo sagrado y perverso.
Marta tomó a Valeria de la mano y la hizo recostar en el sofá. —Relájate, nena. Hoy mamá te va a dar una lección.
Se arrodilló entre las piernas de Valeria y, sin preámbulos, bajó la cabeza y comenzó a lamerla. Pero esta vez no fue solo para lubricarla. Fue una sesión completa de sexo oral, lenta, deliberada, experta. Marta conocía cada punto sensible, cada ritmo. Valeria se retorcía, gimiendo, sus manos en el cabello de su madre.
Yo observaba, embobado, masturbándome lentamente sobre mi pantalón. Ver a mi esposa, la mujer con la que había compartido dos décadas, chupando el sexo de nuestra hija con tanta devoción, era una imagen que me quemaba el cerebro.
Después de un rato, Marta se detuvo y se subió al sofá, colocándose a horcajadas sobre el rostro de Valeria. —Ahora tú, hijita. A mamá le gusta que la chupen también.
Valeria, sin vacilar, extendió la lengua y comenzó a lamer el sexo de Marta. Marta gimió, moviendo sus caderas contra el rostro de su hija. Yo ya no pude quedarme sentado. Me levanté, me quité el pantalón y me acerqué. Marta me vio y sonrió.
—Ven —dijo—. Hay lugar para los tres.
Me senté en el borde del sofá, cerca de la cabeza de Valeria. Marta se movió, colocándose de rodillas frente a mí, su sexo a la altura de mi cara, mientras ella seguía bajando para tomar mi verga en su boca. Al mismo tiempo, Valeria se inclinó y comenzó a lamer mis testículos. Era una cadena de placer, cada uno dando y recibiendo.
Los sonidos llenaron la sala: gemidos, lamidas, jadeos. El olor a sexo era denso, embriagador. Perdí la noción del tiempo, solo existía la sensación de la boca caliente de Marta en mi verga, la lengua de Valeria en mis bolas, la vista de sus cuerpos entrelazados.
Marta fue la primera en llegar al clímax. Gritó, sacudiéndose, mientras Valeria seguía lamiéndola. Luego, Marta se concentró en mí, chupándome con una intensidad que me hizo explotar en su boca. Ella tragó, sin perder el ritmo, mientras yo temblaba.
Finalmente, Marta se volvió hacia Valeria y, con sus dedos y su boca, la llevó a un orgasmo violento que la hizo gritar y arquearse en el sofá.
Nos derrumbamos los tres en el sofá, una masa sudorosa y satisfecha. Esta vez no hubo culpa. Solo agotamiento y una extraña sensación de unidad.
—Esto es nuestro —dijo Marta, después de un largo silencio—. Nuestro secreto, nuestro placer. Nadie más lo necesita saber.
—¿Y si alguien se entera? —preguntó Valeria, con un poco de miedo.
—Nadie se enterará —dijo Marta, con firmeza—. Somos una familia normal afuera. Adentro… somos esto. Y podemos ser mucho más.
Me miró, y en sus ojos vi planes, ideas, deseos aún por explorar.
—¿Mucho más? —pregunté, mi voz ronca.
—Mucho más —confirmó ella—. Anoche fue solo la puerta. Hoy hemos entrado un poco más. Y hay habitaciones enteras por descubrir.
Se levantó y extendió una mano a cada uno. —Por ahora, a bañarnos. Olemos a sexo y a revolución.
Reímos, los tres, un sonido extraño pero genuino. Nos levantamos y fuimos al baño, apretados, tocándonos, riendo. Bajo la ducha, con el agua cayendo sobre nosotros, Marta tomó mi mano y la puso sobre el sexo de Valeria, luego tomó la mano de Valeria y la puso sobre el mío.
—Así —dijo, mientras el agua nos cubría—. Siempre conectados. Siempre juntos.
Y supe, mientras masajeaba el sexo de mi hija bajo la mirada aprobatoria de mi esposa, que esto no era un error, ni un desliz. Era un camino que habíamos elegido, un camino de lujuria y amor retorcido que solo los tres podíamos recorrer.
Este capítulo había cerrado con una nueva normalidad. Y el siguiente promete aventurarnos aún más en lo desconocido.
…………….. Continúa en capítulo 3 …………………