Capítulo 3

Estamos sentados en la sala de espera. Nunca había estado en un sofá tan cómodo. Mi padre aprovecha el momento: se recuesta, estira las piernas y deja escapar un suspiro de satisfacción.

Pero alguien lo interumpe. Es Elizabeth.

—Hola, chicos. Gracias por venir.

Esta vez viste una licra enteriza completamente ajustada a su cuerpo, tan ceñida que resalta cada curva de su figura esbelta. Si no fuera por el color café de la licra que contrasta con la palidez de su piel, daría la impresión de que no lleva nada puesto.

Miro a mi padre y noto enseguida que está fascinado. Sus ojos recorren a Elizabeth de arriba abajo. Ella se sienta entre nosotros. Nos observa alternativamente durante unos segundos y finalmente habla.

—Voy a ser directa. Sé que todavía no les he explicado todo, pero díganme… ¿ya tienen una idea de por qué están aquí?

Su pregunta despierta de inmediato el recuerdo de las discusiones que tuve con mi padre antes de venir.

Claro que teníamos una idea. Y también sabíamos lo incómodo que podía llegar a ser. Mi padre fue quien más insistió.

—Quince millones no se consiguen de la noche a la mañana, Vivi. Deberíamos aceptar.

Yo, en cambio, me resistía.

—Antonio, es obvio lo que van a pedirnos. No me siento cómoda estando sin ropa frente a ti en una sesión de fotos. Además, yo no soy modelo… y tú tampoco.

—Vamos, vivi, no creo que lleguen tan lejos. A lo mucho nos pedirán posar en traje de baño.

—No puedo creer que seas tan ingenuo como para no entender sus intenciones. Si sigues pensando que esto es buena idea, voy a empezar a preocuparme. Es enfermizo… ¿de verdad quieres ver a tu propia hija…?

No terminé la frase. Me parecía absurdo tener que decirlo en voz alta. Él suspiró.

Y, aunque seguía sintiéndome incómoda, la realidad pesaba demasiado. El apartamento era deprimente, la nevera estaba dañándose y muchas veces terminábamos comiendo fuera, gastando más dinero del que podíamos permitirnos.

Al final cedí.

—Está bien. Pero todo el dinero será para el apartamento, ¿entendido?

—Perfecto. La llamaré ahora mismo.

—Y dile también que, si esto llega demasiado lejos, me iré de inmediato.

El recuerdo se desvanece cuando Antonio responde a Elizabeth.

—Creo que sí tenemos una idea. La pregunta es… ¿hasta dónde llegará esto?

Elizabeth responde sin titubear.

—Hasta donde ustedes lo permitan.

Antonio señala hacia mí con un gesto breve.

—Mi hija quiere dejar claro que puede retirarse cuando quiera.

Por primera vez, Elizabeth tarda un poco más en contestar.

—Bueenoo… ahora les mostraré el contrato. Ahí están todas las condiciones. Una vez firmado, tendrán que cumplirlas.

Comienza a revisar unos documentos hasta detenerse en una página específica.

—Si les preocupa tener que desnudarse frente al otro, quiero que sepan que no voy a obligarlos. No hay ninguna cláusula que los fuerce a quitarse toda la ropa.

Nos muestra el párrafo con el dedo.

Luego hace una pausa.

— Aquí está la cláusula…

Empieza a leerla lentamente.

—Clausula: limites de vestuario y protocolo de consentimiento.

Uno. Naturaleza de la Sesión:Las partes acuerdan expresamente que la presente sesión fotográfica se llevará a cabo en un ambiente de respeto mutuo y profesional. En ningún caso la modelo estará obligada a desnudarse o quitarse prendas de vestir contra su voluntad.

Dos. Derecho de Petición:Se reconoce el derecho del fotógrafo a sugerir, solicitar o proponer a la modelo la retirada de prendas de vestir o la realización de fotografías con menor cantidad de ropa, siempre que dichas solicitudes se realicen en el marco de la dirección artística de la sesión y no puedan considerarse, bajo ninguna circunstancia, acoso, coacción o acto abusivo.

Tres. Autonomía y Consentimiento Explícito:La decisión última, libre y voluntaria sobre el uso de vestuario recae de forma exclusiva e irrevocable en él/la modelo. Ella/él tiene el derecho absoluto de aceptar o rechazar cualquier petición realizada por el fotógrafo en este sentido, sin que esto constituya un incumplimiento del presente contrato ni genere penalización alguna.

Cuatro. Protocolo de Aceptación:En caso de que el fotógrafo solicite a la modelo quitarse alguna prenda, la modelo podrá declinar la solicitud o aceptarla. Si la modelo decide aceptar la propuesta, deberá manifestarlo verbal y explícitamente utilizando de manera clara una afirmación que no deje dudas que acepta.

Cinco. Obligación Posterior al Consentimiento:Una vez que la modelo haya dejado claro su aceptación, otorgará su consentimiento libre y consciente para dicha toma específica, comprometiéndose a cumplir con las indicaciones artísticas del fotógrafo relacionadas con la modificación de vestuario acordada para esa parte de la sesión.

Elizabeth termina de leer y quedaba claro que la decisión de quitarme la ropa dependía únicamente de mí. Eso me dio algo de tranquilidad y, poco a poco, terminé aceptando.

—Bien —dije al fin—. Comencemos.

Elizabeth se volvió hacia Antonio.

—¿Y usted, señor?

—Está bien. Yo también quiero continuar.

—Entonces firmen. Hay un contrato para cada uno. Léanlo con atención y luego entraremos.

Tomamos los documentos.

Noté que Antonio apenas les dio un vistazo antes de firmar. Yo, en cambio, me detuve a leer con cuidado. Otra cláusula llamó mi atención: era similar a la anterior, pero ya no hablaba de vestuario… sino de acciones.

Cuando terminamos, seguimos a Elizabeth hacia el interior del estudio.

________________________

Elizabeth abrió una puerta negra al fondo del estudio y nos indicó que entráramos.

El lugar era mucho más grande de lo que imaginaba. Varias lámparas colgaban del techo como pequeños soles blancos. Había reflectores sostenidos por trípodes metálicos, pantallas difusoras, cables extendidos por el suelo y un enorme fondo gris que descendía desde la pared hasta cubrir parte del piso. En una esquina descansaban varias cámaras profesionales con lentes enormes, una mesa llena de baterías, tarjetas de memoria y una computadora conectada a una pantalla donde seguramente revisaría las fotografías en tiempo real.

El ambiente olía a perfume suave, metal caliente y café recién hecho.

—Pónganse cómodos —dijo Elizabeth mientras ajustaba uno de los focos—. La tensión siempre se nota en las fotos.

Yo no me sentía cómoda en absoluto.

Mi padre, en cambio, observaba todo con curiosidad. Parecía emocionado. Elizabeth tomó una de las cámaras, revisó rápidamente la configuración y se colocó detrás del lente.

—Muy bien. Comencemos con algo simple. Solo necesito naturalidad.

Nos pidió colocarnos frente al fondo gris. Al principio fueron poses normales: tomarnos de la mano, mirarnos mutuamente, caminar lentamente hacia la cámara.

El sonido del obturador llenaba constantemente el estudio.

Click. Click. Click.

Pero poco a poco las instrucciones empezaron a cambiar.

—Antonio, acércate más a ella.

Él obedeció.

—Más.

Ahora podía sentir su respiración cerca de mi cuello.

—Pon una mano en su cintura… no tan arriba… ahí.

Elizabeth se movía alrededor de nosotros con seguridad absoluta. Parecía estudiar cada reacción de nuestros cuerpos.

—Tú —me dijo— inclina un poco la cabeza hacia atrás.

Lo hice con cierta rigidez.

—Relaja los hombros. Parece que estuvieras frente a un pelotón de fusilamiento.

Antonio soltó una risa breve, pero yo apenas pude sonreír.

La fotógrafa siguió dando indicaciones.

—Ahora siéntense en el sofá.

Nos acomodamos, aunque enseguida corrigió nuestras posiciones. A mí padre le pidió abrir ligeramente las piernas y reclinarse. A mí, sentarme entre ellas, apoyando parcialmente mi espalda sobre su pecho.

Sentí calor de inmediato.

—Eso es… mírense, pero no sonrían.

La incomodidad comenzaba a notarse en mí. Tenía la sensación de que Elizabeth no solo tomaba fotografías: estaba empujándonos lentamente hacia algo más.

Y entonces empezó la segunda parte.

Elizabeth dejó la cámara sobre una mesa y observó las fotos en la pantalla unos segundos.

—Bien. Ahora necesito más conexión entre ustedes.

Fruncí el ceño.

—¿Conexión?

—Confianza, tensión, deseo… lo que exista entre ustedes. Las fotos deben sentirse reales.

“¿Deseo?” pensé. “No debería preocuparse por eso”.

Tomó nuevamente la cámara.

—Antonio, acaricia su cuello.

Dudó un momento, pero obedeció. Sus dedos rozaron lentamente mi piel y un escalofrío involuntario me recorrió.

—Ahora tú pon una mano sobre su pecho.

También dudé, aunque terminé obedeciendo.

“Espero que esto no llegue más lejos”.

—Más cerca.

La fotógrafa se aproximó un poco.

—No quiero poses rígidas. Quiero intimidad.

—Esto ya es demasiado —murmuré.

Elizabeth bajó la cámara apenas un instante.

—Escúchame. Nada de lo que hagan aquí será obligado. Pero si se ven incómodos entre ustedes, las fotografías perderán sentido. No estoy buscando vulgaridad ni algo explícito… estoy buscando honestidad.

Sus palabras lograron desarmarme un poco.

Antonio me miró esperando una respuesta.

Yo respiré hondo.

—Está bien… pero solo el pecho.

Elizabeth sonrió levemente.

Las poses se volvieron más atrevidas. Nos pidió permanecer muy cerca, rozarnos lentamente, apoyar nuestras frentes una contra otra. Al parecer ignoró por completo el límite que acababa de mencionar, pero por alguna razón seguí obedeciendo.

En una de las fotografías, Antonio me sostuvo por la cintura mientras yo apoyaba ambas manos sobre su cuello. En otra, me senté sobre sus piernas mientras él rodeaba mi espalda con los brazos. Luego pidió que acercáramos nuestros rostros hasta casi rozar los labios.

—No se besen todavía —dijo—. Quiero capturar la tensión justo antes.

Mi vergüenza seguía ahí, pero comenzaba a mezclarse con otra sensación más difícil de explicar. Poco a poco dejé de pensar en la cámara y empecé a concentrarme únicamente en nosotros.

Elizabeth parecía notarlo.

—Mucho mejor —dijo mientras tomaba varias fotos seguidas—. Ahora sí parecen una pareja real.

“¡¿Pero que dice?! Somos padre e hija!”

Después de unos minutos dejó nuevamente la cámara sobre la mesa.

El silencio del estudio se sintió distinto.

—Vamos a avanzar un poco más —dijo finalmente.

Mi estómago se tensó.

—No tienen que hacer nada que no quieran —añadió—. Pero confíen en mí.

Nos pidió quitarnos primero las chaquetas. Después, los zapatos.

Nada grave.

Luego las instrucciones continuaron de manera gradual.

—Antonio, quítate la camisa.

Él me lanzó una mirada de aprobación. Yo, en cambio, observé a Elizabeth con evidente desconfianza.

Ella sonrió apenas.

—Ya saben que no están obligados. Pero hagamos algo: por cada solicitud que acepten, les daré quinientos mil más.

Mi padre y yo nos miramos durante unos segundos, como buscando permiso mutuo. Fui yo quien asintió primero.

“¿Qué estoy haciendo?”

Él comenzó a desabotonarse lentamente la camisa mientras Elizabeth ajustaba las luces para suavizar las sombras sobre su torso. Yo permanecí inmóvil hasta que ella me observó con paciencia.

—Solo si quieres.

Tragué saliva antes de quitarme lentamente la blusa.

El aire frío del estudio rozó mi piel de inmediato.

Elizabeth no reaccionó con morbo ni sorpresa. Se comportaba como una artista observando formas, luces y posturas.

Eso ayudó.

Las fotografías continuaron. Cada nueva indicación venía acompañada de una pausa, como si quisiera darnos tiempo para acostumbrarnos. Primero desaparecieron algunas prendas más. Luego otras.

Hasta que finalmente ambos quedamos completamente desnudos bajo la luz blanca de los reflectores.

Sentí una oleada de vergüenza recorrerme entera cuando dejé caer mi última prenda al suelo.

Por un instante no supe dónde mirar.

Mi padre respiraba más rápido de lo normal. Podía notar la tensión en sus hombros, el movimiento nervioso de sus manos y el esfuerzo evidente por mantenerse tranquilo pese al rubor que le cubría el rostro. La iluminación resaltaba cada línea de su cuerpo, la firmeza de sus brazos, la contracción involuntaria de su abdomen y la manera en que intentaba mantener una postura natural aun sintiéndose completamente expuesto.

Yo tampoco podía ocultar mis reacciones. Mi piel estaba erizada, no sabía si por el frío o por la intensidad del momento. Instintivamente intenté cubrirme, pero Elizabeth corregía con suavidad la posición de mis brazos.

—No te escondas —dijo con voz tranquila—. La incomodidad también puede ser hermosa.

Nos pidió permanecer abrazados mientras tomaba fotografías desde distintos ángulos. Después acostados sobre el sofá, con mi espalda apoyada contra el pecho de Antonio. Luego de pie, con nuestros cuerpos apenas separados, respirando nuestros propios alientos.

Cada roce se sentía amplificado.

Cada respiración parecía más intensa.

Y, sin darme cuenta, la vergüenza inicial comenzó a transformarse lentamente en confianza.

En un momento, Elizabeth bajó la cámara.

—Bien… ahora quiero algo más intenso.

Se acercó a nosotros y acomodó personalmente la siguiente pose. Hizo que Antonio se recostara sobre el sofá con los brazos detrás de la cabeza. Luego se sentó sobre él, justo en su entrepierna, para mostrarme exactamente lo que quería.

—Mira, Viviana. Quiero que te sientes aquí… estira la pierna derecha hacia un lado… así. Y la izquierda colócala cerca de su hombro. Perfecto. Ahora apoyarás una mano sobre su rodilla y con la otra te agarrarás…asi…el cabello. Mira directo a la cámara.

Sentí cómo el rostro me ardía.

La pose era provocativa. Mucho más de lo que imaginé que aceptaría.

Ella se puso de pie y con un gesto indicó que era mi turno. Por supuesto dudé por muchos segundos hasta que su comentario me despertó.

—Hazlo. Ya sabes… quinientos mil más.

Intenté acomodarme sobre Antonio mientras él evitaba mirarme directamente, igual de avergonzado que yo. Iba a quedar totalmente expuesta ante él. Mi padre iba a tener una vista en primer plano de mi entrepierna.

Antes se había esforzado en mantener su miembro tranquilo. Pero, una vez posicionados, con la presión que yo ejercía, pude sentir como poco a poco se ponía más duro. Elizabeth comenzó a disparar fotografías sin detenerse.

Click.

Click.

Click.

Y así comenzó una serie de tomas todavía más sugerentes. Nos pidió entrelazar las piernas, rozar nuestros rostros, abrazarnos con más fuerza. En una pose terminé inclinada sobre él mientras sus manos descansaban inseguras sobre mi cintura. En otra, él apoyó la frente contra mi abdomen mientras yo le acariciaba el cabello.

—Exelente. Ahora posa tu cabeza más abajo Antonio, justo en su entrepierna.

En ese punto creo que ya no pensaba en el dinero. Ya había dejado todo mi pudor. Fui yo quien tomó la iniciativa y empuje su cabeza para forzarlo a bajar más.

La tensión había cambiado de forma. Ya no era solo vergüenza; era adrenalina, calor, vulnerabilidad.

Click

Click

Click

— Ahora la misma posición. Pero ahora tú abajo viviana. Antonio ponte de pie.

Elizabeth lo notaba todo.

—Eso es… no posen tanto. Solo siéntanse.

Posé mi frente en su entrepierna.

Click

Click

— Viviana, acomoda tus cabellos. Que el pene de Antonio quede visible a la cámara.

Click

Click

Click

El estudio parecía haberse vuelto más pequeño. Más silencioso. Solo existíamos mi padre, yo y el sonido constante del obturador.

Entonces Elizabeth bajó lentamente la cámara.

—Bien… quiero una última foto.

Nos acercamos.

—Olvídense de mí por un instante.

Antonio puso una mano sobre mi rostro.

Yo cerré los ojos apenas un segundo.

Y entonces nos besamos.

No fue una pose preparada ni una indicación exacta. Fue un beso largo, profundo y cargado de toda la tensión acumulada durante la sesión. Sentí cómo sus manos temblaban ligeramente sobre mi espalda mientras nuestros cuerpos seguían iluminados por las luces blancas del estudio.

Por primera vez desde que llegamos dejé de pensar en el contrato, en el dinero y en Elizabeth observándonos.

Solo existíamos nosotros.

Lo último que escuché antes de perderme completamente en el beso fue el sonido constante de la cámara.

Click.

Click.

Click.

_____________________________

El camino de regreso al apartamento transcurrió casi en silencio.

La ciudad seguía viva detrás de las ventanas del taxi: luces rojas reflejándose sobre el pavimento húmedo, personas caminando deprisa, motos cruzando las avenidas. Pero dentro del vehículo el ambiente era distinto. Denso. Caliente.

Mi padre estaba al lado mío. Ocasionalmente lanzaba una mirada, pero rápidamente la apartaba. Yo miraba por la ventana intentando ordenar mis pensamientos, aunque era imposible.

Todavía sentía las luces del estudio sobre la piel.

Todavía podía escuchar el sonido de la cámara.

Y, peor aún, todavía podía sentir las manos de este señor recorriéndome durante aquellas poses.

Ninguno de los dos mencionó lo ocurrido.

No hacía falta.

Cuando llegamos al apartamento, mi padre cerró la puerta detrás de nosotros y el silencio se volvió absoluto.

El lugar seguía siendo el mismo de siempre: pequeño, algo oscuro, con la nevera vieja zumbando desde la cocina y la silla desgastada manteniéndose sola en una sala desnuda. Sin embargo, después del estudio fotográfico, todo parecía distinto. Más estrecho. Más íntimo.

Me quité los zapatos lentamente sin mirarlo.

Podía sentir sus ojos encima de mí.

—¿Qué? —pregunté intentando sonar normal.

Antonio tardó unos segundos en responder.

—Nada… solo que no puedo dejar de pensar en hoy.

Sentí calor subir por mi cuello.

—Fue raro.

—Sí.

Hubo otra pausa.

—Pero también fue…

No terminó la frase.

No necesitaba hacerlo.

Cuando levanté la vista, él ya estaba observándome de esa forma que conocía demasiado bien. Una mezcla de nervios, deseo y algo más profundo.

Caminó lentamente hacia mí.

—Viviana…

Su voz salió más baja que de costumbre.

Mis dedos se aferraron inconscientemente al borde de mi blusa.

—¿Sí?

Antonio acercó una mano a mi cintura con cierta timidez, como si todavía pidiera permiso. Ese gesto bastó para romper la tensión que llevábamos conteniendo desde el estudio.

Lo besé primero. Fue un beso torpe al inicio, cargado de ansiedad contenida. Pero apenas sus manos rodearon mi espalda, todo se volvió más intenso. Sentí cómo me acercaba contra él mientras sus labios recorrían lentamente los míos, más seguros cada segundo.

La respiración comenzó a agitarse. El pequeño apartamento parecía calentarse alrededor nuestro.

Antonio me levantó apenas unos centímetros para sentarme sobre la encimera de la cocina. Sus manos recorrían mi cintura con desesperación contenida, como si todavía recordara cada una de las poses de Elizabeth, cada mirada, cada roce obligado del estudio.

Y yo también lo recordaba. Recordaba lo vulnerable que me había sentido bajo aquellas luces.

Lo mucho que había intentado esconderme. Y cómo, poco a poco, terminé deseando que me mirara.

Mis dedos se perdieron entre su cabello mientras él besaba mi cuello lentamente. Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro involuntario.

—Desde que salimos de ese lugar no he podido dejar de imaginarte —murmuró cerca de mi oído.

Sentí un escalofrío recorrerme completa.

Nos movimos torpemente entre besos y caricias hacia la habitación. La ropa comenzó a desaparecer otra vez, aunque ahora no había cámaras, contratos ni instrucciones incómodas.

Solo nosotros.

La luz tenue que entraba desde la ventana dibujaba sombras suaves sobre sus hombros y su pecho mientras se acercaba a mí sobre la cama. Ya no parecía nervioso como en el estudio. Ahora había seguridad en la manera en que me tocaba, en cómo sus manos recorrían lentamente mi piel como si quisiera memorizarla.

Y yo ya no sentía vergüenza.

Solo deseo.

Nos abrazamos con intensidad, perdiéndonos en besos largos, en respiraciones agitadas y en la necesidad acumulada durante toda la noche. Afuera la ciudad seguía haciendo ruido, pero dentro del apartamento el tiempo parecía haberse detenido.

Por primera vez desde que todo empezó, dejamos de pensar en el dinero.

Y simplemente nos dejamos llevar.

La sesión de fotos con mi padre

Parte II: La extraña fotógrafa Elizabeth