Mi esposa había salido de viaje por una semana y yo estaba solo en casa con un puto dolor de espalda que no me dejaba ni sentarme bien. Doña Juliana, mi suegra, se enteró y esa misma tarde apareció con su bolso de masajista y una sonrisa que ya me puso alerta.

—Vení, Kadel, que yo sé de esto. Soy buena con las manos —me dijo con esa voz ronca y madura que siempre me ponía cachondo a escondidas.

Me acosté boca abajo solo en bóxer en la cama grande del dormitorio. Juliana tenía 52 años, cuerpo lleno, tetas grandes y pesadas, culo ancho y unas manos suaves pero fuertes. Empezó por los hombros, bajando por la espalda con aceite caliente. Gemía bajito mientras me amasaba, como si ella también estuviera disfrutando.

—Ay, m’hijo… estás tan tenso… —susurraba.

Fue bajando más, masajeando los lumbares, y sus dedos empezaron a meterse por debajo del elástico del bóxer. Primero pensé que era casualidad. Pero cuando sus yemas rozaron la raja de mi culo, mi verga ya estaba medio dura contra el colchón.

—Date vuelta, Kadel —ordenó suavemente.

Me giré y mi verga ya marcaba una tienda de campaña evidente bajo el bóxer. Ella fingió no mirarla al principio. Siguió con las piernas, los muslos… y entonces “accidentalmente” su mano subió demasiado y el dorso de sus dedos rozó toda la longitud de mi pija dura por encima de la tela.

—Ay, perdón… —dijo, pero no quitó la mano. Al contrario, la dejó ahí un segundo más.

Sentí que mi verga dio un latigazo. Juliana me miró a los ojos y vi cómo cambiaba su expresión. Ya no era solo la suegra amable.

—Estás muy cargado aquí también, ¿verdad? —murmuró, y esta vez sí cerró la mano por encima del bóxer, apretándome la verga con toda la palma.

—Doña Juliana… —gemí.

—Shhh… es terapia, m’hijo. Relajá esa pija tan dura que tenés.

Bajó el bóxer de un tirón y mi verga saltó libre, gruesa, venosa y babeando precum. Doña Juliana se lamió los labios y envolvió su mano caliente y aceitada alrededor de mi tronco. Empezó a pajearme lento, muy lento, desde la base hasta la cabeza, apretando justo debajo del glande.

—Qué verga tan rica tiene mi yerno… Mirá cómo palpita… —susurró mientras aceleraba un poco el ritmo.

Su otra mano me agarró los huevos, masajeándolos con cuidado mientras la derecha subía y bajaba con movimientos expertísimos. El sonido del aceite y la piel era obsceno: schlick… schlick… schlick.

—Así, Kadel… dejá que la suegra te saque toda esa leche que tenés guardada. Tu mujer no está… yo te voy a cuidar.

Se inclinó más cerca y sentí su aliento caliente en la cabeza de mi pija. No me la chupó, pero escupió un buen chorro de saliva directamente sobre el glande y siguió pajándome más fuerte, retorciendo la muñeca en cada subida.

—Quiero que me llenes la mano, mi amor… Quiero sentir cómo te corré por culpa de mi mano —me decía al oído con voz sucia.

Yo ya estaba perdido. Le agarré una teta por encima de la blusa y la apreté fuerte mientras ella me pajeaba cada vez más rápido. Sus dedos volaban sobre mi verga empapada.

—Dale, Kadel… corréteme… corréteme toda…

No aguanté más. Solté un gemido largo y empecé a eyacular como un caballo. El primer chorro salió disparado y le cayó en el escote, manchándole la blusa. El segundo y tercero le llenaron la mano y chorrearon entre sus dedos. Juliana siguió pajándome más despacio, exprimiéndome hasta la última gota, sacudiéndome la verga mientras yo temblaba.

Cuando terminé, me miró con los ojos brillantes de deseo, levantó la mano llena de mi leche espesa y blanca y, sin dejar de mirarme, se metió dos dedos a la boca y los chupó.

—Mmm… Sabés rico, yerno.

Se limpió el resto de semen con la mano y se la pasó por las tetas por debajo de la blusa, untándose con mi corrida.

—¿Querés que mañana te haga otra sesión de “fisioterapia”, Kadel?