—¿Y cuándo fue el momento de inflexión, ese instante que dijiste: voy a dedicarme al porno? — preguntó el periodista a Yezenia, la pornostar del momento.

Ella miró hacia un punto distante, y en su rostro se dibujaba un mohín extraño, en su boca había una sonrisa, pero sus ojos claramente reflejaban melancolía.

A Lili, el nombre real de Yezenia, le hicieron bullying en la adolescencia por su obesidad, «Chanchita Lili», le decían a sus espaldas y los más despreciables de frente; ni siquiera sus profesores le daban un real apoyo emocional, «debes adelgazar» le decían sin malas intenciones, pero nunca nadie le dijo que se aceptara tal cual es. La única muestra de real afecto era de su madre soltera y una amiga tan obesa como ella que tuvo de chica, pero esa amistad duró poco tiempo, su amiga emigró a otro país con su familia.

Si bien, le punzaba el bullying, sentirse discriminada y apartada, nunca fue lo suficiente para que se obsesionara con su peso cayendo en medidas extremas.

En cierta ocasión ella regresaba de uno de sus primeros días de universidad, un poco cabizbaja, pensaba que en sitios con personas más maduras la situación sería distinta, pero no, sintió el rechazo nuevamente, no implícito, pero notaba como tomaban distancia de ella.

Cerca de su casa, había una pequeña construcción; un grupo de cuatro trabajadores, de mediana edad, estaban construyendo una casa. Lita no le dio importancia hasta que, cuando pasó junto a ellos, los trabajadores comenzaron a piropearla: «Hola, belleza», le decía uno; «tú sí debes dar grandes abrazos, amor», decía otro; «qué distraído está Dios que se le escapó un ángel», gritaba otro mientras Lili se alejaba toda ruborizada.

Al principio ella ladeó la cabeza y entrecerró los ojos: «¿Qué broma es esta?», pensó, pero luego el sonrojo y la sonrisa salieron espontáneamente al verse piropeada por primera vez. En el fondo sabía que esa clase de persona le piropean a todo lo que se movía, pero la sensación de recibir un halago fue un choque de dopamina, como tsunami, que no olvidaría.

Al llegar a casa, toda emocionada, se miraba al espejo, veía su silueta obesa, sí, pero al recordar esos piropos un cierto amor propio la inundó, algo que nunca había sentido.

Al día siguiente, ella, estaba detrás de un poste en la esquina mirando hacia la construcción, de pronto los cuatro trabajadores salieron a dejar algunos materiales en la entrada, ella arregló su cabello y pasó. Los piropos no se hicieron esperar, «hola belleza, que suerte para mis ojos, otra vez por acá» decía uno, otro silbaba, «Esas curvas deberían estar prohibidas» decía otro.

Ella sonrió, y de nuevo el tsunami de dopamina la inundó. Ella sabía que era un juego, una broma para ellos, sin embargo, lo que esa broma le hacía sentir era algo verdadero, y eso era lo que importaba.

Esa noche, ella tomó dos pepinos de la cocina, se masturbaba metiéndoselos por el ano y la vagina mientras se imaginaba que esos hombres la penetraban mientras le lanzaban piropos y le decían palabras de amor.

Así pasaron un par de días; hasta que una jornada ella aguardaba, nuevamente, detrás de un poste esperando que los hombres aparecieran. Esta vez ella vestía un vestido floreado blanco y zapatillas blancas; se quitó la chaqueta para que sus pechos se notaran en el escote.

Los trabajadores, como de costumbre, se deshicieron en piropos. «Uf, qué no haría con ese cuerpazo», dijo uno. Ella, por primera vez, paró, giró y, con más verdad que broma, se acercó al hombre y le preguntó sonriendo:

—¿Y qué harían con este cuerpazo?

Ellos, sabiendo que todo era un juego, se echaron un poco para atrás, desconcertados, pero un hombre, el más joven, dijo con seguridad, apuntando al hueco donde en el futuro iría una puerta, más por decir algo que en serio:

—Entremos y te lo demostraremos.

—Entremos— dijo ella, y entró.

Los hombres se quedaron mirando con los ojos grandes, y sin pensarlo mucho entraron a la casa en construcción. Al entrar, ella estaba en el centro de una sala de estar en construcción. A la izquierda hay una hormigonera, naranja y gris, y una pila de ladrillos. A la derecha hay dos pilas de ladrillos y tres cubos. Las vigas desnudas se podían ver en las paredes, y en medio de suelo de hormigón: un sofá.

—Y bien, —dijo ella —¿me lo van a demostrar?

El más viejo tomó la iniciativa.

—¿Estás segura de esto?

—Sí, tienen mi consentimiento— dijo ella sonriéndoles, con un dejo de timidez, pero no de nerviosismo.

Toda la vida se había sentido apocada, insegura, esta vez estaba más segura que nunca. Y sin mediar palabras, dejó caer su vestido, estaba desnuda. Los hombres, se acercaron a ella, sin violencia, ni brusquedad y comenzaron a tocarla, besarla y, sobre todo, bañarla en palabras que, para ella, eran hermosas: «que rica que estás», «que linda eres», «que rico hueles». En menos de un minuto había escuchado más palabras de lisonja hacia ella que en toda su vida; ella sonreía.

Lili sentía las manos de los hombres en sus tetas, dentro de su vagina, dentro de su ano, ella no se sentía virgen, su vagina y ano ya había sido penetradas por verduras, frutas, objetos y su mano, pero era la primera vez que lo haría con un hombre, mucho menos con cuatro.

Ellos se bajaron los pantalones y ella, en cada mano, tenía a un enorme pene que lo pajeaba con suavidad. Un hombre se puso a sus espaldas y penetró su ano; ella gimió sin dejar de pajear a los hombres. En un instante bajó la mirada y, mientras sentía las estocadas dentro de su culo y los dedos de otros dentro de su vagina, veía cómo sus pezones se perdían dentro de la boca de dos hombres. Se vino por primera vez. Emitió un gemido breve, como un quejido, pero siguió.

Ellos pusieron una manta en el suelo y le pidieron a Lili que se pusiera de rodillas; ella lo hizo y comenzó a meterse cada pene en su boca, lamiéndolos con fuerza, a veces de a dos a la vez, con la vehemencia del que bebe agua luego de dos días sediento. Su saliva se mezclaba con el líquido lubricante de los penes y corrían por su barbilla. Los elogios y palabras bellas no paraban «que linda boquita», «que manos tan bellas», «que lengua tan rica», las palabras la excitaban más, le gustaban más.

Luego, los hombres la llevaron hasta el sofá, uno, el más robusto, se acostó de espaldas y ella se sentó sobre él, su pene entraba y salía con rapidez por su vagina, otro la penetró por el ano; ella sentía en su interior ambos penes moverse con fuerza, se sentía, literalmente, llena de placer. Sus manos estaban agarrando los penes de los otros tipos y se iba intercalando para metérselos dentro de su boca. Se vino por segunda vez, otro quejido breve, y continuó.

Ellos le pidieron que se arrodillara para finalizar y arrojaron, uno a uno, su viscoso semen sobre ella; ella abría la boca y sentía ese sabor ligeramente metálico y salado; no lo tragó, lo dejó salir de su boca con su lengua y escurrió por su barbilla hasta inundar su pecho. Luego comenzó a chupar cada pene, succionando cada gota de semen rezagado.

Al rato, al alejarse, escuchaba a lo lejos «chao belleza» y otros piropos más, ella, nuevamente, sonrió.

Ellos de seguro pensaban que la utilizaron, lo que no sabían es que ella, desde un principio, los utilizó para su propia satisfacción, para su propio ego, Lili sabía que no había un ápice de amor hacia ella, pero por primera vez se sintió aceptada, deseada, aunque fuera superficial, aunque fuera una mentira.

Tuvo varios encuentros con los hombres, incluso se sumaron dos más en cierta ocasión hasta que la casa estuvo finalizada, no los volvió a ver. Su madre murió súbitamente un año después y Lili cayó en una depresión que la hizo bajar decenas de kilos en pocos meses. Luego de adelgazar, quedó con curvas de gran escala, pero con piel firme; «thicc» le llamaba el mercado, pero no dejaba de sentir esa inseguridad por su figura, hasta que un cazatalentos de la industria del porno la reclutó para un casting. Ella, queriendo volver a sentir lo que sintió con los trabajadores, aceptó.

—Yezenia—, interrumpió el periodista volviendo a Lili al presente— no has respondido cuando dijiste «voy a dedicarme al porno».

Lili sonrió.