Era una tarde bien caliente en la colonia cuando tocaron a la puerta. Yo, Kadael, andaba hecho un desastre: sudado de la cabeza a los pies, con una camiseta vieja rota llena de polvo y un short gris raído que apenas me cubría. No traía calzoncillos, así que el bulto de mi verga se marcaba grueso y pesado, balanceándose con cada movimiento.
Abrí la puerta y ahí estaba Marlen. 1.75 de pura morena chapina, pelo rizado cayéndole en la espalda, una culona que llenaba sus jeans y esas tetas caídas pero deliciosas que se notaban bajo la blusa fina. Venía sola.
—Kadael… hola —dijo con voz tímida—. Raúl me dijo que me ayudarías cuidando a la Daniela, pero ya la dejé con mi mamá. Vine porque… ¿me podés devolver el sombrero que le presté a tu mujer?
—Claro, pasá —le contesté, limpiándome el sudor de la frente—. Está en la pieza, esperá.
Cuando regresé con el sombrero, Marlen se quejó tocándose la espalda baja:
—Ay, Kadael… me duele horrible la espalda. Todo el día cargando cosas. ¿Me la podés tronar un poquito? Solo un rato, por favor.
Se dio la vuelta y se levantó la blusa hasta la cintura, mostrándome esa espalda morena y ancha. Me puse detrás de ella y empecé a presionarle los hombros con mis manos sudadas. Bajaba poco a poco, sintiendo su piel caliente. De repente, mi verga empezó a pararse sola, endureciéndose rápido. El short ya no ocultaba nada, se marcaba durísimo, la cabeza casi saliéndose por la pata.
Marlen volteó de reojo y lo vio clarito.
—Kadael… ¿qué es eso que se te está parando ahí? —preguntó bajito, mordiéndose el labio.
—Perdón, Marlen… es que estoy todo sudado y vos venís con esa culona y esas tetas ricas. Se me paró sin querer, pura calentura, ya sabés cómo soy de cerdo.
Ella soltó una risita nerviosa pero no se apartó. Al contrario, se pegó más.
—Ay, puerco… mirá cómo te tenés el short. Se te nota toda la verga gruesa. ¿Te duele?
—Duele de lo tiesa que está —le contesté con la voz ronca—. ¿Me ayudás un ratito? Solo una manita, nadie se va a enterar. Raúl ni está.
Marlen se volteó completa, me miró directo a los ojos y, sin decir una palabra más, se bajó la blusa de un jalón. Sus tetas grandes y caídas saltaron libres: morenas, pesadas, con pezones oscuros y grandes que ya se le habían puesto duros.
—Solo porque me duele la espalda y vos estás bien caliente… vení, sentate aquí, Kadael.
Me empujó al sofá. Me bajé el short hasta las rodillas y mi verga saltó libre, bien tiesa, venosa y con la cabeza morada brillando de precum. Marlen se arrodilló entre mis piernas, la agarró con sus dos manos y empezó a pajearme lento pero firme.
—Puta madre, Kadael… qué verga tan gruesa y caliente tenés. Bien chapina y palpitante.
Escupió varias veces en la palma y aceleró el movimiento. Sus tetas caídas se mecían rico con cada jalada. Yo le agarré una y le apreté el pezón fuerte.
—Marlen… metémela entre las tetas, mamita. Pajéame con esas chichis ricas.
Ella sonrió bien puta, se levantó un poco y se apretó las tetas caídas alrededor de mi verga. Empezó a moverlas arriba y abajo, tragándose mi verga entre esa carne suave y sudorosa. Todo se sentía bien cochino y caliente.
—Así, Kadael… ¿te gusta cómo te la estoy pajando con mis tetas? Decime, cerdo.
—Me encanta, Marlen… estás bien puta hoy. Más rápido, por favor… me voy a venir.
Aceleró el ritmo, apretando más fuerte, rozándome los huevos con sus tetas. Yo gemía como animal en celo.
—Venite, Kadael… echame toda esa leche bien espesa. Quiero que me chorrees las tetas.
No aguanté más. Con un gruñido bien guatemalteco empecé a correrme a chorros fuertes. El primer disparo le cayó en el cuello, los siguientes le bañaron completo las tetas caídas, dejando hilos blancos y espesos corriendo por sus pezones y bajando hasta su panza. Marlen siguió moviendo las tetas hasta sacarme hasta la última gota, mirándome con ojos traviesos.
—Puta… mirá cómo me dejaste toda lecheada. Sos un cerdo asqueroso, Kadael.
Todavía jadeando, le sonreí y le dije:
—Gracias, Marlen… la próxima vez te pago metiéndotela toda adentro, si querés.
Ella se limpió una teta con el dedo, se lo metió a la boca, lo chupó y me contestó con una sonrisa sucia:
—Veremos, puerco… pero esto no se lo contás a Raúl, ¿eh?