Capítulo 10
PARTE 1 – La alumna que ya no existe
Valeria estaba sentada en la última fila del salón de derecho penal, con los codos apoyados en el pupitre y la mirada perdida en la pizarra. Antes este era su lugar favorito. Levantaba la mano cada dos minutos, discutía con pasión, sacaba las mejores notas y hasta disfrutaba competir con Liam. Ahora las palabras del profesor llegaban como un zumbido lejano, como si estuviera debajo del agua.
Su mente no paraba de girar. Las deudas de Daniela. El papel firmado con letras torcidas. La cantidad que crecía cada día con intereses que no podía ni imaginar. Y luego venía lo peor: el recuerdo de Luna siendo arrastrada por el cabello, golpeada contra el piso del salón del consejo, mientras Liam la obligaba a… Valeria apretó los ojos con fuerza. No quería recordarlo. Pero lo hacía. Y lo más asqueroso de todo era ese calor traicionero que le subía entre las piernas cada vez que la imagen volvía. Se odiaba por eso. Se sentía sucia, rota, como si ya no fuera ella misma.
—Señorita Soto, ¿podría compartir con la clase su opinión sobre la presunción de inocencia en este caso?
La voz del profesor la sacó de golpe. Todos los ojos se volvieron hacia ella. Valeria abrió la boca pero solo salió un balbuceo sin sentido. Sintió cómo se le calentaban las mejillas. Alguien en la fila de adelante soltó una risita baja. El profesor frunció el ceño, decepcionado, y siguió adelante sin esperar respuesta.
Al final de la clase, cuando todos se levantaron, Valeria se quedó sentada un momento más. Sacó el teléfono y abrió la aplicación de la universidad. La lista de calificaciones ya estaba actualizada. Su nombre estaba casi al final del grupo. Del puesto número tres había caído al veintiocho. Veintiocho. Ella, que siempre había sido la mejor.
Se quedó mirando la pantalla hasta que las letras se volvieron borrosas. Ya no era la alumna modelo. Ya no era la chica fuerte y sarcástica que no se dejaba pisar por nadie. Ahora era solo… esto. Una chica que no podía concentrarse, que se asustaba con cualquier ruido, que tenía que fingir que todo estaba bien mientras por dentro se sentía cayendo en un pozo sin fondo.
Guardó el teléfono, se colgó la mochila al hombro y salió del salón con la cabeza baja. Ni siquiera se dio cuenta de que alguien la saludó en el pasillo. Ya no respondía a nadie. Ya no era Valeria Soto. Era solo el cascarón de lo que quedaba de ella.
PARTE 2 – El cuerpo que ya no es suyo
Valeria salió del edificio de aulas y el sol de la tarde le dio en la cara, pero no sintió calor. Solo un peso más en el pecho. Caminaba por el campus con los hombros caídos, la mochila colgando de un solo lado como si le pesara el doble. Antes caminaba con la cabeza alta, paso firme, casi desafiante, como si el mundo le debiera respeto. Ahora sus pasos eran cortos, rápidos, casi como si quisiera hacerse invisible. La mirada clavada en el piso, contando las baldosas para no tener que levantar los ojos y encontrarse con alguien.
No miraba a nadie. No podía. Cada par de ojos que se cruzaban con los suyos le recordaba que ya todos murmuraban. Que la humillación con Daniela había corrido como pólvora por los pasillos. Que ya no era “la inteligente Valeria Soto”, sino “la que tiene problemas en casa” o, peor, “la que se vende por dinero”.
Mientras caminaba, su mente no paraba.
La deuda de Daniela.
El papel firmado con letras torcidas y manchadas de lágrimas.
La cantidad que crecía cada día como una bola de nieve sucia.
Y lo que más la torturaba: Luna. El recuerdo de su amiga siendo arrastrada por el cabello, golpeada, obligada a arrodillarse frente a Liam mientras ella solo podía mirar. Y lo peor, lo más asqueroso… ese calor traicionero que le subía entre las piernas cada vez que la imagen volvía. Se odiaba. Se odiaba tanto que a veces se clavaba las uñas en las palmas hasta que le dolía. ¿Cómo podía excitarse con algo tan horrible? ¿Qué clase de persona era ahora?
Se detuvo un segundo bajo un árbol, fingiendo que revisaba el teléfono. En realidad solo necesitaba respirar. El impulso llegó otra vez, como siempre: el deseo de sacar el celular, abrir el chat con Liam y escribirle algo sucio, algo humillante, algo que lo hiciera venir y usarla otra vez. Solo para sentir que alguien más llevaba el control. Solo para dejar de pensar.
Valeria cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza.
“No. No. Eres asquerosa. Estás enferma.”
Siguió caminando, más rápido ahora, como si pudiera dejar atrás sus propios pensamientos. Ya no era la misma. Su cuerpo se movía distinto. Ya no emitía esa seguridad que antes la hacía destacar. Ahora parecía rota, frágil, alguien que podía romperse con solo mirarla mal. Y lo más triste era que ella lo sabía. Sabía que ya no era la Valeria de antes. Era solo un cascarón lleno de deudas, culpa y un deseo oscuro que no podía apagar.
Llegó al final del sendero principal y se quedó mirando el pasto. Las amigas la esperaban en la cafetería en media hora. No sabía si iba a poder fingir que todo estaba bien. No sabía si iba a poder seguir fingiendo por mucho más tiempo.
PARTE 3 – La confesión que duele
Valeria llegó a la cafetería del campus con el estómago hecho un nudo. El lugar estaba medio vacío a esa hora de la tarde, solo algunas mesas ocupadas por grupos de estudiantes que charlaban y reían como si el mundo no se estuviera derrumbando. Sus amigas ya estaban ahí, en la mesa de siempre junto a la ventana: Sofía, Carla y Mariana. Las tres levantaron la vista al mismo tiempo y sonrieron, pero la sonrisa se les congeló cuando vieron la cara de Valeria. Pálida, ojos hinchados, hombros hundidos. Parecía que no había dormido en días.
—Vale… ¿estás bien? —preguntó Sofía primero, la más cercana, inclinándose hacia adelante con esa expresión preocupada que siempre tenía. Sus cejas se fruncieron suavemente, los ojos marrones grandes y atentos, como si ya supiera que algo muy malo estaba pasando.
Valeria intentó sonreír. Falló. Se dejó caer en la silla de plástico y el peso de su mochila golpeó la mesa con un ruido sordo. Por un segundo pensó en mentir, en decir que solo estaba cansada por los exámenes. Pero la mentira se le atoró en la garganta. Las lágrimas que había estado conteniendo toda la tarde subieron de golpe.
—No… no estoy bien —susurró, y la voz se le quebró desde la primera palabra.
Carla, siempre la más directa, dejó el café a medio camino de su boca. Su rostro cambió en un segundo: las cejas se arquearon con sorpresa, luego se juntaron en una línea dura de preocupación. La boca se le apretó en una fina línea y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa como si estuviera lista para pelear contra quien fuera.
—Vale, háblanos. ¿Qué pasó? —su voz salió más baja de lo normal, pero había un filo protector ahí.
Mariana, la más callada del grupo, solo la miró con los ojos muy abiertos. Sus labios se separaron un poco, como si estuviera a punto de decir algo pero no encontrara las palabras. Las manos le temblaron ligeramente cuando dejó el teléfono en la mesa; los dedos se cerraron en un puño pequeño sobre su regazo.
Valeria respiró hondo, temblando. Y entonces todo salió. Entre sollozos entrecortados les contó todo: el contrato con Liam, las peticiones humillantes, cómo había firmado pensando que solo serían tres meses y que después sería libre. Les habló de Daniela irrumpiendo en su edificio, gritando delante de todos los vecinos, llamándola puta, flaca, vergüenza de familia. Les describió el papel arrugado, el bolígrafo barato y cómo su mano había temblado al firmar la promesa de pagar todas las deudas actuales y futuras de su hermana.
Mientras hablaba, las caras de sus amigas cambiaban como en cámara lenta.
Sofía fue la primera en romperse. Sus ojos se llenaron de lágrimas casi al instante; parpadeó rápido, pero una se le escapó y rodó por su mejilla. Se llevó una mano a la boca, los dedos temblando contra los labios. La otra mano buscó la de Valeria por encima de la mesa y la apretó con fuerza, como si pudiera transmitirle algo de su propia fuerza. Su expresión pasó de la sorpresa al dolor puro, las cejas arqueadas en una mueca de impotencia.
Carla, en cambio, se puso roja. La furia le subió a la cara como una ola: las mejillas se le encendieron, la mandíbula se le tensó tanto que se le marcó un músculo. Golpeó la mesa con la palma abierta, no fuerte, pero lo suficiente para que las tazas saltaran. Sus ojos brillaban con rabia contenida; respiraba por la nariz, rápido, como si estuviera a punto de levantarse e ir a buscar a Daniela en ese mismo instante. Pero debajo de la furia había algo más: un miedo profundo que le hacía abrir y cerrar los puños sin parar.
Mariana se quedó congelada al principio. Los ojos se le humedecieron y las lágrimas empezaron a caer en silencio, sin sollozos, solo gotas que le mojaban las mejillas. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que se le puso blanco. Luego, lentamente, se acercó más a Valeria, rodeándole los hombros con un brazo delgado y tembloroso. Su cuerpo entero se inclinó hacia ella en un gesto protector, como si quisiera hacer un escudo con su propio cuerpo.
Valeria siguió hablando, la voz cada vez más rota. Les contó cómo Luna había intervenido, cómo la había “salvado” y cómo ella misma había visto a Luna siendo golpeada y humillada por Liam. Les confesó, entre hipidos de vergüenza, que a veces… a veces sentía un calor asqueroso cuando recordaba esas escenas. Que el cuerpo la traicionaba. Que tenía impulsos de escribirle a Liam y pedirle que la usara otra vez, solo para dejar de sentir ese vacío.
En ese momento las reacciones fueron aún más fuertes.
Sofía soltó un sollozo ahogado y se tapó la boca con las dos manos. Las lágrimas le corrían ya sin control; sacudía la cabeza de lado a lado, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Sus ojos estaban llenos de un dolor tan grande que parecía que le dolía físicamente.
Carla maldijo en voz baja, una palabra fuerte y cruda que hizo que Mariana diera un respingo. Su cara estaba completamente roja ahora, los ojos entrecerrados de furia, pero también había lágrimas ahí, brillando en las pestañas. Se pasó una mano por el cabello con violencia, como si quisiera arrancárselo. Luego extendió el brazo y tomó la mano libre de Valeria, apretándola tan fuerte que casi dolía.
Mariana simplemente se quebró. Empezó a llorar en silencio, con la frente apoyada contra el hombro de Valeria. Su cuerpo temblaba contra el de ella; los dedos se le clavaban en la blusa como si tuviera miedo de que Valeria se desvaneciera. No decía nada. Solo lloraba y la abrazaba más fuerte.
Las tres se acercaron al mismo tiempo, formando un nudo de brazos y lágrimas alrededor de Valeria. Sofía le acariciaba el cabello con movimientos suaves y repetitivos, susurrando “ya pasó, ya pasó” aunque las dos sabían que no era verdad. Carla repetía entre dientes “vamos a encontrar una forma, te lo juro”, la voz ronca de rabia y desesperación. Mariana solo la abrazaba, sollozando bajito contra su cuello, el cuerpo entero temblando.
—Vamos a ayudarte —dijo Sofía al final, la voz quebrada pero decidida—. No estás sola. Vamos a buscar soluciones, vamos a hablar con alguien, lo que sea.
Carla asintió con fuerza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. —Nadie te va a tocar otra vez. Ni tu hermana, ni ese hijo de puta. Te lo prometemos. Mariana solo apretó más el abrazo, incapaz de hablar.
Valeria las dejó abrazarla. Sintió el calor de sus cuerpos, el olor familiar de sus perfumes, el amor real que le estaban dando. Por un segundo quiso creerles. Quiso creer que podían salvarla.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no podían.
Nadie podía.
PARTE 4 – El refugio que quema
Valeria salió de La Grieta con el delantal todavía en la mano y el olor a café y comida frita pegado a la ropa. Eran casi las diez de la noche. El turno había sido eterno; apenas había podido sonreír a los clientes sin que se le quebrara la voz. Cuando vio el auto de Luna estacionado al fondo del estacionamiento, sintió que algo dentro de ella se aflojaba un poco. El Mercedes blanco brillaba bajo la luz amarilla de los faroles. Luna estaba apoyada en la puerta del conductor, con esa sonrisa suave que siempre parecía iluminar todo.
—Hey… —murmuró Luna al verla acercarse. Abrió los brazos sin decir nada más.
Valeria se dejó caer contra ella. El abrazo fue inmediato, cálido, protector. Luna olía a vainilla y a algo más dulce, como siempre. Por un segundo Valeria cerró los ojos y solo respiró.
—¿Cómo estás, mi vida? —preguntó Luna bajito, acariciándole la espalda con movimientos lentos y circulares.
Valeria negó con la cabeza contra su hombro. Las palabras le salieron entrecortadas.
—Mal… Luna, estoy tan mal… Perdóname. Perdóname por todo. Por haberte metido en esto, por lo que Liam te hizo, por no haberte escuchado antes… Perdóname, por favor.
Luna le tomó la cara con las dos manos, suavemente, y le limpió las lágrimas con los pulgares. Sus ojos verdes estaban llenos de ternura.
—Shhh… ya basta de pedir perdón. Sube al auto, ¿sí? Aquí afuera hace frío y no quiero que estés expuesta.
Valeria asintió y se dejó guiar. Se sentó en el asiento del copiloto mientras Luna rodeaba el auto y se ponía al volante. El motor ronroneó suave cuando lo encendió. Luna no arrancó de inmediato. Se giró hacia ella, le tomó una mano y entrelazó sus dedos.
—Cuéntame todo lo que pasó hoy —dijo con esa voz calmada que siempre lograba que Valeria se sintiera un poco menos rota—. Sin prisa. Estoy aquí.
Mientras el auto empezaba a moverse despacio por las calles del campus, Valeria habló. Le contó lo de Daniela, los gritos en el pasillo, los vecinos mirando, el papel arrugado y la firma temblorosa. Luna escuchaba sin interrumpir, solo apretándole la mano de vez en cuando o acariciándole el dorso con el pulgar. Cada tanto le lanzaba una mirada rápida, llena de cariño.
—No fue tu culpa —murmuró Luna cuando Valeria se quedó sin palabras—. Nada de esto es tu culpa, mi amor.
El auto salió del campus y tomó la avenida que llevaba hacia el departamento de Luna, uno de esos edificios modernos y tranquilos cerca de la universidad. Las luces de la ciudad pasaban por la ventanilla en líneas borrosas. Valeria se sentía más ligera solo por estar ahí, solo por la forma en que Luna la miraba.
Cuando llegaron al estacionamiento subterráneo del edificio, Luna apagó el motor pero no se bajó. Se giró completamente hacia Valeria, se inclinó y le dio un beso suave en la frente. Luego otro en la mejilla. Y otro más cerca de la comisura de los labios.
—Ven —susurró—. Subamos. No quiero que sigas llorando aquí.
Subieron en el ascensor en silencio. Luna no soltó su mano ni un segundo. Al entrar al departamento, el olor familiar a lavanda y libros la envolvió. Luna cerró la puerta con cuidado, encendió solo una lámpara de pie que dejó todo en una luz cálida y suave. Se quitó los zapatos y ayudó a Valeria a quitarse los suyos. Luego la llevó hasta el sofá grande, se sentó y la atrajo a su regazo como si fuera algo frágil.
Valeria se dejó hacer. Apoyó la cabeza en el pecho de Luna y cerró los ojos. Luna le acariciaba el cabello con movimientos lentos, peinándole los mechones blancos con los dedos.
—Luna… la deuda de Daniela es enorme —susurró Valeria contra su blusa—. No sé cómo voy a pagarla. No tengo tanto dinero. Y ella… ella no va a parar.
Luna besó la coronilla de su cabeza y la abrazó más fuerte.
—Respira, mi amor. Vamos a encontrar la forma. Yo voy a ayudarte.
Valeria levantó un poco la cara. Sus ojos estaban rojos e hinchados.
—¿De verdad? ¿Aunque Liam te haya cortado el dinero?
Luna suspiró, una tristeza fingida cruzó su mirada por un segundo, pero la sonrisa volvió enseguida. Le dio un beso tierno en los labios, lento, lleno de cariño. Cuando se separaron, sus frentes se quedaron pegadas.
—Aunque me haya cortado el dinero —contestó en voz baja—. No voy a dejarte sola en esto. Pero… la única persona que realmente puede resolver algo tan grande es Liam. Lo sabes.
Valeria se tensó un poco. Luna le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, calmándola.
—No tienes que volver al infierno sola —susurró Luna contra sus labios—. Esta vez iré contigo. No voy a permitir que te haga daño otra vez. Estaré ahí, a tu lado. Te lo prometo.
Otro beso, más profundo esta vez, pero todavía suave, lleno de esa ternura que hacía que Valeria se sintiera querida de verdad. Luna le mordió suavemente el labio inferior y sonrió contra su boca.
—Ahora solo déjame cuidarte un rato… ¿sí?
Valeria cerró los ojos y se dejó besar otra vez. Por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien la sostenía de verdad. Aunque en el fondo, muy en el fondo, sabía que Luna la estaba llevando exactamente hacia donde quería.
PARTE 5 – La trampa disfrazada de salvación
Luna seguía abrazando a Valeria en el sofá, con la luz suave de la lámpara de pie bañándolas en un tono dorado. Sus dedos no dejaban de acariciar el cabello corto de Valeria, jugando suavemente con los mechones blancos que tanto odiaba Daniela. De pronto Luna se separó un poco, lo justo para mirarla a los ojos.
—Mi amor… déjame ver esos documentos —susurró con voz suave pero firme—. Necesito entender exactamente qué te obligó a firmar.
Valeria sacó del bolso el papel arrugado y se lo entregó con manos temblorosas. Luna lo desdobló con cuidado, como si fuera algo delicado. Sus ojos verdes recorrieron las letras torcidas, la promesa de pagar “todas las deudas actuales y futuras” sin límite. Luna frunció el ceño ligeramente, pero su expresión se mantuvo calmada, protectora.
—Dios… esto es peor de lo que imaginaba —murmuró. Pasó los dedos por la firma manchada de lágrimas de Valeria—. Esa cantidad es enorme. Y con los intereses que tu hermana está acumulando… va a seguir creciendo.
Valeria bajó la mirada, avergonzada.
—Si pudieras… si tan solo pudieras ayudarme…
Luna dejó el papel a un lado y volvió a tomar la cara de Valeria entre sus manos. Le dio un beso lento en la frente, luego en la punta de la nariz, y finalmente un beso tierno en los labios que duró varios segundos.
—Mi vida, si pudiera pagar todo esto yo misma, lo haría ahora mismo —dijo contra su boca, con voz ronca de cariño—. Te juro que lo haría. Pero Liam… después de lo que pasó en el salón del consejo, me cortó el dinero. Apenas tengo lo suficiente para mantener este departamento y mis gastos básicos. No me queda nada para algo así.
Valeria sintió que el corazón se le encogía. Luna lo notó y la abrazó más fuerte, acariciándole la espalda con movimientos lentos y circulares, besándole el cuello con besitos suaves que le erizaban la piel.
—Pero no estás sola —continuó Luna, sus labios rozando la oreja de Valeria—. Tengo contactos. Abogados de confianza que trabajan con la familia y que me deben favores. Ellos pueden revisar esto, encontrar huecos legales, preparar una contraoferta sólida. Podemos negociar un nuevo contrato con Liam. Uno que te proteja de verdad.
Valeria levantó la cara, confundida pero esperanzada.
—¿Un nuevo contrato?
Luna asintió y le dio otro beso profundo, esta vez más largo, con la lengua acariciando suavemente la de Valeria. Cuando se separaron, sus frentes quedaron pegadas.
—Sí, mi amor. El primero vence el 28 de junio. Ese día mismo podemos sentarnos con él y firmar uno nuevo. Pero esta vez no irás sola al infierno. Yo estaré ahí, a tu lado, en la misma mesa. No voy a permitir que te toque si tú no quieres. Te lo prometo.
Sus manos bajaron por la espalda de Valeria, acariciándola con ternura, subiendo y bajando en movimientos tranquilizadores. Luna la besó otra vez, más despacio, más profundo, como si quisiera sellar esa promesa con su boca.
—Solo tienes que decir que sí —susurró contra sus labios—. Di que aceptas y yo empiezo a mover todo mañana mismo. Los abogados, la cita con Liam, todo. No vas a volver sola. Esta vez seremos las dos contra él.
Valeria cerró los ojos. El corazón le latía con fuerza. Por un lado sentía alivio, una esperanza tibia que no había sentido en semanas. Luna estaba ahí, ofreciéndole una salida, prometiéndole que no estaría sola. Por otro lado… una parte oscura de ella, esa que odiaba pero que no podía callar, sintió un cosquilleo conocido. La idea de volver a ver a Liam, de estar otra vez bajo su control, aunque fuera por un nuevo contrato… le provocaba algo que no quería nombrar.
Se quedó en silencio varios segundos, respirando contra el cuello de Luna. Las caricias no paraban: dedos suaves en su nuca, besos lentos en el hombro, palabras dulces al oído.
—No quiero volver a sentirme así… —susurró Valeria finalmente, la voz rota—. Pero tampoco quiero seguir cargando con todo esto sola.
Luna sonrió contra su piel y le dio un último beso largo, lleno de promesas. —Entonces di que sí, mi amor.
Valeria tragó saliva. Miró los ojos verdes de Luna, tan llenos de cariño, tan seguros. Respiró hondo.
—Sí… acepto.
Luna la abrazó con fuerza, casi con triunfo, aunque su voz siguió siendo dulce y protectora.
—Buena chica. Mañana mismo empiezo a mover todo. El 28 de junio firmaremos el nuevo contrato… y esta vez yo estaré ahí para cuidarte.
Valeria se dejó abrazar, sintiendo el calor del cuerpo de Luna contra el suyo. Por fuera parecía alivio. Por dentro, una mezcla de miedo, esperanza y ese deseo oscuro que no podía apagar del todo.