Me llamo Stephanie, tengo 30 años y mido 1.63 metros. Con mis 72 kilos y mis curvas generosas —90-70-98—, siempre me he sentido un poco incómoda en mi cuerpo, aunque Martín, mi novio de tres años, me dice que soy perfecta tal como soy. Martín mide 1.58 metros, no hace ejercicio, tiene algo de panza y su pene mide 12 centímetros.
Solo he estado con alguien más una vez, en la universidad, antes de conocerlo a él, así que no tengo mucho con qué comparar. Pero Martín me insistió en hacer un trío. Buscó opciones en internet, en páginas de contactos, y me presentó tres perfiles. Escogí a un chico alto, guapo y musculoso.
Últimamente he empezado a ir al gimnasio para bajar de peso, y he visto a chicos así, marcados y fuertes, y siempre he tenido curiosidad por tocar uno. A veces me provoca coquetear con los del gym o con mi instructor, pero soy tímida y fiel, no lo haría. Ahora tenía la oportunidad.
El chico se llamaba Máximo. Medía casi 1.90 metros, era blanquito, guapo y totalmente marcado, con músculos que se notaban bajo la camisa ajustada. Lo que no sabía era que Martín había filtrado solo a tipos con penes grandes. Cuando lo vi en fotos, no imaginé que su polla midiera 25 centímetros, gruesa y venosa, algo que solo había visto en las películas porno que Martín a veces insistía en ver juntos.
Nos encontramos en un Airbnb que Martín alquiló, a su insistencia. Era una habitación amplia con una cama king size y una silla al lado. Habíamos acordado reglas: nada de besos, solo sexo, y que los tres participaríamos por igual. Pero desde que Máximo entró por la puerta, todo cambió. No hubo preliminares.
Fue directo hacia mí, me levantó en brazos como si no pesara nada —sus bíceps se flexionaron contra mi espalda—, me besó en la boca como saludo, ignorando el acuerdo, y me abrazó fuerte. Su lengua invadió mi boca, y yo me quedé congelada por un segundo, sorprendida. Pero respondí, porque la verdad, nunca había estado con un chico tan guapo. Sus labios eran firmes, su aliento cálido, y su cuerpo duro presionado contra mis curvas me hizo temblar.
Me tiró contra la cama con facilidad, y se subió encima de mí, sin soltarme. Martín estaba ahí, de pie, pero Máximo lo miró de reojo y le dijo con voz grave: ‘Quédate a un lado, en esa silla.
Ya luego entras tú’. Martín se quedó pálido, asintió temblando y se sentó, sin decir nada. Nunca entró a la cama. Se quedó ahí, nervioso, trayéndonos bebidas, lubricante y hasta un vibrador que había traído, y más tarde sándwiches cuando descansamos. Durante las tres horas que duró todo, Martín parecía asustado, como si temiera contradecir a Máximo, que a ratos sonaba amenazante, con esa voz profunda y dominante.
Máximo no perdió tiempo. Me quitó la ropa con manos expertas, exponiendo mis pechos grandes y mi vientre suave. Sus ojos me devoraban, y yo me sonrojé, sintiendo una mezcla de vergüenza y excitación. ‘Eres una puta deliciosa’, murmuró, y antes de que pudiera responder, su boca estaba en mi cuello, chupando la piel mientras sus dedos abrían mis piernas. Su polla ya estaba dura, presionando contra mi muslo, enorme y caliente. No se molestó en ponerse condón; solo escupió en su mano, lubricó la punta y se posicionó en mi entrada.
‘¿Estás lista?’, gruñó, pero no esperó respuesta. Empujó, y sentí cómo su cabeza gruesa estiraba mi coño. Dios, dolía al principio, era tan grande comparado con el pene de Martín. Jadeé, aferrándome a sus hombros anchos.
‘Espera… es demasiado…’, murmuré, pero él siguió avanzando, centímetro a centímetro, llenándome hasta que sus pelotas tocaron mi culo. Me quedé quieta, respirando hondo, tratando de acostumbrarme a esa invasión. Mi coño palpitaba alrededor de él, apretado y húmedo, pero el estiramiento era intenso, como si me partiera en dos.
Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y volviendo a entrar. Cada embestida mandaba ondas de placer y dolor a través de mi cuerpo. ‘¡Ay, Máximo! ¡Es tan grande!’, grité, y él sonrió, acelerando. Intenté besarlo, estirando el cuello, pero él solo me miró y siguió bombeando. Mis caderas se movieron solas, adaptándose, y pronto el dolor se convirtió en un fuego delicioso. ‘Fóllame más fuerte’, le supliqué, vocal como siempre, mis manos en su espalda musculosa, arañando la piel. Él me abrazó fuerte, su pecho contra mis tetas, y chupó mi cuello, dejando marcas. Yo lo besé en la mandíbula, en los labios, desesperada por más contacto.
Martín estaba en la silla, mirándonos con los ojos muy abiertos, temblando. Trajo una botella de agua, pero Máximo lo ignoró. Yo gemía alto: ‘¡Sí, así! ¡Me encanta tu polla, Máximo!’. Él gruñó, embistiendo más profundo, su grosor rozando cada nervio dentro de mí. Sentí el orgasmo construyéndose, mis paredes contrayéndose alrededor de su eje. Él me abrazó más, chupando mi cuello con fuerza, y cuando exploté, grité: ‘¡Te quiero, Máximo! ¡Oh Dios, te quiero!’.
Mi cuerpo se sacudió, jugos saliendo alrededor de su polla, y él se corrió segundos después, inundándome con chorros calientes de semen. No usó condón, y sentí cada pulso dentro de mí, su corrida llenando mi coño hasta que goteó por mis muslos. Nos quedamos abrazados un momento, yo besándolo suavemente, pero él se apartó, jadeando.
Descansamos un rato. Martín nos trajo bebidas y un sándwich, tartamudeando algo sobre si necesitábamos más. Máximo lo miró con desdén y le dijo: ‘Trae el lubricante’. Yo me sentía culpable por un segundo, mirando a Martín, pero el calor en mi cuerpo me distrajo. Máximo me puso de rodillas en la cama, su polla aún semi-dura, brillante con mis jugos y su semen. ‘Chúpamela’, ordenó, agarrando mi cabello.
Nunca había dado una mamada antes. Solo había lamido un poco a Martín, pero nada serio. Miré su polla, enorme, venosa, con el olor a sexo fuerte. Sentí asco inicial, el sabor salado en la punta cuando la acerqué a mis labios. ‘No sé cómo…’, murmuré, pero él empujó, metiendo la cabeza en mi boca. Tosí, mis labios estirados al máximo, apenas cabía. Lamí torpemente la underside, sintiendo las venas pulsar contra mi lengua. Él guio mi cabeza, follando mi boca despacio. ‘Así, puta, trágatela’, gruñó. El asco se mezcló con excitación; saliva goteaba por mi barbilla, y yo intentaba succionar, pero era difícil con el tamaño. Martín trajo el vibrador, y esta vez Máximo lo tomó, sonriendo. Me lo introdujo en la vagina de un empujón, encendiéndolo en vibración media. ‘Sigue chupando mientras te follo con esto’, dijo. El zumbido llenó mi coño, rozando mi clítoris desde dentro, y gemí alrededor de su polla, vibraciones en mi garganta. Bombeó mi boca más rápido, el vibrador entrando y saliendo en sincronía, estirándome y estimulándome al mismo tiempo. El placer creció rápido, mis caderas moviéndose contra el juguete, y exploté en un orgasmo intenso, mis paredes contrayéndose alrededor del vibrador, jugos chorreando por mis muslos. Traté de besarlo en el vientre, pero él solo aceleró, follando mi boca como un coño. De repente se corrió, chorros espesos golpeando mi lengua y garganta. Tragué por instinto, el sabor amargo y espeso llenándome, algunos goteando por las comisuras. Tosí cuando sacó, limpiándome la boca, pero él sonrió: ‘Buena chica’. Me besó rápido, y yo respondí con cariño, lamiendo sus labios.
Después de otro descanso —Martín trayendo Red Bull, nervioso, con las manos temblorosas—, Máximo me puso a cuatro patas. ‘Ahora tu culo’, dijo, untando lubricante en mi ano virgen. Nunca había hecho anal; el miedo me invadió. ‘Por favor, despacio… duele’, supliqué, pero él presionó la punta contra mi entrada apretada. Dolía como el infierno, un ardor intenso mientras forzaba la cabeza adentro. Grité: ‘¡Ay, no! ¡Es demasiado grande, Máximo!’. Él se detuvo, dejando que me acostumbrara, minutos enteros de respiración profunda, mi ano palpitando alrededor de él. Lágrimas rodaron por mis mejillas, pero el dolor se suavizó lentamente en una plenitud extraña.
Empezó a moverse, saliendo y entrando, cada embestida estirándome más. ‘¡Fóllame el culo, sí!’, grité, vocal a pesar del dolor, mis tetas balanceándose. Intenté girarme para besarlo, pero él me sujetó las caderas, bombeando fuerte. El placer creció, un fuego en mi interior, y gemí: ‘¡Te amo, Máximo! ¡No pares!’. Él gruñó, acelerando, su polla gruesa rozando nervios que no sabía que tenía. Se corrió dentro de mi ano, semen caliente llenándome, goteando cuando salió. Yo colapsé, besando su mano cuando se acercó.
Pero no terminó. Después de un breve descanso —Martín trayendo sándwiches, aún más pálido—, Máximo me volteó de nuevo, lubricando otra vez. ‘Una más en el culo’, dijo, y entró de nuevo, el dolor menos agudo esta vez, pero aún intenso. Bombeó salvajemente, mis gritos llenando la habitación: ‘¡Más, Máximo! ¡Eres increíble!’. Intenté besarlo repetidamente, mis labios buscando los suyos incluso mientras él solo quería follar. Él me besó un par de veces, posesivo, pero yo era demasiado cariñosa, murmurando ‘Te quiero’ entre jadeos. Al final, sacó su polla y se corrió sobre mi cara y cabello, chorros calientes salpicando mis mejillas, labios y mechones. Lamí lo que pude, sonriendo exhausta.
Duró tres horas en total, entre folladas y pausas. Al final, Martín sacó el dinero acordado: 750 soles, 250 por hora. Pero Máximo lo miró y dijo: ‘No, dame 1.000 soles. Fui demasiado suave contigo, Stephanie, te traté con exceso de cariño, como si fuéramos pareja’. Martín quiso protestar, abriendo la boca con voz temblorosa, pero yo me puse del lado de Máximo de inmediato: ‘Dale los 1.000, Martín. Se lo merece’. Martín cedió, temblando, y le dio el dinero. Máximo lo guardó, luego me dio una nalgada fuerte en el culo, el sonido resonando en la habitación, y yo gemí alto, el ardor mezclándose con placer residual. Se fue besándome en la boca, profundo y posesivo, sin siquiera despedirse de Martín, que se quedó en la silla, derrotado.
Salí de ahí cambiada, mi cuerpo adolorido pero satisfecho, pensando en Máximo mientras Martín me llevaba a casa en silencio.