Mi nombre es Sofía y todavía me tiembla el cuerpo cada vez que recuerdo ese sábado. Lo que empezó como un “bañito inocente” a mi primo Diego terminó siendo la cosa más sucia, prohibida y excitante que he hecho en mi vida… y terminé metiendo a mi mejor amiga en el lío.
Diego llevaba cinco días postrado en la cama después del accidente de moto. Las fracturas en ambos brazos y la clavícula lo tenían completamente inmovilizado. El golpe en la cabeza y los analgésicos fuertes lo mantenían en un estado de semiinconsciencia deliciosa: flotaba entre el sueño y la vigilia, con el cuerpo pesado y la mente nublada.
Su mamá, Elena, se había convertido en su enfermera 24/7. Lo lavaba, le daba de comer y lo atendía con cariño maternal. Pero ese sábado por la mañana todo cambió.
Yo iba casi todos los días a visitarlo. Vivíamos en el barrio Kennedy, al sur de Bogotá, y era muy allegada a mi tía y a mi primo. Normalmente lo ayudaba a limpiarlo de la cintura para arriba con una esponja húmeda. Ese día mi tía tenía que ir al centro a reclamar unos medicamentos y mi papá ya la esperaba en el carro en la puerta. No había tiempo que perder.
—Sofía, mijita, ¿me lo cuida por fa? Ya le di el medicamento.
—me pidió mi tía, apurada.
—Tranquila, tía. Yo lo cuido bien —le respondí con una sonrisa.
En cuanto escuché la puerta de la calle cerrarse, un cosquilleo caliente me recorrió el estómago. Ya lo había limpiado otras veces, pero solo el torso. Hoy… hoy estaba sola con él y el corazón me latía fuerte.
Me acerqué a la cama. Diego dormía profundamente, respirando lento y pesado. Corrí la sábana con cuidado y… Jueputa.
Su verga descansaba pesada sobre su muslo izquierdo, gruesa incluso en reposo, venosa y con una cabeza rosada que asomaba apenas bajo el prepucio. Los huevos eran grandes y colgaban relajados en su saco arrugado. Todo él era perfecto: alto, delgado, con ese cuerpo marcado de hacer barras. Mis amigas siempre le habían tenido ganas… y yo también, aunque nunca lo había admitido.
—Riiico… —susurré, mordiéndome el labio inferior.
Tomé el tarro con agua tibia, la esponja y el jabón. Empecé por los hombros, bajando por su pecho firme. Cada vez que la esponja rozaba cerca de su miembro, este respondía. Empezó a hincharse lentamente, engordando y levantándose poco a poco sobre su abdomen.
Sabía que aunque estuviera dopado, Diego era bien arrecho. Tenía un montón de porno guardado y seguro le hacía falta su polvito diario. Sus huevos debían estar cargados. Recordé cómo cuando le hacía pajas a mi novio, después lo dejaba dormido como un bebé, relajado y profundo. ¿Y si le hacía lo mismo a mi primo? Seguro dormiría mucho mejor… pero al mismo tiempo sentía un nudo en el estómago. ¿Y si mi tía regresaba antes de tiempo? ¿Y si se despertaba?
No pude resistirme más.
Dejé la esponja a un lado y tomé su miembro directamente con la mano. Estaba caliente, suave y pesado. Lo rodeé con los dedos y sentí cómo crecía dentro de mi palma, endureciéndose segundo a segundo hasta quedar completamente erecto. Era una polla pesada y palpitante, larga, con venas marcadas y una cabeza hinchada y brillante.
Le recogí el prepucio con cuidado y el glande quedó totalmente expuesto, rosado y húmedo. Le pasé la esponja suavemente, pero ya no era por limpieza. Me acerqué y soplé despacio sobre la cabeza. Diego abrió ligeramente la boca y soltó un gemido bajo y ronco.
Eso me motivó, aunque el miedo a que mi tía apareciera de repente me aceleraba el pulso.
Empecé a masturbarlo despacio, con movimientos largos y suaves, apretando justo lo necesario. Con la otra mano le acariciaba los huevos, masajeándolos con ternura, sintiendo cómo se tensaban cada vez más.
Justo en ese momento sonó mi celular. Era mi novio. Sin soltar la verga palpitante de mi primo, contesté con la otra mano mientras seguía moviendo la que tenía en su miembro.
—Hola amor… sí, estoy en casa de mi tía cuidando a Diego… sí, todo bien, está dormidito… —dije con la voz lo más normal posible, aunque mi mano no dejaba de subir y bajar por esa polla dura.
Diego gemía bajito, las caderas se movían apenas, como si su cuerpo pidiera más aunque su mente siguiera flotando en la neblina de los medicamentos. Se la puse durísima. Era tan gruesa que tuve que agarrarla con las dos manos (solté un segundo el teléfono para usar ambas).
No aguanté más las ganas, aunque la culpa y la excitación me tenían el corazón a mil.
Me incliné sobre él, saqué la lengua y lamí despacio la cabeza de su polla, saboreando ese gusto salado mezclado con el jabón neutro. Luego abrí la boca y la metí poco a poco, solo la cabeza al principio, chupando con suavidad mientras mi mano seguía masturbando la parte que no entraba.
—Mmm… —gemí con la boca llena, vibrando alrededor de su verga.
Lo chupé con cariño, girando la lengua alrededor de la corona, succionando suave pero firme. Subía y bajaba los labios, cada vez un poco más profundo, aunque era tan larga que no podía meterla toda.
Saqué el celular y le tomé una foto. Quería guardar ese momento.
Diego respiraba cada vez más agitado. Sus gemidos se volvieron más roncos. Su polla latía fuerte dentro de mi boca.
Tenia miedo de que mi tía llegara y lo viera así todo parolo tenia que aliviarlo
Aceleré la mano, apretando fuerte, girando la muñeca sobre la cabeza hinchada. De vez en cuando le daba lametones largos y chupadas profundas. Cuando vi que empezaba a salir preseminal, supe que estaba cerca.
El primer chorro salió potente, blanco y espeso. Seguí masturbándolo rápido mientras los siguientes chorros gruesos y calientes caían sobre su abdomen, su pecho y mis dedos. Lo ordeñé hasta la última gota, exprimiendo su polla con cariño, vaciándole los huevos completamente.
Cuando terminó, Diego quedó jadeando suave, con la cara totalmente relajada y una cara de bobo. Sus huevos estaban bien drenados. Lo limpié con la esponja dejándolo como si nada hubiera pasado.
Yo tenía el corazón a mil y una arrechera brutal.
Justo entonces me llegó el mensaje de mi tía diciendo que ya venía de regreso en media hora. No le dije nada. En cambio, le escribí a mi parcera Tatiana, que siempre le había tenido unas ganas terribles a mi primo:
-Adivina a quién le acabo de hacer una paja -No jodas… ¿a tu novio? -Nooo… a mi primo Diego -Eeeeee no te creo, marica -Sisas. Mira la foto -Uuuuy marica… qué chimbo tan rico. Piroba muy buena. Déjame ir, yo se lo chupo y me le trago todo -Jajajaja, no ya paila ya viene m tia
Al día siguiente llegué con Tatiana. Le dije a mi tía que de paso íbamos a estudiar inglés mientras cuidábamos a Diego. Mi tía puso cara rara (sabía que Tatiana se fumaba sus plones), pero yo la tranquilicé y se marchó. El novio de Tatiana creía que ella estaba cuidando a un enfermo, así que no sospechaba nada.
En cuanto cerró la puerta, entramos al cuarto. Mi amiga ya estaba caliente perdida. Cuando vio a m primo acostado, se le abrieron los ojos como platos y se mordió el labio con fuerza.
Nos acercamos a la cama y empezamos a acariciarlo despacio. Tatiana, sin cortarse ni un pelo, pasó la mano directo sobre el bulto de la sábana. Yo me fui a la puerta a vigilar y me senté a mirar el espectáculo.
Tati estaba desesperada y cachonda. No era la más agraciada y sabía que difícilmente tendría otra oportunidad con un tipo como Diego. Se lanzó sin pensarlo. Le bajó la sábana y saco el pene de mi primo
—Marica… esa verga está deliciosa —susurró, claramente excitada
se metió esa verga a la boca como si le fuera la vida en ello. Chupaba con tanta hambre que parecía que tenía el clítoris en la garganta. Jadeaba, gemía y se movía como si ella misma se estuviera corriendo.
—Pilas, Tati, con cuidado no lo vayas a despertar —le susurré, pero la verdad era un puto espectáculo verla mamar con tanta ganas. Hasta le aprendí un par de trucos.
Fue rápido. En un momento la vi acelerar, succionando fuerte, y mi primo se vació entero en su boca. Tatiana tragó todo con placer, sin desperdiciar ni una gota.
—Ufff… qué rico, hijueputa —murmuró ella, limpiándose los labios.
Diego se desplomó aún más profundo en el sueño, placido y relajado.
En los días siguientes, el novio de Tatiana llegaba en la moto, la dejaba en la casa y después volvía a recogerla. Cada vez que ella salía, lo besaba profundamente en la boca, todavía con los labios hinchados y el sabor de la carga espesa y abundante de semen de mi primo en la lengua. Él nunca se dio cuenta de que acababa de tragar una buena porción de la leche de Diego. El novio de Tatiana y el mío vivían completamente engañados.
Así estuvimos varios días más. Nos turnábamos para drenar esa verga gruesa de mi primo cada vez que mi tía salía. Hasta que le bajaron la dosis de medicamentos y empezó a estar más lúcido.
Mi tía nunca se enteró de nada.
Diego… él siempre nos miró después con cara de sospecha, como preguntándose qué carajos habíamos hecho. De vez en cuando nosotras le soltábamos indirectas:
—Tranquilo, primo… ya te conocemos muy.
Y solo nos reíamos.