Esta historia es de mi imaginación cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia:

El sol de la tarde se filtraba por la ventana del cuarto de lavado, ese espacio estrecho entre la cocina y el patio trasero donde el olor a jabón en polvo y suavizante se mezclaba con el calor húmedo de la secadora. Tenía los brazos sumergidos hasta los codos en el agua espumosa del lavadero, separando camisas de pantalones, calcetines de toallas, cuando algo pequeño y de un rosa desvaído cayó al piso con un sonido sordo. Me agaché sin pensar, los dedos rozando la tela antes de que mi cerebro registrara qué era: las bragas de Paulina. No cualquier braga—esas de algodón suave, con un dobladillo desgastado por el uso, que ella siempre llevaba los días que se quedaba en pijama hasta el mediodía. Las que olían a ella incluso después de estar metidas en el cesto de la ropa sucia.

Las levanté entre el pulgar y el índice, acercándolas a la nariz antes de que pudiera detenerme. El aroma me golpeó como un puño en el estómago: sudor dulce, ese perfume barato de vainilla que se ponía en las muñecas, y algo más profundo, muskoso, como el olor que se quedaba en el aire después de que ella salía del baño por las mañanas. Mi boca se secó. El algodón aún conservaba el calor de su cuerpo, como si acabara de quitárselas. Apreté los ojos, inhalando otra vez, más hondo esta vez, y sentí el primer tirón en la entrepierna, ese peso cálido que se extendía desde el vientre hasta los muslos. Joder. No era la primera vez que me excitaba pensando en ella—Paulina con sus piernas largas, esa manera de morderse el labio cuando estaba concentrada, cómo se le marcaban los pezones bajo las camisetas ajustadas—but nunca había sido tan físico como en ese momento.

El sonido de la puerta de la cocina al abrirse me heló la sangre. Las bragas seguían pegadas a mi cara, el olor de ella llenándome la cabeza mientras el pánico me subía por la garganta como bilis. Las tiré al lavadero con un movimiento brusco, salpicando agua jabonosa sobre el piso, y me enderecé justo cuando Paulina asomó la cabeza, el cabello recogido en un moño desordenado, una manzana a medio comer en la mano.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó, frunciendo el ceño al ver el charco a mis pies—. Se te cayó algo?

—No, nada—mentí, pasándome la manga por la frente—. Solo… se me resbaló un calcetín.

Ella cruzó los brazos, la manzana brillando entre sus dedos. Sus ojos—esos ojos verdes que siempre parecían leerme mejor de lo que yo me leía a mí mismo—se posaron en el lavadero, en el montón de ropa, y luego en mí. Demasiado tiempo en mí.

—Mmm—murmuró, dando un mordisco a la fruta con un crujido húmedo—. Bueno, no te tardes. Mi pijama favorito está ahí y lo necesito para esta noche.

Asintió con la cabeza hacia la pila de ropa limpia doblada sobre la secadora, donde su camisón de franela—el azul descolorido, con ese agujero pequeño cerca del dobladillo que yo había reparado para ella hace meses—estaba arriba del todo. El mismo que se le pegaba a las curvas cuando dormía de lado, el que se subía hasta la mitad de sus muslos cuando se sentaba en el sofá con las piernas cruzadas.

—Claro—dije, la voz más gruesa de lo normal—. En cinco minutos lo tengo listo.

Ella se encogió de hombros y se dio la vuelta, pero no antes de que yo viera la sonrisa juguetona que le curvaba los labios. Mierda. ¿Había notado algo? Imposible. Aunque Paulina siempre había tenido un sexto sentido para mis tonterías, desde que éramos niños y me descubría escondiendo galletas antes de la cena.

Esperé a que el sonido de sus pasos se perdiera hacia el pasillo antes de sacar las bragas del agua otra vez. Esta vez no las olí. Las apreté contra la palma, sintiendo cómo el algodón se amoldaba a mis dedos, imaginando cómo se amoldarían a ella. El peso en mi entrepierna era insoportable ahora, el jean rozando contra mi erección cada vez que me movía. Con un vistazo rápido a la puerta, me las guardé en el bolsillo trasero, el calor de la tela contra mi piel como una quemadura.

Mi cuarto estaba al final del pasillo, la puerta siempre entreabierta por costumbre. La cerré de un golpe con el pie, girando el seguro con manos que temblaban solo un poco. El aire acondicionado zumbaba débilmente, pero el calor que me recorría el cuerpo lo ahogaba todo. Saqué las bragas del bolsillo y las llevé a la nariz otra vez, respirando ese aroma como si fuera oxígeno. Su aroma. Mis dedos se enredaron en la cintura elástica, estirándola, imaginando cómo se hundiría en sus caderas si se las estuviera quitando yo.

Me senté en la cama, las piernas abiertas, y las presioné contra mi nariz y boca al mismo tiempo, la tela húmeda por la saliva mientras la lamía como un perro en celo. El sabor era débil—jabón, sudor, algo salado—but la idea de que ella había estado ahí, de que ese pedazo de tela había estado pegado a su coño horas antes, me hizo gemir. Mis manos ya estaban en el cinturón, desabrochando el jean con urgencia, sacando mi verga que palpitaba, roja, el glande brillando con la primera gota de pre-semen. No me molesté en quitarme los pantalones del todo; solo los bajé hasta las rodillas y escupí en la palma antes de agarrarme con fuerza.

El primer movimiento fue brusco, casi doloroso, pero el placer se extendió como fuego por mis venas. Cerré los ojos y allí estaba ella: Paulina inclinada sobre el lavadero, el agua resbalándole por los antebrazos, la camiseta mojada pegada a sus tetas mientras se reía de algo que yo había dicho. Paulina en el sofá, con las piernas estiradas hacia mí, los dedos de los pies rozando mi muslo mientras veíamos una película. Paulina en mi cama, el camisón subido hasta la cintura, las piernas abiertas, invitándome sin palabras.

Alex

El sonido de mi nombre en sus labios—imaginado, pero tan vivo que casi lo sentí—me hizo arquear la espalda. Mis dedos se apretaron alrededor de mi polla, el ritmo desesperado, las bragas ahora pegadas a mi boca mientras jadeaba contra ellas. Podía saborearla, joder. O al menos eso me decía mi cabeza, porque en ese momento todo era ella: su olor, su voz, la manera en que sus caderas se balancearían si estuviera montándome en ese instante.

La puerta se abrió de golpe.

—No jodas—dijo Paulina, pero no era un grito. Era… curiosidad. Sorpresa. Y algo más que no supe descifrar en ese segundo.

Me congelé, la verga en la mano, las bragas aún pegadas a mi boca, el semen a punto de brotar. Ella estaba parada en el umbral, con los ojos muy abiertos, la manzana olvidada en algún lugar de la casa. Sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada. Solo miró: mi polla erecta, gruesa, las venas marcadas; mis dedos enredados en sus bragas; el charco de baba que se me escapaba de la boca.

—¿En serio, Alex? —susurró al fin, dando un paso adelante. La puerta se cerró detrás de ella con un clic.—. ¿Con mis bragas?

No había ira en su voz. Había… calor. El mismo que me quemaba a mí por dentro.

—Solo…—tragué saliva, pero las palabras se me atascaron en la garganta.

—¿Solo qué? —preguntó, acercándose otro paso. Ahora podía ver el ritmo de su pecho subiendo y bajando, cómo sus pezones se endurecían bajo la camiseta fina—. ¿Solo te excitaste oliéndolas? ¿O también te imaginaste haciéndomelas comer después de follarme?

El aire se me escapó de los pulmones. Joder. Eso no era Paulina. Mi Paulina—la que me regañaba por dejar los platos sucios, la que me abrazaba cuando tenía pesadillas—no hablaba así. Pero allí estaba, con las pupilas dilatadas, los labios húmedos, y una sonrisa que era pura provocación.

—No sé qué decir—admití, pero mi mano no se detuvo. Seguí tocándome, más lento ahora, como si ella me hubiera hipnotizado.

Ella se lamió los labios.

—Dime que llevas años queriendo tocarme—susurró, acercándose hasta que sus rodillas rozaron las mías—. Dime que no soy la única que se ha masturbado pensando en cómo sería que me llenaras esa bocota que tienes.

Mi cerebro se cortocircuitó. Las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas:

—Siempre. Siempre, Paulina.

Ella no esperó más. Se abalanzó sobre mí, sus labios chocando contra los míos con una ferocidad que me dejó sin aliento. No era un beso—era una reclamación. Sus dientes mordieron mi labio inferior, su lengua se enredó con la mía, y sus manos estaban en todas partes: en mi pecho, en mi cuello, rasgando mi camiseta hasta que los botones saltaron y cayeron al suelo. Cuando sus dedos rozaron mi verga, gruesa y palpitante, gemí contra su boca.

—Quiero sentirte—jadeó, arrastrando las uñas por mi abdomen—. Quiero que me rompas, Alex.

No hubo más palabras después de eso. Ella se quitó la camiseta de un tirón, dejando al descubierto sus tetas perfectas, redondas, con pezones oscuros y duros como piedras. Se deshizo del short y las bragas—otras bragas, estas de encaje negro—en segundos, y entonces estuvo desnuda frente a mí, más hermosa de lo que había imaginado en mis fantasías más sucias. El olor de su excitación llenó el aire, dulce y ácido a la vez, y cuando se subió a la cama, abriendo las piernas para mostrarme su coño rosado y brillante de humedad, supe que no duraría mucho.

—Chúpame—ordenó, agarrándome del cabello y arrastrándome hacia ella.

No necesité que me lo pidiera dos veces.

El primer lamido fue largo, desde su entrada hasta el clítoris, y el sabor exploto en mi lengua: salado, metálico, adictivo. Ella jadeó, sus caderas levantándose para encontrarse con mi boca, y cuando cerré los labios alrededor de su clítoris y succioné, sus uñas se hundieron en mi cuero cabelludo.

—¡Así, joder!—gritó, moviendo las caderas en círculos desesperados—. Meteme los dedos, Alex. Ahora.

Obedecí, deslizando dos dedos dentro de ella mientras seguía lamiendo. Estaba empapada, los músculos de su vagina apretándose alrededor de mis dedos como si no quisieran soltarlos. Añadí un tercero, curvándolos hacia arriba, y ella gritó, su cuerpo temblando mientras el primer orgasmo la recorría como una descarga eléctrica.

—No pares—suplicó, jadeando—. Por favor, no pares…

Pero yo ya estaba moviéndome, subiendo por su cuerpo hasta que mi verga rozó su entrada. Ella me miró, los ojos vidriosos, y asintió.

—Dame todo—susurró.

Y se lo di.

El primer empujón fue brutal, mi polla abriéndose paso dentro de ella con un sonido húmedo, sus paredes apretándome como un puño. Ella gritó, las uñas arañando mi espalda, pero no me detuve. Salí casi por completo y volví a embestir, más fuerte esta vez, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a mí, cómo su coño se contraía alrededor de mi verga como si nunca quisiera soltarme.

—¡Más!—exigió, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura—. ¡Dame más, hermano!

Esa palabra—hermano—me llevó al límite. La agarré de las caderas y la voltee, poniéndola a cuatro patas frente a mí. Su culo redondo y firme estaba allí, esperando, y cuando le di una nalgada, el sonido resonó en la habitación como un disparo.

—¡Ah, mierda!—gritó, pero se arqueó más, ofreciéndoseme.

No la hice esperar. Me hundí en ella de nuevo, esta vez desde atrás, sintiendo cómo su vagina me apretaba de una manera diferente, más profunda. Cada embestida la hacía gemir, sus manos agarrando las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

—Voy a correrme—jadeé, sintiendo el orgasmo acercándose como un tren—. No puedo…

—Sí puedes—dijo ella, mirando por encima del hombro, sus ojos verdes brillando con lujuria—. Córrete dentro de mí. Lléname.

Eso fue todo lo que necesité. Con un último empujón, me enterré hasta el fondo y dejé ir, mi semen brotando en chorros calientes dentro de ella mientras un gemido gutural se escapaba de mi garganta. Paulina gritó, su propio orgasmo sacudiéndola mientras su coño se contraía alrededor de mi verga, milkándome hasta la última gota.

Colapsamos sobre la cama, sudorosos, jadeantes, nuestros cuerpos aún unidos. Ella se giró hacia mí, pasando un dedo por mi pecho, dibujando círculos alrededor de mis pezones.

—Esto no puede ser la última vez—murmuró, su aliento caliente contra mi piel.

—No lo será—prometí, besando su frente.

Ella sonrió, esa sonrisa pícara que siempre me metía en problemas.

—Cuando sientas ganas—dijo, mordiéndome el lóbulo de la oreja—, avísame. Y lo haremos de todas las formas que se te ocurran.

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