—Buenos días, jóvenes —nos dijo una señora de la sierra de Oaxaca.
Venía ofreciendo ricos tamales. Y sí que se veían ricos. Y no hablo de los tamales precisamente.
Traía unas enaguas largas, un chal, trenzas. Muy buen cuerpo. Y pechonalidad. De esas que no se esconden por más que ella intente taparse.
—¿A cómo las das? —le preguntamos bromeando mis amigos y yo.
Éramos cuatro militares. Llevábamos tres meses en la sierra. Tres meses sin nada. Y María, con su andar cadencioso y su sonrisa… ya se imaginarán.
Pero ella no era ninguna ingenua.
—Ustedes siempre tan ocurrentes —respondió, soltando una risa baja—. Los tamales están a veinte. Las caricias… cuestan más.
Nos quedamos callados.
—¿Y cuánto cuestan esas caricias? —pregunté yo.
María se acercó despacio. Apoyó una mano en mi hombro, se puso de puntitas junto a mi oreja.
—Depende de qué tanto quieran jugar —susurró.
—Suban al cuartel —dijo ella—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Yo pongo las reglas. Ustedes las siguen. Si alguien hace algo que yo no diga, se acaba el juego y me voy con mi dinero. ¿Trato?
—Trato.
—Y nadie se viene sin mi permiso. El primero que se adelante… se queda mirando.
—Trato.
—
Subimos los cuatro detrás de ella. Dentro del cuartel, cerró la puerta.
—Quítense la ropa —ordenó—. Toda.
Nos desnudamos. En segundos estábamos los cuatro en fila. María nos miró despacio, mordiéndose el labio.
—No está mal —dijo—. Vamos a ver si saben usar esas cosas.
Se quitó el chal. Luego la blusa. Luego las enaguas. Cuando quedó en ropa interior, se detuvo.
—Quítamelo tú —le ordenó al más joven—. Con los dientes.
Él obedeció. Cuando la tela cayó al suelo, ella quedó desnuda. Cuerpo de diosa. Todo en su lugar. Firme. Y una puchita peludita, rica, ya brillante.
—¿Les gusta? —preguntó, abriendo las piernas.
—Sí.
Se sentó en la mesa, apoyó los talones en el borde, y abrió las piernas.
—El primero que quiera probar —dijo—, que se acerque. Con la lengua. Nada de dedos.
El más ansioso se arrodilló. María lo agarró del pelo.
—Lento —ordenó—. Lamé toda. Recórreme bien.
Él lamía como si se fuera a acabar el mundo. María movía las caderas contra su cara.
—¿Sabe rico? —preguntó.
—Sí —respondió él.
—¿A qué sabe?
—A mujer.
—A mujer caliente —corrigió ella—. A coño hambriento.
—
El segundo se lanzó con más técnica. María gemía más fuerte.
—Así me gusta —dijo—. Ese soldado sí sabe comer.
El tercero se puso detrás de ella y le mordió el cuello. Ella gimió.
—Usted —me dijo a mí—. Venga.
Me acerqué. Me tomó de la nuca y me guió hacia sus tetas.
—Chúpamelas —ordenó—. Las dos. Lámelas, succiónalas.
Me hundí entre sus tetas. Firmes. Calientes. Chupaba un pezón y ella gemía. Cambiaba al otro y ella apretaba mis nalgas con los pies.
Pasaron los minutos. María nos fue rotando. Su sexo sonaba húmedo.
—Ya —dijo—. Ya me mojé suficiente. Ahora quiero vergas.
Se arrodilló frente a nosotros y tomó dos a la vez, una en cada mano.
—Miren cómo se ponen —dijo—. Ya están llorando, los muy perros.
Nos la chupó a todos. Uno por uno. No por mucho tiempo, solo el suficiente para dejarnos temblando.
Después se levantó, se limpió la boca y señaló la mesa.
—El que quiera estrenar esto —dijo—, que se ponga en la fila. Pero se van a turnar. Nadie se viene adentro sin que yo diga.
Yo fui el primero. Entré de una sola vez. Estaba caliente, apretada, empapada.
—Así —gimió ella—. Duro. Pero no muy rápido.
Empecé a moverme. Me corrí. Me salí rápido, como había ordenado.
El segundo duró menos de un minuto. Ella se rió.
—La próxima duras más.
El tercero la puso de perrito. Ella gemía, pero no pedía nada. Exigía.
—Más profundo —ordenó—. Así. ¿Sientes quién manda aquí?
—Tú, María.
—Claro que yo. Ustedes son míos. Mis soldaditos. ¿Entendiste?
—Sí, María.
El cuarto la levantó en vilo. Ella se movía arriba y abajo mientras él la sostenía.
—Eres una perra rica —dijo él.
—Y tú un perro obediente —respondió ella.
—
Cuando terminaron todos, María se quedó sentada en la mesa, con las piernas abiertas, brillante, sonrojada.
—¿Eso fue todo? —preguntó—. Pensé que cuatro militares durarían más.
No supimos qué decir.
—La próxima vez —dijo, mientras se limpiaba—, traigan más energía. Y más dinero.
Se vistió despacio. Nos miró uno por uno.
—El servicio se los dejo en… todo lo que traigan en la cartera.
Vaciamos los bolsillos. Ella contó, guardó todo.
—Un placer hacer negocios con ustedes —dijo, y antes de irse, me dio un beso lento en la boca—. Tú eres mi favorito. La próxima te guardo un tamal.
Salió caminando despacio, moviendo las caderas, con su bolsa llena.
Nos quedamos los cuatro sentados en el suelo, viendo nuestras carteras vacías… y sonriendo.
—¿Ustedes volverían a pagar? —preguntó el joven.
—Sin pensarlo.
—
Fin
Tg: @DulxeErotixa