El viaje era largo: ocho horas de bus hasta un pueblo perdido en la montaña por trabajo. Salí de noche. El bus grande, casi vacío. A medida que avanzábamos, la gente iba bajando en paradas intermedias hasta que solo quedamos dos: yo y una mujer sentada varias filas adelante.

Yo me había acomodado en los asientos del fondo; ahí podía estirar las piernas, con mi sudadera gris y el pantalón de chándal suave. Tenía el celular en la mano, mirando fotos de minas. La pija ya se me había parado a medias, marcándose clarito bajo la tela floja.

La única que quedaba era Rosa, una campesina de unos 45 años. Bajita, con curvas pesadas, tetas grandes que se movían bajo una blusa vieja de flores desteñidas, caderas anchas y un culo redondo que se notaba incluso sentada. Piel morena curtida por el sol, trenza larga con canas y una sonrisa amable que te desarmaba.

Se levantó para ir al baño. Al volver se paró frente a mí. Sus ojos bajaron directo al bulto un segundo, se mordió el labio y no disimuló.

—¿Le molesta si me siento un ratito aquí? Ya no aguanto el silencio… y me da cosa ir solita en ese puesto.

—Claro —le dije.

Se sentó pegada a mí. Me llegó de golpe el olor cálido: jabón barato de lavadero mezclado con sudor de mujer del campo, un olor fuerte y real que me puso más duro. Hablamos de soledad. Los dos solteros hacía rato: yo un año, ella tres desde que se le murió el marido. Nadie la había tocado en todo ese tiempo y se sentía fea, olvidada.

Yo veía cómo le echaba miradas disimuladas a mi entrepierna. Los ojos se le oscurecían. De pronto, con voz bajita y ronca, dijo sin vueltas:

—Ay, mijo… se te nota tenso del viaje. Déjame bajarte esa presión… empiezo por la pierna, ¿sí?

—Claro, gracias —le contesté.

Me miró a los ojos mientras hablaba de que no me preocupara, que siendo joven y guapo iba a encontrar a alguien pronto. Pero la mano ya estaba sobándome el muslo, subiendo despacio, cada vez más cerca. Pasó los dedos por encima del glande, casi sin tocar, como probando. Luego empujó un poco más fuerte y se le escapó un suspiro. Con las mejillas rojas se disculpó:

—Ay, perdóneme, joven… es que está muy grande. —Bajó la mirada y lo miró fijo—. Y se ve tenso… déjeme masajearlo bien, por favor. Para que se sienta mejor.

Empezó a frotarme la polla por encima del chándal. Al sentir el grosor real, soltó un gemido bajito, casi un gruñido de emoción:

—Puta madre… qué pija tan gruesa… se siente pesada… nunca había agarrado una así.

Yo estaba tieso, sin moverme.

Apretaba suave pero firme, subía y bajaba la mano, sintiendo cada vena a través de la tela. La respiración se le aceleraba, los dedos le temblaban. El roce de la mano contra el pantalón sonaba suave pero obsceno en el bus silencioso.

—¿Puedo verlo? —susurró, con la voz temblorosa—. Solo verlo…

Asentí.

Bajé el elástico del chándal y la saqué. Se quedó quieta un segundo, con las manos en sus muslos, mirando fijo. Recorría con los ojos el tronco grueso, las venas marcadas, el glande ya brillante. Se le escapó un suspiro largo.

—¿Puedo… tocarla, mijo? —preguntó bajito, como pidiendo permiso para algo prohibido.

Asentí. Sentí sus dedos callosos rodeándola con cuidado al principio, apenas rozando. Luego cerró el puño, presión firme, ritmo lento. De repente paró. Con índice y pulgar empezó a bajar el prepucio despacio. El glande salió terso, rosado, sensible. Soltó un jadeo entrecortado.

—Dios… qué hermosa está… —murmuró para sí misma.

Me miró a los ojos:

—¿Puedo probarla? Solo un poquito… por favor.

Asentí.

Primero la olió profundo, como saboreando el olor a macho. Luego la restregó contra su mejilla caliente. Depositó un beso suave en la punta, luego otro más largo, dejando saliva brillante. Sacó la lengua y empezó a lamer la corona en círculos lentos. El calor húmedo de su boca me volvió loco.

—Ay… qué pesada… nunca había visto una tan grande. Tu novia debió estar re contenta… relájese, se nota que tiene mucho acumulado… tranquilo…

Lamió el glande despacio, saboreando el presemen con gemiditos. Se metió solo la cabeza y chupó suave, como si quisiera sacarle todo: lengua girando, lamiendo la ranura. El calor era brutal.

De pronto cambió. Se entregó entera. La boca se volvió un hueco caliente y húmedo. Succionaba rítmico, profundo. La timidez se fue y salió el hambre de años sin tocar.

El olor se puso intenso: su jabón barato, mi olor a verga dura, sudor, saliva. Veía su cabeza subir y bajar, los ojos oscuros mirándome de reojo, brillantes de lujuria. Las mejillas se le hundían con cada chupada.

Una mano me apretaba el muslo fuerte, como anclándose. La otra bajó a mis huevos, sobándolos suave pero con ganas. Sentí cómo se apretaba los muslos, cómo metía una mano bajo su falda y se tocaba el coño mientras me chupaba, gimiendo con la boca llena.

El bus se llenó de sonidos húmedos: slurp, glup, slurp. En un movimiento se la metió hasta el fondo. Su nariz tocó mi vientre. Se le escapó una arcada leve, más saliva salió a chorros por las comisuras, pero no paró. Siguió tragando, moviendo la cabeza rápido, chupando fuerte. Hilos gruesos de baba corrían por mi pija, por los huevos, mojando el asiento y el borde de la sudadera. El sonido era puro vicio: “slurp… glup… mmmmm…”.

Una mano me pajeaba la base rápido, la otra me apretaba los huevos con cariño pero firme. El calor de su garganta, la presión, la lengua… todo demasiado rico.

Cada vez que la sacaba para respirar, me miraba con ojos vidriosos y decía bajito:

—Qué rico sabe… me encanta

De pronto levantó un poco la cabeza, con la pija todavía adentro, y susurró ronca:

—No se preocupe, mijo… córrese cuando quiera… no me dé pena, Déjese ir.

Eso me rompió. El orgasmo llegó como un golpe. La polla palpitó fuerte y exploté: chorros gruesos y calientes directo al fondo de su garganta. Rosa gimió fuerte “Mmmmmmm… sííí…” y tragó con avidez, contrayendo la garganta, ordeñándome con la boca y las manos. Se le escapó un pequeño atragantamiento, pero siguió tragando sin soltar una gota. El sonido de su tragar era húmedo y sucio.

Cuando terminé, siguió chupando suave unos segundos más, sacándome hasta la última gota espesa. Luego la sacó despacio, la besó en la punta con ternura, la limpió con la lengua y la metió de nuevo bajo el chándal, acomodándola como si fuera algo valioso.

Se limpió los labios con el dorso de la mano y me sonrió, con esa dulzura infinita pero ahora con los ojos todavía brillantes de deseo.

—Gracias… qué abundante su leche, mijo. Me hizo muy feliz. Hace tanto que no hacía esto…

No se movió. Se quedó pegada a mí, cabeza apoyada en mi hombro, mano descansando con cariño sobre mis bolas. El calor de su cuerpo, el olor de su pelo y el vaivén del bus me adormilaron. Me dormí profundo con ella al lado, sintiendo su respiración tranquila y el recuerdo de esa boca caliente todavía latiendo en mi pija.

Cuando desperté dos horas después en la terminal, ya no estaba. Solo quedó el pantalón mojado de saliva, el olor a jabón en mi sudadera y el recuerdo de la mamada más rica, húmeda, sucia y cariñosa que me habían dado en la vida. He vuelto varias veces a ese pueblo con la esperanza de cruzármela otra vez y devolverle el favor como se merece, la vi una vez dese la ventana y la segui, pero esa es otra historia.