Capítulo 1
- Devorado en el Príncipe – Cruising Gay XXX Sin Límites
- Orgía Raw en el cuarto oscuro – Los Habituales
- Glory Holes Sin Fin y Bukkake Final – Ahogado en Leche y Pis
Capítulo 1: La Ronda Infernal en el Charco Pegajoso
Llegué al Príncipe pasadas las 2 de la mañana, hora pico cuando el antro ya huele a derrota y vicio acumulado. Calle estrecha en Santiago Centro, puerta discreta que cruje al abrirse, pago las lucas y me dan la entrada con una toalla raída que apenas tapa. Me desnudo en el vestuario mugriento, piso pegajoso bajo los pies descalzos, y entro directo al infierno.
El olor me golpea primero: sudor rancio de axilas peludas que no se lavaron en días, bolas fermentadas, poppers quemando las fosas nasales como ácido, y esa nube densa de lechaza fresca mezclada con pis seco de algún weón que se corrió en el piso antes. Camino por el pasillo angosto, manos anónimas ya saliendo de las sombras para tocarme el culo, abrirme las nalgas, meter dedos mojados sin preguntar.
Entro a la sala de películas. Pantalla gigante con porno hardcore: un culón siendo reventado por vergas sin condón. Doce tipos sentados, toallas abiertas, pajeándose lento. Me arrodillo en el centro, en el charco pegajoso de baba, precum, semen viejo y pis. El piso está tibio, viscoso, se me pega a las rodillas raspadas.
Se me acercan 8 vergones maduros de una. La mayoría con panzas colgantes, vello negro por todo el cuerpo, pijas gruesas venosas goteando precum constante. No hay turno, es jauría pura. El primero —gordo, barba canosa, olor a macho de dos días— me agarra las orejas como manijas y me mete la pija hasta las bolas de una embestida brutal. Las bolas peludas y sudadas me golpean la barbilla tan fuerte que se me enrojece, me deja moretones. Saca para que respire y me escupe en la boca abierta: “Abre más, puta tragona, que te vamos a inundar de leche ajena”.
Mientras me folla la cara como agujero cualquiera, los otros se pajean alrededor, cabezas calientes rozándome sienes, mejillas, frente, dejando rastros viscosos de precum que se mezclan con mis lágrimas de arcadas y excitación. Uno me agarra el pelo con violencia, echa la cabeza atrás y apunta como cañón: “¡Toma, perra, abre ese pozo sucio!”.
El primero se corre sin aviso: saca de golpe y descarga chorro grueso, amarillo-blanco, espeso como yogur rancio directo al fondo de la lengua. Impacto caliente, sabor amargo-metálico que quema. Trago por instinto, pero antes de cerrar, el segundo acelera y me cruza la cara: chorro potente que me pega en el ojo izquierdo, cierra el párpado con costra pegajosa, chorrea por la nariz mezclándose con mocos, baja a la boca donde choca con el primero. Los chorros se desbordan por comisuras en hilos largos hasta los pezones.
Tercero y cuarto al mismo tiempo: uno me agarra la mandíbula (siento crujir), obliga a abrir más y mete profundo mientras pulsa y se corre adentro —chorros calientes disparando al esófago, obligándome a tragar sin parar, gorgoteo, burbujas de semen y saliva salen por la nariz como si me ahogara en leche—. Los de los lados descargan: uno pinta frente y pelo (hilos gruesos colgando como telarañas pegajosas, empapando el cabello hasta pegarse como casco), otro baña barbilla y cuello en cascada blanca brillante.
Quinto y sexto llenan la boca rebalsada: semen espeso cayendo al piso en charcos que se unen a la mugre. Séptimo me frota la pija sucia por nariz y labios para “limpiarse” antes de soltar chorro final que fuerza más desborde. Octavo abre la boca con dedos, mete lengua para revolver la mezcla de 8 sabores (amargo, ácido, cremoso, salado), y se corre adentro mientras los demás escupen encima —escupitajos calientes con semen, marcándome como territorio.
Tuve que escupir un poco para respirar: tosí chorro de semen con flemas, salió en hilos largos al piso. Pero tragué lo que pude, estómago hinchado, pesado como bomba de leche. Sabor pegado en lengua por horas: salado-amargo-metálico, cremoso, ácido. Olor impregnado en piel, pelo, nariz —mañana seguiré oliendo a semen de 8 machos crudos.
Cara destruida: ojo izquierdo pegado con costra seca, pestañas con grumos, pelo como casco empapado y pegajoso, barbilla y cuello brillando en capas secas. Rodillas raspadas en el charco, irreconocible.
Con voz rota, ronca, entre arcadas miro arriba y digo: “¡Más, hijos de puta! ¡No paren! ¡Quiero que me corran adentro mientras me mean la cara, que mezclen pis caliente con leche en mi boca! ¡Úsenme brutal, márquenme hasta que amanezca!”
Ya vienen otros tres, pijas semi-duras volviendo a pararse al verme así: cara marcada de puta, boca hinchada roja, semen goteando de todas partes. Uno se pajea apuntando al pelo, otro frota pija goteante por labios, tercero abre boca y revuelve lo que queda.
Sigo de rodillas, boca abierta, listo para la segunda ronda. El Príncipe no te deja ir limpio. Te rompe, te llena, te hace volver pidiendo más vicio sucio.