Capítulo 6
Jessica terminó de limpiar y colocar el último libro en su lugar correspondiente. Se guiaba por las grandes letras doradas que distinguían cada columna: la “A” para autores antiguos, la “R” para textos religiosos, la “E” para erótica clásica… Subió y bajó la escalerita varias veces, sabiendo que cada vez que se agachaba su microfaldita blanca se levantaba por completo, dejando su culo gordo y redondo completamente expuesto, la tanguita blanca hundida entre los cachetes y su coñito rosado brillando ligeramente por la humedad acumulada.
A las 11 en punto, Natalia apareció puntual. Al verla bajando de la escalera, Natalia soltó un suspiro de deseo.
—Jess… ven, acompáñame.
La tomó de la mano y la llevó hasta un cubículo privado polarizado en una esquina apartada de la biblioteca. Apenas cerraron la puerta, Natalia no pudo contenerse más. La empujó suavemente contra la pared y le dio un beso profundo, anhelante, lleno de lengua. Sus manos bajaron directo al culo gordo de Jessica, apretándolo con fuerza, separando los cachetes por encima de la tela.
—Lo siento, Jess… pero desde que te vi esta mañana en ese uniforme blanco no aguanto el deseo —jadeó contra su boca—. Aunque si no quieres…
Puso cara de cachorrita triste, ojos brillantes.
Jessica sonrió con ternura, le levantó la carita con ambas manos y le susurró:
—Adelante, Natalia… soy tuya.
Le plantó un beso aún más profundo, lenguas enredándose con ganas. Natalia la tomó en brazos y la sentó sobre el escritorio grande del cubículo. Le levantó las piernas, le bajó la tanguita blanca de un tirón y la dejó colgando de uno de sus tacones. Sin perder tiempo, se arrodilló entre sus muslos torneados y atacó su vulva con hambre.
Primero pasó la lengua plana por toda la hendidura, desde el ano hasta el clítoris, saboreando los jugos dulces que ya chorreaban. Jessica soltó un gemido largo, arqueando la espalda. Natalia separó los labios gorditos con los dedos y hundió la lengua dentro del coño, follándola con movimientos rápidos y profundos, girando, succionando las paredes internas. Luego subió al clítoris hinchado, lo rodeó con la punta de la lengua, lo chupó con fuerza y lo vibró rápido.
—Ahhh… Natalia… sí… —gemía Jessica, agarrándole el cabello.
Natalia levantó la mirada, labios brillantes de jugos.
—Al parecer ya hiciste tu primer servicio… felicidades, Jess.
Y volvió a atacar con más ganas. Metió dos dedos en el coño mojado, curvándolos para masajear el punto G mientras succionaba el clítoris sin piedad. Jessica empezó a temblar, las tetas rebotando dentro del escote blanco, pezones duros marcándose contra la tela. Natalia aceleró los dedos, follándola con ritmo constante y fuerte, el sonido húmedo “schlick-schlick-schlick” llenando el cubículo. Cuando sintió que Jessica estaba al borde, chupó el clítoris con fuerza y lo vibró con la lengua.
Jessica explotó en un orgasmo intenso. Su coño se contrajo alrededor de los dedos, chorros calientes de jugo femenino salpicaron la boca y la barbilla de Natalia, quien tragó todo lo que pudo, gimiendo de placer.
—Qué delicia, Jess… tan rica, tan dulce… —susurró, lamiendo cada gota que escapaba.
Jessica quedó jadeando, piernas temblando, coño palpitando y brillando. Natalia se levantó, le subió la tanguita con cuidado, le acomodó el vestido y le dio un beso suave en los labios, compartiendo su propio sabor.
—Vamos, preciosa. Te llevo al comedor.
Salieron de la mano. Mientras caminaban por los pasillos, varias compañeras las veían y comentaban con sonrisas pícaras:
—Qué bonitas se ven juntas…
—Jess, ese uniforme blanco te queda de infarto…
—Se te ve la cara de recién corrida, nueva… ¡qué rica!
Algunos chicos también pasaban y les lanzaban comentarios juguetones que ponían a Jessica roja como tomate.
El comedor era un salón espectacular: techos altos con lámparas de cristal, mesas largas de madera noble con manteles blancos impecables, sillas tapizadas en terciopelo crema, pisos de mármol brillante. Al fondo, una cocina abierta de lujo donde el personal recogía su comida por turnos: bandejas de plata con frutas frescas, jugos naturales, huevos benedictinos, arepas rellenas, carnes a la plancha, ensaladas gourmet, postres franceses y café aromático. El olor a comida recién hecha era delicioso.
Pero al llegar, no había fila para la comida… había una fila de personas esperando específicamente a Jessica. Unas 25 chicas y 15 chicos del personal, todos uniformados o parcialmente desnudos, formaban una línea ordenada. Natalia sonrió con picardía.
—Mira, como eres nueva, todos tienen derecho a darte la bienvenida cálida. Por tradición, pueden tocarte y besarte durante un minuto cada uno. Te toca aguantar, Jess.
Natalia se separó un poco, sacó un cronómetro y gritó:
-Iniciemos!!
La primera fue una chica morena de tetas enormes. Se acercó, le dio un beso profundo y apasionado, metiendo lengua mientras le apretaba las tetas por encima del vestido. Le pellizcó los pezones con ganas hasta que Jessica gimió en su boca. El minuto pasó y Natalia dijo “¡Siguiente!”
Luego una rubia atlética que la besó más suave pero le metió la mano directamente bajo la falda, frotándole el coñito aún sensible por el orgasmo de Natalia. Dos chicos siguieron: uno más posesivo la agarró del culo con fuerza, la pegó contra su cuerpo duro y la besó como si quisiera follarla ahí mismo, frotando su verga dura contra su vientre. El otro fue más tierno pero le chupó el cuello y le metió dos dedos bajo la tanguita, follándola despacio mientras la besaba.
Una tras otra fueron pasando. Algunas chicas eran más pasionales y le mordían los labios, le chupaban la lengua, le apretaban el culo gordo. Los chicos eran más posesivos: uno la levantó un poco y le frotó la verga contra el coño por encima de la tanguita, otro le bajó el escote y le chupó las tetas con hambre durante todo su minuto. Jessica gemía, jadeaba, las piernas le temblaban. Sus labios se hincharon y enrojecieron por tantos besos, dándole un aspecto aún más sexy y follable.
Después de casi 40 minutos de besos, toqueteos, pellizcos y roces, Natalia finalmente gritó “¡Último!” y la fila terminó.
Jessica quedó exhausta, labios hinchados y rojos brillantes, el vestido arrugado, la tanguita empapada, las tetas marcadas con leves mordidas y el coño palpitando de tanta estimulación. Pero se veía más atractiva que nunca.
Finalmente se sentaron a comer: Jessica, Natalia, dos chicas más (una morena llamada Sofía y una asiática llamada Mei) y Charlotte, la rubia altanera. La mesa estaba llena de platos deliciosos. Entre risas y pláticas, Jessica contó su primer servicio con el funcionario de la iglesia. Las chicas la felicitaron entre carcajadas y comentarios subidos de tono.
—Qué rápido empezaste, Jess…
—Ese culo blanco debe haberlo vuelto loco…
—Bienvenida al club, nueva.
Comieron con gusto, charlando, riendo y tocándose de vez en cuando por debajo de la mesa con cariño.
Al terminar, Natalia la tomó de la mano.
—Por hoy y por tu bienvenida, ya fue suficiente. Vamos a tu cuarto.
La llevó hasta la habitación, le dio un último beso suave y se despidió.
Jessica se quitó el uniforme blanco, quedó completamente desnuda y apenas tocó la cama cayó profundamente dormida… con una sonrisa amplia y satisfecha en los labios.
Jessica despertó alrededor de las 2:30 de la madrugada. Había dormido profundamente, como un bebé. Alguien había entrado en silencio a su habitación mientras dormía: la cubrió con una sábana suave de algodón egipcio y le dejó una bandeja grande en la mesita de noche, todo tapado con campanas plateadas. Junto a la bandeja había una nota escrita con letra bonita:
“No te vimos en la tarde, así que trajimos de todo un poco para cuando despiertes, guapa.
Come rico y descansa.
Atte. Natalia y compañía.
Jessica sonrió con ternura, sintiendo un calorcito en el pecho. Se incorporó desnuda, las tetas rebotando suavecito, y destapó la bandeja. Había un verdadero festín:
Arepas calientitas rellenas de queso guayanés derretido y carne mechada jugosa.
Un plato de ceviche fresco de camarón y pescado blanco con limón, cilantro y cebolla morada.
Pollo a la plancha con salsa de mango y ají dulce.
Una porción generosa de patacones crujientes con guacamole cremoso.
Postre: tres profiteroles rellenos de crema pastelera y chocolate caliente, más una copa pequeña de fresas con nata.
Jugo de maracuyá frío y un vasito de agua con limón y menta.
Se sentó desnuda en la cama y comió despacio, saboreando cada bocado como si fuera el primero en meses. La arepa estaba crujiente por fuera y suave por dentro, el queso se estiraba en hilos calientes cuando mordía. El ceviche explotaba en su boca: ácido, fresco, picante justo. El pollo se deshacía, la salsa de mango era dulce y ligeramente picante. Cada fresa con nata era una explosión de dulzor cremoso. Comió todo con gusto, lamiéndose los dedos, sintiendo cómo su estómago se llenaba de placer real y no solo de supervivencia. Cuando terminó, se recostó un rato para hacer digestión, acariciándose la barriguita satisfecha.
Después prendió la pantalla enorme que colgaba del techo. Había cientos de canales: deportes, películas de Hollywood, series turcas, noticias internacionales, canales eróticos explícitos (uno mostraba a dos chicas lamiéndose mutuamente, otro un trío hardcore), plataformas de streaming que nunca había visto (algunas asiáticas, otras europeas con subtítulos). Pasó casi una hora haciendo zapping, sorprendida y feliz, recordando cómo en Venezuela soñaba con tener aunque fuera una televisión normal.
Pero el cuerpo le pedía más relajación. Recordó la tina gigante de aguas termales en el baño compartido. “A esta hora debe estar vacío”, pensó. Se levantó, se envolvió solo con una toalla blanca suave que apenas le cubría las tetas y la mitad del culo, se puso las sandalias y salió al pasillo desierto.
El baño compartido era un paraíso de mármol blanco y vapor. En el centro había una tina enorme, casi piscina, con agua termal natural burbujeante. El vapor subía suavemente, iluminado por luces tenues doradas. No había nadie.
Jessica sonrió, se quitó la toalla y la dejó en un banco. Desnuda, bajó los escalones de la tina. El agua caliente la envolvió primero en los tobillos, luego en las pantorrillas, muslos, coño… y finalmente subió hasta cubrir sus tetas. Soltó un gemido largo de placer puro. El calor penetraba en sus músculos cansados, relajaba su coñito aún sensible, aflojaba la tensión de su espalda y culo. Se hundió hasta el cuello, apoyó la cabeza en el borde y cerró los ojos, dejando que el agua termal masajeara todo su cuerpo. Se sentía en el cielo.
Estaba tan relajada que no escuchó cuando dos chicos entraron en silencio.
Uno de ellos se deslizó al agua con cuidado para no hacer ruido. Jessica abrió los ojos de golpe.
—Disculpa… no quería molestarte en tu descanso —dijo el primero, voz grave y amable—. Por eso traté de no hacer ruido.
—Siempre eres muy ruidoso, Iván —se burló el segundo, que ya estaba dentro del agua sin que ella se diera cuenta.
Ambos se quedaron en la orilla opuesta, respetando su espacio. Jessica solo alcanzaba a ver sus torsos fuertes y mojados: uno más hinchado y musculoso por levantar pesas (pecho ancho, brazos gruesos), el otro más definido y marcado por cardio y repeticiones (abdomen en tableta perfecta, hombros anchos).
—No se preocupen —dijo Jessica sonriendo, aún relajada—. Apenas me di cuenta. Esta agua es deliciosa…
Los chicos se miraron y sonrieron.
—Somos del turno nocturno. Pensamos que no encontraríamos a nadie a esta hora… y míranos aquí los tres.
Jessica soltó una risita pícaramente.
—No se preocupen… está agua es deliciosa. Si gustan pueden acercarse, los veo muy lejitos. Tal vez ya necesite lentes… o es por el agua.
Los dos chicos intercambiaron una mirada y se acercaron despacio hasta quedar uno a cada lado de ella, sus cuerpos fuertes casi rozándola bajo el agua caliente.
Estuvieron así unos minutos, disfrutando del calor en silencio. Jessica, sintiéndose cada vez más cómoda y atrevida, recargó la cabeza en el hombro del chico más musculoso (Iván). Él la acomodó mejor y empezó a acariciarle el muslo por debajo del agua con mano grande y cálida. Jessica se dejó hacer, suspirando de placer.
Pronto el otro chico (que se llamaba Diego) se acercó más. Iván la besó primero: un beso profundo, lento, saboreándola mientras su mano subía hasta apretarle una teta bajo el agua. Jessica gimió en su boca. Diego no se quedó atrás; ella lo llamó con la mano y él se unió. Ahora la besaban alternadamente: una boca tras otra, lenguas enredándose con la suya, mientras cuatro manos la tocaban por todos lados bajo el agua caliente —pellizcando pezones, acariciando el coño, apretando el culo gordo.
La situación se puso candente rápido.
Jessica, con la respiración agitada, salió del agua, goteando. Se subió al banquillo amplio de mármol que rodeaba la tina y se puso en posición de perrito: culo gordo empinado, espalda arqueada, coño y ano completamente expuestos y brillando por el agua.
—Adelante, chicos… soy suya —dijo con voz ronca de deseo.
No tardaron nada.
Iván tenía una verga gruesa y pesada, unos 22 cm, venosa, con cabeza grande y morada. Diego tenía una un poco más larga (24 cm) pero más delgada, curvada ligeramente hacia arriba. Se acomodaron detrás de ella.
Iván fue el primero en penetrarla. Colocó la cabeza gruesa contra su coño mojado y empujó despacio pero firme, abriéndola centímetro a centímetro hasta meterla toda. Jessica soltó un gemido largo y profundo, sintiéndose completamente llena.
—Joder… qué coño tan apretado y caliente… —gruñó Iván, empezando a follarla con embestidas fuertes y profundas.
Diego se puso de rodillas frente a ella. Jessica abrió la boca obediente y se tragó su verga larga hasta donde pudo, chupando con ganas mientras era follada por detrás. Los dos chicos la usaban al mismo tiempo: uno clavándola por el coño, el otro follándole la boca con ritmo. Cambiaron de posición varias veces —Iván en su boca mientras Diego la penetraba, y viceversa—.
Los gemidos de Jessica llenaban el baño: “¡Ahhh… sí… más profundo…!”
Después de varios minutos intensos, Iván fue el primero en correrse. Sacó la verga y le disparó chorros gruesos y calientes directamente en la boca abierta de Jessica. Ella tragó todo lo que pudo, parte le chorreó por la barbilla y cayó sobre sus tetas.
Diego no aguantó más. La penetró con fuerza desde atrás y se corrió dentro de su coño, inundándola con leche espesa y caliente que se desbordó por sus muslos.
Quedaron los tres jadeando.
Con manos delicadas y cariñosas, los chicos la bajaron de nuevo al agua y la bañaron con ternura: le lavaron el cabello, las tetas, el coño lleno de semen, el culo… todo con jabón suave y masajes relajantes.
Jessica, agotada pero feliz, les dio un beso a cada uno.
—Después los invito a mi cuarto… lo prometo.
Tomó su toalla, se la envolvió y salió del baño con una sonrisa amplia y satisfecha, el cuerpo relajado y el coño aún palpitando de placer…