Era un viernes de esos en la oficina donde el aire se pone pesado de rumores y despedidas de soltero. Mi compañero, Andrés, estaba a punto de casarse en dos semanas. Todos sabíamos que era el típico hombre bueno: fiel, enamorado hasta los huesos de su novia, de esas que sube fotos en Instagram con captions cursis. Se notaba que la amaba de verdad. Pero los amigos —los mismos que lo conocían desde la universidad— habían planeado la clásica despedida de soltero con putas, licor y motel. Andrés dijo que no. Rotundo. “No jodan, yo no soy de eso”. Los dejó plantados y se fue a casa temprano.
Yo lo supe porque uno de ellos, el más bocón del grupo, me contó en el pasillo. “Lorena, tú que eres… abierta, ¿no? El man se merece algo. No va a ir con putas, pero un regalito personal…”. Me miraron con esa sonrisa cómplice. Me ofrecieron plata. No mucho, pero suficiente para que me pareciera divertido. Les dije que sí, pero con condiciones: motel pagado, champagne, todo discreto, y que su mujer estuviera distraída con una salida de amigas que ellos mismos organizaron (una cena falsa con las amigas de ella, que estaban en el complot).
El sábado por la noche me disfrazaron de puta de manual: vestido rojo corto y ceñido que apenas cubría el culo, tacones altos, peluca negra larga, maquillaje cargado y un collar de perlas falsas que decía “Feliz despedida, papi”. Me llevaron al motel en el norte, uno discreto con garaje privado y suite con jacuzzi. Andrés llegó pensando que iba a una cena de “amigos tranquilos”. Cuando entró y me vio sentada en la cama con las piernas abiertas, champagne en la mano y una sonrisa de lado, se quedó helado.
—¿Lorena? ¿Qué… qué mierda es esto?
Los amigos aplaudieron desde el sofá, riendo. “¡Sorpresa, cabrón! Tu regalo de soltero, cortesía de la oficina”.
Le expliqué todo con voz suave, acercándome despacio.
—Tienes un gran hogar, Andrés. Se nota que la amas. Mereces un regalo de verdad. No con putas cualquiera… conmigo. Porque yo sí quiero dártelo. Y porque tus amigos saben cómo soy.
Se puso rojo, nervioso, pero no se fue. Le serví champagne. Bebió un trago largo. Los amigos empezaron la fiesta: me pusieron de rodillas en la cama, me bajaron el vestido hasta la cintura y me untaron crema chantilly con chispitas en el culo. Sacaron una velita de cumpleaños pequeña, la encendieron y me la metieron despacio entre las nalgas, como si fuera un pastel humano. Todos cantaron “Feliz cumpleaños” a gritos, aplaudiendo mientras yo estaba desnuda, culo al aire, riéndome como loca, con morbo y alegría pura. Me sentía ridícula y poderosa al mismo tiempo. “¡Qué grandes amigos!”, pensé. Me pagaron bien por ello, y valía cada peso.
La primera prueba fue la más loca: me metieron leche condensada en el culo con una jeringa grande de repostería. Me puse a cuatro patas, riéndome sin parar. Andrés dudó, pero los amigos lo empujaron.
—Dale, parce, come de tu regalo.
Se arrodilló detrás de mí, dudoso al principio. Luego acercó la boca y empezó a lamer. La lengua tibia recorriendo el surco, chupando la leche condensada mezclada con mi piel. Gemí de verdad cuando metió la lengua más hondo, lamiendo sin asco, saboreando todo. Le encantó. Se le notaba en cómo se le endurecía la verga contra los jeans. Los amigos aplaudían y grababan con el celular (solo para ellos, juraron). Yo me reía, contenta, cachonda de verme así: expuesta, usada como postre, pero en control.
Después de eso, los amigos se fueron a la habitación de al lado a tomar y dejar espacio. Nos quedamos solos.
Lo besé despacio al principio. Luego más fuerte. Le bajé el pantalón. Su verga salió dura, gruesa, latiendo. Me arrodillé y se la mamé con ganas, chupando la cabeza, lamiendo las venas, metiéndomela hasta la garganta. Gemía bajito, agarrándome el pelo.
—Tus tetas… joder, Lorena… siempre las miro en la oficina.
Me las apretó, las chupó, las mordió suave. Luego me puso a cuatro patas en la cama. Me corrió el tanga negro a un lado (no me lo quité del todo, solo lo suficiente). Escupió en su mano, me lubricó el culo y me la metió despacio. Gemí fuerte. Me folló inclinado de espaldas, profundo, con empujones firmes. No era violento, pero sí con hambre contenida. Sentía cómo me abría, cómo entraba hasta el fondo.
Se salió antes de venirse. Me giró y me puso de rodillas otra vez.
—Quiero correrme en tu boca —dijo, con voz temblorosa.
Abrí la boca. Se masturbó dos veces y se vino: chorros calientes, espesos, salados. Tragué todo, mirándolo a los ojos. Luego me acerqué y le di un beso profundo, metiéndole la lengua para que probara su propio semen mezclado con mi saliva. Él gimió en mi boca, sorprendido pero excitado.
Después se quedó quieto, jadeando. Me miró como si no pudiera creer lo que acababa de pasar.
—Esto… no sé qué decir.
—No digas nada —le respondí—. Fue tu regalo. Disfrútalo y cásate feliz. Tu mujer no tiene que saber.
Se vistió despacio. Los amigos volvieron, aplaudieron otra vez y le dieron palmadas en la espalda. “¡Bien hecho, cabrón!”.
Yo me quedé un rato más en la habitación, limpiándome, riéndome sola. En mis cuentas y libros mentales, Andrés es gay. O al menos bi reprimido. Le encantó demasiado el beso negro, la lengua en el culo, el sabor de la crema en mi agujero. Demasiado para un hombre “solo hetero”. Pero no tengo cómo demostrarlo, y tampoco me importa. Fue su noche. Fue mi morbo.
Al día siguiente en la oficina me saludó normal, como siempre. Ni una mirada rara. Yo le sonreí de lejos y seguí con mi vida. A veces me escribe por WhatsApp: “Gracias por lo del sábado. Fue… inolvidable”. No respondo. No repito. Me gusta el momento, el secreto, el saber que le di algo que su futura esposa nunca le dará.
Y listo. Un regalo de despedida de soltero. Bien pagado, bien disfrutado. Y bien guardado.