UN AMOR INSUPERABLE

Una historia de fantasía, autoconocimiento y pasión

PRIMERA PARTE

Un amor puesto a prueba

Esta es una historia de lo que ocurre en muchas parejas de nuestro país y del mundo.

Héctor y Mariel, una pareja con 20 años de matrimonio, tienen tres hijos hermosos de corta edad, de entre 2 y 8 años, y un negocio familiar que manejan juntos desde hace más de 15 años. Son una pareja que ha seguido lo más cerca posible las leyes de la vida en pareja, como lo son la fidelidad, el amor, la comprensión, la resolución de problemas, entre otros.

Sin embargo, la más difícil de todas es su vida sexual que, aunque es medianamente buena, ellos luchan para que la intensidad de esta aumente a pesar de los problemas diarios de la vida, como las preocupaciones, el estrés del trabajo y la familia. Tienen un pequeño negocio juntos y pasan tanto tiempo juntos que se conocen más de lo que ellos mismos se conocen, tanto que ya ni siquiera necesitan decirse nada para que uno u otro supieran que algo anda mal o bien.

Es así como realmente empieza la historia de esta pareja, una historia de fantasía y autoconocimiento.

Un buen día, en su trabajo (un taller de publicidad y soldadura), se necesitaba una persona más para apoyar en el taller de soldadura y lograr terminar un trabajo grande que les había llegado en un buen momento. Por ello, emitieron un anuncio para el empleo. Dos muchachos jóvenes respondieron y se les entrevistó, tanto el esposo como la esposa, para que ellos escogieran a uno. Al deliberar cuál era el mejor, el esposo se dio cuenta de que su mujer estaba eligiendo al primero, José. Pero, en tantos años de hacer esto, él notó por primera vez que ella estaba escogiendo a José no solo por su astucia en el trabajo, sino que había algo más, algo nuevo que no había sido antes factor para elegir empleados: tal vez lo agradable que era, tal vez le agradó su físico, o un poco de los dos. Aun así, el esposo pensó que no era nada y se procedió a darle el trabajo.

Al pasar los días, José aprendió muy rápido todo lo que se tenía que hacer en la empresa. Tenía cierta soltura y seguridad al hacer su trabajo, tanto que la “jefa”, como le llamaba José, empezó a elegirlo para darle más tareas, lo que al mismo tiempo significaba que ella pasaría más tiempo con él, ya que le daba las órdenes directas de lo que se tenía que hacer. El esposo, o “el jefe”, como le decían, de nuevo vio un comportamiento extraño en ella, algo que no pasaba desapercibido: la comodidad que sentía al estar con José era muy obvia, la forma en que le hablaba, en cómo se refería a él, el acercamiento físico que mostraban los dos. Esto empezó a encender las alarmas del jefe, pero él solo observaba, suponiendo que no pasaba nada.

Los días de trabajo aumentaban y la cercanía de Mariel con José era más y más evidente, tanto que el marido ya no aguantó más y tuvo que decirle a su mujer lo que parecía o era evidente entre ella y su empleado, ya que, si era cierto o no, la jefa tenía que tener cuidado, pues el resto del personal del trabajo empezaría a hablar y a inventar cosas que no son. Mariel, al escuchar lo que decía su marido, puso una cara de asombro y comentó:

—No me había dado cuenta de mi comportamiento, no es a propósito. Trataré de evitarlo.

Pero, a todo esto, el marido se dio cuenta de que ella nunca negó de ninguna manera lo que esto parecía, solo dijo que lo disimularía más. Esto le sorprendió al marido, pero lo dejó pasar; pensó que tal vez solo le caía muy bien y le daba seguridad en el trabajo, tratando de no ver la realidad, realidad que lo alcanzó al poco tiempo cuando, al llegar al trabajo, los vio de nuevo juntos, pero esta vez muy, pero muy cerca, riendo muy cómodos y sucesivamente. Al entrar el marido, ella esbozó una sonrisa tímida y se alejó de él como para disimular, a lo cual el marido, una vez a solas, le dijo de nuevo:

—¿Qué está pasando, Mariel?

Ella lo negó y solo decía que eran cuestiones laborales, nada más.

Pero lo que más le sorprendió al marido fueron sus propios sentimientos al momento de llegar y verlos tan juntos; esto no se lo dijo a ella, pero, lejos de molestarse, él sintió celos, inseguridad, pero también curiosidad y excitación. Esto para él ya era algo fuera de su alcance el poder manejar, tanto que no volvió a hablar del tema con ella durante semanas mientras lo asimilaba. Al tiempo, él lo supo aceptar en el sentido de que ya llevaban 20 años de casados y que tal vez tendría que darle emoción a su relación, pero de una manera controlada, no con reclamos y peleas, sino tratando de entender, hablando las cosas muy honestamente para que su relación siguiera tan fuerte como siempre. Él sabía que su esposa no llegaría a más por respeto a él, pero también se le notaba el interés hacia este joven que, si no lo hablaban, se le podía convertir en obsesión y entonces sí echar a perder su matrimonio.

Los días pasaban en el trabajo y las cosas no cambiaban: la esposa, siempre amorosa con su marido, pero también atraída por José, hablaban y hablaban de trabajo y, poco a poco, hasta de cuestiones familiares. Es ahí donde el marido dijo:

—Ok, hablaré con ella.

El marido aprovechó un día de poco trabajo y la sentó en su escritorio, él al frente, y comenzó a hablar:

—Mira, mi amor, como te comenté hace unos meses, ¿recuerdas?, cuando te dije que tuvieras cuidado con las apariencias en el trabajo y tu cercanía con José. Esa vez me dijiste que solo eran cuestiones de trabajo, pero, amor, te conozco hace más de 20 años, tenemos una vida juntos y sé cuando alguien te cae mal, te cae bien, pero también cuando alguien te gusta. Y, por más que suene raro viniendo de mí o no me lo quieras decir, sé que José te atrae, en pocas palabras, te gusta como hombre.

Al escuchar esto, Mariel tomó un respiro profundo, como si hubiera sido descubierta en algo prohibido; al principio lo negó, diciendo que solo eran cosas del marido, pero, hasta en su negación tibia, expresaba interés en José. Así que el marido continuó hablando para que se tranquilizara:

—Amor, no te asustes, yo lo sé desde hace tiempo, pero no hay nada de malo en esto, somos personas y tenemos sentimientos. Muchas veces nos confundimos y, si no lo hablamos, entonces sí podemos echar a perder nuestra relación. Yo sé de antemano que me amas, ya que eso no se borra nunca, aunque creamos que sí, pero también sé que, de alguna manera, has creado un lazo con José que no puedes ocultar. Repito, a mí también me han gustado otras mujeres fuera del trabajo y al final es solo eso, yo te amo a ti y nada más que a ti. Así que, si es como te digo, no te preocupes, podemos platicarlo en confianza y no lo tomaré a mal. Es más, si quieres, hasta lo podemos usar como una válvula de salida a lo monótono, como una fantasía que nos ayudará a vivir y sentir de nuevo que estamos vivos, pero siempre hablándonos y conversando del tema.

Al escuchar esto, Mariel quedó atónita, sorprendida, que solo pudo suspirar, pensar un rato lo que escuchó de su marido y dejarlo pasar por unos días. Días que se volvieron incómodos como pareja, ya que ella tenía que digerir que a su marido no le molestaba lo que sucedía entre ella y su empleado y, al mismo tiempo, le daba trabajo aceptar que realmente no podía esconder la atracción que sentía hacia José y de qué manera se lo diría abiertamente a Héctor sin que ella se sintiera mal.

Pasaron unos días y, aprovechando otro día de poco trabajo, ella aprovechó y le dijo a su esposo:

—Ok, Héctor, ahora hablemos de nuevo, vamos a la oficina.

Al llegar a la oficina, los dos se sentaron, uno frente al otro, él con cara ansiosa y pensando cómo tomó ella su última conversación, y ella con cara de que confesaría algo que no tendría vuelta atrás.

Ella comienza:

—Héctor, no sé si realmente lo que me dijiste fue real o no, pero sabes que yo sería incapaz de serte infiel. Tal vez en estos meses aparenté que sí, que fuera capaz de algo así, pero no. Ciertamente, José me cae muy bien, es amable y, en comparación con los otros empleados, es cordial, lo que es raro en ellos. No siento nada serio por él, más que atracción física.

Es aquí cuando el marido tuvo que disimular lo más que podía, ya que no es lo mismo imaginarlo o pensarlo que cuando ya lo escuchas de viva voz de tu propia esposa, que alguien más le atrae físicamente.

Al decir esto, Mariel se le quedó observando a su marido para ver cómo reaccionaría; ella pensó que él se pondría mal o molesto y se decepcionaría de ella, pero, lejos de eso, Héctor, muy pasivamente, le contestó:

—Amor, para empezar, muchas gracias por ser honesta conmigo, ya que decir algo de esa naturaleza no es fácil y eso dice y muestra que me tienes y nos tenemos una confianza enorme. Segundo, es natural que tú, como mujer, también tengas sentimientos de ese tipo, fantasías. El tema es cómo los manejamos. No tengas miedo de decirme nada de estos temas; si me lo guardaras, esto sí podría dañar nuestra relación.

Después de una pausa de ambos, Mariel habla de nuevo, ya con una voz más relajada y más abierta:

—Gracias, amor, por ser comprensible conmigo, espero más adelante poder y saber manejarlo y no decepcionarte, te amo más de lo que crees. De ahora en adelante, te diré todo sin desconfiar o sentir miedo a lo que dirás. Pero, dicho todo esto, me alejaré un poco más de José si es que te molesta de alguna manera, no quiero que esto lastime la relación.

En este momento, Héctor, callado, solo escuchándola, solo pensaba en el tema que él ya le había dicho a ella, que a él no le molestaba si es que ella quería salir con él y tuvieran una aventura. Héctor pensaba si repetirle eso de nuevo, ya que a él genuinamente le excitaba la idea de que ella tuviera una aventura con él, pero estaba seguro de que no lo manejaría de la mejor forma. Entonces pensó: “Si ella fue sincera conmigo, yo también seré con ella”. Entonces le contestó:

—Amor, como te dije antes, no me molesta el hecho de que él te guste. Si quieres, podemos tomar esto como una válvula de descompresión a nuestra relación. Sigue tal cual estás con él, en el coqueteo, en la diversión, etc., y me cuentas cómo te vas sintiendo conforme pasan los días.

Ella, de nuevo un poco incrédula, pero con mirada pícara, le contesta:

—¿En serio, Héctor, no te vas a molestar? ¿Qué tal si avanza esto más de la cuenta y se nos sale de control?

Héctor responde:

—No, para esto es que lo platicaremos, reiteraremos y disfrutaremos de una experiencia excitante. ¿Qué, no te gusta la idea?

Otro momento de Mariel solo viendo con una sonrisa pícara a su marido, y contesta:

—Pues, estaría padre, suena divertido.

Después de esa conversación tan abierta entre marido y mujer, lejos de que algo se rompiera, como suelen decir, más bien algo hermoso nació, algo excitante, emocionante, una flama nueva en una relación de años que estaba en la monotonía, algo que, aunque muy pocos pueden confesar, pasa en muchísimos matrimonios hoy en día.

Las semanas pasaban, Héctor en el trabajo ya se sentía tranquilo y relajado, al igual que su esposa. Ella se notaba no solo más tranquila, sino que más abierta al juego que se habían propuesto.

Por su parte, José también lo notó; él se dio cuenta de alguna manera que su jefa era aún más pegada a él, que lo buscaba por cualquier cosa y le confiaba todo, conversaba más con él de esa manera particular en que la jefa lo hacía, muy pegadita a él físicamente, como a punto de que pasara algo; eso era muy particular de la jefa. José incluso se dio cuenta de que, inclusive delante del jefe, ella le coqueteaba sin que él supiera qué hacer; se incomodaba de la situación, de lo cual marido y mujer solo se reían. José no tardó en pensar: “Si a ellos no les importa, pues a mí tampoco”. Es ahí cuando las cosas subieron de tono.

Ya no importaba del todo y teniendo menos cuidado al qué dirán, José también contribuyó al juego de sus jefes sin querer, aceptando los coqueteos de la jefa, participando en ellos, incluso estando el jefe delante de ellos, entre acercamientos insinuantes, roces coquetos y roces subidos de tono, todos excitados y, al mismo tiempo, disimulados.

Héctor, como siempre, vigilante de que las cosas no incomodaran y que no pasaran a más, hasta que un día él sugirió llevar un poco más allá las cosas. Le propuso a Mariel llevar al extremo las cosas, lo cual Mariel escuchó muy emocionada:

—Amor, ¿y si te lanzas a José insinuándote mucho más a él? Digo, a ver qué pasa o cómo reacciona y después me cuentas cómo te fue, tú decides en el momento si lo frenas o sigues.

Mariel, de nuevo en incertidumbre, pregunta:

—Héctor, ¿de qué hablas? ¿De que demos el paso sin retorno? ¿Sabes de lo que hablas? ¿Y si reacciona mal? ¿Y si yo reacciono mal? ¿Y si él se obsesiona? Y lo peor, ¿y si a mí me gusta?

Héctor, al ver a su esposa con una combinación de nervios, susto y excitación, la calma y le dice:

—Tranquila, amor, solo es un comentario, me pareció interesante. Pero, como te dije, confío en ti y, si acaso pasa eso que no queremos, tú sabrás manejarlo, tú frenas o sigues. Pero, al final, es un juego y, si te sobrepasa, mejor no.

A lo que ella responde:

—No sé, amor, déjame pensarlo. Sí me emociona, pero también me da que pensar, no vaya a ser que después nos arrepentimos. Pero, en caso de que pase, ¿cómo lo propones o qué piensas?

A lo que Héctor le dice:

—No sé, esto sería fuera de la oficina. Pensaba que, como él es herrero, podrías llevarlo a la casa de campo para que viera las rejas de nuestras ventanas y que proponga qué hacer para repararlas. Tú irías sola con él, diciéndole que yo no puedo ir. Así, en el camino, casi dos horas, tendrían tiempo de conversar y tú coquetearle a ver hasta qué tanto se atreve él.

Mariel, con una sonrisa más que pícara, le responde:

—Oye, amor, tú que bien planeas todo. Jajaja, no está mal, déjame decirle a ver qué pasa.

Los días pasaron. Mariel le propone el trabajo en la casa de campo a José, el cual él acepta para ponerse de acuerdo e ir un sábado en la mañana.

El día llega, Mariel, notablemente emocionada, casi excitada, se despide de su marido y de los niños para ir a la cita.

Mariel espera a José en el trabajo y de ahí se van en un carro, José de copiloto, notablemente contento porque iría solo con la jefa. Se atreve a preguntar por primera vez abiertamente:

—Jefa, ¿y el jefe no se molesta que esté yendo solo yo con usted?

A lo que Mariel le responde:

—No te preocupes, José, ya habrás notado que el jefe no es celoso, confía mucho en mí, nuestra relación ya está mucho más allá de los celos.

A lo que José responde:

—Ok, entiendo, su relación es padre, rara, pero padre.

En casa, Héctor solo estaba expectante, nervioso, ansioso, pero emocionado, con toda su seguridad de que nada pasaría más que lo que la esposa eligiera que pasara.

El viaje a la casa de campo comienza, nada raro, solo hablando un poco del trabajo y cosas superficiales. Mariel, nerviosa de comenzar con el coqueteo, no puede; en esta ocasión no sabe cómo, ahora sí están solos. Pero, para su suerte, esta vez José comenzó y le dice:

—Jefa, no se vaya a molestar, pero siempre me han gustado sus labios, tienen una forma muy hermosa que parecen dibujados.

A lo que Mariel, rápidamente, aprovecha:

—Jajaja, no me molesta, gracias, y si te portas bien, te los presto.

José, entre risas nerviosas, solo esbozaba palabras que apenas se le entendían:

—Jajajaja, ya ve por qué me cae bien, jefa, usted es bien relajada, me hace reír.

A lo que la jefa le contesta, también con sonrisa tímida:

—Y te caería mejor si supieras que no es relajo.

En ese momento, José hizo una pausa a su risa y mil cosas le pasaron por la mente: “¿Será en serio lo que me dice la jefa? ¿Cómo le contesto? ¿Será que meses de coqueteos inofensivos ya pasaron a más?”.

Lo único que pudo contestar, entre una risa nerviosa, fue:

—Jajaja, eso me encantaría, jefa.

Se miraron tímidamente y solo se quedaron viendo el camino hasta llegar a la casa; el resto del camino solo seguían mirándose tímidamente.

Al llegar a la casa, Mariel seguía en su papel de que ella dirigiría todo el coqueteo, hasta dónde llegar, qué hacer y qué no permitir para que todo fuera algo emocionante y divertido.

Bajaron ambos del carro y Mariel le dice:

—Mira, estas son las ventanas que dan al exterior, estas son las que queremos que midas y nos des un presupuesto del trabajo. Pasemos y miramos por dentro para evitar el sol.

Mariel, ansiosa de su segundo movimiento, entra y, al empezar a medir, le comenta a José que si necesita ayuda con su herramienta medidora, ella podría ayudarle, a lo que José le comenta:

—Claro que sí necesito ayuda con mi herramienta, y usted puede con ella.

A lo que la jefa, al entender la indirecta y el juego de doble sentido, le dice:

—Claro que puedo con ella, seguro que, si te ayudo, acabarás rapidísimo, así que hazlo tú solo, mejor.

Los dos, ya en risa por sus indirectas, comienzan a acercarse entre miradas retantes muy calculadas. La jefa le dice:

—Ok, ya saca tu herramienta y empecemos de una vez.

Midieron, entre miradas coquetas, tres de las cuatro ventanas; ella ya estaba muy excitada, ya casi sin control, José por su lado también.

José pensó que, si no hacía su movimiento, el tiempo pasaría y ya no haría nada, que, aunque su mente volaba alto y con pasión, con un beso que le diera ese día a la jefa le era más que suficiente.

Por su lado, la jefa pensaba en qué hacer, si darle rienda suelta a la situación o controlarse.

“¡Qué excitación, qué sentimiento tan emocionante! ¿Qué me diría mi marido? ¿Sigue adelante? ¿Solo vive sin apurarte? ¿Controlarte?”, todo eso pasaba en la mente distraída de ella cuando pasó lo que ni ella esperaba.

José se acercó, aprovechando que ella le dio la espalda, la tomó de los brazos, la giró firmemente y le dio un beso, a lo que ella rápidamente se alejó de él, entre asustada, pero queriendo más, y le dijo:

—Oye, eso no se hace…

Después de una pausa pequeña y de la cara de asustado de José, ella continúa:

—Te dije que te los prestaría.

Y, con una sonrisa relajada y coqueta, se le acerca ella a José y, sin que José jamás la viera venir, ella le da lo que para él fue el mejor beso de su vida, un beso entre apasionado y tierno. Y José, mientras se besaban, pensaba:

“No lo puedo creer, yo aquí besando a mi jefa, la mujer más bella que pueda yo conocer. Yo aquí sintiendo los labios carnosos con la forma más bonita que he visto, esto parece irreal”.

Mil cosas hermosas pasaron por la cabeza de José mientras se besaban, mientras que Mariel solo podía pensar hasta dónde debería llegar lo permisible mientras los segundos pasaban, los cuales se convirtieron en minutos, hasta que José se atrevió a algo más. Mariel sintió, mientras se besaban, las manos de José acariciando su espalda, cada vez más y más abajo, hasta llegar a un punto que, si lo dejaba, ella ya no podría decirle no. Se retó a sí misma y dejó que José le acariciara los glúteos; ella, también en excitación lo empuja para que los dos caigan despacio al suelo, el apoyado en la pared queda sentado y la Mariel queda exactamente montada en él. Todo ya era ardiente entre ellos dos, Mariel, vestida con unos leggins apretados, podía sentir el miembro erecto de José en su pantalón, aprovechando esto para hacer movimientos muy suaves y se rocen entre ellos. Y ahí estaban sintiendo sus cuerpos sin poder parar, el beso era eterno mientras ellos se conocían al tacto de sus roces, Mariel a punto de terminar, aceleró sus movimientos, lo tomaba del pelo, acariciándolo apasionadamente, así como sus brazos y su torso, sus leggins a punto de evidenciar lo húmedos que ya estaban. De un beso, habían pasado a la lujuria, hasta que algo dentro de Mariel le hizo reaccionar y pensar que no podía hacer eso en ese momento, no era correcto, así que bajándole a su ritmo se acercó su pecho a José para simplemente abrazarlo mientras la intensidad entre los dos bajaba, ella se separó con una sonrisa de satisfacción mientras le daba un beso que le decía que en ese momento hasta ahí llegarían. Ella sintió que necesitaba asegurarse de no estar traicionando a su marido, necesitaba asegurarse del permiso de Héctor, sin duda alguna.

Ella le dijo a José, mientras se levantaban ambos del piso, con una sonrisa mayúscula, que ya se tenían que ir porque tenía una cita con alguien y lo acababa de recordar. José no le creyó, pero él entendía. Se miraron, se regalaron una sonrisa tierna y subieron de nuevo al carro. En el camino, sabían que algo había cambiado entre ellos, no malo, pero sí diferente; ya no era una relación laboral lo de ellos, sino de amistad y cariño, tanto que ya su conversación subida de tono no les era incómoda, no importaba lo que se dijeran, ya había un acuerdo implícito entre ellos que ya no se callarían lo que ambos sentían y, entre risas tímidas, solo comentaban en tono de broma:

—Jajajaja, oye, José, ¿y qué tal el beso que te di, te sorprendió?

—Jejeje, claro, jefa, no me lo esperaba, realmente pensé que se molestó.

—Ay, José, es que ustedes no entienden de indirectas, hay que ser muy, muy directa con ustedes, no reaccionan.

José, sabiendo a dónde iba esto, hizo la pregunta correspondiente para que la jefa, de una vez por todas, confesara de voz propia que sentía algo por él:

—¿Por qué dice eso, jefa? ¡No entiendo!

A lo que Mariel le responde:

—José, casi desde que te conocí me atrajiste mucho, he hecho movimientos y cosas muy obvias para que tú te dieras cuenta y actuaras, pero pensé en un momento que no te gustaba o algo por el estilo.

—Jefa, claro que no es verdad, a mí me encantó usted desde el primer momento, pero cómo iba yo a pensar que usted, una señora tan guapa, se fijaría en un obrero como yo, aun dándome cuenta de ciertas cosas, no sospecharía de eso, jejeje.

La conversación, ya en confianza, se confesaron cosas que los dos habían sentido en sus coqueteos previos, cosas que les habían hecho sentir emociones nuevas a ambos y fantasías imposibles.

Todo era risa y coqueteos en un gran tramo del viaje de regreso, hasta que Mariel, en un rato de seriedad, le comenta a José:

—José, solo te pido no confundas nuestra relación con algo más serio, yo amo a mi marido, amo a mi familia, tú tienes tu vida ya hecha a tu manera también y yo respeto eso, mantengámoslo así sin ir más allá, me gusta el “juego” que tú y yo tenemos, sigámoslo así.

José, con cara de aceptación y dándose cuenta de que Mariel no dejaría que lo de ellos se acabara, contesta:

—Jefa, yo lo sé, su marido tiene suerte de tenerla, con lo que me dice, se ve que usted es una mujer única, diferente, en sí, como pareja, ustedes dos son únicos, respeto eso.

Al llegar a la oficina, y ambos sin saber cómo despedirse, Mariel se adelanta y le comenta a José:

—Entremos a la oficina, te acompaño a buscar tus llaves.

Mariel solo quería confirmar a José que lo que había pasado entre ellos dos ese día le gustó y querría más de eso, así que, estando en la parte de atrás de la oficina de la jefa, ahí donde los empleados guardan sus cosas, tomó a José de la mano y lo acercó bruscamente a ella, plantándole un beso un poco más que un beso de despedida, solo para dejarlo picado y que él también siguiera buscándola.

—Buen día, José, nos vemos el lunes, ¡cuídate!

José, con su risa característica, contesta:

—Si así me va a tratar siempre, aquí estaré todos los días sin falta aunque esté enfermo, jajaja.

Sonriendo los dos, ya cada quien se va con su familia.

SEGUNDA PARTE

La chispa de la fantasía

Al llegar a casa, Mariel, sonriente y relajada, saluda a su familia, cena, conversan del día que habían tenido ambos, pero reservando lo emocionante para la noche, cuando estuviera ya sola con su marido. Ella, todo el tiempo con una sonrisa coqueta, y él, el marido, ansioso de que le contara qué había pasado con José.

La hora de la cama llegó y, ya acostados cómodos, ella comenzó con una risa al ver a su marido con cara de niño a punto de recibir un regalo:

—Jajaja, amor, ¿estás seguro de que quieres escuchar todo? ¿Tú qué crees que pasó? Jajaja, estás súper ansioso.

A lo que Héctor le dice:

—Mujer, empieza ya, dime, ¿qué pasó, qué hicieron? ¡Dime ya!

Ella, sin más, le contó todo al marido, claro, analizando paso a paso sus reacciones para realmente ver si le afectaba mal o bien.

Mariel, mientras le contaba todo, desde el primer beso hasta el último en la oficina, se dio cuenta de que, lejos de molestarle, él se emocionaba y le excitaba al mismo tiempo. Notó que, si le contaba que sí le hubiera hecho el amor a José, él estaría igual de excitado y no hubiera sentido frustración, traición o coraje. Al ver esto, ella también fue como el permiso que necesitaba, el permiso de que, si una situación se diera de nuevo, ella podía seguir adelante sin remordimientos aunque, clara con sus ideas, le gustaba la situación tal y como estaba, sin que lo de José y ella pasara a más.

Esa noche, Héctor le hizo el amor a Mariel de tal manera que ella sintió a un nuevo hombre, uno que, aun viviendo con él, desconocía. Derramó tanta pasión que ella disfrutó como nunca lo había hecho.

Esa noche, Héctor, al terminar de hacer el amor a su esposa, solo se le quedó viendo con mucha ternura mientras ella dormía y pensó:

“Amor mío, cuánta ternura muestras al contarme tu historia, cuánta vida muestras en cada gesto que haces, tu sinceridad me asombra, no sé si realmente seguirás con esto, pero te veo llena de vida, la cual me transmites y haces que nos amemos más y con mucha pasión, gracias. Espero y confío que lo sabrás manejar, que ambos sabremos manejar. Te amo”.

Al día siguiente, el par de esposos se levantaron radiantes, se dieron los buenos días, hicieron el amor de nuevo y se prepararon luego para ir al trabajo.

Héctor pensaba camino al trabajo de qué forma se comportaría su esposa, ya que, por obvias razones, no sería igual.

Obviamente, al llegar al trabajo y ya envueltos en las tareas del día, Héctor se dio cuenta de que la mirada entre José y su esposa había cambiado; ella lo miraba de manera tímida y él de una manera ansiosa y deseosa.

A Héctor, esta nueva forma de verse, un poco más intensa, lejos de molestarle, le causaba cada vez más y más curiosidad, lo veía como un paso más a esas sensaciones fuertes que llenaban de nueva vida en pareja a ambos, tanto que, cuando José y Mariel cruzaban miradas y el jefe se daba cuenta, él corría junto a su esposa y la besaba con tanta pasión que parecía que le haría ahí mismo el amor, en la oficina y sin cuidado alguno. La jefa lo tenía que parar en seco entre sonrisas y esfuerzo por separarse, ella quería que pasara, pero los escucharían:

—Héctor, ya, tú de verdad te prendes con esto, desearía desaparecer a la gente para que lo hagamos ahora mismo, pero no se puede.

—Mariel, esta vez que lleguemos a casa te lo haré tan fuerte que vibrarán las paredes.

Los dos, entre risas, solo se besaban y regresaban a sus labores.

Ella lo buscaba continuamente como antes y José siempre estaba ahí para ella. Inclusive, había dejado de ir a instalar para estar con ella y los demás hacían el trabajo. Y así, uno de ellos, de los otros instaladores, se dio cuenta de esta situación, empezó a sospechar de tal forma que, cuando veía a Mariel y José juntos, llamaba al jefe como para que el jefe se diera cuenta de que entre su esposa y José pasaba algo. Pero Héctor, obviamente, ya sabía de esto y hacía caso omiso y le decía a su esposa que disimularan un poco más.

Esto fue así, efectivamente disimularon más, dejándose de hablar un poco, dejaron de frecuentarse tanto en la oficina delante de todos. Pero esto encendió más la llama entre los dos; como no podían verse ya naturalmente, Mariel empezó a hablar a José para que se reunieran en la oficina y así poder coquetearse sin que nadie lo notara.

Héctor normalmente también notó que José se metía más y más a la oficina, a veces con pretextos absurdos que solo le daban risa.

Mariel, cada vez más y más metida en esa situación, como es normal, la curiosidad y la fantasía le empezaron a rondar en la cabeza a tal punto que ya le estaba rebasando.

Un buen día de trabajo, aprovechando que su marido salió a comprar materiales y que los muchachos salieron a instalar, dejando a José a propósito para que se quedara a “trabajar” en la oficina, Mariel sabía que tenía al menos 20 minutos a solas con él, 20 minutos que tenía que aprovechar para recordar con José lo que había pasado algunos sábados atrás. Esta vez, sin decirle al jefe, esta vez sería un juego nada más de ella y de José, un juego más peligroso, pero que a la vez la movía más esta vez, el factor del miedo a que su marido la viera in fraganti le encendía algo más grande dentro de ella que la apasionaba enormemente.

José, trabajando en la parte de atrás, sin saber realmente lo que Mariel planeaba, se proponía a limpiar su área cuando ella llegó junto a él:

—José, deja lo que estás haciendo y sígueme a la oficina, necesito hablar contigo.

José, un poco sorprendido por la seriedad de la jefa, le pasaron mil cosas por la mente, pensó tal vez que el jefe ya la “había descubierto” o que tal vez vio algo que lo hizo sospechar. Pero, entrando a la oficina, solo con un movimiento fuerte, la jefa empujó la puerta para que esta se cerrara, pero no alcanzó la fuerza y la puerta quedó entreabierta, lo cual, entre la emoción de lo que pasaría, a la jefa no le importó. José, al ver que la jefa se le paraba a un lado y ya viéndolo de frente, reacciona y pregunta con cara de aún sorprendido y con una risa nerviosa:

—¿Qué pasó, jefa, en qué la puedo ayudar?

José apenas terminó de preguntar eso cuando la jefa interrumpió:

—Cállate, tenemos como 20 minutos solo para nosotros.

Para todo esto, el jefe, y su instinto de marido, reaccionó casi desde que salió a comprar materiales, él sabía que su esposa estaba rara, un tanto seria o tal vez nerviosa, algo así como que haría algo que no tenía planeado del todo.

Héctor se apuró a comprar los materiales lo más rápido que pudo, ocupando apenas 5 o 10 minutos del tiempo que realmente le toma. Aceleró para llegar lo más que pudo al trabajo y tal vez así poder ver qué es lo que tramaba su esposa, claro, él sospechaba, pero esta vez sentía que iría un poco más allá de lo que acostumbraba a ver entre su esposa y José casi a diario. Héctor bajó y silenciosamente entró por la parte de atrás del negocio y se puso en un punto donde se veía exactamente la oficina y se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta, no había mucho ruido, las muchachas al frente no salieron y solo seguían con su trabajo. Héctor se movió un poco para ver bien lo que estaba pasando y ahí estaba, para la mala suerte de Mariel y José, Héctor llegó casi cuando ellos acababan de entrar a la oficina y, por primera vez, vio todo de principio a fin, vio ponerse en frente a José a su esposa, esbozar palabra más, palabra menos, y abalanzarse a él en un beso que los fundió al instante. Héctor, entre incrédulo, ansioso por lo que veía, solo se pudo quedar callado, atónito y observar. Aún incrédulo, y como pasaban los segundos, Héctor solo pensaba:

“A lo mejor solo hará lo de la casa de campo, estoy seguro de que de ahí no pasará”.

Pero no fue así, él vio que tal beso apasionado no frenaba, sino al contrario, avanzaba, vio cómo las manos de su esposa casi tenían vida propia y con cada movimiento le pedía a José que hiciera más, ella lo acariciaba desde el pelo, el torso y la espalda, casi pidiéndole a él que hiciera lo mismo y así fue. José, contestando a esa pasión, empezó también, con fuerza, pero medido, la empujó a la pared y le empezó a besar el cuello. Mariel ya se había dejado llevar en ese momento, Héctor, escondido, casi le podía ver la cara de frente a su esposa, sus jadeos, su respiración excitada, etc. Él pensó que en algún momento, antes de que pasara a más, debería parar, ya que con la puerta abierta y las muchachas al frente, en cualquier momento los descubrirían, pero se dio cuenta segundos después de que eso no pasaría, ambos ya se habían dejado llevar sin pensar en nada más. Fue ahí cuando Héctor pensó:

“¿Qué hago, los debo interrumpir, sería lo adecuado? ¿O solo dejo que pase lo que tenga que pasar?”.

Eso pensaba Héctor cuando un ruido dentro de la oficina los asustó, Héctor, resguardándose un poco más para que no le vieran, se puso en mejor posición para ver y pensó que eso sería suficiente para que ahí terminara su acto, pero no fue así, los dos solo rieron y siguieron, tal vez calculando que aún les quedaba tiempo, siguieron no solo como segundos antes, sino que con más enjundia. A Héctor solo le quedó observar, solo a ver hasta dónde llegarían cuando, de repente, José hizo su movimiento, bruscamente agarró el tirante de Mariel con un movimiento hacia abajo y, sin que tampoco la propia Mariel lo esperara, le descubrió el pecho. Mariel subió la cabeza a los ojos de José, observó a José y le vio la cara de incrédulo y a la vez orgulloso de su movimiento. Héctor, por su parte, al ver esto que José hizo, algo en él estalló, una bola de fuego lo consumió por dentro, sintió una emoción, miedo, ansiedad, pero lo que más sintió fue una excitación que lo empezó a rebasar, sintió con ese movimiento que tal vez era eso lo que él esperaba, sentía que él mismo estaba allá con su esposa viviendo ese excitante momento y solo se quedó paralizado disfrutándolo sin poder hacer más.

Héctor vio cómo su esposa solo miraba a José esos segundos, como diciéndole: “¿Qué esperas? Tómalas”. Y, como si pareciera que José escuchara sus pensamientos, lo hizo, delante del marido de la jefa tomó sus hermosos pechos y los empezó a sentir, José se sentía en la gloria, incrédulo, siguió y siguió en el masajeo de los pechos de la mujer del jefe mientras Héctor solo observaba, ellos se besaban más y más intensamente, José empezó a bajar al cuello, la jefa lo dirigía más y más hacia sus pechos hasta que José por fin logró probar la exquisita piel de tan bella mujer, rozaba con su lengua es pezón húmedo y erecto, él ya no pudo parar de uno pasó al otro ya olvidándose del cuello se concentró en la piel de la jefa que era como un manjar, mordiendo cada uno de sus pezones concentrado para no olvidarlo nunca. José ya perdido en excitación se dejó caer arrodillado mientras le bajaba los pantalones a la jefa y poder probar sus jugos que en ese momento él sabía que salían como fuente, la jefa no puso resistencia, ella ya estaba en las nubes, pero, como mandado por el destino, alguien llamó a la puerta fuertemente, José, con gran frustración, solo pudo ver lo que venía, logró ver la humedad de la jefa pero hasta ahí llegó, un cliente que venía por sus trabajos, tan fuerte llamó que la pasión de los dos bajó en unos segundos, se separaron solo para que José se cerrara la camisa y la jefa acomodara y guardara de su empleado ese hermoso pecho y se subiera las bragas a su lugar. Para eso, el jefe se había ido por la parte de atrás para que ellos no lo vieran, se dirigió al carro para que pareciera que aún estaba llegando con la mercancía, José salió rápidamente de la oficina y se puso a limpiar su área de trabajo.

TERCERA PARTE

La verdad que une

Héctor pensó en ir directo con ella, pero mejor la dejó para que se arreglara y se acomodara para no dejarla más nerviosa de lo que ya estaba, luego se dirigió a la oficina, saluda diciendo:

—Amor, el material ya está en la zona de trabajo.

Ella, disimulando, le dice:

—Qué bien, amor, fuiste bastante rápido.

Se acerca para besarlo y Héctor, como no queriendo, pero tenía que disimular, la besó tal cual marido y mujer, mientras la observaba a ver si lograba comportarse normal, pero se dio cuenta de que no, le daba trabajo disimular. Héctor esbozó una sonrisa y dijo que iría a terminar el trabajo.

Camino a casa, marido y mujer estaban muy callados, sus hijos jugando en la parte de atrás del vehículo haciendo sus pequeñas vidas, pero adelante se vivía mucha tensión, algo así como que ella se sentía mal y él en espera de que se lo contara, claro, si se atrevía.

Se dio cuenta nada más de que su comportamiento había cambiado, no para mal, sino que parecía querer complacer a su marido de manera sexual no importara lo que fuera, si le gustaba a ella o no, le ofreció de todo, incluso lo que a ella no le gustaba. En ese momento, ya se dio cuenta Héctor de que realmente ella se sentía mal y quería compensar de alguna manera lo que había hecho. Héctor esperó un poco más para ver si ella se animaba.

No fue así, los días pasaron y ella no se atrevía a contarle a Héctor lo que pasó tal cual lo hacía antes, esto parecía que lo quería reservar para ella, pero le daba trabajo ocultarlo.

Ambos seguían día tras día con sus coqueteos que ya se hacían habituales, disimulados, pero diarios, hasta que Héctor pensó un día que él daría el primer paso y se lo diría, suave, para que no se sintiera más, tal vez no podía contar esa parte porque nunca había hecho tanto, solo había llegado a besos y esto sintió que la rebasó, tal vez se sentía mal con él porque sentía que lo traicionó.

Héctor preparó su discurso varios días, lo pensó bien y tiró la primera piedra:

—Amor, estos días te he visto distante, fogosa conmigo, pero a la vez distante, como que algo te aqueja, ¿qué será?

A lo que Mariel, rápida y nerviosamente, contesta:

—Nada, amor, es solo el trabajo, el estrés, un poco de todo, ya sabes.

Al escuchar esto y al ver que ella no se atrevería, Héctor la lleva a la oficina, justo donde pasó, y le dice:

—Amor, me extraña que no me tengas la confianza después de todo lo que pasamos, ¿en qué quedamos? Que me contarías todo, no importara la situación.

Mariel:

—¿De qué hablas, Héctor? Te cuento todo.

Héctor:

—No, amor, no todo, sé lo que pasó entre tú y José exactamente aquí donde tú y yo estamos sentados.

Mariel, un tanto incrédula y asustada:

—¿De qué hablas? No puede ser, ¿cómo lo supiste? ¿Alguien nos vio? ¡No me digas que alguien te lo dijo! ¡No puede ser!

Al punto del llanto, Héctor interrumpe y dice:

—Amor, amor, cálmate, nadie los vio, yo lo vi, estaba exactamente enfrente de ustedes tras las maderas aquellas, no me viste porque llegué poco antes y, al verte con él, sabía que algo pasaría y me quedé ahí estático y viendo todo, de principio a fin.

Mariel, con un toque de alivio de que nadie los vio, pero con tristeza y nervios, dice:

—¿En serio, amor? Discúlpame, de verdad, me dejé llevar por todo, por nuestro juego, por nuestros planes, por todo, sabes que yo no llegaría a esto por respeto a ti, pero esto me rebasó.

Héctor:

—Amor, cálmate, comentamos antes que era sin secretos, sin mentiras. No me fallaste por lo que hiciste con José, me fallaste en el momento en que me lo ocultaste por miedo, pensé que tú y yo habíamos pasado ya esos temas, pero te entiendo, no sabemos hasta que nos enfrentamos a ellos. No sé hasta dónde hubieras llegado si ese cliente no hubiera llegado, pero yo te metí en este juego, confío demasiado en ti, sé que me lo hubieras dicho, pero me adelanté porque vi que te afectaba, confía en mí, en ti y en lo de nosotros que es más grande que cualquier cosa.

Mariel:

—Amor, por eso te amo, tú me entiendes mejor que nadie, pero no pude decirte porque te juro que sentí que me propasé, que rompí tu confianza, sentí que no te molestabas porque solo habían sido besos y, como platicamos antes, coqueteos, esto sí que te habrá molestado.

En eso, Héctor la interrumpe y de la nada le dice lo que menos pensó ella:

—Amor, no me lo vas a creer, tú sintiéndote mal por no decirme, pero lo que no sabes es que lo disfruté más o igual que tú. Viéndote disfrutar, disfruté, viendo cuando José te tocaba, yo también te toqué, lo que él sintió, lo sentí. Así que no sé quién está peor, tú sintiéndote mal o yo disfrutando algo como eso.

Mariel, súper sorprendida, asintió con la cabeza y con los ojos súper abiertos, dice:

—¿Héctor, en serio? Viéndome hacer eso, ¿de verdad no te molesta? A veces siento que el que no me quiere eres tú.

Héctor:

—Amor, te lo diré una y otra vez, eres mi musa en todos los sentidos, el amor de mi vida, mi todo, nada más que hay sentimientos que nos rebasan, que no los podemos entender del todo, simplemente algo que te mueve y ya, pero el común denominador en todo esto, para mí, eres tú, siempre tú.

Mariel:

—De verdad te amo, amor, de verdad, de verdad, pero, ¿en serio viste todo? —con sonrisa tímida.

Héctor:

—Jajajaja, sí, y no tienes idea lo nervioso que estaba, parece que sentía lo que ustedes sentían, me dejó más excitado que a ustedes.

Mariel:

—¿Quiere decir que si hubiera pasado más…?

Héctor la interrumpe:

—Eso solo tú lo decides y yo lo respeto, solo háblame, dime y estaré contigo. ¡Siempre, siempre estaré contigo, sin secretos!

Con un “gracias” terminó esa conversación, conversación que fue como un permiso para Mariel para que ella, si quisiera, acabara con el tema, ya sea de una u otra forma.

Los días pasaron, estos muy felices con su marido y su familia, claro, ya después de una conversación como la que tuvieron, ella quedó relajada y feliz, contenta de su familia en general.

Pero la espinita de ese juego aún estaba, el coqueteo no podía parar, ya que se vería muy obvio, y los dos siguieron con ese tema y Héctor también, claro, el sexo era bueno. Ella pensaba en lo que le había dicho su marido aquel día, ¿será que me apoye? ¿Será que lo dice en serio? ¿Será que soportaría que consumara mi tema con José?

Pero lo marcado por el destino, marcado está. Mariel, tras días y días de planearlo, un sábado, en el que nadie va a la oficina, le comentó a José que tenían que ir los dos a terminar un trabajo que no se había terminado el viernes. Obvio, Héctor sabía a lo que iban, con todo lo platicado, así que lo solapó y la cubrió diciendo delante de todos que también él iría para cubrir a su esposa y José, y así pasó.

Héctor sabía de antemano que ella iría por todo esta vez, a acabar con esta fantasía de una vez por todas, pero, sobre todo, a disfrutarla.

Llegó el sábado y Mariel se había preparado mucho mejor que siempre para ir a la oficina. De nuevo, se despidió de sus hijos y de su marido, pero este último la tomó de la mano antes de irse, teniendo algo más, y le dijo:

—Amor, como lo hemos platicado antes, lo que sea que pase y decidas, cuídate mucho.

Ella, sonriéndole, le contestó:

—Sabes que lo haré, mi amor.

Ella salió de casa sin pensar nada; esta vez quería que solo pasara y ya, sea lo que sea que tuviera que pasar.

Llegando a la oficina, José ya había llegado; él estaba depilando y preparando viniles, tal cual lo haría en el trabajo, sabía que había cámaras y que el jefe podría estar viendo.

Por su parte, Mariel entró a su oficina y, ya relajada, llamó de un grito suave a José para que fuera a su oficina, donde no había cámaras. José, gustosamente, va y, al entrar, Mariel le dice que cierre la puerta. José la cierra y Mariel le dice:

—Pero ponle seguro.

En este momento, José casi se pone a temblar; solo le pasó por su cabeza que no estaba preparado para eso. Él pensó, de la misma forma que el marido, that esta vez culminarían lo empezado las veces anteriores. Entonces, para frenar la situación, José le comenta a la jefa:

—Jefa, pero la puerta de enfrente está abierta.

A lo que la jefa le responde:

—No me importa, nadie debe venir, ponle seguro a esta y ven.

José, temblorosamente, le pone seguro a la puerta y se acerca a la jefa, ella sentada en su escritorio y él parado casi a su lado, riendo nervioso y la jefa riendo tímida, pero ansiosa, le dice a José:

—¿Por qué estás tan nervioso? Ya habíamos comenzado este tema y solo quiero terminar lo que empezamos, ¿o qué, no trajiste tu herramienta? Jajaja.

La jefa, rompiendo el hielo para que las cosas se tranquilizaran, José emite una risa nerviosa y, en su mente, solo está:

“¿De verdad está pasando esto? ¿De verdad mi jefa quiere hacer el amor conmigo? ¡De nuevo parece irreal! ¿Cómo actuar, qué hacer?”.

Pensando José todo eso, estaba cuando la jefa, de repente, se levantó de su lugar, quedando muy cerca de él de nuevo y tomó ella la iniciativa. Le dio varios besos de pico, alejándose y acercándose a él, al mismo tiempo que lo observaba. Ella ve su mirada incrédula y decide, por fin, darle otro de los besos más hermosos que José jamás imaginó en su vida…

Ahí empezó algo que terminaría en pasión pura. José, por fin, pudo reaccionar; entonces, él la tomó fuerte de los brazos y la sentó en su escritorio. No había cama ni nada en el suelo que se acomodara para que hicieran sus cosas desenfrenadas. Él, teniéndola ahí sentada, la tomó del cabello y giró suavemente la cabeza hacia atrás, besándole su cuello y acariciándole los brazos. Ahí, la jefa pensó:

“Sí… así… este ya reaccionó… sí”.

Ya tomando completamente la iniciativa, José se separa por un instante para quitarle la blusa a la jefa; esta solo cooperaba a sus acciones de José, solo decidió entregarse esta vez, olvidar el juego con su marido y simplemente dejarse llevar al 100%. José, separándose de ella de tal beso apasionado, solo para despojarla de su blusa, seguía en su mente que era imposible que estaba por hacerle el amor a su jefa, el deseo de miles de hombres en el mundo estaba por cumplírsele a él. Una vez sin su blusa, José solo estaba admirando la belleza de ella, acariciándole superficialmente su pecho mientras le daba besos apasionados de vez en cuando. Mariel no aguantó más y ella misma se quitó el brasier mientras José le acariciaba el cuello; ella solo quería sentir sus labios en su pecho desnudo de nuevo. Lo toma de los cabellos y los acerca a sus pezones, casi gritándole que los bese de una vez por todas. José, ya perdido en éxtasis, besa a su jefa, desde el cuello hasta llegar a sus pezones. Ella, en un pequeño momento de lucidez, ve los labios de José envolviendo esos dos puntos erógenos de ella, atrayéndolo aún más hacia ella y solo pensó que ya no podía parar.

José, queriendo bajar más allá, se sienta en la silla de ella y hace que la jefa se pare frente a él, desabrochándole los pantalones. Él se da cuenta de que la tiene extasiada; su respiración es rápida y ansiosa, entonces, lentamente, le baja los pantalones mientras le besa el estómago. Ella, sin soportar más, se baja rápidamente los calzones para que, de una vez, él pudiera besarla donde quisiera. José, de nuevo, contempla a su jefa mientras, ya completamente desnuda, la acuesta en el escritorio y, tirándole la espalda hacia atrás y él sentándose de nuevo, ella queda a la altura de su cara de José. Este, abriéndole sus piernas muy suave y delicadamente, la ve por fin como todo hombre quiere ver a la mujer deseada. Él comienza a besarle desde sus tobillos, pasando por sus pantorrillas y piernas; ella, ya hirviendo, solo se le podía escuchar su respiración excitada. José, disfrutando cada centímetro de ella, llega al punto, ese punto que hace explotar a cualquier mujer, ese punto tan íntimo que solo uno o dos hombres llegan a ver en la vida. Él se acerca y la besa allá, tal cual la besó la primera vez en los labios, la besó con una pasión que parecía ser el último beso que daría en su vida, y luego, ahí está, José sintió tal humedad y probó ese delicioso elixir de la jefa, pero no sin antes sentir esos labios con sus dedos, la rozaba con el dedo índice todo alrededor de su vagina mientras con su lengua hacía lo propio, la tentaba como si le introduciría pero lo alejaba, así una y otra vez, solo para dejarla en éxtasis y lo lograba, la jefa pedía con apresuro que ya introdujera su dedo para sentir a José de una vez, hasta que por fin José deslizó su dedo dentro de ella y con un movimiento suave y delicado contraía y estiraba su dedo para masajear por dentro a Mariel, José se dio cuenta que esto la mojaba aún más y ella casi gritaba del placer entonces José con un movimiento brusco le introdujo el otro dedo con movimientos más rápidos, la jefa arqueó la espalda a esto y dio un grito de placer que se escuchó hasta fuera de la oficina, José le sacó los dedos solo para ponerse frente a ella y mirándola fijamente él mismo metió sus dedos a su boca para chupárselos y la jefa viera como él acababa con sus jugos, luego baja de nuevo y la besó y la besó hasta acabarse esa humedad que salió de ella.

Hasta ese momento, José estaba completamente vestido. La jefa, cuando acabó la primera vez, empujó a José y cambiaron los papeles. Ella lo empujó al lado del escritorio y comenzó a desvestirlo. José, súper ansioso, se quitó la camisa rápido, pero ella no lo dejó quitarse los pantalones, esa parte era de ella. Mariel sabía su juego. Lentamente, empezó a abrirle los pantalones hasta quitárselos, luego sube de nuevo para quitarle los boxers y, mientras ella metía sus dedos al elástico y los bajaba, lo besaba en el ombligo para que sintiera que lo mejor aún venía. La jefa, con un solo beso, bajó hacia su miembro; este, ya listo para la acción, lo toma Mariel con ambas manos, roza sus labios en él sin usar su lengua, baja más para sentir sus testículos, sube de nuevo y, aún tomándolo con una de sus manos, saca la lengua y la pasa por cada centímetro del miembro de él. Mientras hace esto, ella lo mira y la cara de José está completamente perdida en placer. Ella le sigue haciendo su faena como una experta, tal cual lo aprendió con su marido. Ella comparaba sus miembros, analizando cada centímetro del de José, lo tantea, lo muerde y juguetea con él en su boca, tal cual el más sabroso caramelo. Cuando la jefa ya ve que está más que listo, sube de nuevo, besándolo hasta que sus labios se encuentran de nuevo y, observándose ambos, ella le dice que se quede acostado en el escritorio. Él, no sabiendo lo que ella iba a hacer, la jefa da un brinco, montándolo a él y, así, ambos quedando sobre el escritorio de ella, acariciando su miembro con el de ella. Ese momento llega, ella, con un movimiento y sin pensarlo más, lo introduce en ella. Su pene se introdujo tal cual pareciera que estaban hechos a la medida, ella tan lubricada que lo recibió con la mayor satisfacción. La cara que puso José en ese momento es indescriptible, tal cual llegó al cielo; la cara de ella, de la misma manera, parecía poseída. Ella estaba de nuevo en su juego, ella estaba arriba y lo controlaba. Entonces, Mariel hizo sus movimientos hermosos, tal cual la mejor jinete cabalgando aun que a veces se salía de lugar, como experta, con otro movimiento lo volvía a introducir de nuevo, al ver que esto le gustaba a José, lo hizo una y otra vez y cada que lo introducía de nuevo, observaba que José moría de excitación. José se quedó sin aliento, solo disfrutando de ese manjar y, ya a punto de acabar, él se salió, la bajó cuidadosamente de su escritorio y la sentó. Ella, incrédula de que le quitaron el control, solo se sometió de nuevo a él.

José la sienta de nuevo en su silla, la toma de ambas piernas y las bate de tal manera que la asienta en su hombro, ella totalmente expuesta a él, y viendo a su miembro de José libre, lo toma y ella misma se lo introduce de nuevo, la penetra muy suavemente y esta vez sin freno, sin control, penetrándola rudamente como queriendo entrar en cuerpo y alma en ella y con un grito conjunto, los dos llegan, viéndose fijamente como hambrientos al final de gastar su comida, ambos con gritos de satisfacción e incredulidad, sudando como si hubieran corrido un maratón.

Cuando la excitación bajó, solo comenzaron a mirarse mientras se vestían, cruzaban palabras como: “Qué hermosa eres”, “Qué bien lo haces”, “Tienes un cuerpazo”, cosas tan superficiales como podían para no enfrentar la situación tal cual.

Una vez vestidos, ya sentados y tranquilos, ella comienza:

—José, lo de nosotros, esto, lo que acabamos de hacer es hermoso, te estimo y me encantas como persona. Espero que lo tomemos como lo que es, una relación de fantasía. Mi vida real la amo, amo a mi marido, esto fue consensuado, y te lo digo de una vez para que no pienses que esto que acaba de pasar no lo sabe él.

José, con una mirada entre triste, cansada y de incredulidad, le contesta:

—Jefa, usted me cae muy bien, es una bella persona. En otra vida, seguro usted y yo estamos juntos. Pero entiendo que usted está casada y tiene su vida. Tomo esto como un regalo del cielo el haber tenido la oportunidad de sentirla, será mi más grande recuerdo. La veré a usted siempre con inmenso cariño.

Después de esa breve conversación, ellos acordaron manejar lo que pasó lo más normal posible en el trabajo, seguir como si nada, con la relación jefa-empleado y llevándose y apoyándose en todo momento. ¿Que si volvería a pasar? Nadie lo buscaría, pero ni uno ni otro dijeron que no pasaría, lo dejaron al aire.

Ambos se abrazaron y se despidieron ese día con un beso bonito.

Ahora le tocaba a ella enfrentar a su marido y comprobar si realmente decía la verdad, de que, si pasaba, él sí podría soportarlo y cómo lo tomaría.

Ella, como un día normal de trabajo, llega y saluda a su familia; ella estaba visiblemente cansada, pero tranquila. De nuevo, llegando la noche y ya en la cama, Héctor le comenta:

—Mi amor, te repito que te conozco más de lo que crees, está de más que te diga o pregunte qué pasó porque lo sé. Solo quiero que me digas si estás bien y cómo te sientes.

A lo que ella responde:

—Amor, estoy bien y, créeme, te amo más que nunca. Lo que crees que pasó, sí pasó y fue maravilloso, pero nada ni nadie mejor que tú y mi familia. Lo tengo todo contigo, todo lo que pudiera desear, hermosos hijos y un marido que me ama y me entiende perfectamente. Tal vez económicamente no estemos en el mejor momento, pero sé que lo superaremos juntos, como siempre. Te contaré con lujo de detalle, si tú quieres, lo que pasó hoy y confío en que lo manejarás bien.

Mariel, así lo hizo, le contó todo de principio a fin, sensaciones, conversaciones, besos, todo. Cuando ella terminó, Héctor le contestó:

—De nuevo, amor, te amo, más que nunca. Es un privilegio tenerte en cuerpo y, sobre todo, en alma, y eso solo yo lo tengo, nadie más. En lo que se refiere a José, espero que respete su acuerdo, ya los tres sabemos. Ojalá sea maduro y de verdad te tenga como un hermoso recuerdo, eso es lo que yo haría.

Después de esa conversación abierta, completa y sincera entre dos personas, marido y mujer que se aman, hicieron el amor de manera desenfrenada, fusionándose de nuevo como uno solo, así reafirmando su profundo amor el uno por el otro.

Los días en el trabajo siguen normales hasta la fecha, cada quien supo respetar su espacio, disimulando José y Mariel el gran cariño que se tienen y conviviendo los tres al mismo tiempo con mucho respeto.

Esta es una historia real, no se inventó nada, ya que fue descrita por la pareja y se escribió tal cual.

Esta es una situación que pasa mucho más de lo que la gente cree; no destruye familias, al contrario, las fortalece. Lo que destruye familias es el engaño, el callar cosas que parece que no afectan. Cuando alguna relación se abre y se cuenta lo más íntimo de su ser y se entiende mutuamente, la relación crece hasta su punto máximo, sin mentiras, solo verdades