La Soprano de Senos Monumentales: El Origen de Lis (Sótano Anal)
El Perfil de Liss (La Belleza Monumental)
«Si Martha era el riesgo, Liz era el paraíso. Una mujer de 40 años que parecía haber sido esculpida para el deseo. Tenía los senos más descomunales que mis ojos de coordinador habían visto jamás; imponentes, naturales, capaces de robarle el aliento a cualquiera. Pero no se quedaba ahí: su figura se equilibraba con un trasero de respeto y una sonrisa de gran energía que iluminaba los ensayos. Era la combinación perfecta de una señora suculenta y una amiga entrañable.»
«Al principio, Lis parecía interesada en otro hombre del coro, pero el destino tiene formas extrañas de acomodar las partituras. En cuanto nuestras miradas se cruzaron por primera vez en el salón parroquial, hubo un ‘clic’. Fue instantáneo. El otro tipo desapareció de su mapa y yo me convertí en su centro.
-hola buenas noches mi nombre es Fernando, soy el coordinador de los coros.
-hola buenas noches mi nombre es Lis mucho gusto, había escuchado mucho de ti y al fin te veo en persona.
-oh de verdad espero que hayas escuchado cosas buenas sobre mí y eché a reír.
Tener semejante mujer enfrente con esos enormes y descomunales senos me podía muy nervioso era el prototipo de mujer que siempre había deseado, cuando se dio la vuelta para buscar su asiento vaya sorpresa tenía unas nalgotas grandes debo decir cómo es posible esto pensé acaso es un sueño.
Era muy difícil estar concentrado tanto así que delegue la dirección del ensayo para disimular la erección que tenía.
-me disculpan iré al baño. Lis se levantó detrás de mí, ya en el baño no tuve mas remedio que acomodar mi pene para que mi erección no se notara y al salir del baño ahí estaba.
– ¿estás bien te note muy pálido?
-si no te preocupes solo necesito un poco de aire, mas no sabía Lis que sus pechos gigantescos y su enorme culo casi me provocan un infarto jaja.
-Oye Liz disculpa mi atrevimiento, pero serias tan amable de darme tu número así te aviso de los ensayos y de cualquier otra noticia
Sin titubear me paso su numero
-Claro que si con gusto espero que seamos buenos compañeros o como dicen aquí buenos hermanitos
Empezamos con charlas respetuosas, el ‘hola y buenas noches’ de rigor, hasta que el tema del ejercicio rompió el hielo.»
La Calma antes de la Tormenta: Los Días de Cortesía
Después de aquel primer encuentro eléctrico en el coro, la realidad se impuso con una lentitud desesperante. Durante varios días, nuestros chats eran un desierto de formalidad. «Hola, ¿cómo va todo?», «Buen ensayo el de hoy», «¿Lograste acomodar los cables?». Mensajes cortos, seguros, casi frustrantes. Yo buscaba entre líneas alguna señal, pero Liz se mantenía como la soprano profesional y la mujer respetable que todos conocían.
Sin embargo, esa normalidad era el combustible. El tercer día, la conversación giró hacia el ejercicio. Ella mencionó que quería ponerse en forma asiqué tenia una compañera de ejercicio y yo, aprovechando mi papel de coordinador, le propuse que nos reuniéramos para entrenar.
-hola señor coordinador, que me cuentas.
-porque tan formalidad Lis. Que tal estas tú que me cuentas.
-pues aquí haciendo planes para ir al gimnasio con mi inseparable amiga Martha quiero ponerme en forma.
-de verdad vamos Lis tu no necitas ponerte en forma.
– es en serio no te burles, eres malo conmigo.
-te lo digo en serio, sabes a mí también me gusta hacer ejercicio e ir a trotar tengo unas rutinas muy buenas.
-que! En serio y que tal si me entrenas le diré a mi amiga Martha para que se nos una también que te parece mañana a primera hora ¿pero ¿dónde?
-sabes como coordinador tengo algunos privilegios, pues tengo llaves del sótano de la ermita de Miraflores.
-genial nos vemos ahí entonces.
Poseía llaves de la ermita de Miraflores debido a que el sótano es un punto de ensayo era el espacio que yo gestionaba
La excusa perfecta llegó cuando Lis mencionó sus planes de ir al gimnasio con su inseparable amiga Martha. Fue en ese momento cuando mi papel de coordinador me otorgó la «llave» del destino: poseía acceso al sótano de la ermita de Miraflores, un espacio privado que yo gestionaba para los ensayos y que ahora se convertiría en nuestro gimnasio personal.
Acordamos vernos a primera hora. Sin embargo, el destino (o la astucia de Martha que ya conocemos) hizo que ella no se presentara a la cita. Nos
quedamos solos en la penumbra del sótano, rodeados por el eco de la ermita y el olor a esfuerzo..
El Sótano de la Ermita El Beso que Rompió la Formalidad
El entrenamiento fue intenso, pero mis ojos no estaban en las repeticiones, sino en la forma en que el sudor perfilaba la figura de Lis. Al terminar, la tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Lo que debió ser un simple adiós se transformó.
—»Parece que Martha nos dejó solos», le dije, acortando la distancia.
Ella no retrocedió. Al contrario, me sostuvo la mirada con esa energía que me había cautivado desde el primer día. Lo que empezó como el gesto de un beso en la mejilla se desvió por un magnetismo inevitable. Nuestros labios se encontraron por primera vez en un beso largo, cargado de todo lo que no nos habíamos dicho en esos días de «chats de cortesía». Fue el sello de un pacto silencioso: ya no éramos solo compañeros de coro.
Con el sabor de ese beso aún fresco, esa misma noche el chat de WhatsApp dejó de ser un desierto de formalidades. La confianza que nos dio el contacto físico en el sótano desató la lengua de Liz. Fue en esa conversación nocturna donde, ante mi pregunta directa, ella soltó la bomba que me desveló:
-hola Lis que buen ejercicio el de hoy sobre todo ese ejercicio de labios.
-si es el que más me gusto, queme muchas calorías.
-debo decir que me fascinas me encantas, pero debo saber algo y esto marcara nuestra distancia o nos acercara más.
-me, has intrigado anda dime.
—¿Qué piensas del sexo anal? —pregunté, lanzando mi as bajo la manga
. —Me fascina, me encanta. Lo hago cada vez que puedo —respondió ella, y en ese momento supe que me había sacado la lotería.».
Esa declaración no solo me voló la cabeza, sino que preparó el escenario para el tercer día, y lo que pasaría nos llevo por un camino en el cual no había retorno.
El Tercer Día: El Ritual de la Ermita y el Desborde de la Soprano
El tercer día en el sótano de la ermita de Altos de Miraflores quedó marcado en mi memoria como el momento en que la máscara de la soprano terminó de caer. Desde que Lis entró al salón, noté que algo había cambiado. Ella siempre había sido precavida; por el volumen monumental de sus atributos, solía usar
sujetadores deportivos reforzados que mantenían todo firme durante las rutinas de ejercicio. Pero esa tarde, con una intención que no tardé en descifrar, había optado por un sostén normal bajo su blusa ajustada.
El efecto fue devastador para mi concentración. Con cada salto, con cada movimiento rítmico de la rutina, su busto rebotaba con una libertad salvaje. Era un espectáculo hipnótico y pesado; la tela de su camisa parecía estar al límite, a punto de romperse bajo la presión de ese volumen que subía y bajaba sin ningún control. Lis no hizo nada por ocultarlo; al contrario, parecía alimentarse de mi mirada fija, intensificando el ritmo mientras el sudor empezaba a empapar su escote, haciendo que la prenda se volviera casi traslúcida y se pegara a su piel.
Al terminar la sesión, el silencio del sótano era tan denso que casi se podía tocar. Lis estaba frente a mí, agitada, con el pecho subiendo y bajando con una fuerza que hacía que su busto siguiera vibrando levemente. Se secó la frente y me miró con una chispa de malicia y honestidad que nunca le había visto en el coro.
—»Fer, ya basta de juegos», me dijo, acercándose hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. «Ayer por el chat te confesé lo del sexo anal porque quería que supieras que no soy ninguna santa. Pero hay algo más que necesito que sepas ahora mismo: soy una adicta al sexo oral. Me encanta darlo, me fascina sentir que tengo el control absoluto de un hombre en mis manos… y hoy no me voy a ir de acá con las ganas».
Sin darme tiempo a reaccionar, Lis se dejó caer de rodillas sobre el suelo de cemento de la ermita, transformando ese rincón de oración en nuestro santuario privado. Sus manos, rápidas y expertas, bajaron mis shorts de ejercicio sin vacilar. El contraste entre su imagen de mujer respetable de la San Roque y la ferocidad con la que se entregó a la tarea fue lo que terminó de desbordarme.
Se movía con la seguridad de quien conoce perfectamente su oficio, demostrándome que lo de «adicta» no era una exageración. El morbo de estar en el sótano de una ermita, bajo el riesgo de ser descubiertos en cualquier momento, elevó la adrenalina a niveles que nunca había experimentado. No me permitió retirarme; quería sentirlo todo. Y cuando el momento llegó, Lis recibió mi entrega con una devoción total.
Lo más erótico, lo que selló este pacto de pecado entre nosotros, fue el final. Se separó lentamente, me miró a los ojos con una sonrisa triunfal y, con un descaro absoluto, dejó que la evidencia de la corrida se deslizara frente a mí, escupiéndola con una sensualidad que me dejó sin palabras. Era la primera vez que me corría en la boca de una mujer.
—»Eso es solo una muestra, coordinador», susurró mientras se ponía de pie y se acomodaba el cabello. «Ahora ya sabes por qué el ‘agua mansa’ de Liz es la que más quema».
-ah si pues estoy impaciente de ver que más tienes Lis.
-tranquilo don impaciente vivamos el día a día.
Con un gran beso antes de salir del sótano como que si nada hubiese pasado adentro.
-gracias Lis fue muy placentero
-para mí lo fue más FER.
La pasión que desbordaba en el sótano encontraba un muro gélido al cruzar el umbral de la casa de Lis. Camila, su hija, se convirtió en nuestra sombra constante; su desaprobación no era silenciosa, se sentía en cada rincón, impidiéndonos cualquier rastro de intimidad en el hogar. Sin embargo, esta vigilancia forzada solo sirvió para que el deseo se concentrara, como una olla de presión, esperando el momento de volver a la ermita de Altos de Miraflores.
Lo que no previmos fue que Martha encontraría la forma de infiltrarse en ese círculo íntimo. Bajo la excusa de ayudar a Lis con la logística familiar, Martha comenzó a llevar a Camila a los ensayos. Era una jugada maestra: Martha no solo se aseguraba de estar presente en el territorio de los hechos, sino que usaba la mirada inquisidora de la hija para vigilar de cerca mis movimientos con la soprano.
Es por eso que el sótano se convirtió en nuestro nido amor como le llamaba Lis.
Al día siguiente de un ensayo particularmente asfixiante por la presencia de ambas, nos reunimos en el sótano antes de que llegara el resto del coro. La adrenalina de saber que Camila y Martha estaban en camino fue el detonante final. Lis ya no quería juegos; su adicción al oral fue solo el preámbulo para cumplir su «debilidad absoluta».
En medio de la penumbra, usamos los viejos escritorios de madera que servían para organizar las partituras. Allí, en ese rincón de oración convertido en pecado, tuvimos nuestro primer encuentro anal. El crujido de la madera vieja bajo el peso de nuestra urgencia se mezclaba con los gemidos que Lis intentaba ahogar, sabiendo que en cualquier momento el silencio del sótano se rompería con la llegada de los demás. Fue una entrega cruda, una sinfonía de placer prohibido donde ella finalmente se desbordó por completo sobre aquellos muebles parroquiales.
-Acomodándose el tirante del sostén que seguía forzado por su busto «¿Sabes qué es lo que más me gusta de estar acá abajo con vos, Fer? Que el silencio de la ermita hace que todo se sienta más prohibido. Allá arriba cantamos para el cielo, pero acá abajo… acá abajo somos dueños de nuestras propias ganas.»
-«Lis, estás desatada hoy. Sabes que aun tenemos tiempo para que baje el resto del coro. Martha viene con Camila… no podemos arriesgarnos tanto.»
– (Se acerca y pone sus manos sobre mis hombros, obligándome a mirarla) «Ese es el punto. El riesgo es lo que me termina de encender. Camila cree que soy la madre perfecta y Martha cree que me tiene vigilada, pero ninguna de las dos sabe lo que yo necesito. Te lo dije por chat, Fer… el anal es mi debilidad. Es esa presión, ese dolor que se vuelve placer… necesito que me quites esa ansiedad antes de que ellas bajen.»
Cada vez que nos mirábamos a solas Lis me hacía un oral para correrme dentro de su boca eso se convirtió en su marca personal y a mí me encantaba, Lis me miró con una chispa de malicia. Se quitó la camisa y el sostén, revelando finalmente aquellos senos descomunalmente enormes que me habían provocado un infarto visual desde el primer día. Al verlos libres, sin el sostén deportivo que solía contenerlos, comprendí que su peso y volumen eran reales; se me hizo agua la boca solo de verlos.
—»¿Por qué te quedas parado?», me retó Lis con una sonrisa.
– (Acercándome y tomando uno de sus pechos con ambas manos, sintiendo su calor) «Lis, Dios mío… verlos así, libres, es otra cosa. El sostén deportivo los ocultaba, pero esto es un monumento.»
– (Cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás mientras yo los masajeaba) «Son tuyos, Fer. Solo vos sabes lo que pesan y lo que se siente tenerlos. Pero no te distraigas solo con ellos… sabes que tengo hambre de otra cosa. El chat de anoche no me dejó dormir pensando en lo que me prometiste.»
Ella se arrodilló, iniciando ese ritual de sexo oral que ya era su marca personal. Me enfoqué en describir la sensación de sus manos apretando mis muslos y su mirada fija en mí, desafiante, mientras el riesgo de que alguien abriera la puerta del sótano en cualquier momento hacía que mi pulso se acelerara. Cuando terminé en su boca, ella cumplió su palabra: no desperdició una gota, exhibiendo su entrega con ese descaro que mencionamos antes, dejándome claro que su adicción era real. Y escupía frente a mi como diciendo mira es tu semen saliendo de mi boca
Pero Lis quería más. No se conformaba con el oral; el plato fuerte, su «debilidad absoluta», estaba pendiente.
acaricié sus enormes pechos, usando ambas manos para uno solo, maravillado por las dimensiones. Los chupé con la desesperación de quien vive un sueño, mientras ella gemía: que rico chupas mis pechos, Fer. Pero el tiempo se agotaba. Lis se dio la vuelta, apoyando sus palmas sobre el viejo escritorio de madera y arqueando la espalda para que sus atributos resaltaran contra la luz tenue.
«Ahora poneme contra el escritorio. Quiero sentir la madera fría contra mis pechos mientras vos me quemas por detrás.»
—»Quiero que cada vez que cante hoy frente a ellos, sienta el eco de lo que me vas a hacer acá.
La ayudé a subir al mueble. Esta vez no fue solo apoyada, sino que la senté en el borde del escritorio, con las piernas colgando y luego le pedí que se diera la vuelta para quedar en cuatro puntos sobre la madera. El cambio de posición fue clave: desde ese ángulo, podía ver el rebote de sus enormes pechos contra la superficie de madera con cada embestida.
iniciamos nuestro primer encuentro anal. El crujido de la madera vieja bajo nuestra urgencia marcaba el ritmo de una entrega cruda y prohibida.
Tenia a Lis apoyada sobre la mesa mientras la penetraba por el culo el sudor de nuestro ejercicio y el mismo seco oral que habíamos tenido sirvió como lubricante para que mi pene de abriera paso fácilmente por aquellas dos enormes nalgas hasta llegar a su ano, de a poco fui aumentado la velocidad no me contuve a diferencia con carolina con Lis estaba desatando todo mi deseo carnal mientras usaba sus gigantescos pechos como para sostenerme.
.»Si Martha entra ahora, se muere. Si Camila te viera así…»
– (Jadeando, con la cara pegada a una de las partituras que se habían quedado olvidadas sobre la mesa) «A Camila no le importa… y Martha solo tiene envidia porque ella ya no puede tener esto. ¡Dale, Fer! ¡Entra de una vez, hacedme sentir ese dolor que tanto me gusta!»
El primer contacto anal fue una explosión de sensaciones. La madera crujía rítmicamente, un sonido que en el silencio del sótano parecía un tambor de guerra. Me detuve un segundo para admirar la estampa: la soprano principal de la parroquia, entregada al acto más profano sobre el mueble donde guardábamos las letras de las alabanzas. La penetración fue profunda, lenta al principio y luego frenética, impulsada por el miedo a los pasos que ya empezaban a escucharse en el piso de arriba.
– (Gritando en un susurro, mordiéndose el labio para no clamar) «¡Eso! ¡Ahí! Sos un animal, Fer… me vas a dejar marcada para el ensayo y me encanta…»
-pero claramente Lis contenía sus gritos y yo estaba a media máquina, nada que ver con el anal que le hice a carolina despacio y muy suave este era pura pasión puro desborde.
«El eco de los pasos en el piso de arriba era un recordatorio constante del peligro, pero eso solo alimentaba el fuego entre nosotros. Como no podíamos desnudarnos completamente por temor a tener que huir en cualquier segundo, la ropa se convirtió en una barrera que intensificaba cada roce. Lis, en un acto de desesperación por contener el placer, se llevaba una mano a la boca, hundiendo sus dedos en sus propios labios para ahogar los gemidos que amenazaban con delatarnos ante cualquiera que pasara cerca de la puerta del sótano.
Mientras mi cuerpo dictaba un ritmo frenético que hacía que la madera vieja crujiera como un tambor de guerra, ella no podía quedarse quieta. Con su mano libre, comenzó a acariciarse los senos por encima de la fina tela de su blusa de coro; podía ver a través de la penumbra cómo sus pezones se marcaban con fuerza, buscando un alivio que solo la fricción del tejido le otorgaba en ese momento de entrega absoluta. Era la imagen perfecta de la profanación: la soprano principal de la parroquia, entregada al acto más carnal en el lugar más sagrado, luchando por mantenerse en silencio mientras su cuerpo gritaba por dentro».
«El crujir de la madera vieja del escritorio era ya una alarma que amenazaba con delatarnos; cada embestida sonaba como un quejido seco en el silencio del sótano. —Este viejo escritorio se va a romper, Fer… pasemos al suelo, acuéstate —susurró Lis con la voz quebrada por la urgencia. Sin dudarlo, me deslicé hacia el frío y polvoriento piso de cemento, sintiendo la dureza de la superficie contra mi espalda, un contraste brutal con el calor que emanaba de nuestros cuerpos.
Lis no perdió un segundo. Se posicionó sobre mí, con sus rodillas a ambos lados de mi cintura, y pude ver en sus ojos una determinación que nunca antes había mostrado en el coro. Sus manos, temblorosas pero expertas, buscaron mi miembro y, con una lentitud tortuosa, guiaron la punta hacia su entrada anal. Sentí cómo sus músculos se tensaban al primer contacto, una resistencia natural que ella misma se encargó de vencer empujando hacia abajo con un gemido sordo que volvió a ahogar contra su propia mano.
El ingreso fue total, una unión perfecta en la que el polvo del sótano y el aroma a incienso se mezclaban con nuestra propia transpiración. Al estar ella arriba, tenía el control absoluto del ritmo. Comenzó a subir y bajar, usando su propio peso para profundizar la penetración. No era un sexo violento de masacre, pero la intensidad radicaba en la conexión: ver a la soprano de San Roque entregada por completo, moviéndose con una cadencia hipnótica mientras sus senos, aún cubiertos por la blusa, subían y bajaban al compás de nuestro pecado».
«Buscando una mayor estabilidad sobre el frío suelo del sótano, nos acomodamos de costado, sin romper el sello carnal que nos unía. En esa posición, la vulnerabilidad de Lis era total. Para facilitar el acceso y eliminar cualquier resistencia, ella misma rodeó su tobillo con la mano, tirando de su pierna hacia arriba para abrir el ángulo de su cadera y dejar una vía libre y directa hacia su ano. Con el otro brazo apoyado firmemente en el cemento, hacía palanca para recibir cada uno de mis empujes con una firmeza que me volvía loco.
Yo la rodeaba por completo: mi brazo izquierdo servía de almohada bajo su cuello, mientras mi mano derecha se anclaba en su cintura, jalándola hacia mí con una urgencia primitiva. Al no ser una penetración excesivamente profunda por la angulación, el roce constante de mi miembro contra la generosa carne de sus nalgas se convirtió en el verdadero detonante; cada movimiento era una caricia eléctrica que disparaba mi excitación al límite. Lis apenas gemía ahora; su energía estaba concentrada en respirar y en el esfuerzo físico de mantener la posición en aquel espacio tan reducido.
Sentí que el final estaba cerca, una marea caliente subiendo por mi espina dorsal. —Lis, ¿me puedo correr dentro? —le susurré al oído, con la respiración entrecortada. —Sí… córrete dentro —respondió ella sin dudar, entregándome el control total de ese momento sagrado y prohibido bajo el suelo de la parroquia. En ese instante, la soprano de San Roque y yo dejamos de ser extraños para convertirnos en un solo ser unido por el placer más puro y el secreto más oscuro».
«El clímax nos golpeó con la misma fuerza que el riesgo que estábamos corriendo, dejándonos por un breve instante en un silencio absoluto, solo roto por nuestras respiraciones agitadas en la penumbra del sótano. Pero no había tiempo para el idilio ni para saborear la victoria carnal; el reloj de la parroquia era un juez implacable y el ensayo estaba a punto de comenzar.
Lis, con una agilidad sorprendente, se puso en pie y corrió hacia el pequeño baño del fondo para limpiarse los rastros de nuestra entrega, mientras yo me quedaba en la oscuridad recomponiendo mi ropa y tratando de que mi pulso volviera a la normalidad. Para ese punto, en el calor de la batalla contra el frío cemento, nos habíamos desnudado totalmente, y la visión de su cuerpo alejándose fue la última imagen grabada en mi mente antes de que la realidad nos llamara de nuevo al deber.
Cuando salió del baño, ya con la compostura de la soprano principal recuperada, pero con los ojos aún brillantes, se acercó a mí con una sonrisa de complicidad que me detuvo el corazón. —¿Y bien? ¿Qué tal te pareció nuestro primer anal? —preguntó en un susurro cargado de picardía. —Increíble… me ha gustado tanto que me he quedado con ganas de mucho más —le confesé, terminando de ajustar mi camisa. —Y tengo más, no lo dudes —sentenció ella, tomándome del rostro—. Cuando yo me entrego, lo hago en cuerpo y alma. No dudes que lo volveremos a hacer: aquí, en mi casa, en la tuya o donde el deseo nos encuentre.
«Apenas terminamos de abotonar nuestras camisas y sacudir el polvo del cemento de nuestras rodillas, el silencio del sótano fue invadido por el eco de voces conocidas que bajaban desde la nave central. En cuestión de minutos, los primeros integrantes del coro hicieron su entrada, rompiendo la burbuja de pecado que nos había envuelto. Nos saludamos con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar, aunque el fuego de nuestra reciente unión aún ardía bajo la ropa.
Martha y Camí llegaron poco después, y la tensión en el aire se volvió casi palpable. Martha, con ese instinto de mujer despechada y observadora, nos recorrió con una mirada gélida que parecía querer interrogarnos hasta el fondo del alma. Sus ojos saltaban de los míos a los de Lis, buscando un mechón fuera de lugar o un rastro de agitación que confirmara sus sospechas. Sin embargo, se vio atrapada en su propio juego: preguntar algo o lanzar una indirecta habría sido delatarse a sí misma frente a Lis y la inocente Camí, así que no tuvo más remedio que tragarse sus celos y aguantar el tipo.
El ensayo transcurrió con una normalidad asombrosa para cualquiera que no conociera nuestro secreto. Mientras entonábamos las alabanzas, Lis y yo intercambiábamos miradas rápidas y cargadas de significado; ella, con la voz más pura del coro, y yo, con la certeza de que bajo esa túnica de soprano latía el deseo de volver a repetirlo todo en cualquier rincón de San Roque.»
Nota del autor:
Para entender por qué terminamos en aquel sofá y en aquella cama, hay que entender la guerra fría que se libraba en los pasillos de San Roque no te pierdas la próxima aventura premium de lis la tetona.