Capítulo 4
- La cuota oral de Diana: su primer pago
- La cuota de Diana II: En la cocina del cornudo
- La cuota oral de Diana esta vez la acompaña su hermana
- Diana y su hermana Laura compitiendo quien lo hace mejor
Diana ya había pagado tres veces al día por quince días; es decir, llevaba cuarenta y cinco cuotas cumplidas, cada una un ritual de placer que dejaba mi miembro exhausto pero anhelante. Le quedaban cincuenta y cinco por saldar, un número que me excitaba al pensarlo. Su hermana, por el contrario, apenas llevaba una de cuarenta, su inexperiencia añadiendo un toque de frescura prohibida. Si era bondadoso y las dejaba pagar dos cuotas diarias a cada una, Diana culminaría su deuda en veintisiete días y su hermana Laura en veinte. Serían cuatro deslechadas diarias durante veinte días, un festín sensorial de gemidos, salivas y calores, y las últimas siete de a dos o tres diarias solo con Diana, prolongando el deleite. Llevaba un cuaderno con todas las cuentas claras, anotaciones meticulosas que olían a tinta y lujuria, pero quise gozar más de esas dos mujeres necesitadas que, por sus condiciones, optaron por dejar de lado su orgullo y humillarse ante mí, dándome satisfacción con cuerpos que exudaban deseo reprimido.
Ese mismo domingo, cuando Diana ofreció su parte de abajo ya en la tarde, después de dormir una siesta que me recuperó, con el cuerpo relajado y la mente llena de imágenes vívidas, me encontraba oliendo las tangas que me quedé, impregnadas de su aroma íntimo: un mélange de sudor femenino, excitación almizclada y un toque floral de su jabón. Recordaba el gran culo de esa mujer: blanco como nieve fresca, grande y redondo, con curvas que invitaban a apretar; un ano pequeño y rosado, fruncido como una rosa cerrada, suave al tacto imaginario, con un leve vello fino que lo hacía más tentador, un orificio virgen que palpitaba ligeramente al exponerse, emanando un olor terroso y sutil que me endurecía. Unos labios vaginales grandes y carnosos, hinchados como frutos maduros, y su vulva carnosa, hinchada y mojada, goteando un néctar viscoso que olía a miel salada. Empecé a sentir como mi pene se ponía más pesado; lentamente empezó a palpitar, el pulso acelerándose con cada inhalación. Deseaba sentir esa vagina caliente abrazando mi pene, sus paredes contrayéndose como un abrazo húmedo. ¿Qué tan profundo habría sido explorada? Sabía que su marido, mi amigo el vecino, era el único hombre que había comido en ese plato, dejando quizás huellas leves, pero yo anhelaba reclamarlo. ¿Sería que su ano es virgen? La idea de ese pequeño orificio rosado, apretado y inexplorado, con su textura arrugada y sensible, me hacía salivar; imaginaba el calor apretado, el aroma íntimo intensificándose al acercarme, el sabor salado si lo lamiera. Las venas de mi pene empezaron a notarse más, hinchándose con sangre caliente; quería penetrar una vulva caliente, pero también explorar ese ano con dedos o lengua, sintiendo su resistencia inicial y luego su entrega. Así que me bañé, el agua fría contrastando con mi excitación, y le escribí: «Vuelve ahora y trae a tu hermana antes de que su novio venga a recogerla. Tengo más deuda que cobrar. Y esta vez no será solo con la boca.»
Contestó diciendo: «Sí, vecino, no se preocupe. Mi hermana se queda esta noche conmigo. En un minuto estaremos en su apartamento,» su mensaje cargado de sumisión que me aceleraba el corazón.
Así fue, y llegó con su hermana Laura. Ya se habían cambiado la ropa de misa; sus padres, su marido y su hijo estaban abajo descansando, viendo una película familiar, el sonido lejano de risas inocentes contrastando con nuestra lujuria. Se habían vestido con pantalonetas y camisetas muy deportivas y cómodas, telas suaves que se adherían a sus curvas sudadas. A Laura se le notaban los pezones, puntos duros presionando la tela, pues no se había puesto brasier, su aroma juvenil a vainilla y juventud. Las invité a pasar a mi cuarto: «Allí estaremos más cómodos», les dije, el aire de la habitación ya cargado de anticipación. Yo solo estaba vestido con la salida de baño, aún húmedo de la ducha, gotas resbalando por mi piel. Me acosté en el medio y ellas se recostaron una a cada lado, sus cuerpos cálidos presionando contra mí.
A mi derecha, Diana, ya sabiendo de sus deberes, corrió con delicadeza la bata que me cubría para encontrar al cobrador. Al ver que se encontraba algo duro, se dispuso a darle el tributo. Solo lo tomó en su puño y lo apretó suavemente, masturbándolo despacio mientras lo miraba con la boca entreabierta, dejando escapar un leve suspiro: «Uffff», su aliento caliente rozando mi piel. Laura, a mi izquierda, con mi brazo en su cintura y sus tetas cerca de mi cara, olía a inocencia excitada; miraba primero el rostro de su hermana, sonrojado, y luego mi pene, que se empezaba a endurecer, su rigidez creciente. Su boca empezó a hincharse y a mojarse, labios brillantes; sus pupilas estaban dilatadas. Ya con más confianza, me dijo: «La verga del vecino es grande», su voz temblorosa. Al mirarla, noté sus pezones erectos y grandes, así que, teniéndolos tan cerca, metí la mano, los manoseé, sintiendo su textura rugosa y dura, subí la blusa y dejé por fuera las dos tetas pequeñas y firmes, con pezones rosados y duros como guijarros. Me metí un pezón en la boca y lo saboreé, salado y dulce, chupando con fuerza. Laura suspiró: «Uhhhooh», un gemido que vibró en su pecho. Con su mano izquierda empezó a sobar mis testículos, el tacto suave enviando oleadas de placer. Diana miró y dijo: «Uhhh», se notó que deseaba que también le probara sus pechos, más voluminosos y pesados. Mi pene estaba rígido; Diana lo apretaba, Laura lo sobaba con dedos curiosos. Diana se empezó a inclinar, abriendo su boca grande, dispuesta a calmar su hambre, el aroma de su excitación filtrándose. Cuando sentí su aliento tibio en mi glande, le dije: «Espera, vamos a hacer algo distinto hoy».
Ella se enderezó y, sin dejar de acariciar mi pene, el roce de sus uñas enviando escalofríos, preguntó: «Claro, vecino, dígame». Entonces les expliqué: «Voy a optar por tomar tu oferta de pago. Normalmente, en la boca donde deposito mi leche es a quien le descuento los 50. Esta vez, a Diana por ser penetrada se le descontará 100, y a Laura 50 por mantener mi verga mojada y recibir la descarga al final». «No es justo», replicó Laura con rostro molesto, como una niña pequeña a la que no le compran el helado que quiere, sus labios fruncidos. «Yo también quiero usar esa forma de pago», insistió, su voz demandante. «Está bien», dije yo. «A cada una se le descontará 100, y en la que termine se le descontará 50 más. Diana lo ofreció primero, así que con ella empezaré. Y para ser más justo entre las dos, pongan mi verga a punto: cada una tendrá 10 segundos y le rotará el miembro a la otra para que haga su mejor esfuerzo».
Puse el cronómetro de mi reloj y empezó el tiempo a marcar, el tic-tac agregando urgencia. Puse la mano sobre el pelo negro de la cabeza de Diana y la incliné; ella entendió su misión. Su boca se abrió y empezó a tragar cada centímetro, mientras miraba a los ojos a su hermana como retándola a mejorar su técnica, un desafío silencioso. Mi verga se templó como un riel de tren, dura y caliente. Fue un masaje perfecto con su boca; sus labios apretaron con fuerza, suaves como terciopelo húmedo, sus mejillas se hundieron de la fuerza de succión que ejercía sobre el pene completo, el vacío tirando de mí. Su mamada era voraz: tragaba todo y lo sacaba, el sonido de pops húmedos, y lo volvía a meter despacio, sin afán, disfrutando cada centímetro, su lengua lamiendo las venas. «Ummm», decía yo, mirando y respirando como un toro, el pecho subiendo y bajando. Su culo estaba levantado al lado mío, redondo y tentador; Laura tenía su boca abierta y sus pezones duros, el aroma de su excitación mezclándose. El reloj sonó; Diana sacó el pene del fondo de su boca y se alejó, dejando un hilo de saliva de sus labios al glande, viscoso y brillante.
Entonces Laura procedió a cumplir con su parte. Tomó la misma posición de Diana: inclinada con su culo cerca de mi cara, pero ella se quitó su blusa, dejando sus tetas al aire, balanceándose ligeramente. Agarró mi pene y pasó su lengua plana desde la base hasta el glande, dándole un lametón que lo empapó en saliva cálida, el sabor de su boca juvenil. Lo escupió, un chorro caliente, y lo tragó por completo; sus dientes llegaron a la raíz del pene y apretó sin lastimar, un mordisco juguetón. Mi pene se puso más rígido aún, palpitando. Laura sabía muy bien lo que hacía: volvió al glande y lo chupó con mucha fuerza y rapidez, como un ternero sacando leche, succiones que me hacían gemir. Lo tragaba de nuevo y lo mordía otra vez, lo sacaba de su boca y lo pasaba por su cara, acariciándolo con sus mejillas suaves y calientes. Ya no se preocupaba por darme placer; era ella quien estaba disfrutando del manjar, y esa hambre hacía que yo sintiera placer solo de ver a estas dos mujeres camuflando sus vicios sexuales detrás de un deber impuesto, sus gemidos y suspiros llenando el aire. El reloj sonó de nuevo, y Diana esta vez se puso entre mis piernas, mirándome a los ojos con mi pene en medio, y procedió a comer con más ganas mi verga, su boca un horno húmedo. Así se fueron turnando una y otra vez: lamieron con lenguas ávidas, mordieron suavemente, escupieron chorros calientes, saborearon cada vena, chuparon con succiones profundas. Lo hicieron las dos al mismo tiempo, una en cada lado, sus lenguas chocando, mi pene empapado de saliva mixta que goteaba. No soportaba más; quería penetrar, el olor a sexo en el aire espesándose.
—Bájate los pantalones —le dije a Diana—. Quiero verlo ya.
Diana se levantó y se desvistió rápidamente. Primero la blusa, revelando sus tetas pesadas que rebotaron ligeramente, luego bajó sus shorts; no traía ropa interior, su aroma íntimo liberándose como un perfume prohibido. Su cuerpo, grande pero curvilíneo, se mostró ante mí, piel blanca brillando bajo la luz tenue. Su pubis, depilado con cuidado, brillaba con una humedad que lo cubría, gotas perladas. Su vulva, rosada e hinchada, se abría como una flor hambrienta, labios carnosos separados, exudando un néctar viscoso. La olí, inhalando profundo: el aroma era intenso, dulce y ácido, con notas almizcladas de excitación acumulada, el olor de una mujer que ya estaba mojada por la anticipación, mezclado con un toque salado.
—Ponte en cuatro —le ordené, mi voz ronca.
Se subió sobre la cama, abriendo las piernas, sus nalgas separándose naturalmente. Su clítoris, pequeño y erecto, palpitaba visiblemente, rojo como una cereza. Su vagina, húmeda y caliente, me esperaba, goteando. Pero mi mirada se fijó en su ano: pequeño, rosado y fruncido, un botón apretado rodeado de piel suave y blanca, con un leve halo de vello fino que lo hacía más real, más tentador. Olía a ella, un aroma terroso y sutil, cálido, invitando a explorarlo; imaginaba su textura arrugada bajo mis dedos, suave como seda, contrayéndose al toque, virgen y sensible, prometiendo un placer apretado y prohibido. «¿Así?», preguntó mientras me miraba de reojo sobre el hombro, su voz temblorosa. Me acerqué, y con los dedos, separé sus labios vaginales, sintiendo la humedad pegajosa. Su interior era rosado, brillante y suave como terciopelo mojado, caliente al tacto. Introduje un dedo en su vagina, resbaladizo, pero luego, curioso, rocé su ano con otro dedo, sintiendo su fruncido contraerse, suave y cálido, un pulso leve que me excitaba. Estaba caliente, apretado, y resbaladizo por la humedad cercana. Moví el dedo en círculos en su punto G vaginal, pero alterné con presiones suaves en su ano, estimulándolo, sintiendo cómo se relajaba ligeramente bajo mi toque, emitiendo un gemido gutural. Ella gemía, con los ojos cerrados, las caderas moviéndose al ritmo de mis dedos, su ano palpitando como si pidiera más atención.
«Voy a entrar», le dije, refiriéndome a su vagina, pero mi mente divagaba en su ano. «Cóbrese, por favor», respondió ella, su voz un ruego cargado de deseo.
Me acerqué, puse mi glande en la entrada de su vagina sin penetrarla; sentía su calor irradiando, húmedo y acogedor sobre mi piel sensible. Acerqué a Laura y le puse mi mano en su cabeza: «Lubrícalo». Ella acumuló saliva en su boca y con su lengua la depositó sobre la cabeza de mi pene, dejándolo empapado, cálida y espesa, y con su mano derecha cogía mis bolas, masajeándolas suavemente. Ella misma tomó el pene y lo acomodó perfectamente en la entrada de la vagina de su hermana. Diana temblaba y su coño goteaba, gotas resbalando por sus muslos. El momento había llegado; entonces empujé y penetré despacio pero sin pausa. Fui sintiendo como sus paredes vaginales abrazaban mi pene: era húmedo, caliente, acogedor, con un aroma que se intensificaba. Sentí como a la mitad del recorrido su interior estaba más apretado y se separaba mientras más iba entrando; era una profundidad inexplorada y mi pene lo podía sentir hasta que llegué al fondo, mi pubis rozando su ano, sintiendo su calor secundario. Su vagina se cerró alrededor de mi verga como un puño húmedo y cálido. Sentí su calor, su presión, su humedad viscosa cubriéndome. Ella gritó, no de dolor, sino de placer, un aullido que resonó. Su cuerpo se arqueó, sus manos se clavaron en el colchón, uñas hundiéndose. Saqué despacio mi pene hasta ver de nuevo mi glande cubierto completamente de una abundante sustancia acuosa, brillante y viscosa, oliendo a ella. Se la hundí de nuevo; esta vez la embestí con fuerza. Mi verga chocaba en su profundidad; Diana soltó un gemido que no podía contener, una mezcla de sorpresa y placer, gutural y animal. La embestí con fuerza, cada vez más rápido, el sonido de piel contra piel, húmedo y rítmico. Su coño se contraía alrededor de mi pene, como si quisiera tragármelo entero, succiones internas. Su clítoris estaba duro, rozando mis bolas cada vez que las estrellaba en ella; sus nalgas sonaban con cada impacto, vibrando. Se excitaba con cada movimiento, su respiración agitada, sus gemidos guturales, el sudor perlando su espalda. Su hermana, que seguía estimulando mis huevos mientras yo penetraba, no podía creer lo que veía, sus ojos vidriosos. Pero no se detuvo. Se unió a la danza: sacó mi pene, lo chupó, saboreando la mezcla de fluidos, salado y dulce, y lo volvió a poner en el coño de su hermana mientras me miraba a los ojos y sonreía, traviesa. Así estuve varios minutos chocando mi vientre en esas nalgas mientras su hermana mantenía lubricado todo, siempre atenta, con la responsabilidad que tendría un maquinista para que todo funcione a la perfección. En un momento, saqué mi pene y, tentado, rocé su ano con el glande, sintiendo su fruncido contraerse, suave y cálido, un tease que la hizo gemir más fuerte, su ano palpitando como invitación. Pero volví a su vagina. Entonces Diana gritó más fuerte y sus piernas temblaron; sentí que se desmayaba. El orgasmo la inundaba, contracciones violentas, y su vagina goteaba como una fruta jugosa que me empapaba, fluidos calientes resbalando. Se retiró y se estiró sobre la cama, jadeante, su ano aún visible, rosado y húmedo por el sudor.
Laura, al ver a su hermana, me miró como sin entender y sin soltar mis bolas, viendo mi pene brillando y palpitar, cubierto de esencias. Entonces le dio una fuerte chupada al pene, empapándolo en su saliva, succionando los sabores mixtos, se giró, se bajó los shorts y se puso en cuatro, levantando su culo. Corrió su tanga y dijo con voz demandante: «Es mi turno», exponiendo su propio ano, más pequeño y pálido, pero el foco seguía en el de Diana en mi mente.
Su vulva, más pequeña y rosada que la de su hermana, era fina, joven; parecía la oreja de un ratón, brillaba con humedad, un aroma más fresco. Los labios internos asomaban hinchados, y un hilo de excitación se extendía desde su entrada hasta el interior de sus muslos, viscoso. No dijo más, solo esperó, con su respiración agitada, mirándome sobre su hombro y sus manos clavadas en el colchón como si se preparara para un castigo necesario, su ano visible, fruncido y tentador.
Me acerqué, posicionando mi glande en su entrada. Laura era considerablemente más apretada; sentí la resistencia inicial, pero su humedad facilitaba la penetración, cálida y resbaladiza. Empujé despacio, centímetro a centímetro. Laura gimió largo, más agudo que su hermana, sintiendo cómo sus paredes vaginales se abrían por primera vez a algo de mi tamaño, un estiramiento que la hacía jadear. Ella soltó otro gemido ahogado y corto, pero no se movió. Llegué al fondo; su interior era caliente, estrecho, como un guante hecho a medida que me apretaba con cada latido, pulsaciones internas. Saqué despacio, mi pene cubierto de su esencia viscosa, oliendo a juventud excitada, y la introduje de nuevo. Laura gemía, sus ojos se volteaban; sus caderas se movieron hacia atrás involuntariamente, buscando más, chocando. La penetré con ritmo constante, cada embestida chocando en su profundidad, sus nalgas temblando con el impacto, sonido carnoso. Su clítoris se hinchaba, y sus gemidos se volvieron gritos entrecortados. Sus puños cerraron con fuerza la sábana, arrugándola. Diana, aún jadeante en la cama, observó con ojos vidriosos cómo su hermana recibía los fuertes impactos en lo profundo de su joven y fértil coño, su propio ano aún expuesto, rosado y fruncido, recordándome su promesa inexplorada.
Le dije a Diana: «Ven acá». Ella se incorporó y se acercó, su aroma persistente. Acomodé su rostro sobre la nalga derecha de su hermana; ella no entendía qué estaba haciendo hasta que saqué mi verga del fondo. Entonces comprendió que debía lubricar la herramienta y procedió a chuparlo, ensalivándolo, su lengua limpiando los fluidos. Lo puse de nuevo en la entrada de la caverna empapada de Laura, la embestí, repitiendo ese proceso una y otra vez, alternando con roces en el ano de Laura para comparar, pero el de Diana seguía en mi mente: más maduro, más invitador. Laura resistía gimiendo, su cuerpo se empapaba de sudor salado, y su vagina, aunque ya estirada, seguía apretando con firmeza, contracciones deliciosas. Sus orgasmos fueron llegando, olas que la hacían temblar. El placer era inmenso; mi pene se endurecía y yo bajaba el ritmo para no llegar tan pronto, sacándolo para que Diana lo relajara con sus labios, chupando con avidez. Laura, aunque ya había alcanzado varios orgasmos, no deseaba parar y sus espasmos eran deliciosos, succiones internas. Sentí que ya no podía contenerme y ellas también lo sintieron, mi pene hinchándose. Bombeé hasta el último momento, lo saqué antes de disparar y Diana lo introdujo totalmente en su boca con total determinación de hacer su mejor trabajo. Sus mejillas se hundieron y succionaron las abundantes descargas que lancé sin control, caliente y espesa, tragando con sonidos guturales. Nunca lo soltó y tragó como si fuera el mayor elixir de la vida, hasta la última gota, su garganta vibrando. Sus ojos lagrimeaban mientras me miraban, comprobando que me daba el mayor placer, lágrimas saladas resbalando. Mi cuerpo ya no me podía sostener; me desplomé en la cama, exhausto. Laura se giró y lamió la última gota que resbalaba, su lengua cálida. Ellas solo dijeron: «Gracias, luego vendremos a pagar más, pero ya nos tenemos que ir», sus voces roncas. Se vistieron rápidamente y se fueron mientras yo las veía partir, mi mente fija en el ano de Diana, prometiendo explorarlo en la próxima cuota.
Con el paso de las semanas, las cuotas se multiplicaron en un festín interminable de placeres orales y penetraciones que me dejaban exhausto pero adicto. Diana y Laura pagaron con devoción, inventando mil formas de mamar: lentas y profundas durante mis reuniones de trabajo remoto, donde yo mantenía la cámara prendida y ellas, arrodilladas bajo el escritorio, succionaban con maestría, sus lenguas danzando como serpientes calientes mientras yo respondía emails con la voz entrecortada. O mientras jugaba PlayStation, con una de ellas entre mis piernas, tragando mi verga al ritmo de los disparos en pantalla, el control vibrando en mis manos como sus gemidos ahogados. Y en las noches de TV, se turnaban para devorar mi miembro durante comerciales, escupiendo, lamiendo, mordisqueando hasta que mi leche espesa inundaba sus bocas golosas, tragando cada gota con ojos de satisfacción viciosa.
Pero el tiempo, ese traidor, trajo cambios. El marido de Diana se mejoró por fin, volviendo al trabajo con pasos firmes, a veces lo invitaba una cerveza para celebrar su mejora el no dejaba de hablar sobre lo orgulloso que sentía se tener una esposa como Diana, ajeno a cómo su esposa y su cuñada habían saldado la deuda con sus cuerpos. El hijo, empezó a mirarme mal en el ascensor, con ojos suspicaces que me erizaban la nuca, como si intuyera el secreto sucio que flotaba en el aire. Y un día, meses después, las volví a ver en el pasillo: Diana con una barriga redonda y Laura igual, sus vientres hinchados como frutos maduros, cargando con orgullo sus hijos venideros. Me guiñaron un ojo pícaro, y supe que la deuda estaba pagada… pero el deseo, ese nunca se salda del todo.