El Encuentro en el Mirador
Había algo prohibido en la forma en que él me miraba, algo que se remontaba a mis años de adolescencia, cuando yo apenas era una «guambra» y él ya era un hombre hecho y derecho, amigo de mi padre en el equipo de boly. Para mí, era simplemente el señor atento que siempre me ofrecía un dulce o un jugo, pero para él, según supe mucho después, yo era una fruta que esperaba pacientemente a que madurara.
La oportunidad llegó una noche de sábado, cuando el destino —o el alcohol— hizo que mi padre no pudiera valerse por sí mismo tras un partido. Él, siempre servicial, se ofreció a ayudarnos.
—Déjame llevarlo en mi carro, así llegan seguros —dijo él, con una voz que proyectaba una seguridad que me intimidaba y me atraía a la vez.
Al dejar a mi padre en casa, el intercambio fue rápido. Pidió mi número con la excusa de «confirmar que todo estuviera bien», pero ambos sabíamos que el mensaje que llegó poco después no era por cortesía familiar. Habíamos pactado vernos ese sábado en un parque cercano, un punto neutral para iniciar una aventura que, aunque yo no lo admitía, deseaba con una curiosidad eléctrica.
Cuando subí a su auto, la tensión era palpable. Fuimos a comer, entre risas y anécdotas, pero mi mente no estaba en la comida. Yo sabía que me gustaban los mayores, esa seguridad que emanan, aunque no había planeado que la noche terminara en lo que terminó. Pensé en unos besos, tal vez algo de caricias, pero nada más.
—Vamos a un lugar más tranquilo —sugirió él, mientras conducía hacia un mirador que dominaba las luces de la ciudad.
Compramos unas cervezas y, entre trago y trago, las máscaras cayeron. —No sabes cuánto tiempo he esperado esto —confesó él, mirándome a los ojos—. No veía la hora de que fueras mayor para poder hablarte así. Siempre te me hiciste la mujer más atractiva, con un cuerpo precioso.
Sus palabras me encendieron. Ya no era la niña del boly; era una mujer de dieciocho años frente a un hombre que la deseaba desde hacía años. Nos besamos con una urgencia que me quemaba por dentro.
—¿Quieres que busquemos un lugar más privado? —preguntó él, refiriéndose a un motel. —No —respondí casi sin aliento, con la humedad creciendo entre mis piernas—. Solo inclina el asiento. Que fluya aquí mismo.
Él obedeció de inmediato. Con manos temblorosas pero decididas, le desabroché el cinturón y bajé su pantalón. Su bóxer cedió y ante mis ojos apareció un pene imponente: grueso, grande y marcado por venas que latían con fuerza. Empecé por lo básico, por donde se debe empezar: sus testículos. Los saboreé con lentitud mientras subía hacia el miembro.
—No lo hagas tan así… que me voy a venir —gemía él, casi suplicante. Yo le devolvía una mirada de malicia, disfrutando de mi poder sobre él. Aunque no era una experta, ver a ese hombre mayor perder el control por mi boca me daba un placer inmenso. Al final, no pudo más; se vino con fuerza, llenando mi boca y mis manos en un estallido de placer contenido por años.
Pero la noche apenas empezaba. Nos pasamos a la parte de atrás del auto, donde el espacio era reducido pero la intimidad era absoluta. Yo aún llevaba puesto mi short-falda, pero él no necesitó quitármelo. Simplemente lo hizo a un lado y sus dedos, expertos y rápidos, encontraron mi entrada.
—Ahhh… —el gemido se me escapó involuntariamente. Fue la primera vez que alguien me masturbaba con tanta destreza. Sus dedos se movían frenéticamente contra mis paredes vaginales, una sensación nueva, extraña y deliciosa que me hacía sentir que algo dentro de mí estaba a punto de desbordarse. La fricción era tan intensa que mi cuerpo pedía más.
Me quité la blusa y el brasier, dejando mis senos al aire. En ese entonces no eran tan grandes como ahora, pero él los adoraba. Los besaba y los recorría con la lengua mientras me repetía lo hermosa que era. Me sentí poderosa. Me monté sobre él, haciendo a un lado mi ropa interior, y sentí cómo su verga, nuevamente erecta y firme, buscaba su camino.
Me hundí en él. Empecé a saltar con un ritmo constante, sintiendo cada vena de su pene rozar mi interior. Mientras mis senos subían y bajaban ante sus ojos, él intentó algo nuevo: un dedo buscó mi ano. Me cohibí al principio, era una sensación desconocida y un poco dolorosa, quizás por la falta de lubricación o la sorpresa, pero él me pidió que me dejara llevar. Lo permití por un momento, mientras seguía brincando sobre él, sintiendo ese contraste de sensaciones.
Fueron veinte minutos de un vaivén frenético en la penumbra del coche. La madurez de su cuerpo contra la juventud del mío creaba una química que no había sentido antes. Cuando finalmente terminamos y bajé de su regazo, supe que esa experiencia, por muy random o extraña que pareciera por ser amigo de mi padre, era algo que repetiría sin dudar. La imagen de sus dedos moviéndose dentro de mí y la firmeza de su verga venuda se quedaron grabadas en mi memoria como el despertar de algo que ya no tendría vuelta atrás.