Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Madre confundida e hijo perseverante I

El reloj marcaba las diez cuando cerré la puerta. Solo quería la ducha y el olvido, dejando caer el bolso sobre el mueble con un golpe sordo. Con treinta y ocho años yo sentiá que cargaba el mundo sobre los hombros, criando sola a Diego desde los cinco, cuando el accidente de su padre nos dejó en este silencio de viudez forzada.

Me quité la blusa en el corredor, buscando el algodón familiar de mi camisón, y empujé la puerta de mi habitación sin pensar.

Lo vi.

Diego estaba en mi cama. Dieciocho años, mi niño, mi sangre. Tenía los ojos cerrados, una mano moviéndose con furia en su polla —gruesa, venosa, obscenamente erecta— y la otra sostenía mis bragas usadas contra su nariz, inhalando mi olor. Mi cerebro se negó a procesarlo: esto es un error visual, mentí. Pero entonces aceleró, sus caderas se sacudieron, y soltó un gemido ronco que me atravesó mientras chorros de semen blanco y espeso salpicaban su vientre, las sábanas, mi cama, gritando: «Te voy a llenar de leche, mami».

Mi primer instinto fue maternal, frío, protector. Está enfermo, racionalicé, necesita ayuda psicológica. Pero mi cuerpo traicionó: un calor abrasador inundó mi coño, los pezones se endurecieron como piedras, y sentí la humedad traicionera empapando mis bragas en menos de un segundo. Diego abrió los ojos. El terror pintó su rostro y saltó de la cama todavía eyaculando, la polla contrayéndose violentamente, gotas finas y calientes arqueándose en el aire mientras corría hacia el baño, dejando un rastro tibio y pegajoso en mi antebrazo. Extendí la mano: «Está bien». Pero la puerta se cerró con un golpe seco.

Me senté en la cama, sobre la mancha húmeda y viscosa. Trece años de sacrificio, y ahora esto. Sentí el semen en mi piel, aún tibio y oliente a macho joven. Esto es anormal, me dije con severidad, necesito terapia familiar. Pero mi mano se movió sola, rozando mi clítoris hinchado por encima de la tela, un roce rápido que reprimí de inmediato. No soy una puta depravada, repetí como mantra, aunque la imagen persistía: esa verga enorme, más gruesa que la de su padre, joven, potente, lista para follar sin piedad.

Ordené sushi con dedos que no lograban dejar de temblar. La rutina fría salvó la noche: platos de cartón, salsa de soja, el timbre del repartidor. Diego salió cabizbajo, sin mirarme, sentándose con la postura encorvada de la culpa. Intenté hablarle, decir que era normal, que todos nos pajeábamos, pero las palabras se atascaron. Solo quiero que coma, pensé, que se sienta seguro. Él no respondió, movió los palillos sin comer. El silencio fue un muro de hielo entre nosotros. Cuando terminó, se excusó con voz rota y se encerró. Mañana será mejor, me prometí, esto pasará.

Al día siguiente, seguía sumido en la tristeza. Debo ser más firme, decidí. Normalizar esto es mi deber. Esa noche, volví a su cuarto. «He visto otras pollas en mi vida», dije con frialdad profesional, sentándome en la cama. «No es gran cosa, Diego. Es natural algo biológico». Pero mientras hablaba, mis ojos traicionaban el mensaje, devorando su tamaño, su grosor venoso. Jalé las sábanas, revelando la erección brutal, roja y goteante de precum. Diego intentó cubrirse. «Voy a mostrarte que está bien», dije, tomando sus manos para apartarlas, solo terapia conductual, me repetí, desensibilización. «Pensé que si te ayudo una vez, sería menos penoso». Volteé a ver el paquete: «Es una polla enorme y muy bonita» —solo halago maternal para su autoestima. Puse su mano sobre su verga palpitante, exhortándolo. «Eyacula, córrete fuerte», ordené, casual, clínica. Él obedeció, pero se detuvo al sentir el orgasmo cercano. «Es de eso se trata», dije, y tomé la base con firmeza, masturbándolo yo misma, sintiendo cada vena, el calor abrasador. Solo acelerar el proceso, pensé, terminar con esto. Cuando explotó, los chorros potentes de semen espeso salpicaron mi mano, su vientre, goteando como crema caliente. Seguí ordeñando, lenta, exprimiendo hasta la última gota lechosa. «Ves», sonreí, «no es tan vergonzoso después de todo». Mis pezones dolían de duros bajo la camisa, y sentía mi coño chorreando jugos contra el colchón, rogando ser follada. Es solo la adrenalina, me mentí. Él me miró con hambre de lobo. «Gracias, mami», dijo, su voz ronca de deseo. Me levanté, entregué una toallita húmeda. «Límpiate esa polla y duérmete», ordené, y salí con paso firme.

En mi habitación, cerré la puerta con llave. Necesito relajarme, pensé, dormir. Pero mi mano fue directa al clítoris hinchado, mojado, ardiente como fuego. No es por él, negué furiosa, es solo la tensión acumulada. Me masturbé con furia silenciosa, frotando mi coño empapado, imaginando —traición— la polla gorda de mi hijo abriéndose paso en mí, el semen caliente inundándome el útero, su voz diciendo «mami, te voy a follar hasta que grites». El orgasmo me tomó con violencia, mordiendo el cojín para no gritar su nombre. No, no lo deseo, pensé mientras caía, exhausta. Pero el cuerpo no mentía: estaba empapada, el coño vacío y palpitante, ansiando ser llenado por esa verga monstruosa que había visto, tocado, ordeñado. Miré el techo, el corazón desbocado. Soy una madre puta depravada, pensé finalmente, pero la mano seguía moviéndose, hurgando mi entrada resbaladiza, buscando más, negando todo mientras el placer volvía a subir en oleadas. Cerré los ojos, y antes de dormirme, la última imagen fue la de Diego, ya no como mi niño, sino como el macho joven que me había mirado con hambre de follarme sin misericordia, y mi boca formó su nombre en la oscuridad, sin sonido, traicionera, mientras un último chorro de jugos mojaba las sábanas.