Capítulo 2
- La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes I
- La isla de Jamaica, lugar de cosas enormes II
A la mañana siguiente, mientras daba un paseo, me encontré con mi tutora, Amanda, en el parque. Me hizo señas para que me detuviera y me dijo que quería contarme algo. Se acercó y me dijo
-“Rosario, quería hacerte una pregunta.
Estamos trabajando en un nuevo proyecto para quienes vienen a nuestro complejo, y aunque todavía está en fase de prueba, queríamos hacer una prueba preliminar en vivo con dos o tres huéspedes para ver si les parece interesante y si podría funcionar”.
“Ajá, soy todo oídos”, respondí.
Me dijo
– “Mira, aquí en la isla todavía tenemos una comunidad indígena, ubicada a una hora de distancia. Son indígenas negros que vivieron durante la época colonial. Se llaman taínos, y quedan muy pocos, pero aún conservan sus costumbres de aquella época. Los cuidamos y les brindamos atención médica, monitoreando constantemente su salud. Les llevamos comida y algunos remedios que nuestros médicos les administran. Están completamente vacunados y reciben chequeos médicos regulares.
Hay un grupo muy pequeño pero que tiene cierto peso en su comunidad, por ser la alcurnia por así decirlo que son sumamente serviciales y muy adaptables a todo lo que les hemos propuesto. Y la cuestión es que queremos ofrecerlos como un servicio exótico y único, solo para un grupo muy selecto, que podría estar interesado en tener experiencias sexuales extravagantes con los indígenas de aquí, es decir, para un número muy reducido de personas que debieran ser preferentemente blancas o asiáticas.
¿Te interesaría participar en el ensayo? Tienes todas las cualidades para ir, piénsalo”.
Lo pensé dos segundos y dije que sí.
¿Por qué no experimentar algo diferente que no tendré la oportunidad de volver a probar?
-“¡Maravilloso! Te aviso en un rato si podemos ir hoy, gracias”, dice.
Partimos en una camioneta. Éramos tres mujeres, dos delgadas de unos treinta y pocos años y yo. También estaban en la camioneta, Amanda, dos médicos, un fotógrafo y un traductor que hablaba la lengua indígena a la perfección. Tres guardias de seguridad del complejo también estaban allí, por si acaso.
Llegamos.
Era una aldea tribal, como las que se ven en las películas. Dos hombres y una mujer que ya estaban allí nos recibieron. Llevaban un tiempo entre ellos, creando confianza para que todo fluyera con más naturalidad.
Las chozas eran de diferentes tamaños, hechas de paja, con niños desnudos corriendo, mirándonos con curiosidad. Había algunas mujeres, presumiblemente las madres de los niños, y solo unos pocos hombres. Todos iban calzados con sandalias y llevaban taparrabos o faldas de fibras coloridas bellamente tejidas, brazaletes coloridos en brazos y piernas, tocados del mismo material y hermosos aretes.
Se veían hermosas, sonriéndonos con expresiones curiosas, con sus enormes ojos y sus deslumbrantes dientes blancos mirándonos. Me impresionó que todas tuvieran una dentadura completa, impecable. Su piel era típica de la gente negra, pero de un color cobrizo brillante.
Las personas que nos recibieron nos dijeron que habláramos en voz baja y que nos guiarían en la experiencia. Tendríamos que ver si poco a poco lográbamos conectar y si nos aceptaban para el propósito de nuestra visita.
Las tres vestíamos la misma ropa que Amanda nos había proporcionado, túnicas blancas semitransparentes, una tanga, y un par de sandalias. No teníamos nada más.
Un grupo de hombres indígenas se acercó y conversó con los guías y el traductor. Intercambiaron gestos y algunas sonrisas, dando la impresión de que el ambiente era agradable. Después de charlar un rato, vi a cuatro hombres que parecían de rango superior, eran ellos quienes se comunicaban. Entre esos cuatro, uno llevaba un tocado más grande que los demás, y supuse que era el jefe.
Todos eran hombres altos e imponentes. Las mujeres que pude ver eran bastante regordetas, de estatura media y bastante pechugonas, con sus pechos al descubierto, un tanto flácidos.
Pasó un rato, y el traductor, sonriendo, nos dijo que todo iba bien y que nos invitaban para hablar con el jefe y su séquito en una especie de ritual.
La mayoría entramos en una choza enorme y nos sentamos en el suelo frente al grupo de indígenas, sobre unas mantas extendidas. El jefe tribal estaba allí con otros dos hombres y un par de mujeres, sospeché que eran las esposas del jefe. Nos colocaron a las tres en el centro para que los indígenas pudieran vernos con claridad, estábamos como en una exhibición, jaja.
Noté que intercambiaban palabras y gestos, nuestro traductor y las tres personas que ya estaban allí, junto con el jefe y un par de sus secuaces.
A veces, sentía que nos señalaban o se referían a nosotros, pero como entendíamos tan poco, nunca lo supe con certeza.
Todos nos miramos. Era una situación extraña, estar frente a indígenas y, como en las películas, interactuar con su idioma y algunos gestos.
En un momento, sentí como si una de las mujeres del jefe me mirara fijamente. Parecía tener la mirada clavada en mí, y las dos veces que la miré, me pareció como si me sonriera. Estaba tan nerviosa que ni siquiera quería mirarla.
Después de un rato de intercambiar palabras, Amanda nos pidió que nos levantáramos y nos quitáramos la ropa. Parecía extraño, pero parecía que las negociaciones con los indígenas estaban llegando a alguna parte. Las tres nos levantamos y dejamos caer las túnicas, quedándonos solo con nuestras diminutas tangas.
Fue automático, al quitarnos las camisas vimos cómo los tres hombres abrían los ojos de asombro, como si nunca hubieran visto un par de pechos. Lo más extraño fue que la mayoría de sus miradas estaban fijas en mí, sentí un poco de miedo. Miré a la esposa del jefe y ella me devolvió la mirada, sonriendo como si aprobara lo que veía.
En medio de la conversación, se acercó a su esposo y le susurró algo al oído. Él nos miró a cada uno con atención y luego, mirando a su esposa, asintió en señal de aprobación.
Amanda habló un rato con el traductor y se acercó a mí.
-«Parece que todo va bien y que se algo va a suceder, de eso están hablando», añadió en voz baja.
Culmina el intercambio, me indican que salga de la sala, me acompaña Amanda y la esposa del jefe que nos guía, fuimos a una choza cercana donde la esposa me coloca una falda hermosa de colores como la que ellas llevan y unos brazaletes, al hacerlo me sonríe, y me dejan esperando sola.
El espacio era austero como todas las chozas, pero había varias mantas de colores en el suelo muy hermosas, y una especie de tarima baja llena de cueros de ovejas o algo así bien lanudos a un lado, todo decorado con lanas y tejidos colores brillantes muy bonitos, había un aroma especial en el ambiente como si un sahumerio decorara el sentido olfativo con un dejo cítrico.
Luego de media hora, ingresan la esposa del cacique, Amanda y el traductor y con de ellos el jefe con otras dos mujeres.
Hablan algo, Amanda me dice que se quedarán solo el jefe y su esposa, que me quede tranquila que ellos estarán cerca vigilando, los nervios a mí ya me comían la cabeza de una forma extraordinaria.
Se van y nos quedamos solos los tres, yo miraba todo, era un manojo de nervios, la mujer se percata de eso, me mira y señalándose me dice
-“ Yuisa”señala al cacique y dice –“Jumacao”
Se estaban presentando, asiento con la cabeza y señalándome les digo a ambos –“yo, Ro”, sonríen ambos repitiendo mi nombre.
Pasa la formalidad de la presentación y ambos seres se acercan a mí, estiran sus manos y me tocan con sus dedos suavemente en los pechos, un escalofrío corrió por mis piernas, más por el nerviosismo que por otra cosa.
Y sin perder el hilo de lo que sucedía, pensando que debía ganarme la confianza de ambos, tomé sus manos y las apoyé firmes en mis tetas mientras les sonreía.
Creo que ese acto fue determinante, ambos sonrieron con ganas, y agarrando mis pechos, acercaron sus cuerpos al mío uno a cada lado. Yo los tomé por sus costados acariciándolos como quien los abraza, nos estábamos comenzando a conocer, y al parecer que yo fuese algo atrevida les gustaba, porque parecía desinhibirlos y permitirles conocernos más.
Pasaron su mano por mi espalda y sosteniéndome, ella quita la falda que me había colocado antes, dejándome completamente desnuda frente a ambos, acto seguido saca la suya y después la de su esposo.
Curiosamente su vulva era completamente lampiña, pude ver sus oscuros labios externos gruesos plenos de vida, y en lo que respecta a Jumacao…… ¡Dios mío!, una carnosa pieza tallada en ébano de generoso tamaño pendía de su pubis lampiño latiendo tranquilamente, era algo intimidante, supe al instante que el trabajo por venir, iba a ser arduo.
Continuaron tocándome, explorándome, recorriendo todo mi cuerpo, creo que lo que más les llamaba la atención era la blancura de mi piel, Jumacao tenía una obsesión con mis tetas, grandes como las de su esposa pero algo más paradas, más firmes.
Yuisa en cambio, exploraba la superficie, recorría mi piel como estudiando la textura y el color de cerca.
Yo sostenía a ambos de la cintura, esperaba que ganaran más confianza para comenzar a explorar yo también, cosa que no tardó en producirse.
Metí mis brazos dentro y tocando el abdomen de Yuisa inicié mi trabajo exploratorio, di apenas la espalda a Jumacao pero sin dejar de prestarle atención deslicé mi mano sobre mi cadera hacia atrás hasta rozar el miembro del cacique, lo oí suspirar sobre mi oreja. Supe que el camino era el correcto, entonces tomé firmemente su animal acariciándolo con ganas, inmediatamente, cual cachorro al que le hacen un mimo, reaccionó inflándose en una firme erección.
Escuché a ambos susurrarse algo en su idioma, acto seguido Yuisa me lleva hacia la tarima, me acuesta sobre las pieles y mirándome tiernamente acaricia mis pechos haciendo hincapié en mis pezones, comencé a gemir suavemente al tiempo que mis timbres endurecían alcanzando una consistencia firme.
Jumacao se arrodilla frente a mí y tomando mis tobillos, separa mis piernas, bajo mi mano al pubis y con mis dos dedos, abro los pétalos de mi rosada vulva ofreciéndosela como un trofeo, latía profusamente en deseo que se podía respirar en esa atmósfera, mirándome sonrió, supe que ya era suya por los próximos instantes.
Sentí su cálido y brillante glande apoyarse y empujar mis húmedas intimidades, abriéndose paso, suave, pero con inexorable firmeza. Mis gemidos se intensificaron.
Yuisa se sienta a mi lado, con suma ternura acaricia mi rostro apiadándose por el tormento que sabe, se viene encima de mi humanidad.
El olor a sahumerio del inicio había dejado su lugar a un aroma puramente sexual, un cóctel de hormonas indígenas que brotaban del cacique macho, anegando la atmósfera hasta tornarla densamente irrespirable, era el deseo en su más puro estado.
Grité mordiéndome cuando el inicio de su mástil ingresó repentinamente en el íntimo canal de mi cueva, que lo recibió pleno, amoldándose al enorme diámetro del intruso. Mis paredes internas se tensaban abrazándolo en una lucha desigual hasta casi romperse.
Él, al sentir la gran presión que envolvía su miembro, echándose sobre mi cuerpo, inició el rítmico vaivén copulatorio al son de sus jadeos, Yuisa automáticamente toma mis muñecas, y ubicándose detrás de mí extiende mis brazos hacia atrás, esta imposibilidad de movimiento solo logró enardecerme aún más.
El jefe continuó asestando duros embates sobre mi humanidad por un buen rato, lo sentía salir de mí, casi en su totalidad y volver veloz como un rayo a enfundar profundamente su sable haciendo rebotar sus testículos en mi ano.
Respondí rodeando la cintura del jefe con mis piernas y arqueando mis caderas hacia arriba, guie a su enorme verga que entró hasta los confines.
Un gemido ahogado brotó de la boca del cacique y balbuceando algo que jamás pude entender, supe que le había hecho sentir que acá había hembra de sobra, que no le facilitaría la tarea.
Comenzó a penetrarme más profundo y con una candencia más consistente, cada roce interno de mi apretada vagina me desbastaba poco a poco, llevándome al límite de lo aguantable. Iba a acabar en cualquier momento.
Pero el gran cacique, a pesar de su inmenso tamaño, pudo aguantar menos que la blanca princesa y en un seco golpe de mis nalgas sobre sus caderas masculinas, abrí su grifo de la vida obligándolo a derramar su blanca y profusa esencia dentro de mis entrañas.
Pude percibir su rostro desencajado eyaculando sin parar dentro mío, mire a Yuisa y vi en su gesto, lágrimas de satisfacción de saber que su gran cacique estaba cumpliendo con el cometido asignado.
Sin soltar mis manos, las llevó hacia adelante para que abrazara a su amado guerrero en la culminación de su noble acto.
Abracé tiernamente calmando a Jumacao en sus últimos estertores eyaculatorios, mientras Yuisa besaba mi rostro en señal de agradecimiento. Y ahí nos fundimos los tres en un instante de tranquilidad post mortem.
Jumacao volvió a la vida un rato después, y entonces los tres pudimos levantarnos. Retiró su miembro de mi interior, y pude ver su espeso semen goteando por mi trasero. La bella y amable Yuisa me limpió al instante.
Nos sentamos allí. La tranquilidad hacía que el ambiente fuera increíblemente agradable y relajado. Los tres estábamos en paz, y en el silencio reinante, solo las miradas y los gestos creaban una comunicación fluida entre nuestros cuerpos desnudos.
Incluso la mirada severa del gran jefe se había transformado en una expresión extremadamente dulce y amigable. Me acerqué a ambos y, tomando sus rostros entre mis manos, les agradecí toda la amabilidad que me habían mostrado, por elegirme y permitirme conocerlos y disfrutarlos como lo hice, por tratarme tan bien y aceptar compartir su intimidad conmigo. Me sentí afortunada, aun sabiendo que tal vez no entendieran mucho de lo que decía.
Jumacao en un gesto, dice suavemente mi nombre y con la palma de la mano se toca el pecho a la altura del corazón, acto seguido Yuisa hace lo mismo posando su mano en mi bajo vientre a la altura del pubis. No pude aguantar, las lágrimas se apoderaron de mí y ambos me abrazaron tiernamente ubicándome entre ellos.
Nos vestimos nuevamente y al rato Amanda y el resto de la gente ingresaron a la pieza y todo tomó un matíz diferente. Ambos tomaron distancia y el protocolo se hizo presente nuevamente, todo volvió a la previa de la intimidad de esa choza.
Hubo saludo protocolar en el grupo, abrazos y una despedida emotiva porque Yuisa me trajo de regalo una falda que suelen usar ellas en ocasiones especiales, agradecí entre lágrimas el hermoso gesto y luego nos fuimos.
En el viaje de vuelta donde varios dormían, Amanda y yo íbamos en el asiento del fondo de la combi, le contaba todo lo sucedido con lujo de detalles y ella escuchaba emocionada. Estaba contenta.
Fue sin dudas una experiencia única e irrepetible.
Al día siguiente me dediqué a descansar. Habían pasado unos cuatro o cinco días desde mi llegada, y había tenido sexo intenso todos los días. Mi cuerpo me pedía a gritos un respiro.
Además, me había despertado con molestias en los ovarios y un ligero dolor de cabeza. Probablemente me estaba llegando la regla, o simplemente era parte de la menopausia que llevaba un tiempo molestándome.
Aproveché y dormí, descansando plácidamente y sin hacer nada más que relajarme. Pasé toda la tarde tirada en la piscina.
Al caer la noche, vi pasar a Amanda, le tiré un beso y, riendo, se me acercó y me dijo
-«Te estaba buscando».
La miré sorprendida y le pregunté:
-«¿Por qué?».
Y ella, en un estado de euforia total, dijo
-«¡Eres un éxito! ¡No nos lo podemos creer!».
-«No entiendo nada, explícamelo», le solté.
-“Mira, la idea de que un grupo selecto de invitados especiales visitara a los taínos para tener encuentros sexuales floreció gracias a ti, fundamentalmente. Las conversaciones se aclararon mucho después de ayer, y hay un camino muy prometedor hacia una resolución”, comentó.
-“Pero hay algo más…”, añadió.
-“¿Qué más?”, pregunté intrigada.
Riendo, me dijo
-“El Jefe y su esposa pidieron que volvieras mañana. Al parecer, se lo pasaron genial contigo ayer, jaja.
Solo iremos vos, yo y algún personaje más, nada más “
Al día siguiente llegamos a la comunidad.
Nos esperaba gente para recibirnos, incluyendo a Yaira, otra de las esposas del cacique, con un par de jóvenes. Nos dieron la bienvenida y nos llevaron a una choza muy grande, que no habíamos visitado la vez anterior. Abrieron una puerta y entramos en un espacio tenuemente iluminado donde apenas podíamos ver. Nos pidió que esperáramos y pasó a otra habitación. Después de unos diez minutos, regresó y le dijo a Amanda que entraría sola, Amanda asintió y me miró para asegurarse de que todo estuviera bien. Le hice una señal de aprobación y entramos con Yaira.
Yaira, una joven indígena hermosa y algo regordeta, me condujo por un pasillo oscuro y fresco. Pasamos varias habitaciones y, en un momento dado, me hizo una señal abriendo una puerta.
Entré, y la tenue luz y el aroma a flores llenaron el aire.
Me tomó unos segundos acostumbrarme a la vista, pero una vez que lo hicieron, pude ver claramente a Jumacao y Yuisa esperándome. Sus rostros estaban radiantes de sonrisas y me miraban con entusiasmo. No pude contenerme y corrí a abrazarlos a ambos. Se rieron de mi reacción y los tres nos fundimos en un hermoso abrazo.
Pude advertir que la habitación era grande con una enorme tarima con pieles y almohadones y muchos jarrones con flores que aromaban todo, realmente era un espacio hermoso.
Yuisa mirándome me hace señas que me acerque y comienza a desvestirse, hago lo mismo como señal de entendimiento y correspondencia.
Totalmente desnuda me acerco al gran jefe, quien aún tenía su atuendo y lo empiezo a desvestir lentamente, él me mira sorprendido pero sonriente, se deja. Quito su chaqueta y al quitar su taparrabos me encuentro con su enorme herramienta comenzando a despertar por el roce de mi mano. Mirándolo a su rostro le hago un gesto pícaro de sorpresa y tomo su miembro, automáticamente se infla y él suspira, acaricio su gran poronga durante un rato viendo como late en mis manos, su rostro ya mostraba el gesto de disfrute.
Noté que me estaba excitando bastante, y para que él me vea, meto mis dedos entre los labios de mi vulva, los saco absolutamente mojados y con esos dedos agarro y masajeo su glande, un enorme gemido salió de su boca.
Se acerca Yuisa y le hago señas que haga lo mismo, toma el miembro de su marido y lo masajeamos juntas, ante tanto toqueteo el jefe ya era un mar de suspiros.
Me di cuenta que ellos estaban expectantes a lo que yo hacía, como si me dejaran hacer a mí y ellos seguirme, y como esto fue la sensación que tuve, decidí ir por más y tomar el mando de la situación. Iba a llevarlos por donde yo quisiera en este encuentro.
Mirando de cerca a Yuisa besé su rostro con ganas, y en un momento le mostré mi lengua afuera, con señas pedí que hiciera lo mismo, ni bien la sacó, me acerqué y con mi lengua toqué la suya rozándola. Ella suspiró e hizo un gesto sonriente, le había gustado, entonces volví y tomé su lengua entre mis labios metiendo mi lengua en su boca y la sorpresa fue que recibí su correspondencia chupando mi lengua. Nos besamos profundamente durante unos segundos ante la atónita mirada de su marido que nos abrazaba.
Me separo de ella y le hago el mismo gesto a Jumacao, quien accede y repito el procedimiento, por suerte obtengo la misma respuesta, su lengua entraba en mi boca y nos besábamos como si siempre lo hubieran hecho. Los hago besarse a ellos y luego de hacerlo me miran riendo, les había gustado y eso era un paso adelante en lo que vendría.
Le pido al jefe que se recueste sobre las pieles, él accede, tomo su verga con la mano y haciéndole señas a Yuisa le muestro la lengua cerca de la enorme verga del esposo, ella mira con atención. Lentamente paso mi lengua por su glande recorriendo sus pliegues y el gran cacique lanza un gemido, ella ríe automáticamente, entonces sin mediar un segundo sumerjo su perlada cabeza de ébano dentro de mi boca mamándolo con ganas. Jumacao comienza a gemir y a contorsionarse sin poder parar, saco su glande chorreante de saliva e insto a ella a hacer lo mismo. Yuisa toma su pene y se lo mete en la boca, comienza a succionarlo igual a como me vió a mi y el jefe ya era un mar de contracciones y jadeos.
Segundos después le pido que pare porque iba a eyacular en cualquier momento.
Me mira, hipnotizada.
Le paso la lengua por la cara y se ríe como una niña, encantada con lo que descubre. La abrazo y la beso, y luego me acuesto a su lado. El jefe comprendió al instante que había llegado su momento de gloria y, colocándose entre mis piernas, las levanta con suavidad. En cuanto está cerca, tomo su gran miembro y froto su glande contra la rosada y húmeda entrada de mi cueva. Lo posiciono y, tomando sus enormes testículos con la otra mano, lo atraigo lentamente hacia mí, haciendo que su glande comience a desaparecer dentro de mí, abriendo los femeninos pétalos de mi vulva. Me dejo llevar y pienso
-“que sea Lo que Dios quiera…”, y me entrego a la penetración, como era obvio.
Su inmensa polla entró en mí, como dicen, “lenta pero segura”.
Grité y arqueé la espalda, sintiendo la enorme daga abrirse paso entre los delicados pliegues de mi vagina. Era como un toro de rodeo embistiendo contra mi carne con fuerza, y mi cuerpo, sabio, se amoldaba a su tamaño sin apenas resistencia a su carne rugosa.
Sentí un dolor agudo en los ovarios, su glande había llegado a lo más adentro, profundo, palpitante, poderoso. Su enormidad me colmaba, llenando cada hendidura de mi vulva ansiosa, saturándome por completo.
Yuisa se colocó detrás de mí, abrazándome mientras me besaba el cuello, y su esposo comenzó suavemente la inevitable danza copulatoria. Jadeos secos se apoderaron de mí al sentir sus movimientos, sus roces me provocaron escalofríos al instante.
Su miembro se convirtió en un instrumento de tortura, deslizándose dentro y fuera casi por completo. Mi sexo estremecido recibió al hombre en mis profundidades con una naturalidad inquietante mientras sus testículos golpeaban rítmicamente contra la puerta de mi ano.
Mis pechos maduros rebotaban sin control con cada embestida del cacique, y su hermosa esposa, que me sostenía y me acariciaba los hombros con cariño, los tomó apretándolos entre sus dedos, jugueteando con mis pezones palpitantes.
La escalada era inminente.
El cacique de ébano jadeaba, su respiración se aceleraba con cada embestida pétrea de su inmensa espada en las húmedas profundidades de su blanca víctima.
Conteniendo mi orgasmo, vi cómo los ojos de mi amante se ponían en blanco y supe que el momento había llegado. Afirmé su cuerpo contra el mío, atrapándolo con mis piernas en un abrazo apretado. Contraje los músculos pélvicos y a través del apretado anillo de mi vulva, sentí su enorme virilidad llenar mi útero en una lluvia cálida y fértil que lo empapó todo. Ese flujo espeso desató el inicio de mi orgasmo, que me golpeó el cuerpo en una serie de espasmos y convulsiones. Abracé su cuerpo tembloroso y, atrayendo a Yuisa más cerca con la otra mano, terminamos juntos la hermosa culminación de nuestros orgasmos.
Tras unos instantes, pudimos recuperarnos y sentarnos sobre las pieles, el ambiente se volvió increíblemente tranquilo, la paz inundaba el aire y las flores ayudaban a disipar el intenso aroma a sexo.
Jumacao seguía tumbado a un lado, recobrando la consciencia.
Me acerqué a Yuisa y comencé a acariciarla, ella me correspondió haciendo lo mismo. La besé, ella me besó, apreté sus pechos, ella hizo lo mismo, acaricié sus pies y ella tomó los míos entre sus manos.
Sabiendo que imitaría cualquier cosa que le hiciera, me tiré encima de ella y, besándola apasionadamente, acaricié y apreté todo su cuerpo. Ella me devolvió las caricias en el abrazo. Tomé sus pechos y comencé a succionarlos con fuerza, tirando de sus largos pezones con los labios mientras los rozaba con la lengua.
Sabía que su imitación no duraría mucho porque empezó a gemir de deseo mientras sus manos temblando, intentaban tocarme sin éxito. Los temblores la hacían perder la noción de lo que sucedía.
Continué explorando su vientre con mi boca inquieta mientras mis manos seguían apretando sus duros pezones y una de mis piernas se deslizó entre las suyas, separándolas.
Ahora sus gemidos se alternaban con su respiración agitada, y con algunos movimientos un susurro escapó de sus labios, señal de que su excitación crecía.
Nunca supe si, entre las costumbres indígenas, las mujeres tenían la oportunidad de disfrutar del placer sexual, o si les estaba prohibido y lo que estaba sucediendo era algo extraordinario. La cuestión es que iba a continuar hasta ver qué pasaba.
Seguí bajando por su abdomen hasta su pubis lampiño, me coloqué entre sus piernas, lo besé suavemente y la oí exclamar en silencio un sonido ronco mientras arqueaba la espalda. Sin duda, estaba disfrutando.
Separé sus piernas, que no ofrecieron resistencia, y con las manos sobre su vientre, bajé lentamente hacia los pétalos oscuros que su flor me ofrecía. Con mis pulgares, los separé suavemente apareciendo de su interior, una rosa de un rojo furioso, ella comenzó a temblar y a moverse lentamente, como si estuviera copulando.
La miré y vi que tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, completamente absorta en sus sensaciones. También vi a su jefe observándola atentamente mientras disfrutaba de lo que le hacía.
Me sonrió.
Hundí mi lengua en su palpitante vulva, que me recibió cálida y húmeda, ansiosa de placer. Su pequeño anillo latía suavemente con cada respiración. Su sabor levemente ácido era una delicia.
Al roce de mi lengua, escuché un «ahhhhh» que brotó de sus profundidades mientras su cuerpo se contraía temblorosamente.
Recorrí la hendidura de su sexo de abajo hacia arriba hasta encontrar un clítoris prominente, rebosante de deseo y pleno de sangre. Dos buenas mamadas fueron suficientes para que Yuisa se corriera sin dudarlo en un orgasmo devastador que la sumió en una serie de convulsiones.
Sus piernas me apretaron la cara y sus manos me sujetaban la cabeza como para impedir que saliera de su pequeña gruta del deseo.
Unos segundos después, cuando la calma volvió, yacía despatarrada como si se hubiera caído de un precipicio, todavía temblando, aunque los temblores eran cada vez más espaciados.
Me levanté, le sonreí al cacique, y acercándome le di un buen beso de lengua con la cara empapada en los fluidos de su esposa, luego me dediqué a abrazar a Yuisa, ayudándola a volver a la normalidad.
Cuando pudo recobrarse, la tenía en mis brazos como si fuera un niño, abrió sus ojos y con su mano me tocaba la cara. Su rostro tenía un gesto diferente al que tuvo durante toda la tarde, me miraba con una ternura infinita, como cuando una madre observa a su hija, en esa mirada había amor sin dudas. La besé en sus labios, besé sus ojos y toda su cara en señal de cariño, ella me miraba con una mirada de agradecimiento.
Se incorporó y nos separamos, miré al gran jefe y me pareció que estaba como para un segundo round, me puse al lado y tomé su flácido mástil logrando que comience a endurecerse de nuevo mientras él gemía de gusto.
Estuvimos toda la tarde en esa hermosa habitación, disfrutándonos los tres de forma contínua, sin interrupciones, fue algo de verdad hermoso, pero sumamente agotador.
El gran Jefe tuvo la admirable hombría de servir a su blanca invitada cuatro veces, vertiendo inmensas cantidades de su néctar en su receptivo vientre en cada una de ellas.
Y su bella y amada esposa pudo experimentar un par de orgasmos más proporcionados por la misma amante sumisa.
Antes de irnos, ambos me regalaron varias cosas —ropa, collares y joyas— como muestra de cariño y gratitud por todo lo sucedido esa tarde. Se los veía muy contentos y sin dudas lo habían pasado tan bien como yo.
Fue increíblemente gratificante, y me indicaron con gestos que esperaban con ansias mi regreso.
Yuisa luego de entregarme los regalos, se acerca y parándose al lado mío pone la palma de su mano derecha en mi vientre a la altura del pubis, sobre mi piel, presiona un poco y mirando primero al cacique y luego a mí, asiente con su cabeza y sonríe ampliamente, me da un enorme abrazo que le correspondo.
Les agradecí entre lágrimas tanto cariño.
Ya era casi de noche cuando nos marchamos. Amanda no podía creer que lleváramos tanto tiempo cogiendo.
Por supuesto, al regresar en la combi, me pidió detalles y lujos de todo lo sucedido, estaba enloquecida con mi relato, me decía que iba a hacer un libro con mis cuentos.
(continuará….)