Capítulo 2

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Diana se levantó del sofá con las tetas todavía al aire, pezones duros y brillantes de saliva. Me miró con ojos vidriosos, una mezcla de vergüenza profunda y gratitud contenida.

Le susurré con calma: —Vamos a la cocina… desde ahí podremos escuchar si tu esposo tose y sabremos si te necesita.

Ella asintió despacio, voz baja y temblorosa: —Gracias por ser tan bueno conmigo, vecino… sin usted mi familia estaría en la calle. Déjame pagarte como se debe.

Me tomó el pene con mano temblorosa y me guio. La seguí, la verga ya medio dura otra vez solo de verla caminar descalza, tetas rebotando suavemente, esa cara de mujer necesitada y avergonzada al mismo tiempo.

Encendió la luz tenue sobre la meseta y se arrodilló ahí mismo, sobre las baldosas frías, justo al lado del fregadero. Desde abajo llegaba lejano el sonido ronco de la tos de Andrés, ese pobre hombre postrado que ni sospechaba que su esposa estaba a punto de tragarse otra descarga del vecino del quinto.

Se lamió los labios hinchados y me miró desde abajo, voz casi un susurro culpable: —Escucha… está tosiendo otra vez. Pobrecito… pero gracias a usted puedo comprar sus medicinas, la comida del niño… —Bajó la mirada un segundo, mejillas ardiendo—. Es tan vergonzoso… pagar así… engañarlo de esta forma… pero no me queda de otra. Déjame vaciarte los huevos otra vez.

Me agarró la verga con las dos manos como si fuera un tesoro prohibido y al mismo tiempo el objeto más preciado que hubiera tocado jamás. La acercó a su cara con reverencia, frotándola despacio contra sus mejillas, untándose los restos de la primera corrida que aún le quedaban en la piel como si quisiera impregnarse de mí. Sus ojos se cerraron un instante; un temblor intenso le recorrió todo el cuerpo. Luego abrió la boca grande y se la metió entera de golpe, hasta que el glande le golpeó la garganta con fuerza. Soltó un gemido ahogado “glrrrrk” que se mezcló perfectamente con otra tos lejana de su marido, y susurró apenas audible contra la piel: —Qué grande…

Empezó a mover la cabeza con una dedicación casi religiosa: adelante y atrás, apretando mi verga en su boca cálida y húmeda como si quisiera fundirse con ella, saliva chorreando en hilos gruesos por su barbilla, cayéndole en las tetas desnudas, goteando hasta el piso frío de la cocina. Trataba mi pene con una devoción que solo yo podía apreciar: lengua rodeando el glande con lentitud reverente al principio, luego lamiendo con avidez insaciable cada vena, cada centímetro, como si fuera el sabor más exquisito que hubiera probado en su vida. Cada vez que tragaba profundo, su nariz se pegaba a mi pubis y soltaba un susurro corto: —Es abundante… mmm…

Sus ojos se humedecían de vergüenza y lágrimas, pero su cuerpo la delataba por completo: caderas ondulando con más fuerza como si estuviera al borde del éxtasis solo con la boca llena, pezones tan duros que parecían doler, respiración entrecortada y gemidos ahogados cada vez más frecuentes. Se esforzaba al máximo por darme placer: succionaba con una intensidad que hacía hundirse sus mejillas, empujándome suavemente contra su cara con las manos en mis caderas, garganta contrayéndose voluntariamente alrededor de mí en espasmos que me apretaban como un puño caliente y húmedo. Lo hacía con un hambre que solo yo percibía: como si mi verga fuera el manjar más rico jamás visto, y ella no pudiera resistirse a adorarlo.

—Más fuerte, Diana —le dije con voz calmada pero firme—. Quiero que te la tragues entera. Escucha bien cómo tose tu esposo abajo.

Ella obedeció al instante, acelerando el ritmo, succionando con una devoción que me llevaba al límite. Me agarraba las caderas con las uñas, empujándome contra su cara con ternura desesperada. La baba le caía en cascadas espesas, salpicaba el piso, le mojaba las rodillas. Cada tos ronca de Andrés abajo parecía hacerla redoblar esfuerzos: gemía más profundo y susurraba entre succiones: —Es muy dura… cómo palpita…

Sus lágrimas corrían por las mejillas, pero sus labios se curvaban en una sonrisa culpable y fugaz cada vez que sacaba un segundo para respirar, como si el placer la superara a pesar de la culpa.

Sacó la verga un instante, jadeando, hilos de saliva colgando de sus labios al glande. Miró hacia arriba con expresión de pena absoluta, voz quebrada: —Vecino… es que es grande… Por favor, córrete rápido en mi boca otra vez. Quiero bajar a servirle la cena a mi esposo como si nada… Sé bueno conmigo una vez más…

Se sobó la verga por su cara con reverencia, untándose saliva y restos de baba, y volvió a engullirme entera, esta vez más salvaje: movía la cabeza con frenesí controlado, gimiendo entre bocados y susurrando apenas: —Qué grande… mmm…

Me ordeñaba con la mano mientras chupaba el glande con fuerza desesperada, lengua girando como si quisiera saborear cada gota antes de que saliera. Su vergüenza era palpable en las lágrimas y el temblor, pero su entrega era total: trataba mi pene con una adoración que solo yo podía sentir, como si fuera el más rico y deseado que hubiera tenido en la boca jamás.

Sentí que venía la segunda explosión, más espesa que la primera. —No te la saques, Diana. Trágalo todo.

La agarré del pelo con suavidad pero con firmeza y la empujé hasta el fondo. Empecé a correrme con chorros violentos, directos a su garganta. Ella abrió mucho los ojos, lagrimeando de vergüenza y sobrecarga, pero no se movió: tragaba ruidosamente “glup… glup… glup…”, mirándome con un rostro donde se mezclaban rabia contenida, vergüenza absoluta y placer inconfundible. Susurró entre tragos, casi inaudible: —Es abundante…

Su determinación era implacable; ordeñaba con la mano para que saliera hasta la última gota. Un hilo de semen le escapó por la comisura y le cayó en una teta; lo recogió con el dedo y se lo metió a la boca, chupándolo despacio, murmurando apenas: —Mmm… espeso…

Cuando terminé, la saqué despacio. Mi verga quedó limpia, reluciente. Ella se quedó arrodillada un segundo, respirando agitada, boca abierta, lengua afuera mostrando que no quedaba nada. Miró hacia arriba con una expresión de pena total, pero sus ojos brillaban con una satisfacción oculta y profunda, el cuerpo todavía temblando de excitación contenida.

—Gracias… de verdad. Me salvaste. Ahora bajo a calentar la comida… Si quieres cobrar otra cuota mañana… solo avísame. Quiero salir de esto pronto, vecino bondadoso.

Se limpió la barbilla con el dorso de la mano, se puso la blusa rápido (las tetas todavía brillaban de baba y semen) y bajó las escaleras tarareando bajito, como si nada hubiera pasado… con su estómago lleno de dos grandes cargas espesas y calientes de semen que le había dado. Yo me quedé allí, disfrutando en silencio el morbo absoluto: saber que bajaría a su casa así, serviría la cena a su esposo tosiendo abajo, sonreiría como si nada, y en cada trago sentiría el peso y el calor de lo que acababa de tragarse por mí. Ese secreto solo mío me ponía duro otra vez.

La cuota oral de Diana

La cuota oral de Diana: su primer pago