El secreto de Carolina: Más que una cara bonita.

«En San Roque, el tiempo parece detenerse entre el eco de los cantos del coro y el humo de las velas. Yo la veía siempre desde mi sitio en el ministerio de música; Carolina era una constante, una figura menuda de cola de caballo que se movía entre las bancas con una devoción que parecía esconder algo más. Trabajaba en los antojitos de la esquina, y aunque ya no pertenecía a la pastoral juvenil desde su matrimonio, su esencia seguía anclada a esos muros. Sin embargo, ese domingo algo cambió. Al salir, el destino —o quizás algo menos divino— hizo que chocara conmigo. En su mirada no había la paz de la comunión, sino una tristeza profunda, contenida por un esposo que no entendía los lenguajes de su cuerpo ni de su fe.»

El Encuentro en el Jardín

El jardín del atrio estaba inusualmente silencioso. El bullicio de la misa se alejaba y solo quedaba el sonido de la fuente de piedra. Carolina se sentó en la orilla de una banca, jugando nerviosa con la liga de su cola de caballo. Su figura, pequeña y curvilínea, parecía encogida bajo el peso de una tristeza que no encajaba con el domingo.

Fer—Te vi salir muy distraída, Caro —le dije, rompiendo el hielo con suavidad—. Casi me tumbas en la puerta. ¿Está todo bien en casa?

Ella suspiró, y por un momento temí que se levantara y se fuera. Pero estaba saturada.

Carolina—Es lo mismo de siempre —respondió sin mirarme—. Mi esposo… tú sabes que él ve las cosas de otra forma. Desde que nos casamos y dejé la pastoral, siento que él quiere que yo sea una estampa de santa, pero solo la parte que a él le conviene.

Fer—A veces las diferencias de religión pesan —comenté, tratando de ser empático—. Pero te ves más que cansada, te ves frustrada.

Carolina soltó una risa amarga y se volvió hacia mí. Sus ojos se humedecieron.

Carolina—Es irónico, ¿sabes? —dijo en un susurro, bajando la voz como si las paredes de la iglesia pudieran juzgarla—. Todo el mundo piensa que el hombre es el que siempre busca, el que propone… el que tiene los «antojos». Pero en mi casa es al revés. Él dice que lo que yo quiero es pecaminoso, que no es natural, que su religión no permite esas «suciedades».

Se hizo un silencio denso. Ella apretó las manos sobre sus rodillas.

Carolina —Me hace sentir mal por desearlo —continuó ella, y las palabras salieron como un torrente que ya no podía detener—. Solo quiero sentirlo de una forma diferente. Me paso los días trabajando, sirviendo, siendo la esposa perfecta… pero en la cama, cuando le pido que… que intentemos el sexo anal, me mira como si fuera un monstruo. Me rechaza. Me dice que eso es para gente de la calle, no para su esposa.

Se tapó la boca de inmediato, dándose cuenta de la confesión tan íntima que acababa de soltar frente a un compañero del coro. El contraste era total: ahí estaba ella, la muchacha de los antojitos, la exintegrante de la pastoral, confesando un fetiche que su esposo «religioso» le negaba por un falso puritanismo.

Pasaron tres días. Tres días en los que, mientras ensayaba los salmos para el domingo, mi mente no dejaba de proyectar la imagen de Carolina en el jardín. La veía ahí, pequeña, con su cola de caballo y ese cuerpo lleno de curvas que su esposo despreciaba. Me resultaba increíble la ironía: ella cargando con un deseo que su «compañero de vida» llamaba suciedad, y yo, el servidor del coro, ocultando mi verdadera religión bajo la sotana.

Mi mente es una máquina de calcular. Veo a una mujer y no pienso en su cara; pienso en su resistencia, en su ritmo, en cómo se vería entregada, de espaldas, aceptando lo que yo considero mi droga personal. Con Carolina, la oportunidad no solo tocó a mi puerta, se me entregó en bandeja de plata.

Saqué el celular y busqué su nombre en los contactos. No escribí nada sobre la pastoral. Sabía que ella estaba esperando que yo dijera algo sobre lo que pasó en el atrio.

Fer-«Hola Caro, soy Fer, del coro. Me quedé pensando mucho en lo que me dijiste en el jardín. No tienes por qué sentirte apenada conmigo. Al contrario, me pareció muy valiente de tu parte decir tu verdad. A veces los hombres no saben valorar los tesoros que tienen enfrente por culpa de ideas viejas.»

El teléfono vibraba entre mis manos con una intensidad que casi podía sentir en el pecho. Carolina se estaba desbordando por texto. Me explicó que el teclado era su confesionario: sin ojos que la juzgaran, sin el peso de su propia vergüenza.

Carolina-«Uso juguetes, ¿sabes? —escribió ella—. Pero no es suficiente. Quiero sentir algo vivo, algo real que me llene de esa manera. El problema es que los hombres son unos animales. En cuanto insinúo lo que me gusta, piensan que pueden tratarme como a una cualquiera. Me dan asco. Yo solo quiero que alguien me quiera lo suficiente como para darme ese placer sin hacerme sentir sucia».

Leer eso fue como una descarga eléctrica. Ahí estaba mi «droga», mi vicio personal, servido con una capa de vulnerabilidad que la hacía irresistible. Ella no buscaba un patán de gimnasio; buscaba a alguien que entendiera que el sexo anal puede ser una entrega profunda, casi espiritual para ella.

—Caro —respondí, midiendo cada palabra—, lo que tú sientes no te hace menos mujer, ni menos católica. Te hace un ser humano con una sensibilidad especial. El error no es tu deseo; el error es de esos hombres que no saben distinguir entre la pasión y la falta de respeto. Yo te veo aquí, en el coro, en los antojitos… y solo veo a una mujer valiente que merece ser satisfecha en todos sus sentidos.

El chat se sentía eléctrico. Sabía que este era el momento de lanzar el anzuelo definitivo. Ya no como el servidor que escucha, sino como el hombre que desea lo mismo que ella.

«Caro-… te voy a confesar algo que ni el párroco sospecha. Lo que me dices no solo no me asusta, sino que es mi mayor debilidad. Para mí, el sexo anal no es una ‘suciedad’, es el punto máximo de placer y de entrega. Es mi vicio, mi verdadera droga.»

El silencio al otro lado se sintió eterno. Los «escribiendo…» aparecían y desaparecían. Finalmente, su respuesta llegó cargada de sorpresa.

Carolina: «¿En serio? No te creo… Te ves tan calmado en los ensayos, tan reservado como coordinador. Siempre tan serio con las partituras. Me cuesta imaginarte pensando en. eso.»

«Esa es solo la faceta que el mundo ve, Caro. Pero bajo esa calma, soy alguien muy apasionado, con secretos que muchos llamarían oscuros. Me gusta el fuego, me gustan los chats que queman, intercambiar fotos, explorar fantasías que otros no entienden. Pero no lo hago con cualquiera… solo con alguien que vibre en mí misma frecuencia, alguien que comparta este mismo sentir. Ahora te pregunto a ti, Carolina… ¿Eres tú una de esas personas?»

l teléfono vibró y la notificación iluminó mi rostro en la penumbra de mi cuarto. Carolina no se andaba con rodeos. El «visto» era un contrato de honestidad.

Carolina: «A ver… si eres tan liberal como dices, demuéstramelo. Dime, ¿quién más de San Roque te gusta? ¿Con quién más has tenido esta plática? Y si de verdad eres tan apasionado… mándame una foto tuya. Muéstrame tu mejor pose, esa que no enseñas en los ensayos.»

Me quedé un momento en silencio. Ella buscaba dos cosas: seguridad (saber si eras un «donjuán» de la parroquia) y excitación (verte fuera de tu papel sagrado).

«Hay alguien más, Liz… ella sabe de mis debilidades, pero lo que tengo contigo, Caro, es diferente porque compartimos la misma sed»

mi foto a medio camino (con el bóxer asomando) fue un tanteo, pero ella lo ha destrozado. Ella no quiere una sugerencia; quiere una confirmación visual de que eres el hombre que puede cumplir su fetiche.

El mensaje de Carolina llegó con una rapidez que me quemó los dedos.

Carolina: «¿Eso es todo? Me hablas de vicios oscuros, de ser el mejor en la vida con el sexo anal, y me mandas una foto que parece de catálogo de ropa interior. No me sirve, [Tu Nombre]. Esa foto no es digna de lo que me dijiste. Si de verdad eres ese hombre apasionado que dices ser, muéstrame algo que me haga perder el sueño. Algo más claro… y mucho más atrevido».

Fer: «Tienes razón, Caro. Fui demasiado educado. Olvidé que tú no buscas a un coordinador, sino a alguien que entienda lo que es el hambre de verdad. Dame cinco minutos. Voy a mostrarte exactamente lo que tu esposo se niega a ver… y lo que yo me muero por darte».

Esta vez no hubo temporizador a lo lejos. Me encerré en el baño, donde la luz blanca resaltaba cada detalle. Me bajé el pantalón del todo, dejando que la tela cayera a mis tobillos. Tomé el celular con firmeza y capturé una imagen cruda, directa, donde mi virilidad era la protagonista, sin sombras que la ocultaran. Una foto que decía: «Aquí está lo que quieres sentir vivo dentro de ti».

Al enviar esa foto, el aire en la conversación cambió. Ya no eras el que cantaba salmos; eras el hombre que ella visualizaba de espaldas, cumpliendo ese deseo que la atormentaba.

El silencio que siguió al «visto» fue sepulcral. Pero cuando el teléfono volvió a vibrar, ya no era una crítica.

Carolina: —¿Y qué? ¿Te vas a quedar callado después de lo que te mandé? ¿O es que el coordinador se asustó con el video?

Fer: —El coordinador está rezando para no ir a buscarte ahora mismo. Lo que me falta es ver que ese juguete desaparezca dentro de ti, Caro. Quiero ver cómo ese trasero que me vuelve loco se lo traga.

Carolina: —Eso es para otro día… y quién sabe, quizás el juguete sea lo de menos. Quién sabe si terminas siendo tú el que me lo meta. Porque mi esposo me tiene como una santa, pero yo tengo un hambre que él ni se imagina.

Fer: —Entonces deja de jugar. Mañana paso por los antojitos después del ensayo. Ten lista la puerta de atrás, porque no voy por comida, voy por esa promesa.

La pantalla del celular emanaba un calor que no tenía nada que ver con la batería. El video de Carolina era una profanación visual: ese trasero firme, que tantas veces imaginé bajo las faldas recatadas que llevaba a misa, se movía con una urgencia animal frente a la cámara. Ver el roce del juguete contra su esfínter, sabiendo que ella misma estaba buscando ese alivio que su esposo le negaba por «religión», fue el detonante de mi vicio.

Ella ya no era la «hermanita» de la pastoral juvenil; era una mujer reclamando su derecho al placer más oscuro. Su confesión sobre el dildo fue la invitación final. Ella buscaba ser llenada, pero no de la forma convencional. Buscaba la invasión, la presión y esa entrega total que solo el sexo anal proporciona.

Yo, desde mi posición en el coro, siempre había sido un experto en leer las tensiones ocultas, pero lo de Carolina era otro nivel. Ella era el espejo de mi propia obsesión. Mi cerebro, ese que trabajaba en automático poniéndolas a todas en cuatro, finalmente había encontrado una cómplice que no solo aceptaba el juego, sino que redoblaba la apuesta.

Carolina; “Quién quita y seas tú el que me lo meta». Esa frase selló su destino y el mío. Ya no importaba Liz, ni el servicio, ni el qué dirán. Carolina había abierto la puerta de su intimidad más prohibida y yo estaba más que listo para cruzarla, dejando atrás al coordinador para convertirme en el hombre que le daría exactamente lo que su «perfecto» matrimonio católico le prohibía.

La Táctica de la Esposa Perfecta

Carolina: —Ya está hecho. Le dije que tengo que preparar una orden especial para el convivio del coro y que lo haré en la casa para no estorbar en el local. Se lo tragó completo. Mi esposo cree que soy una santa sacrificada por la iglesia.

Fer: —Eres un genio, Caro. Usar al coro para vernos… si el párroco supiera en qué va a terminar esa «orden especial».

Carolina: —Va a terminar conmigo de espaldas, como te prometí. Él se va al local a cerrar caja y yo me quedo «trabajando». La puerta de atrás estará sin seguro. No toques, solo entra. Y trae lo que me dijiste… quiero ver si en persona eres tan atrevido como en las fotos.

Fer: —Estaré ahí en diez minutos. Y no te preocupes por el incentivo, Carolina; después de ver ese video, lo que llevo para ti es mucho más de lo que tu juguete podría darte.

La adrenalina me recorría el cuerpo mientras caminaba hacia su casa. Era la mezcla perfecta de peligro y deseo. Carolina había diseñado la mentira ideal: el trabajo para el coro de San Roque era el escudo inquebrantable. Para su esposo, ella era la mujer abnegada cocinando para los hermanos de la iglesia; para mí, era la mujer que estaba a punto de romper todas sus cadenas.

Al llegar a la puerta trasera, el olor a maíz y comida típica flotaba en el aire, confirmando la coartada. Empujé suavemente y la vi. Ahí estaba ella, tal cual la imagen que me había enviado: con su delantal blanco impecable, su cola de caballo recogida con cuidado y esa sonrisa que escondía un hambre voraz. El contraste era letal. En la cocina de su hogar, rodeada de elementos cotidianos, Carolina se veía más provocativa que nunca.

—Llegaste —dijo ella, dejando un rodillo sobre la mesa. Sus ojos brillaban con una excitación que no podía ocultar—. Mi esposo no vuelve en dos horas. Dice que el «servicio a la iglesia» es lo primero.

Se dio la vuelta, dándome la espalda para recoger unas bandejas, y el delantal se ciñó a sus caderas, remarcando ese trasero firme que me había obsesionado desde el primer día en el atrio. No hubo necesidad de más palabras. El chat se había quedado corto. El vicio que ambos compartíamos, ese deseo de explorar el límite de lo prohibido, llenó la cocina

instantáneamente. Ella quería dejar de ser la santa de la casa para convertirse en mi cómplice de alcoba, y yo estaba ahí para cumplir la promesa que su matrimonio nunca supo entender.

—Caro… te juro que cuando te vi de frente pensé que estabas trabajando de verdad. Pero cuando te diste la vuelta… no tienes nada debajo de ese delantal, ¿cierto?

Carolina: —(Riendo con malicia mientras camina hacia la mesa) Pues no, señor. ¿Y qué creías? ¿Qué venías a clases de cocina? Te dije que hoy no era día de juguetes. El delantal es solo para que no me ensucies la piel antes de tiempo.

Tú: —Me vas a volver loco. Ver tus nalgas así, libres, mientras caminas por tu propia cocina… es exactamente lo que me imaginaba.

Carolina: —Entonces deja de mirar y actúa. La mesa está limpia y el esposo está lejos. Demuéstrame que eres el dueño de ese vicio que tanto presumes.

El silencio de la casa solo era interrumpido por el suave roce del delantal blanco contra los muslos de Carolina mientras avanzaba hacia el centro de la cocina. Era una imagen de una perversidad exquisita: de frente, la esposa perfecta cumpliendo con su «pedido del coro»; de espaldas, la mujer entregada, con sus glúteos firmes y redondos expuestos a cada paso que daba. La luz de la tarde entraba por la ventana, resaltando la textura de su piel que, según ella, no quería que ensuciara… todavía.

El impacto de verla así, sin sostén ni ropa interior, me hizo entender que para ella esto era una liberación religiosa. Estaba dejando atrás las reglas impuestas para entregarse a lo que su cuerpo le gritaba. Al llegar a la mesa de madera donde preparaba los antojitos, se apoyó con las manos, inclinando el torso y dejando que el delantal colgara, revelando por completo ese trasero que había sido mi obsesión silenciosa en San Roque.

Carolina: —Me dijiste que querías ver si esto crecía con el incentivo adecuado —susurró ella sin mirarme, arqueando la espalda para ofrecerme su mejor ángulo—. Aquí tienes tu incentivo. Haz que me olvide de que soy una «santa», Fer.

Me acerqué por detrás, sintiendo el calor que emanaba de su piel. Mi mano recorrió la curva de su cadera, subiendo por debajo de la tela del delantal hasta encontrar la humedad que confirmaba que el chat la había preparado mucho antes de que yo cruzara la puerta. Ella soltó un gemido que no tenía nada de sagrado. En esa cocina, entre el aroma a maíz y la tensión del pecado, el fetiche de ambos estaba a punto de consumarse sobre la misma mesa donde horas antes se amasaba el pan de cada día.

Fer: —La cocina fue solo el aperitivo, Caro. Pero en esta cama, con tus juguetes como testigos, voy a quitarte hasta el último gramo de timidez que te queda de la iglesia.

Carolina: —(Acomodándose en cuatro, con la mirada perdida en las almohadas) Hazlo… úsalos. Quiero que me dejes tan abierta que cuando entres tú, no haya vuelta atrás. No me tengas piedad, Fer.

Fer: —No te la voy a tener. Hoy vas a sentir la diferencia entre un juguete de plástico y un hombre que lleva meses deseando profanar este pequeño secreto tuyo.

Subir a la habitación fue como entrar en un santuario privado. Carolina se deshizo de la mesa de madera y se arrojó a la cama, adoptando esa posición de cuatro que tantas veces proyecté en mi mente. El delantal blanco, ahora arrugado y abierto, dejaba expuestas sus nalgas firmes, que brillaban bajo la tenue luz del cuarto.

Al ver su colección de juguetes a un lado, supe que el juego previo no sería con caricias, sino con acero y silicona. Comencé a jugar con su entrada, dilatándola con una paciencia cruel. Metía y sacaba los juguetes, observando cómo su esfínter cedía y se relajaba, preparándose para lo que vendría después. Ella gemía con una mezcla de dolor y alivio, aferrando las sábanas con fuerza cada vez que el juguete llegaba al fondo. Estaba preparando el camino, aceitando la vía para que mi estocada final no encontrara resistencia, sino una bienvenida total.

Carolina: —Ya no quiero plástico, Fer… —jadeó ella, girando un poco el rostro para verme con los ojos empañados—. Ya estoy lista. Sácame eso y lléname tú.

Retiré el último juguete y el vacío la hizo estremecer. Sin perder un segundo, me posicioné justo detrás de ella. Apoyé mi peso sobre sus caderas y, con un empuje firme y decidido, cumplí la promesa que nació en el atrio de San Roque. Sentir cómo su musculatura me atrapaba, estrecha y caliente, fue la confirmación de mi vicio. En ese momento, Carolina dejó de ser la esposa, la trabajadora de los antojitos y la feligresa. Era solo carne y deseo, rindiéndose ante la única religión que nos importaba en ese instante: la de la entrega absoluta por el lugar más prohibido.

Fer: —Te dije que la foto no le hacía justicia. Aquí la tienes, completa, sin dejar ni un milímetro fuera. Siente la diferencia entre ese plástico frío y esto que te está llenando de verdad.

Carolina: —(Con la voz entrecortada, apretando la almohada) ¡Dios… Fer! La tienes mucho más gruesa… me estás abriendo por completo. ¡Es esto! Esto es lo que quería sentir… ¡No pares!

No hubo espacio para la duda. De un solo empujón decidido, la poseí por completo. El gemido de Carolina no fue de dolor, sino de un alivio profundo, casi violento, como si su cuerpo hubiera estado esperando ese calibre toda su vida. Me desplomé sobre su espalda, pegando mi pecho a su piel sudorosa para que, con cada embestida, mi peso ayudara a que entrara hasta el fondo, sin dejar rastro de vacío.

La habitación se inundó de un sonido rítmico y húmedo, un eco que recordaba al palmoteo de la masa en el local de antojitos, pero esta vez el sacrificio era sobre el colchón. Carolina estaba experimentando la diferencia brutal entre la fricción inerte de sus juguetes y la pulsación viva de mi carne dentro de su ano. Era una invasión total que la hacía temblar de pies a cabeza.

Carolina: —La tienes… muy gruesa… —logró articular entre espasmos, mientras sus nalgas firmes recibían el impacto de mi cadera—. Es más de lo que imaginé… me vas a romper… ¡Sigue, Fer, sígueme rompiendo así!

Fer—Te dije que con el incentivo correcto verías su máximo —le susurré al oído, mientras mis manos buscaban sus pechos pequeños por debajo del delantal que aún colgaba de sus hombros—. Ahora siente lo que es ser poseída por alguien que entiende tu vicio. Olvídate de la iglesia, olvídate de la masa… hoy solo eres tú y este deseo que por fin te está llenando.

En cada movimiento, el delantal blanco que simbolizaba su vida de «santa» se sacudía al ritmo de nuestra transgresión. Carolina ya no pedía piedad, pedía más profundidad, entregada totalmente a la estocada final de un servidor que había dejado los himnos del coro para componer, sobre su cuerpo, la sinfonía más oscura de San Roque.

El Desborde del Pecado

El ritmo moderado que habíamos mantenido, ese compás casi litúrgico de entrada y salida, se rompió de golpe. Sentí cómo la presión en mi vientre llegaba al punto de no retorno, y mis embestidas se volvieron frenéticas, rápidas, violentas. El sonido en la habitación cambió; aquel eco que recordaba al amasado de la harina se volvió un golpeteo sólido, seco y constante, un aplauso de carne contra carne que retumbaba en las paredes de la alcoba. Carolina ya no gemía, emitía alaridos ahogados contra la almohada mientras su cuerpo se sacudía con cada impacto.

Sin pedir permiso, sin previo aviso y sin retirar ni un milímetro de mi anatomía de su interior, me quebré. Un grito gutural escapó de mi garganta, un sonido que liberaba meses de observación silenciosa, y solté todo mi ser dentro de ella. La sensación fue volcánica. Sentí el pulso de mi propia vida fluyendo hacia lo más profundo de su ano, inundando ese rincón que ella había guardado con tanto recelo y que su esposo jamás se atrevió a reclamar.

Carolina, al sentir aquel torrente caliente alojándose y expandiéndose dentro de su esfínter, experimentó algo que el plástico jamás podría imitar. No era solo placer; era una invasión térmica que la hizo retorcerse como si una descarga eléctrica la atravesara desde la base de la columna hasta la nuca. Sus músculos internos, en un acto reflejo de sorpresa y entrega, se contrajeron con una fuerza descomunal, atrapándome en un abrazo de carne que selló nuestro pacto. Se arqueó violentamente, con los ojos en blanco, sintiendo cómo cada gota de mi vicio se convertía en su nueva realidad.

Carolina: —¡Sí! ¡Dame todo! No me preguntes, no te detengas… ¡lléname de una vez!

Nos quedamos así, jadeantes, con el olor del sexo y el sudor ganándole la batalla al aroma de la cocina. El delantal blanco, símbolo de su fachada ante el mundo, yacía ahora como un trapo inútil a un lado de la cama. Yo seguía sobre ella, sintiendo el latido de su corazón a través de su espalda. Habíamos profanado la paz de su hogar, habíamos usado la excusa del coro para pecar, y en el silencio que siguió, ambos supimos que después de esa «estocada final», el pan de los antojitos y los himnos de San Roque nunca volverían a saber igual. Ella finalmente estaba llena, y yo, por fin, había saciado mi droga en el altar más prohibido del barrio.

El Post-Sacramento: La Confesión de Carolina

Carolina: —(Aun jadeando, con la frente apoyada en la almohada y el cuerpo temblando levemente) Fer… no te muevas. Déjame sentirlo un poco más. Siento que… que por fin algo en mí se llenó de verdad.

Fer—¿Era esto lo que buscabas con tus juguetes, Caro? ¿O la realidad superó a la fantasía?

Carolina: —(Se gira lentamente, con los ojos brillantes y una sonrisa de absoluta paz) Los juguetes son plástico muerto. Esto… sentirte latir dentro de mí, sentir ese calor que me diste al final… es como si me hubieras quitado un peso de encima. Mi esposo me ama, pero me ama a medias. Tú me aceptaste entera, con lo que él llama «sucio». Por fin no me siento un bicho raro.

Fer—Desde que te vi en el jardín supe que no eras rara, solo estabas mal administrada. Ahora, cada vez que nos veamos en el coro, ya no habrá secretos. Solo esta verdad.

El silencio que siguió en la habitación era denso, cargado con el aroma de la satisfacción y el rastro de nuestra transgresión. Me quedé un momento más sobre ella, sintiendo cómo su respiración se calmaba, pero sus músculos internos seguían aferrándose a mí, como si no quisieran dejar ir la prueba de lo que acababa de ocurrir.

Carolina se dio la vuelta con una lentitud perezosa, la misma que tiene alguien que acaba de despertar de un sueño profundo. Me miró directamente a los ojos, y ya no vi a la mujer tímida que servía antojitos con la mirada baja. Vi a una mujer que había reclamado su trono.

Carolina: —Fer, me siento… ligera —confesó, pasando sus dedos por mi pecho—. Toda la vida me han dicho que este deseo mío era un pecado, algo de lo que avergonzarme. Mi esposo me toca como si fuera de cristal, con miedo a romperme o a «ensuciarse». Pero tú… tú me trataste como la mujer que soy. Ese dolor del principio y ese calor del final… es lo más real que he sentido en años.

Carolina: Me voy a acordar de cómo se siente tenerte hasta el fondo. Y te juro, Fer, que voy a cantar con más ganas que nunca, porque ahora tengo un secreto que me hace libre.

Me dio un beso corto, con sabor a complicidad, y se levantó para empezar a recoger la «evidencia» de su supuesta jornada de trabajo. El pedido para el coro no estaba listo, pero Carolina se sentía más «consagrada» que cualquier santa de altar. San Roque seguía igual por fuera, pero por dentro, entre nosotros, la jerarquía había cambiado para siempre.

Nota del autor: El sexo anal es una forma de honestidad brutal; no hay máscaras, solo entrega. Este relato es un tributo a todas esas «Carolinas» que viven reprimidas por las apariencias y a los hombres que, como yo, estamos dispuestos a ser su vía de escape. Espero que hayan disfrutado el sonido de la masa tanto como nosotros. Nos leemos en la próxima confesión.