Capítulo 2
- El despertar de Laura en la oficina
- Los secretos de placer de Laura
- Mi noche salvaje con el compañero de oficina
Los secretos de placer de Laura
Al mediodía, el jefe de planta, el señor Vargas —un hombre de cincuenta y tantos, alto, con barriga pero autoridad imponente—, la llamó por el interfono.
—Laura, a mi despacho. Ahora.
Ella entró con las piernas temblorosas, cerrando la puerta tras de sí. El despacho era amplio, con una mesa grande de madera oscura y una silla de director con respaldo alto y mullido. Vargas estaba sentado, con los brazos cruzados, mirándola de arriba abajo sin disimulo.
—Cierra con llave —ordenó.
Laura obedeció, el clic del pestillo resonando como un martillazo en su cabeza.
—Siéntate —dijo él, señalando la silla frente a la mesa.
Ella se sentó al borde, las manos en el regazo, apretadas, asustada.
— ¿Qué pasa contigo, Laura? —empezó él, voz grave y calmada—. Tengo a medio personal distraído. No rinden, se pasan el día cuchicheando, mirando hacia tu mesa. ¿Sabes por qué?
Laura tragó saliva. Negó con la cabeza, aunque el corazón le latía en la garganta.
—No… no sé, señor Vargas.
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Dicen que te gusta chuparla. Que te abres de piernas con facilidad. Que eres una putita muy obediente. ¿Es verdad?
Laura sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las mejillas le ardieron, los ojos se le humedecieron.
—Es verdad… si. Pero ¿Quién le ha dicho eso? En casa estoy necesitada porque mi marido casi ni me folla y he descubierto que me encanta ser una puta…callejera.
Vargas levantó una mano para callarla.
—Acércate. Aquí a mí lado.
Su tono no admitía réplica. Laura se levantó despacio, temblando, y rodeó la mesa hasta quedar a un metro de él. Vargas se reclinó en la silla amplia, abrió un poco las piernas y la miró fijamente.
—y que puede hacer una puta con esto… dirigiéndose a su pene.
Laura no dudó un segundo en mirarla con hambre. Las lágrimas le picaban en los ojos, pero la excitación —y algo más, algo húmedo entre las piernas— la incito por voluntad propia a arrodillarse despacio sobre la alfombra, entre las piernas abiertas de él. Vargas se desabrochó el cinturón con calma, bajó la cremallera y sacó su polla: gruesa, venosa, ya medio dura.
—Cógetela con la mano. Menea despacio.
Laura obedeció, lo necesitaba. Sus dedos rodearon el tronco caliente, moviéndolo arriba y abajo con lentitud. Él suspiró de placer, echando la cabeza hacia atrás.
—Más rápido. Cógela con la mano entera, y usa la boca.
Ella se inclinó, abrió los labios y tomó la punta. Sabía a jabón y a hombre. Empezó a chupar, moviendo la cabeza despacio al principio, luego más profundo. Vargas le puso una mano en la nuca, guiándola, empujando un poco más cada vez. Laura sentía la garganta abrirse, las arcadas subiendo, pero él no paraba. Le follaba la boca con movimientos lentos pero firmes, gruñendo bajito.
—Así, buena puta… qué bien la chupas. Tienes razón, eres como una puta de calle.
Laura gemía alrededor de la polla, las lágrimas resbalándole por las mejillas, el maquillaje corrido. Él aceleró, agarrándole la cabeza con ambas manos, follándole la boca sin piedad. De repente, sin avisar, se tensó y se corrió: chorros calientes y espesos le llenaron la boca, la garganta. Laura intentó tragar, pero era mucho; parte se le escapó por las comisuras, goteando por la barbilla. Vargas la mantuvo clavada hasta que dejó de eyacular, jadeando.
—Trágatelo todo —le insinuó, como lo hacen las zorras.
Ella lo hizo, tosiendo un poco, con el sabor salado impregnándole la lengua. Diciéndole que ella eso por supuesto que es lo que más le gusta cuando ve una buena polla.
Vargas se limpió con un pañuelo, se subió la cremallera y se reclinó de nuevo, satisfecho.
—A las ocho, cuando termines el trabajo, te espero en mi coche. En el parking subterráneo, plaza 47. No llegues tarde.
Laura se levantó tambaleante, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Sigue trabajando como si nada —añadió él—. Y no hagas preguntas ni le cuentes a nadie.
Ella salió del despacho con las piernas flojas, el sabor de él todavía en la boca, el coño húmedo traicionándola bajo la falda. El resto de la tarde fue un infierno. Deseaba que llegara la hora para reunirse con Vargas. Y en el fondo, muy en el fondo, una parte de ella ya no aguantaba la espera.
A las ocho en punto, salió de la oficina. El parking estaba casi vacío. Caminó hacia la plaza 47, donde el coche negro de Vargas ya esperaba con el motor encendido. Él abrió la puerta del copiloto desde dentro.
—Sube —dijo simplemente.
Laura obedeció, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que esa noche iba a cruzar otra línea. Y esta vez, lo necesitaba más que nunca.
Laura subió al coche de Vargas con las piernas temblando y un deseo en ella más vivo que nunca. Él arrancó sin decir nada al principio, conduciendo despacio por las calles oscuras de la ciudad. El silencio era pesado, solo roto por el ronroneo del motor y la respiración agitada de ella.
Al cabo de unos minutos, Vargas puso una mano en su muslo y la subió despacio por debajo de la falda.
—Baja la cabeza, putita. Quiero tenerla dura para cuando lleguemos. Chúpamela suave, con calma. Nada de prisas.
Laura se inclinó sobre la entrepierna, desabrochó el pantalón de él con dedos torpes y con desesperación sacó la polla, que ya estaba medio tiesa. La tomó con la boca despacio, lamiendo la punta con la lengua, recorriendo la longitud sin prisa. Vargas suspiró, una mano en el volante y la otra enredada en su pelo, guiándola con suavidad pero firmeza.
—Así, buena zorra… despacito, saboreándola. Eres una mamona de primera, ¿eh?. Chúpala como si fuera lo único para lo que vales.
Los insultos salían bajos, roncos, mientras él conducía. No aceleraba el ritmo; quería que durara. Laura, aceptaba ese trato porque las palabras la hacían sentirse como lo que ella quería y buscaba y chupaba con calma, la boca llena, la saliva resbalando por el tronco. Él no se corría, solo gruñía de placer cada tanto, apretándole la nuca para que bajara más profundo.
Llegaron a un edificio discreto en una zona residencial tranquila. Vargas aparcó en el garaje subterráneo y apagó el motor.
—Antes de subir, llama a tu marido. Dile que se te estropeó el coche y que llegarás tarde. Hazlo convincente si de verdad aceptas y es lo que quieres.
— Es lo que más quiero en este momento, quiero que me folles y que trates como una puta barata.
Laura sacó el móvil con manos temblorosas. Marcó el número de Marcos. Él contestó al tercer tono, voz somnolienta.
—¿Sí?
—Cariño… el coche se ha estropeado. Estoy esperando a la grúa, pero creo que llegaré muy tarde. No me esperes despierto, ¿vale?
Marcos murmuró algo vago, sin preguntar mucho.
—Vale… ten cuidado.
Colgó. Vargas sonrió, satisfecho.
—Buena chica. Ahora sube.
En el ascensor, él la pegó contra la pared y le metió la mano por debajo de la falda, rozándole el coño ya húmedo.
—Estás empapada, puta. Te excita que te traten como lo que eres. Una zorra callejera que la chupa y folla en un vulgar coche.
En el apartamento —amplio, moderno, con luces tenues—, Vargas cerró la puerta y se giró hacia ella.
—Desnúdate. Entera. Despacio.
Laura obedeció, quitándose la blusa, el sujetador, la falda, las bragas. Quedó desnuda en medio del salón, los pechos firmes, los pezones duros por el aire fresco y la excitación. Vargas se acercó, le amasó los pechos con las dos manos, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir y chupando a boca grande cada pecho.
—Qué tetas tan ricas tienes… perfectas…para verlas cabalgar.
Metió dos dedos en su coño de golpe, moviéndolos dentro y fuera mientras con la otra mano le chupaba un pecho.
—Ahora sigue chupando. De rodillas.
Laura se arrodilló otra vez. Tomó la polla en la boca y la chupó durante un rato largo, profundo, con la lengua jugando en la punta, bajando hasta la base. Vargas gemía, follándole la boca con movimientos lentos, insultándola sin parar.
—Tragas como una mamona barata… qué bien se te da mamar polla ajena mientras tu marido ronca en casa.
Luego la levantó y la llevó al dormitorio. La tumbó en la cama grande, pero la giró para ponerla en cuatro patas, el culo en pompa.
—Tranquila, no te voy a dar por el culo… todavía… Pero ábrete bien ese culito. Voy a chupártelo como a la cerda que veo.
Laura se tensó y obedeció, estaba deseándolo. Separó las nalgas con las manos, exponiendo el ano todavía sensible de su explicación. Vargas se arrodilló detrás, escupió sobre el agujero y empezó a lamerlo con la lengua plana, rodeando el borde, metiendo la punta despacio. Laura jadeó, el cuerpo temblando. Era húmedo, caliente, humillante… y excitante.
—Qué culo de puta tienes… apretado, pero se abre para mí. Vas a acabar pidiéndome que lo perfore entero, ya verás.
Siguió lamiendo un rato, metiendo la lengua más profunda, mientras le metía dedos en el coño desde atrás. Laura gemía sin control, las caderas moviéndose involuntariamente, buscando y apretando sobre la lengua del jefe.
Luego Vargas se colocó detrás, frotó la polla contra su coño empapado y la penetró de un empujón profundo. La folló con fuerza, embistiendo hasta el fondo, las pelotas golpeando contra su clítoris. Laura gritaba de placer, las manos aferradas a las sábanas.
—Te follo como mereces, zorra… profundo, duro… para que sientas quién manda, puta callejera.
Aceleró el ritmo, agarrándola por las caderas, clavándole los dedos en la carne. Cuando no pudo más, se corrió dentro: chorros calientes llenándole el coño, goteando por sus muslos. Salió despacio, la polla todavía goteando, y se la acercó a la boca.
—Límpiala. Deja que quede reluciente. Trágate todo lo que queda.
Laura abrió la boca y chupó, lamiendo cada resto de semen y sus propios jugos, hasta dejarla limpia y brillante. Vargas suspiró satisfecho.
—Buena puta.
La llevó de vuelta a casa en silencio. Aparcó a dos calles de distancia para que nadie viera.
—Mañana en la oficina, compórtate. Pero ya sabes que esto no acaba aquí.
Laura bajó del coche, las piernas flojas, el coño lleno de semen caliente, el ano todavía sensible por la lengua. Caminó hasta su portal sintiendo cada paso cómo se le resbalaba algo por dentro. Entró en casa, se duchó rápido y se metió en la cama junto a Marcos, que ni se enteró.
Pero ella no podía dormir. El cuerpo le ardía, la mente daba vueltas. Sabía que había cruzado otra línea… y que ya no quería volver atrás.
El sábado por la mañana, la rutina en casa fue la de siempre, pero con un peso nuevo en el aire. Laura se levantó tarde, con el cuerpo todavía pesado por la noche anterior. Bajó a la cocina en pijama, el pelo revuelto, y encontró a Marcos ya sentado a la mesa con el café y el periódico digital en la tablet.
—Buenos días —dijo él, mirándola por encima de las gafas—. Llegaste muy tarde anoche. Otra vez.
Laura se sirvió café y se sentó frente a él, forzando una sonrisa cansada.
—Sí… el trabajo está intenso. Presentaciones, proyectos que se complican a última hora. Ya sabes cómo es.
Marcos dejó la tablet a un lado y la miró serio.
—Últimamente llegas todos los días hecha polvo. Te veo agotada, Laura. No duermes bien, apenas hablamos. ¿Seguro que solo es el trabajo?
Ella asintió rápido, removiendo el café más de lo necesario.
—Son unos días malos, nada más. Estamos cerrando varios temas importantes. En cuanto pase esta fase, todo vuelve a la normalidad.
Marcos frunció el ceño.
—Igual tendría que hablar con tu jefe. Decirle que te están exprimiendo demasiado. No me gusta verte así.
Laura sintió un nudo en el estómago. La idea de Marcos hablando con Vargas le provocó un escalofrío de pánico.
—No, por favor. No hace falta. Son solo unos días. Ya se arreglará. Te lo prometo.
Él suspiró, pero no insistió más. Terminaron el desayuno en silencio, cada uno en su mundo. Marcos se fue al salón a ver fútbol, y Laura subió a la habitación con la excusa de ordenar.
Allí, sola, los pensamientos la asaltaron sin piedad. Recordó la boca de Vargas follándole la garganta, el semen caliente llenándole el coño, la lengua en su ano, los insultos roncos que le habían hecho temblar de necesidad vergüenza y placer. Recordó a Raúl presionando la cabeza, el ardor que se convirtió en éxtasis. Recordó a Carlos, a Javier… todos ellos turnándose en su mente.
Se tumbó en la cama, se bajó el pantalón del pijama y llevó una mano al coño. Estaba ya mojada solo de pensar. Con la otra mano, humedeció los dedos con saliva y los llevó atrás. Introdujo uno despacio en el ano, sintiendo cómo se abría fácil después de la exploración de la noche anterior. Metió un segundo dedo, moviéndolos con lentitud, curvándolos un poco. El clítoris lo frotaba con la palma de la otra mano, círculos rápidos.
El orgasmo llegó rápido y brutal. El cuerpo se arqueó, las caderas se alzaron de la cama, un gemido largo se le escapó mientras el ano se contraía alrededor de los dedos y el coño chorreaba sobre las sábanas. No paró. Siguió moviendo los dedos dentro del culo, más profundos, más rápido. Otro orgasmo la atravesó, aún más intenso, las piernas temblando, los ojos cerrados con fuerza. Duró una eternidad, oleadas que la dejaron jadeando, sudorosa, glorificada.
Se quedó quieta un rato, respirando hondo. Luego se levantó, se cambió de ropa interior y decidió salir a comprar. Necesitaba aire, movimiento, algo que la distrajera.
En el centro comercial, mientras paseaba entre tiendas, entró en una sex shop pequeña y discreta que había visto alguna vez de pasada. El corazón le latía fuerte cuando preguntó por plugs anales. La dependienta, amable y profesional, le mostró varios modelos. Laura eligió uno mediano, de silicona suave, con base ancha y un poco curvado para que estimulase bien dentro. Pagó en efectivo, roja como un tomate, y se metió al baño de mujeres del centro comercial.
En el cubículo, se bajó los pantalones y las bragas, se lubricó el plug con la saliva y lo presionó despacio contra el ano. Al principio resistió, pero respiró hondo y empujó. Entró poco a poco, estirándola deliciosamente. Cuando la base quedó pegada a las nalgas, soltó un gemido bajito. El placer era inmediato, intenso, constante. Cada movimiento hacía que el plug rozara dentro, enviando chispas de placer por todo el cuerpo.
Se subió las bragas y los vaqueros, sintiendo cómo el plug se asentaba perfecto. No se notaba desde fuera: la base era plana y discreta. Caminó hacia el espejo del baño. Los primeros pasos fueron torpes, las piernas flojas, el ano lleno y estimulado con cada roce. Pero cuanto más andaba, más se acostumbraba… y más le gustaba.
Salió al pasillo principal del centro comercial. Cada paso era una caricia interna: el plug se movía ligeramente, presionando puntos que la hacían apretar los muslos. El coño le chorreaba, empapando las bragas. Intentaba caminar normal, pero a ratos se le escapaba un suspiro, un mordisco en el labio. La gente pasaba a su alrededor sin sospechar nada, y eso la excitaba aún más: llevar ese secreto sucio en público, sentir placer prohibido mientras compraba cosas normales.
Llegó al parking casi temblando. Se metió en el coche, se sentó despacio —el plug se hundió un poco más al hacerlo— y soltó un gemido largo. Apoyó la cabeza en el volante un segundo, respirando agitada. El placer era indescriptible: constante, profundo, adictivo. No quería quitárselo. Decidió dejarlo puesto todo el día.
Condujo a casa con las piernas ligeramente abiertas, sintiendo cada bache de la carretera como una embestida suave. Cuando llegó, aparcó y se quedó un momento quieta, disfrutando la sensación. Sabía que Marcos estaría dentro, ajeno a todo. Sabía que esa noche, cuando él se durmiera, ella volvería a explorarse… con el plug todavía dentro.
Y por primera vez, no sintió remordimientos por sus encuentros. Solo ganas de más.
El lunes por la mañana, Marcos se levantó temprano, como siempre. Laura todavía dormía profundamente en la cama, agotada después del fin de semana de exploraciones solitarias y el plug anal que había llevado puesto casi todo el domingo, quitándoselo solo para dormir. Marcos preparó café, pero en lugar de sentarse a tomarlo tranquilo, cogió el móvil y buscó el número del jefe de Laura. Lo tenía guardado desde hacía tiempo, por si alguna emergencia laboral.