Capítulo 2

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Atención: esta es la segunda parte de mi primer relato erótico. Si aún no lo lees, desearía que lo busques en mi perfil para que no te pierdas ningún detalle.

Sin más que agregar, disfruten mi anécdota.

Después de lo que pasó en el cuarto del hospedaje, llegué a la cabaña al aire libre donde estaba el baile, acompañada por el invitado de mi mejor amiga, Parra.

Saludé y me senté en la mesa apartada por Angy, pero debo admitir que en todo momento estuve distraída, pensando en lo que había pasado y hecho con Johan. No podía creer cómo me había portado, cómo me había regalado así.

El interior de mi boca lo sentía extraño, ya que no tuve tiempo de enjuagármela; sabía que el sabor y los fluidos que habían estado dentro de mí hacía un rato, por la mamada que le había hecho a Johan, se quedaron como pruebas de nuestro acto. Aparte, sentía en mi culito el aceite aún untado. No era una buena sensación, debo admitir, pero me excitaba cómo esos detalles me mantenían muy presente lo que había hecho y juzgaban mis acciones de dejarme controlar por ese lado de perra en celo, dejando de lado mi parte sensata y mi honor.

También admito que me hubiera gustado saber qué se habría sentido hacerlo con Johan si no nos hubieran interrumpido. “¿Debí haberlo metido al baño cuando me estaba bañando?”, pensaba. Pero ¿qué iba a saber yo que el futuro se daría así? “O haberle dicho a Johan que despachara a su amigo en la puerta del cuarto por un rato mientras terminábamos ese rapidito”, me decía.

Algo nerviosa, estuve esperando la llegada de Johan a nuestra mesa. No sabía cómo nos íbamos a volver a ver directamente a los ojos después de la experiencia que tuvimos. Empecé con los traguitos de cerveza y con alguno que otro baile, turnándonos mi amiga y Parra.

En una ronda, estando sentados, vi cómo Parra se había salido del bullicio de la música para contestar una llamada. Cuando volvió, nos dijo:

—Ese man dice que no va a venir.

—¿Quién? ¿Johan? —pregunté de inmediato.

—El mismo —me dijo Parra.

—¿Qué le pasó? —preguntó mi amiga.

—Que no quiere salir ya, eso me dice el man —respondió Parra.

—Es como la verga ese man —dijo mi amiga, fastidiada.

Yo no dije nada. Una parte de mí estaba triste por su ausencia, otra estaba aliviada, pero también me preocupé por él. ¿Qué le habrá pasado en su soledad? ¿Qué estará pensando?

Seguimos bailando y tomando.

Recuerdo que en ese baile había muchos negros, y algunos que estaban por fuera caminando por las calles se veían súper bien, con unos cuerpazos. Me preguntaba a mí misma: “¿Tendrán esa misma verga, enorme y apetitosa, como la de Johan?”. Luego me decía: “Ya con lo que pasó en este viaje, y que no pruebe uno, sería una desgraciada… después de todo, no ando con mi novio”.

“¿¡Qué diablos estás pensando, Victoria!?” llegó mi parte sensata a reprocharme.

“¡No puede ser! Yo hice eso y aún tengo novio. ¿¡Qué mierda hice!?…” me reproché.

“Pero es verdad que lo mandé a la mierda… ya es como terminarlo.”

“No hice nada malo.”

Yo misma empecé a debatir, como si tuviera una angelita y una diablita hablándome al oído al mismo tiempo, dándome distintos puntos de vista.

“¡Ay! Esos comentarios fueron de Johan y ya me los ando creyendo.”

“Nunca le dejé un mensaje diciendo TERMINAMOS o NUESTRA RELACIÓN TERMINÓ.”

Me agaché sobre la mesa, ya algo deprimida. Al rato pensé:

“Pero ‘No quiero saber nada de ti, nunca más’. Es claro, ahí lo puse.”

“No hice nada malo. Cualquiera que leyera eso del otro lado diría que se acabó, ¿no?”

“Pero ¿y qué tal si no? ¿Qué tal si aún espera mis mensajes y podamos hablar, arreglarlo todo?”

Quería desbloquearlo y escribirle, pero entonces recordé lo que me había hecho.

“No se lo merece. Él es más feliz así, sin mí.”

“Yo debo buscar mi felicidad y hacer lo que quiero para encontrarla.”

Me levanté más “fuerte” y empecé a tomar más trago, resignada —según yo— a vivir la vida como se me plazca.

No recuerdo nada más durante un lapso de tiempo. Solo sé que me desperté en la cama del hospedaje con un fuerte dolor de cabeza. Me sorprendió ver que no había nadie más en el cuarto. Me levanté extrañada.

Todo estaba hecho un desastre. Traté de ubicarme y entender con quién había dormido. En mi lado de la habitación estaban las cosas de mi amiga Angy, y en la otra cama, las cosas de los chicos, me alivió saber que dormí con mi amiga.

Quise volver a dormir, pero la incógnita de la ausencia de mis compañeros no me dejó. Me levanté, abrí la puerta y, con los ojos entrecerrados por la luz que recibí de golpe esa mañana, esperé a que se adaptaran. Miré alrededor buscándolos, pero no había ni rastro de ellos.

Entré al baño, me duché y luego saqué dinero para comprar mi desayuno y una pastilla para el dolor de cabeza. Me dirigí al comedor y pregunté por ellos a la camarera.

—Estaban aquí como a las 8:30 a.m. —me dijo.

Miré mi celular: eran las 11:43 a.m. Tenía mensajes y llamadas de mis padres. La noche anterior, antes de ir a la fiesta, me había despedido de ellos diciendo que me iba a dormir a las 8 p.m. Mentira que, como siempre, me creyeron.

—¡Mierda! Madrugaron… ¿cómo aguantaron esta jaqueca? —pregunté.

—Pues no se veían tomados —respondió la camarera.

—¿Qué va a pedir? —añadió.

—Ya casi es hora del almuerzo y debo encontrarlos. Mire, solo deme un café bien cargado —le pedí, mientras respondía los mensajes y empezaba a llamarlos.

Después de tomar el café, busqué una farmacia para comprar la pastilla y, al rato, me dirigí a la playa a buscarlos.

Estuve un buen rato buscándolos. Mientras lo hacía, tenía algo de nervios por volver a ver a Johan. Finalmente los encontré, metidos en el mar.

—¡Señorita! —escuché que me llamaban.

Volteé. Era la profesora encargada de mi bus. Algo que me asustó.

—¿Se puede saber qué anda haciendo usted con la otra señorita, apartadas del grupo? —me dijo molesta, en tono de reproche.

—Ya me contaron que andan ambas con esos dos muchachos de curso superior a ustedes, que no forman parte del grupo. Pensé que venían con algún familiar. ¿Usted enloqueció, niña? No pensaba esas cosas de usted… de esa muchacha sí, pero ¿de usted? ¿Ya saben esto sus padres? —me dijo, abriendo más los ojos y clavándome una mirada intensa.

—¡Pero no hemos hecho nada malo! —respondí.

—¿Nada malo, Victoria? Ni al hotel del grupo fueron. Estuve buscándolas como loca. Si no fuera por los demás chicos, no me entero de nada…

—¡PERO ESTAMOS AQUÍ! ¿NO NOS VE? —le dije, alzando un poco la voz.

—No nos hemos ido, estamos cerca —agregué, ya bajando el tono.

La profesora se quedó impactada. Yo nunca solía responder así.

—El juntarse con manzanas podridas no está bien, señorita. Vea bien a quién elige como amistad. ¿Sabe qué pasaría si algo les llegara a pasar, Dios no quiera? ¿Quién sería la responsable? ¿A quién le echarían la culpa? —me dijo, resignada.

—Sí, ya sé. Pero vamos a volver igual en el mismo bus. Además, usted conoce con quiénes estamos acompañadas.

—Sí, y por eso hablé con los caballeros esta mañana. Les dije que cualquier cosa que pase con ustedes, ellos estarían en serios problemas. Esa muchacha (Angy) se portó grosera y ni escuchar quiso. Lo único que le digo es que ya las tengo grabadas y con fotos con esos muchachos, para evitarme problemas.

—No va a pasar nada, licenciada. Ya estamos grandecitas.

—No es justo, señorita Victoria. Ya que veo que no quieren juntarse acá, a ver, grábeme un audio aquí —me pasó el celular— diciendo que usted anda separada del grupo y que está bajo sus propias decisiones, que no quiere escucharme.

Hice lo que dijo, a regañadientes.

Entonces añadió:

—Si supiera cómo las personas acompañantes, familiares de sus compañeros y de otros cursos, hablan de ustedes dos…

Se fue guardando el celular en su bolso.

Me quedé fastidiada por la regañada, pero al rato me dio igual.

Los chicos salían del mar hacia donde yo estaba.

—¿Qué te dijo la vieja metida esa? —me preguntó mi amiga.

—Nada, lo mismo que a ustedes en la mañana —dije.

En ese instante alcé la mirada y vi a Johan directo a los ojos. Esquivé su mirada de inmediato. Me puse nerviosa por dentro.

—No se preocupen, igual aquí estamos tranqui —dijo Parra.

—Es que no entiende eso la vieja cara de verga esa —dijo molesta Angy.

—Bueno, ya mismo es hora del almuerzo. Vamos a ver qué hay de comer —sugirió Parra.

Vi que Johan se iba alejando mientras decía:

—Busquen un restaurante, ya les caigo.

Y eso mismo hicimos. Yo tenía mucha hambre; desde la noche anterior no comía… bueno, hablando de comida real, claro está (porque sí me había metido algo en la boca, jaja).

Mientras seguíamos buscando un restaurante de nuestro agrado, vi ropa que me gustó y unos accesorios súper lindos, pero claro, necesitaba más dinero. Y como no me gusta prestar, me fui directo al hospedaje a sacar más dinero de mi mochila.

Cuando iba entrando escuché la ducha abierta y el olor a shampoo; Johan se estaba bañando.

Entonces pasé a recoger mi dinero de la mochila, buscando entre mis cosas. De pronto, todo el baño quedó en silencio. Escuché cómo se abrió rápidamente la puerta a mis espaldas; volteé a ver, pero se cerró de inmediato. Antes alcancé a ver algo del cuerpo de Johan.

Seguí con lo mío cuando escuché a Johan salir otra vez del baño. Volteé nuevamente.

¡Me impacté!

Johan tenía la toalla colgando sobre su verga completamente dura, y se paró en el estrecho espacio entre las camas y la pared del televisor, impidiéndome el paso.

Caminé y me paré al frente, mirando hacia cualquier lado menos sus ojos o su monstruoso amigo.

—¡Permiso! —le dije.

—¿Ya se quiere ir? —me preguntó.

—Sí, pues obvio, por algo le pido el paso.

—¿Qué le pasa hoy? —me preguntó muy serio.

—Nada, ¿qué me va a pasar? Solo quiero ir a comer.

Quedamos en silencio. Me agarró de los hombros. Lo volteé a ver a los ojos y, acto seguido, con su mirada apuntó hacia abajo.

—¡COMIDA! Comida es lo que quiero comer —le contesté, algo burlona.

—¿Y qué pasó con lo de ayer? ¿Ahora ya no quiere nada?

—Ayer fue un error, Johan. ¡Eso ya está! Hicimos lo que hicimos y queda entre nosotros. Yo pagué mi deuda.

—¿Segura? ¿No quieres terminar lo que empezamos?

Me dijo eso mientras se acercaba, y sentía la toalla que envolvía su miembro contra mi cuerpo.

Otra vez esa parte de mí me decía: ¡SÍ! Pero quise volver a tener compostura. Entonces me trepé a una de las camas para pasar por encima y salir. En eso, una maldita moneda se me cayó de la mano. Me agaché a ver dónde había caído.

Lo siguiente fue tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar.

Sentí las manos de Johan agarrándome de la cintura y tirándome a la cama donde yo había dormido.

Me quedé en shock. Me levantó como si nada. En eso se subió a la cama, se le había caído la tolla en aquel movimiento, me agarró ambas muñecas y se me acercó para plantarme un beso. A mí todo eso, no sé por qué, me encendió. Empecé a besarlo.

Luego dejó de besarme, y yo, buscando sus labios, quise seguir, pero no me dejó. Solo me miró a los ojos sonriendo y, soltándome una muñeca, me agarró del cuello. Acto seguido, me acercó a él con brutalidad y volvió a besarme.

A mí siempre me gustó el sexo “salvaje”, pero Johan tenía algo distinto que emanaba; una energía tan, pero tan salvaje, tan ajena como ninguna, que me volvía loca.

Seguimos besándonos con demencia y, en eso, yo, poniéndome atrevida, le mordí el labio estirándoselo. Él volvió a besarme.

Mi mano se dirigió directo a su verga para masturbarlo mientras nos besábamos.

—Vamos a terminar lo que empezamos —me dijo con la voz agitada.

—¡Sí! —le respondí, también con la voz agitada.

Me agarró y me lamió los labios. Quedé extrañada; nunca me habían hecho eso, pero me gustó. Solo me sonreí y volví a traerlo hacia mí para seguir besándolo mientras empezaba a desvestirme desde arriba.

En eso me agarró de la parte de atrás de mi cabeza y empezó a bajarme hacia su verga. Nuevamente la tenía para mí, otra vez volviéndome loca y desesperada, chupándosela como esa noche. Yo estaba dándome gusto cuando él se fue levantando de la cama; yo iba prendida aún a esa cosa, no quería soltarla.

—Espérame un ratito, mi amor —me dijo susurrando.

—¿A dónde vas? Ven aquí —le dije con súplica triste.

Se levantó y puso seguro a la puerta, cerrándolo todo. Yo aproveché ese momento para quitarme todo y quedarme solo en tanga. Cuando volvió, yo lo esperaba arrodillada en la cama. Se me acercó, acostándome. Esta vez, después de darme un beso, bajó y empezó a chupar mis senos (en ese tiempo eran más limones). Empecé a gemir mientras seguía sujetando su verga con mi mano; eso estaba durísimo, parecía una piedra.

Así seguimos hasta que después fue bajando poco a poco por mi vientre, besando, llegando a mi ropa interior. Me la quitó en un segundo y empezó a besar el contorno de mi cosita. Empecé a emocionarme mucho por eso. Con esos labios gruesos que tenía Johan, me plantó un beso enorme en todos mis labios de abajo, cosa que me hizo ver estrellas.

Empezó a darme varios besos así. Yo agarraba la almohada con fuerza; en cada uno de ellos me estremecía en cuanto sentía sus labios tocarme. Mi mente se nubló. Empecé a tener esas ganas de orinar y, de la nada, me dio una tembladera desde mis costillas hasta mis piernas.

Él no se detenía ni quería hacerlo. Yo intentaba apartarlo, pero al mismo tiempo no quería que parara. Seguí temblando, elevando cada gemido. En eso ya sentía que me iba a venir. Yo sabía lo que significaba esa sensación; iba a ser la segunda vez en mi vida que la sentía. Por eso no lo detuve. Solo que esta vez era diferente, muy distinta; lo presentía por lo loca que me había vuelto.

Me vine a chorros mientras gritaba:

—¡¡AY, JUEPUTA, QUÉ RICO!!

Me temblaba todo el cuerpo; parecía que me iba a dar la pálida.

Johan solo se reía, con toda la cara mojada por mis chorros. Yo seguía chispeando líquido mientras temblaba y miraba directo al techo.

—Qué mal culeada has estado, mi amor. Mira lo que provoqué solo en este ratito —me dijo mientras se me acercaba a consolarme.

Yo quedé recogida un rato hasta recuperarme, mientras Johan se masturbaba al lado mío y me tocaba. Ya medio recuperada y arrecha por la emoción tan rica que se sintió eso, le dije:

—Más… papi, quiero más.

—Ay, jueputa, qué rico esto —dije mientras suspiraba.

Lo volteé a ver y lo vi aun masturbándose. Me mordí los labios y procedí a chupársela de nuevo.

—Qué rica verga negra, papi —le dije mientras la escupía.

—Dímelo más fuerte —me ordenó.

—¡Qué rica verga negra, papi!

—Más fuerte, que si es posible te escuchen afuera y así te creo que te parece muy rica.

—¡QUÉ RICA VERGA NEGRA QUE ME ESTOY COMIENDO, PAPITO! —lo dije gritando a todo pulmón, importándome poco o nada si había gente afuera.

Él me agarró con fuerza, me acercó y me dijo:

—Hora de hacer ese culo mío, mi amor.

—Sí… —le dije con una voz tierna, suplicando.

—¿Quieres sentirla adentro? —me preguntó, quejándose de placer.

—¡Sí! Pero por mi culito —le puse ojos tiernos.

No lo pensé dos veces. Y eso que, como dije, ya había probado el sexo anal, pero no me agradaba; no era para nada mi favorito. Solo lo hacía por complacer y, en esta ocasión, no fue la excepción.

Me levantó y me llevó con él, quedando parados. Sacó un aceite con empaque, lo abrió; ya que lo había comprado nuevo. Ahí supe que él esperaba este momento otra vez.

Yo de nuevo empecé a tener miedo por el tamaño de su verga, por cómo se veía.

Se me acercó y me hizo inclinar ahí mismo, parada, con las manos en el suelo y el culo levantado.

—Despacito, por favor, ¿sí? —supliqué.

—No te voy a lastimar, tranquila, bebé.

Empezó otra vez, con la yema de sus dedos, a aceitarme todo mi culito. En eso sentí cómo metía un dedo, algo que me sorprendió mucho. Quise reposicionarme erguida por reacción natural, pero Johan no me lo permitió.

—Sh, sh… estoy lubricando por dentro también —me dijo en voz baja.

—Ushfff… —suspiré profundo.

Puso toda su verga reposando en medio de mis nalgas y después la sobó así. Yo estaba asustadísima. Un jugueteo en la entrada de mi culito con su cabeza me quiso hacer saltar, pero Johan me tenía sujeta para que no me levantara.

Yo ya iba a decirle que tenía miedo cuando sentí cómo su cabeza ahora sí estaba presionando, queriendo entrar.

—Relájese, mi amor, relájese —me decía Johan mientras empujaba.

En eso mis nalgas hicieron un movimiento rápido y brusco, como si algo hubiera encajado de golpe. Me hizo gritar un:

—¡Ay!

Abrí los ojos por la impresión, cerrándolos después mientras trataba de tomar aire. Había entrado toda la cabeza de golpe en ese empujón.

—Fuf… fuf… fuf… —yo suspiraba rápido mientras trataba de reponerme de ese impacto.

Johan hizo:

—Sh, sh, sh… —poniéndome sus manos en cada nalga.

Así quedamos por un momento. Yo estaba hasta lagrimeando por la entrada de su verga en mi culito.

Cuando sentí que empezó a metérmela más, abrí los ojos aún más; solo podía abrir la boca por la entrada de esa cosa, ni siquiera podía decir algo. Más lágrimas me salieron. Sentí un vacío raro en mi vientre; empezaron a temblarme las piernas ahí, pues yo estaba parada, hasta las manos me temblaron y eso que ellas me sujetaban también desde el suelo. Quedamos así un rato.

Con sentirla adentro, no sabía si era por lo grande o lo gruesa, o ambas cosas juntas, que hasta ganas de ir al baño a hacer del dos me dieron. Sentía cómo latía toda mi entradita y su verga dentro de mí. Esperamos a que yo me repusiera.

Mi idea era recuperarme rápido, cumplirle a mi macho, así como él me cumplió a mí. Iba a reponerme y aguantar ese dolor y el que siguiera.

—¿Ya? —me preguntó suavecito.

—Sí… —le dije casi sin aliento.

Empezó a bombearme lento, muy despacio. Así estuvo un rato y, obviamente, sí me dolía, pero increíblemente, con esa mentalidad que me había propuesto de tener que cumplirle, me hice fuerte al dolor, que jugaba un papel de sensaciones extrañas. Con mis manos me abrí un poco más las nalgas para él y según yo, pensando que reduciría el dolor.

Aumentó un poco los movimientos al bombearme, pero yo le hacía regular la intensidad si ya no soportaba más. En uno de esos movimientos me nalgueó y exclamó:

—¡Ay, qué rico culo, mi amor! —soltándome otra nalgada.

Yo solo exclamaba aquellos golpes, porque estaba concentrada en el dolor de mi interior debido a sus movimientos bombeándome, eran tantas cosas que me pasaban al mismo tiempo.

—¿Quién es el nuevo dueño de este culo? ¿Ah? Dime —me ordenaba Johan.

—¡Tuyo, mi negro! ¡Tuyo! —le respondí de inmediato.

—¿Cuándo me darás este delicioso culo? —me volvió a preguntar.

—Cuando tú quieras… ¡Ay! —le respondí.

—Di “mi negro” —me ordenó.

—¡Cuando tú quieras, mi negro! ¡Cuando tú quieras! —le dije fuerte.

—Qué rico, mami… siempre me dará culito —procedió a nalguearme fuerte dos veces más.

—¡Ay! Sí, yo le doy culito, mi negro hermoso —le dije, completamente entregada.

Se emocionó tanto con lo que dije que en aquel instante me dio unas rápidas metidas de verga, que me hicieron incorporarme.

—¡Ay! No, espe… —grité, al mismo tiempo que me dio una nalgada y me empujó hacia la cama.

Quedé acostada boca abajo, con tantas emociones y el dolor en mi culo, que necesitaba un gran descanso. Permanecí unos minutos sin ver lo que hacía Johan.

Cuando sentí que me iba alzando las nalgas desde mis muslos y empezaba a hacerme un oral tan intenso que se combinaba con la sensación que aún quedaba del dolor latente del sexo anal.

Otra vez sus labios y su lengua eran increíbles; me dejaban loca. Todo debajo de mí era una corriente de líquidos y fluidos. Después Johan se detuvo. Sentí cada una de sus manos agarrándome las nalgas abriéndolas en el proceso. Hizo una leve risa y me metió dos de sus dedos en mi culo, muy suave, me dijo:

—No sabes lo abierta que te dejé aquí atrás.

Procedió a darme un beso en cada nalga.

No sé por qué me entró tanto morbo y calentura al escuchar eso; imaginarme que un negro me haya metido toda su verga por detrás y que yo lo había concedido, me encendieron mucho. Justo en ese momento sentí su verga gruesa sobándose por mi cosita, pero esta vez Johan ya tenía puesto el condón. Sabía que era el momento de hacerlo por ahí y, siendo sincera, si esta vez me lo metía a pelo, se lo iba a permitir. Esa parte de mí quería probarlo al natural, pero callé; era mejor protegerme.

En cuanto empezó a meterla, sentí como si nuevamente fuera virgen. Como dije, era la cosa más grande y gruesa que había probado en ese entonces, por lejos, comparada con los tres chicos anteriores con los que tuve sexo, y mi interior al sentirla entrar me lo hacía saber.

Yo solo quedé quieta, gimiendo con algo de dolor. Eso estaba tan duro… Cuando se detuvo, pensé que a lo mejor ya la tenía completamente adentro.

—¿Ya entró toda? —pregunté, toda ingenua.

Con un acento burlón, Johan me respondió:

—¿La quieres toda adentro? Porque aún queda afuera.

Me espanté; según yo ya me sentía completa.

—Solo no te la meto toda porque te vaya a doler —y el bandido empezó a meterla un poco más.

Y sí, tenía razón. Rápidamente le puse las manos en los muslos para que no siguiera.

—Ja, ja, ya ves… pero te vas a acostumbrar con todas las culeadas que te voy a hacer.

—¿Sí? —le dije volteando a verlo hacia atrás, tratando de poner mi cara más tierna y sumisa.

Riendo, Johan se acercó cuerpo a cuerpo, me agarró de la cintura, me dio un beso en los cachetes y después me dijo:

—Qué rica eres cuando te portas como una perrita.

En eso moví un poco las nalgas. No sé por qué me excitaban tanto esas morbosidades; me degradaba, pero me encendía demasiado. Nunca me habían tratado así, siendo sincera, eso era lo que me gustaba, lo que yo quería, lo que tanto había querido. En ese momento me quedó muy claro.

Había algo en mí que sentía que Johan me quedaba como anillo al dedo, o gráficamente hablando, como su verga con mi vagina. Y también presentía que él se estaba controlando y conteniendo por ser nuestra primera vez, porque sentía que Johan podía ser más salvaje; degradarme más, ser más vulgar e intenso.

Empezó a bombearme muy despacio; hasta él gemía. Seguía así un buen rato y después me la sacaba. Con la cabeza jugaba alrededor de mis labios vaginales y de nuevo la volvía a meter suave. Yo me sentía completamente empapada. Volvía a lo mismo: bombeaba despacito un rato y la volvía a sacar, pero esta vez dándole golpecitos a mi coñito, y repetía el proceso.

Yo ya tenía la sensación de que se venía otra corrida mía. Cuando vimos por las sombras de afuera que alguien llegaba, nos levantamos. Era Parra, qué empezó a intentar abrir la puerta.

Johan me hizo la señal de hacer silencio, agarró su toalla y se la puso. Yo recogí toda mi ropa del suelo mientras Johan en completo silencio tapaba las sábanas mojadas por mis chorros al venirme, con una cobija. Parra empezó a llamar, pero ninguno le respondía. A mí ya no me daba tiempo de vestirme; entré al baño y le hice a Johan la señal de que esperara y lo metí al baño conmigo. Abrí la llave de la ducha al máximo mientras Parra seguía golpeando y llamando para que le abrieran.

—Déjalo que grite y llame un poco más, después le contestas —le dije a Johan dentro del baño.

Johan asintió. Nos miramos con complicidad y placer, nos besamos, y yo me quedé con más ganas.

En un llamado más fuerte de Parra, cerré la llave de la ducha y le dije a Johan que fuera a abrirle con la toalla.

—¡Espera! —le dije en susurro, agarrándolo—. Mójate, ya estás algo seco por partes —agregué mientras trataba de abrir la ducha nuevamente.

Johan me hizo una señal de que no era necesario, y yo entré en nervios, pensé que Parra sospecharía al verlo no tan empapado. Salió, y yo me escondí detrás de la puerta del baño. En eso escuché:

—Ya voy —dijo Johan.

—Oye, man, ya tengo rato aquí. ¡Ábreme! —dijo Parra.

—Espera, maricón, que me estaba bañando —respondió Johan mientras le abría la puerta.

—No vayas a entrar, marica, que ando en toalla. Espera un rato —añadió Johan.

—Ya, ya —dijo Parra.

Johan volvió al baño y cerró la puerta. Yo andaba con nervios. En eso me hizo moverme de donde estaba y meterme a la ducha.

Yo pensando que quería que nos bañáramos juntos y/o seguir en lo que estábamos.

—¿Sabes que por el reflejo de la luz del baño te podía ver los pies? —me dijo susurrando.

—¡Oye, ya! —gritó Parra.

—Ya entra —respondió gritando también Johan mientras abría la llave de la ducha.

Nos dimos un beso más. En eso miré hacia abajo; su miembro, aún con el condón puesto, ya no estaba tan duro, y le sonreí por esa escena.

Yo, con la intención de que no se durmiera, se lo agarré con la mano y empecé a hacer círculos en mi vientre con él. Johan me vio fijamente y nos dimos otro beso apasionado. Procedí a darme la vuelta; aún sujetándolo, lo redirigí de nuevo a mi coñito, poniéndole mi cara más tierna, instándolo a que me la metiera. Johan me hacía señas de que era indebido en ese momento. Yo le puse cara de súplica; después, Johan accedió. Acto seguido, se me acercó y yo misma, poniendo su cabeza en mi cosita, retrocedí para metérmela lentamente.

Esta vez fui yo la que me movía despacio, mientras Johan estaba medio inclinado, agarrándome de la cintura. A lo mejor por la adrenalina de la situación no sentía tanto el dolor del sexo anal de hace rato; claro que aún estaba, pero lo percibía leve. También me dolía muy poco lo que estábamos haciendo; claro, porque lo hacíamos despacio.

Como teníamos la ducha abierta casi al máximo, no se escuchaban para nada los quejidos y gemidos de adentro. Claro que tratábamos de no hacerlos, pero uno que otro se me escapaba por la vergota negra de Johan.

—¡Oe, negro! —gritó Parra desde afuera, mientras nosotros nos quedamos quietos.

—¿Qué? —gritó respondiendo Johan.

—¿No has visto a esa pelada, la Camila? —preguntó Parra refiriéndose a mí.

—Ni idea, man, no la he visto —respondió Johan al instante.

Yo, volteando a ver a Johan con una sonrisita picarona por la mentira que acabó de decir, empecé a moverme otra vez, hundiéndome su verga suavecito. Johan puso cara de incredulidad.

—La Angy anda queriendo saber dónde está ella. Estábamos juntos y esa pelada se desapareció —dijo Parra.

—No sé, man. Ya te digo, por acá no la he visto —dijo Johan, mientras seguía inclinado, sin moverse.

—Bueno. Oe, ¿a qué hora sales? Ya tenemos un restaurante para almorzar, ¿vendrás a tragar? —preguntó Parra.

—Ya estoy por salir —respondió Johan.

—Ah, cierto, man. Dicen los del bus que nos regresamos a las 5 de la tarde, apura —dijo por último Parra.

Mientras seguíamos, afuera quedó en silencio y no sabíamos si Parra seguía ahí. Eso nos frenaba de alzar la voz y estar normales con los ruidos. Johan dio unos pasos, llevándome consigo a pegarme contra la pared de la ducha. Me sujetó de la cintura otra vez y empezó a bombearme; seguíamos suave.

Así estuvimos un rato. Después sentí que Johan empezaba a aumentar un poco más el ritmo. Yo le ponía mis manos atrás, en sus muslos, controlando cuando me dolía mucho; a veces la sacaba, quedaba afuera y luego la volvía a meter. Yo, a este punto, ya no quería que la sacara ni un momento. No sé, pero me entró un arrebato de locura en ese instante: ya no quería frenarme de hacer ruidos.

En eso, cuando me la volvió a meter, hice un quejido fuerte a propósito. Johan se quedó inmóvil. Lo volteé a ver y me hizo la señal de hacer silencio.

—Si está afuera, me da igual que nos escuche —le dije a Johan.

Yo sentía una intensidad loca; no me importaba nada, solo quería disfrutar el momento. Johan, en ese instante, me soltó una nalgada con agarre fuerte mientras me sometía más contra la pared y me preguntó, ya con voz alta:

—¿Segura?—

Asentí con la cabeza.

En mi cabeza acepté que me atraía mucho Johan y quizás fue desde hace meses atrás y no lo sabía, esa hombría que emanaba, su forma de tratarme, su físico, la química perfecta, por eso nunca dejé de hablarle, en ese momento me daba igual que ya todos supieran que andaba haciendo algo indebido con él. Entonces dije:

—Quiero que se enteren de que mi negro me está culeando —dije súper excitada.

Johan empezó a bombearme más rápido por la excitación.

—¡Despacito! ¡Papi! ¡Despacito, papi! ¡DESPACITO! —le gritaba, gimiendo.

Aunque Johan estaba más rápido, tenía tino en su velocidad para no metérmela más fuerte y hacerme algún daño. Lo que gritaba yo era por la velocidad con la que ejercía en mi interior, ya que estaba apretado al tamaño de su vergota. Johan me agarró del cabello y me lo jaló hacia atrás, y empezó a darme varias nalgadas en cada nalga con la otra mano. Yo de nuevo sentía que me iba a ir en chorros. En eso me la saca, se queda afuera un rato tratando de jugar, y yo, que sentía que me quería venir, me frustré.

—¡Métemela! ¡Métemela de vuelta! —le supliqué con la voz agitada, agarrándole su miembro con una de mis manos.

Johan me agarró la mano y me la quitó de su verga, y me dijo:

—Aún no.

—Culéame, papi, sigue así. Ya me iba a correr, métemela. ¡Métela, mi negro hermoso! —suplicaba yo.

—Es que me quiero correr igual y no quiero que termine esto ahora —me dijo Johan.

Yo me puse más caliente. Quería verlo correrse sí o sí, quería presenciar esa escena.

—Métemela, por favor. Quiero ver tu lechita salir.

—Es que no quiero terminar aún. A lo mejor ya te vayas —me dijo Johan.

—Ay es que ya vamos tarde, mi negro hermoso, solo déjame ver esa lechita salir de esa rica verga negra. Dale, amor, no seas malo.

—¿Así que ya soy su amor? —me preguntó.

Yo, sonriendo, le dije:

—¿Tú qué crees?

Johan se sonrió, me agarró cariñosamente de la cintura.

—¿Podemos ser algo tú y yo? Responde, porque no quiero que esto acabe —me preguntó Johan.

Me puse a pensar en tantas cosas… ¿De verdad me ama tanto? ¿En serio siente algo por mí? Y si eso fuera cierto, ¿cómo voy a terminar con mi novio y entrar en una relación nueva tan rápido? O puede que solo quiera aprovecharse y culearme las veces que quiera hasta que se aburra de mí.

Pero esa parte de mí me respondió rápido: no perdía nada con aquella oportunidad; de hecho, disfrutaría mucho.

—Métemela de nuevo, córrete y te doy la respuesta —le respondí.

Inmediatamente, Johan me la volvió a meter.

Otra vez estuvo penetrándome suave y yo como lo disfrutaba, el ver todo su cuerpo haciendo contraste con el mío, me encendía tanto.

—¡Ay, jueputa! ¡Qué rica tu verga, mi amor! —exclamaba yo.

Volteándome a verlo a fijamente a los ojos, agregué:

—Tu rica vergota negra, mi amor.

Volvió a agarrarme del cabello y a hacerlo rápido.

Ya mismo me sale la lechita, ¿dónde la quieres? —me preguntó Johan.

—Donde tú quieras, bebé —respondí jadeando y gimiendo—. Pero quiero verla —agregué.

—¿En una nalguita o en la cara?

—En una nalguita, después me vaya a quedar un poco de tu leche en el cabello y me toca lavármelo —le dije.

Seguía moviéndose, gimiendo. Yo sentía también que me iba a correr.

Cuando Johan empezó a bombearme mucho más rápido mientras gemía, ya sabía que se iba a correr antes que yo y no sé por qué no le dije que parara un rato para corrernos juntos.

Pero bueno, Johan sacó su verga, me alzó con un brazo el muslo hasta mi cadera y apuntó a mi nalga de la pierna levantada. Se quitó el condón, empezó a masturbarse y lo vi.

Su rica leche le salió en una cantidad enorme, disparada con presión, jamás antes vi tanto semen salir, de esa manera, parecía no acabar nunca. Él gemía fuerte con los ojos cerrados, mirando hacia arriba. Yo, con felicidad, veía toda esa leche blanca escurrirse por todos lados, una vez que salieron los últimos disparos dejados en mi nalga. Procedí con mi mano a embarrarme su lechita por toda mi nalga en forma circular.

Yo me di la vuelta y, mientras me masturbaba, le di una mamada, limpiando lo que le había quedado de su leche en su verga. Johan gemía. Después, mientras él me miraba, empecé a jugar con la poca lechita que recogí, haciendo burbujitas en mis labios o mostrándole mi lengua y escurriéndola, echándola en mis senos y, de nuevo, con mi mano recogiéndola otra vez para meterla en mi boca. Yo sabía que eso pone locos a los chicos, y Johan no fue la excepción. Él me veía con cara de asombro.

—¿Te la vas a tragar? —preguntó Johan.

Al milisegundo lo hice y le puse cara coqueta.

—Uff, amor, tú sí eres el amor de mi vida, eres perfecta —me dijo Johan emocionado.

Me vio que seguía masturbándome porque tenía aún ganas de correrme. Cerró la llave de la ducha; en eso me agarró de la mano, se acostó y me bajó poniéndome en cuclillas, poniendo mi cosita en su boca. Empezó a darme un oral riquísimo. Yo puse mis manos sobre su pecho y, Dios mío, era tan rico que volvieron fuertes las ganas de correrme. Yo me fijaba en su cuerpo desnudo, negro, y su cosa ahí aún grande, y no lo podía creer. No entendía cómo Johan era perfecto para mí y vaya que sí encajábamos tan bien.

Ya cuando estuve por correrme, gemí más fuerte mientras gritaba:

—¡Qué rico! ¡QUÉ RICO! ¡QUÉ RICOOOO, JUEPUTA!

Sobé mis labios contra su boca con velocidad y salió otra vez una cascada de líquidos míos. Yo me tiré delante de él, acostada sobre su cuerpo, porque mis piernas otra vez me temblaban; perdí el control. Qué increíble sensación era esa. Nunca hasta ese rato había estado tan fuera de mí; era como si el alma se me saliera y solo quedara mi cuerpo con tantas emociones, temblando todo por dentro.

No sé qué pasó por un rato y, cuando me recuperé algo, me levanté con ayuda de Johan; aún no podía moverme bien. Johan me sostenía y me mantuvo parada un rato.

—¿Ya está bien? —me preguntó.

Yo, con un gran suspiro, le dije:

—Sí, ya—

Nos miramos fijamente y nos sonreímos. Yo lo abracé y después nos besamos. Abrí la llave de la ducha para lavarme los fluidos del sexo, sin que el agua tocara mi cabello, ya que nos tocaba salir y vernos con los chicos.

Cuando me di vuelta, Johan me contemplaba feliz.

—¿Qué me miras? —le dije.

—Nada… solo que parece un sueño tenerte así —me dijo Johan.

Yo me reí y me di la vuelta.

Se me acercó, poniéndome la mano en la nalga.

—No sabes cómo me moría porque esto pasara —me dijo susurrando.

—¿No creías que tenías oportunidad? —le pregunté.

—Claro, si cualquiera que te ve se da cuenta de que eres niña de casa, fresita, con estándares altos —añadió.

—Estudiamos en colegio público —le dije, mirándolo con ironía.

—¿Y? Igual yo te veía siempre así… No pensaba que haríamos estas cosas.

—¿Solo querías culearme? —le pregunté.

—No —me dijo Johan.

—Es que eso das a entender —le dije.

—No, no, yo te quiero toda —me dijo mientras empezaba a besarme los costados.

—Pues, siendo sincera, no te equivocaste. Yo huía de los negros, no me agradaban, pero no sé qué pasó contigo y aquí estamos, e hicimos lo que hicimos —le dije.

Sacó una sonrisa burlona y me dijo:

—Y estuvo bien rico.

Yo me sonreí.

—Oiga, pero quiero aún mi respuesta —dijo Johan al abrazarme por la espalda.

Yo sentí el miembro de Johan tocándome las nalgas otra vez y noté que andaba algo erecto.

—¿Esa cosa tuya no baja? —le pregunté.

—Y si le soy sincero, yo estoy para un segundo round sin problemas.

Yo me volteé y, viéndosela directamente, dije:

—Y no lo dudo, pero no podemos, lo siento.

Me fui saliendo de la ducha y Johan me agarró del brazo.

—Johan, ya vamos tarde, van a sospechar —le dije.

—¿Y no me dijiste que ya no te importaba que lo sepan? —preguntó.

Yo me gocé y, riéndome, le dije:

—¡Ya! Sí, pero aún no es el momento. Ya veremos cuando volvamos a casa.

—Te iba a decir algo —me dijo seriamente Johan.

Yo levanté una ceja, esperando su comentario.

—Quedémonos unos días más, solo usted y yo juntitos —añadió.

—¿Estás loco? No puedo quedarme más tiempo —respondí sorprendida.

—Pero, mi amor, imagínese solo usted y yo en esta playa —me incitaba Johan.

—Y sí me lo imagino, y me encantaría, pero ¿y mis padres? Yo debo volver hoy —le dije.

—Pero que nos acolite Angy con una mentira —me sugirió.

Yo me reí, miré al piso pensando, y ciertamente sí quería quedarme unos días con Johan. Uff, lo que sería estar los dos sin que nos molestaran más. Mientras me imaginaba todo lo que sería, Johan me interrumpió diciendo:

—O a lo mejor no. Claro, es que ahí se hace evidente todo; a lo mejor eso piensa…

—No, para nada. De hecho, me encantaría quedarme, ya te lo dije. Y como te dije también, me da igual ahora que piensen lo que piensen; quiero que se enteren de que tú y yo tenemos algo.

—Uff, ¿de verdad, amor? —me dijo Johan acercándose a mí.

Yo, coquetamente, asentí con la cabeza y nos dimos otro beso apasionado. Después nos miramos y Johan dijo:

—¿No hay problema si empezamos desde ahora con los amigos?

—No —le dije, viéndolo directamente a los ojos—. De hecho, debemos hacerlo si nos vamos a quedar solitos aquí.

—Entonces, ¿sí acepta? —me preguntó Johan.

Yo otra vez asentí con la cabeza y volvimos a besarnos.

Salimos del baño a secarnos el cuerpo y alistarnos.

—¿Sabe? Lo pensé bien: hay que decir que nos vamos a quedar ya al final, cuando vayamos a ir al bus —me dijo Johan, mientras yo me secaba con la toalla.

—¿Y cómo así? —le pregunté.

—Pues ese man de Parra y Angy han de querer quedarse si nosotros damos la noticia antes —me respondió.

—Es verdad —le dije.

—Bueno, entonces hagámoslo cuando ya vayamos a volver y nos quedamos —añadí.

En eso, mientras yo me ponía la ropa interior, noté cómo Johan, desde atrás, me veía toda y tenía una mirada de depredador. Y, siendo sincera, a mí también me llenaba de ansias saber qué pasaría en nuestra estancia ahí, solos los dos. Algo era seguro: las culeadas que me iba a pegar iban a ser varias.

Cabe recalcar que toda mi colita se sentía adolorida; me aguanté para no levantar sospechas cuando llegamos al restaurante con los chicos y almorzamos.

Dijimos las mentiras perfectamente coordinadas y nunca sospecharon nada, hasta ese rato. Faltaban pocas horas para destapar la verdad. Comimos y ni nos volteábamos a ver para seguir con nuestro jueguito.

Y bueno, preciosos, esta es la segunda parte de mi anécdota. Espero que les haya encantado y déjenmelo saber en los comentarios. También califiquen mi anécdota para que me recomienden más en la página… Pronto subiré más partes. No sé cuánto me tome redactar todo lo que hicimos en esa playa, pero eso sí, denme algo de tiempo, ya que paso ocupada.

Cualquier cosa, pueden ver más en mi perfil.

Besos, muchas gracias por leerme. Tengan un bonito día.

El negrote Johan

El negrote Johan ¿y primera infidelidad? I