Capítulo 1
- El clímax final con el trío familiar consolidado
- El descubrimiento de la madre (Marta), que decide unirse
- El encuentro explícito inicial
- La tensión en el sofá entre el tío y la sobrina (Elena)
La urgencia en sus manos me convenció de que ya no había vuelta atrás. Me deshice de mi camisa mientras ella, con un movimiento ágil y sin dejar de mirarme, se despojó de su camiseta, dejando su pecho al descubierto bajo la luz tenue de la lámpara del salón. La visión era hipnotizante; la firmeza de su juventud mezclada con la entrega absoluta hacia mí.
Mis manos no tardaron en encontrar su piel de nuevo. Empecé a besar su cuello, descendiendo lentamente mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, dejando escapar gemidos ahogados que intentaba reprimir contra mi hombro. El contraste entre la suavidad de sus caricias y la fuerza de mi deseo creaba una atmósfera eléctrica.
—Tío… por favor… —murmuró, su voz rompiéndose mientras sus dedos se clavaban en mi espalda.
La recosté con cuidado en el sofá, el cuero frío bajo su espalda contrastando con el calor que emanaba de nuestros cuerpos. Sin dejar de besarla, me deshice de lo poco que nos quedaba de ropa. El roce total de nuestras pieles fue como una descarga. Cada caricia era más audaz que la anterior, explorando cada rincón de su cuerpo, descubriendo cómo reaccionaba ante mi tacto. Ella era fuego puro, respondiendo a cada movimiento con una intensidad que me hacía perder el sentido de la realidad.
Cuando finalmente nos fundimos en uno solo, el tiempo pareció detenerse. Fue un encuentro marcado por la prohibición, donde cada embestida llevaba el peso de lo secreto y lo deseado durante tanto tiempo. Ella se aferraba a mis hombros, ocultando su rostro en mi cuello para silenciar sus gritos de placer, mientras yo la sostenía con fuerza, queriendo grabarme cada sensación en la memoria.
Al terminar, nos quedamos abrazados en el silencio de la sala, con el único sonido de nuestras respiraciones volviendo a la normalidad. La penumbra nos envolvía, protegiendo ese pacto mudo que acabábamos de sellar.
—Mañana será como si nada hubiera pasado —susurró ella, besando mi mejilla antes de levantarse y recoger su ropa con una sonrisa cómplice.
Yo me quedé allí, viendo cómo desaparecía por el pasillo, sabiendo perfectamente que a partir de esa noche, nada volvería a ser igual en esa casa.
Cuando Elena se deshizo de sus pantalones cortos, quedó ante mí solo con una pequeña braga de encaje negro que apenas cubría su intimidad. El contraste de su piel blanca con el sofá era demasiado. No esperé más; me arrodillé entre sus piernas y, con un movimiento firme, aparté la tela. El aroma de su excitación, mezclado con su perfume de vainilla, me golpeó de lleno. Comencé a lamerla con avidez, escuchando cómo sus muslos se tensaban contra mis orejas y sus dedos se enredaban con desesperación en mi pelo. Sus gemidos ya no eran susurros; eran súplicas húmedas mientras mi lengua exploraba cada pliegue de su feminidad, encontrando su clítoris hinchado y palpitante.
—Tío… por Dios, me vas a volver loca… —gemía ella, arqueando la pelvis hacia mi boca, buscando más de esa presión eléctrica.
Me puse en pie, deshaciéndome de mi propio pantalón con urgencia. Mi miembro, completamente rígido y palpitante, quedó a la vista. Elena abrió los ojos de par en par, humedeciendo sus labios con la lengua. Sin dudarlo, me tomó con su mano pequeña y cálida, rodeándome con firmeza y recorriéndome de arriba abajo. El roce de su palma me hizo gruñir de puro placer.
La giré con cuidado, poniéndola de espaldas a mí, apoyada contra el respaldo del sofá. Sus nalgas, redondas y firmes, quedaron expuestas a mi merced. Separé sus mejillas con las manos y la vi jadear mientras me sentía rozar su entrada. Sin más preámbulos, la penetré con un empuje profundo y decidido. Elena soltó un grito que ahogó contra el cojín mientras yo la llenaba por completo.
El sonido de nuestros cuerpos chocando, ese chapoteo húmedo y rítmico, llenaba la sala. Cada embestida era una transgresión a nuestra sangre, una delicia prohibida que nos hacía perder el juicio. La tomé por las caderas, enterrándome en ella hasta el fondo, sintiendo cómo sus paredes internas me apretaban en espasmos deliciosos. Ella se movía con un hambre impropia de su edad, buscando que cada golpe fuera más fuerte, más profundo.
—¡Dame más, tío! ¡Rómpeme así! —exclamó sin filtros, entregada totalmente al morbo de ser poseída por el hermano de su madre.
Sentí que llegaba al límite. La electricidad recorrió mi columna y, con un último impulso que nos dejó a ambos temblando, me descargué dentro de ella con fuerza, llenándola de mi esencia prohibida mientras ella alcanzaba su propio clímax, apretándome con una fuerza casi dolorosa hasta que ambos quedamos sin aliento, unidos en el silencio pecaminoso de la sala
Justo cuando el silencio empezaba a ganar terreno tras nuestro primer encuentro, el sonido de una llave girando en la cerradura nos congeló. Era Marta, mi hermana y madre de Elena. No debería haber regresado hasta el día siguiente, pero allí estaba.
Elena, con la respiración aún agitada y la piel brillante por el sudor, ni siquiera tuvo tiempo de cubrirse. Marta entró en el salón y se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron la escena: su hija desnuda sobre el sofá y a su hermano, todavía recuperando el aliento, a medio vestir. El aire se volvió irrespirable.
—¿Pero qué… qué significa esto? —logró decir Marta, aunque su voz no sonaba con ira, sino con una extraña mezcla de shock y algo que no supe identificar.
Elena, lejos de asustarse, se levantó con una confianza que me dejó mudo. Caminó hacia su madre, dejando que la luz de la sala mostrara cada detalle de su cuerpo marcado por nuestro encuentro.
—Mamá, deja de fingir —dijo Elena, rozando el hombro de Marta—. Sé que siempre has querido saber qué se siente estar con él. Por eso me enviaste aquí, ¿no?
Marta tragó saliva, mirando el miembro que todavía se mantenía firme entre mis piernas. La tensión de años de secretos familiares estalló en ese momento. Vi cómo mi hermana soltaba su bolso al suelo. Sus ojos se encontraron con los míos, y en lugar de reproche, vi un deseo acumulado durante décadas.
—Siempre fuiste un peligro, hermanito —susurró Marta, mientras empezaba a desabrocharse la blusa con manos temblorosas pero decididas—. Si vamos a condenarnos, lo haremos los tres juntos.
Marta se deshizo de su ropa, revelando un cuerpo maduro y lleno de curvas que complementaba perfectamente la juventud de Elena. Se acercó a mí, quedando frente a frente, mientras su hija se colocaba detrás de mí, rodeándome con sus brazos.
—Ahora, enséñale a tu hermana lo que acabas de hacerle a su hija —ordenó Marta, mientras me tomaba con fuerza y me guiaba hacia su propia humedad, ya lista y desbordante.
El encuentro se volvió un torbellino de carne y transgresión. Tenía a las dos mujeres de mi vida, mi hermana y mi sobrina, entregadas al mismo tiempo. Marta se sentó sobre mis muslos, tomándome por completo con un gemido de satisfacción profunda, mientras Elena se arrodillaba detrás de ella para besar su espalda y sus pechos, creando una cadena de placer prohibido. Los sonidos de la sala se multiplicaron: los jadeos de mi hermana, los gritos de mi sobrina y el choque rítmico de nuestros cuerpos entregados a la depravación más absoluta bajo el mismo techo.