Capítulo 7

Te escribo emocionado. Nuestro libro está quedando muy bien. Lo he subido a las redes y nuestra historia está gustando, va cogiendo seguidores. ¿Quieres celebrarlo también?

—Papi, claro. Lo que tú me digas. ¿Qué te apetece, mi amo?

—Bebé, vamos a ir de compras. A prepararte un maletín de juguetes, cremas y todo lo que te guste. Todo para darte placer.

Entramos en el sex shop y tus ojos se abren como platos. Todo te llama la atención.

—Mira, Papi… ufff, ¡tremendo! ¿Es necesario tan grande? Me asusta de solo verlo.

Yo te cojo un vibrador que tiene tres puntas: una como con pinchos, otra con forma de lengua y una finita y larga. Cojo otro en forma de V y una joya preciosa para tu ano. Me encanta verte así.

—Papi, te cojo uno que es para cuando te duches, para pegarlo contra la pared. Unas esposas, cuerdas y vendas… nunca se sabe, bebé. Cojo otro juego de esposas y unas plumitas también. Ufff, Papi, solo con verlo como me pongo —me dices mientras sonríes—. ¿Bebé, esto? ¿No entiendes? Ya te enseñaré luego cuál te gusta más. Mira el tamaño y la calidad. Este tiene el pene para los dos lados, para que sientas de verdad… la verdad es que solo de pensarlo, ufff. Mira con el huevo… eh… ¡calla, no seas mala! Te vas directa a los trajes íntimos. Un conjunto bien pícaro. Mira que tenga los huecos, si no lo tendré que destrozar, jijiji. Y ahora las cremas y aceites. Nos llevamos comestibles de chicle y fresa, y velas para masajes. Papi, para ya… ufff.

Valentina, le preguntas a la chica: —¿Tienes labial que quema?

Tú, con gran expectación, le preguntas: —¿Tienes arneses para colgar? Llevo tiempo pensando en uno de mis cortos para poderle montar alguno de los juguetes.

—No, los tenemos agotados. La semana que viene vendrán.

Salimos y, ya en el coche, te digo:

—Venga, saca uno. De camino a casa lo vamos a probar, vale, Papi. Sácate el tanga y coje el vibrador. Ponle el de la punta de lengua.

Arranco y, antes de salir, te digo:

—Lo enciendo. Siente esa lengua… ufff.

—Papi, esta mierda… ufff. Ven, bésame despacio.

Te doy un beso de esos que saben a despedida. Papi, esto… ufff. Sonríes y, apenas saliendo, mantienes la respiración y me regalas esa palabra que tanto me gusta y me pone entre dientes y muy bajito:

—Hijoepúta.

Ufff. Tus ojos, como platos.

—Papi, me corro… ufff.

Y te sacas de un tirón el vibrador. Las piernas temblando. Te digo:

—¿Ya? ¡Qué aburrido! Ahora que me empezaba a empalmar…

Te cojo la mano y te la pongo encima de mi pantalón para que sientas de primera mano lo que me estás haciendo sentir. Te muerdes los labios.

—Papi… entre dientes… ufff… suspiras. Esta mierda me encanta.

Me desabrochas el botón del pantalón.

—Papi, no, no… ufff.

Cierras fuerte de nuevo las piernas.

—No puedo, no puedo… me corro —temblando, me dices—. Papi, no aguanto, mira como estoy. Mi leche me está empapando.

Ya con mi pene totalmente fuera, te miro y te digo:

—Si no jugamos, ¿para qué seguir tocando?

Te quito la mano.

—Papi, no seas malo… pues deja que te saque y me beba tu leche. ¿Me dejas, bebé?

—No te lo digo sin el aparatito, no, jijiji.

Te sonríes, das un soplo… ufff y lo enciendes de nuevo. Te subes la falda hasta arriba y echas el sillón para atrás.

—¡Mira que yo estoy conduciendo! Si no, te lo haría yo de buena gana. ¿No me quieres mostrar?

Te metes dos dedos, los empapas y me los metes en la boca.

—Uff, bebé, qué fuerte y salada… me encanta. ¿Así que quieres mirar?

—Ok.

Tumbas totalmente el sillón hasta abajo. Lo echas todo lo que te deja para atrás y me dices:

—Hoy acabamos en el calabozo. Presos nos van a llevar.

Te sacas el vestido. Uff, Valentina, me flipa lo loca que estás. Desde fuera, separado, no se ve nada, pero si adelanto algún coche… ¿no nos van a ver?

—Vamos a probar.

Enciendes el consolador, pero esta vez estás bien colocada. Con una mano te abres los labios vaginales; con la otra, recorres lentamente. Lo pones enfrente de tu clítoris, la punta… ufff. Fimes fuerte, lo bajas y lo dejas dentro de tus labios. Me miras sonriente. El culo hinchado. Te viene de nuevo. Esta vez no cierras las piernas y es mucho más claro.

—Aguántalo —te digo—. Y a ver que te viene. Introdúcete dos dedos hasta el fondo y no pares de moverlos dentro. ¡A ver! Quiero ver lo que aguantas. Toma… toma… ufff.

—Me corro, Papi, no aguanto.

—Sigue.

—Te digo que no puedo, Papi.

—Sigue, no… ¡AHHH, PAPI! —GRITAS mientras todo tu cuerpo empieza a temblar y sueltas de golpe el consolador.

—Uff, no seas mala, mi vida —y yo, con cara de pillo, te digo—. Mira… uffff, mi leche empieza a brotar. Papi, voy no… Mira.

Yo con mi polla en la mano, chorreando. Tú, desnuda, aun temblando. Me pongo a adelantar a una pareja que iban discutiendo.

—Papi, no, ¡ven qué vergüenza! ¡Hay dejaron de pelear! Jijiji.

Te pusiste el vestido rápido y me dijiste:

—Ya voy, Papi, ya mismo te voy a secar.

El dia que cree a Valentina

Sin aire – La mamada que nos rompió a los dos