Capítulo 1

Capítulos de la serie:

CAPÍTULO 1: LECCIÓN EN LA COCINA

POV CARLOS

Joder, qué pinche excitación es tener a Elizabeth doblada sobre la mesa de la cocina, su culo maduro en alto con la falda subida hasta la cintura, la concha expuesta y ya goteando jugo por los muslos, mientras yo llamo a Mara y Juan para que bajen y vean el espectáculo –“Vengan a la cocina, cabrones. Es hora de una lección familiar”–, racionalizando esta mierda como educación sexual consensuada para “fortalecer los lazos”, aunque en el fondo es el morbo de humillar a mi esposa frente a nuestros hijos lo que me pone la verga tiesa como una barra de acero. La cocina huele a café reciente y pan tostado de la mañana, un contraste cabrón con el aire que se carga de sexo crudo, y ellos entran curiosos, Mara con su short ajustado y Juan con su camiseta ceñida al pecho musculoso, parándose al lado de la mesa mientras yo me posiciono detrás de Elizabeth, bajándome los pantalones para sacar mi polla gruesa y venosa, ya palpitando con venas marcadas y la cabeza hinchada, goteando presemen.

“Mira bien, Juan”, le digo a mi hijo, agarrando las caderas gorditas de Elizabeth y alineando la punta de mi verga contra sus labios hinchados, rozándola arriba y abajo para untarla con su humedad pegajosa antes de empujar lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño caliente y resbaloso se estira alrededor de mí, tragándose la longitud entera hasta que mis bolas peludas chocan contra su clítoris expuesto. “Así se coge a una mujer, hijo: empieza despacio para que se abra, siente cómo aprieta, luego acelera –mira–”, y empujo con fuerza, saliendo casi por completo para clavarla de nuevo, el sonido chapoteante de carne contra carne resonando en la cocina, sus tetas maduras rebotando contra la mesa de madera, salpicando gotas de sudor que manchan la superficie donde comemos todos los días. Elizabeth gime ronco, arqueando la espalda, su culo temblando con cada embestida profunda que golpea su cervix, y yo sigo explicando: “Agárrala firme de las caderas, como yo, para controlarla; pellízcale los pezones duros –así– para que grite más, y no pares hasta que su concha se contraiga como un puño alrededor de tu polla”.

Ahora me volteo a Mara, que mira con ojos vidriosos, tocándose disimuladamente por encima del short: “Y tú, putita, así debes comportarte cuando un macho te monta: ábrete bien, empuja el culo hacia atrás para que entre más profundo –mira cómo lo hace tu mamá–, gime sucio para excitarlo, dile ‘sí, cógeme más fuerte’ mientras sientes su verga partiéndote, y cuando te corras, aprieta para ordeñarlo todo”. Acelero el ritmo, mis caderas chocando contra su culo con palmadas resonantes, el semen de mis bolas acumulándose en gotas que salpican sus muslos, mientras Elizabeth balbucea: “Sí, Carlos… enséñales cómo me usas”. Juan se pajea visiblemente, Mara se muerde el labio, y yo siento el orgasmo subiendo, mi verga hinchándose más dentro de ella, bombeando chorros calientes y espesos que la llenan hasta rebosar, goteando por la mesa en un charco pegajoso. Saco la polla chorreante, riendo: “Eso es, familia. Práctica lo aprendido”.

CAPÍTULO 2: LA LECCIÓN FRATERNAL

POV ELIZABETH

Dios, qué puta retorcida soy por quedarme aquí, sentada en una silla de la cocina con el coño aún chorreando el semen caliente de Carlos, sintiendo cómo gotea por mis muslos pegajosos mientras miro a mi esposo ordenar a Juan que se folle a su hermana Mara sobre la misma mesa donde acabo de ser montada como una perra en celo. El aire huele a sexo rancio y a la cena de anoche, un contraste asqueroso que me moja más, racionalizando esta mierda como una “práctica educativa” para que los chicos aprendan, aunque en el fondo el morbo de ver a mis propios hijos en incesto fraternal me carcome con una excitación prohibida que me hace tocarme disimuladamente bajo la falda, pellizcándome el clítoris hinchado. Carlos, el cabrón dominante, sonríe sucio: “Ahora tú, Juan. Muéstrame si aprendiste: cógete a tu hermana como te enseñé, hazla gemir como la putita que es”. Mara, mi hija de 23 con esa carita de estudiante inocente, se sube a la mesa voluntariamente, abriéndose las piernas para exponer su concha depilada y ya brillante de jugo, sus tetas jóvenes tensas bajo la camiseta mientras Juan se baja los pantalones, sacando su verga gruesa y venosa, palpitante con venas marcadas y la cabeza roja hinchada, goteando presemen espeso que cae en gotas sobre el piso de la cocina.

Juan la agarra de las caderas delgadas, alineando su polla contra los labios hinchados de su coño, rozándola arriba y abajo para untarla con su humedad pegajosa y el presemen que chorrea, antes de empujar despacio, la cabeza ancha estirándola centímetro a centímetro, haciendo que Mara gima ronco y arquee la espalda, su concha apretada tragándose la longitud entera hasta que sus bolas peludas chocan contra su culo, salpicando gotitas de jugo que manchan la mesa donde desayunamos todos los días. “Así, hermano… párteme con esa verga gruesa”, balbucea ella, empujando el culo hacia atrás como Carlos le enseñó, y él acelera, saliendo casi por completo para clavarla de nuevo con brutalidad, el sonido chapoteante y obsceno de su polla hundiéndose en lo profundo resonando como palmadas húmedas, sus tetas rebotando salvajes mientras él le pellizca los pezones rosados hasta ponerlos rojos e hinchados, tirando de ellos como si ordeñara a una vaca en celo. Yo miro todo, mi mano metida entre las piernas frotando mi clítoris empapado, excitada por el morbo asqueroso de ver a mi hijo montando a su hermana como un animal, su verga desapareciendo por completo en cada embestida que golpea su cervix, haciendo que chorros de jugo salpiquen la mesa y goteen al piso en un charco pegajoso mezclado con mi propio semen de antes. Carlos supervisa: “Bien, Juan, agárrala firme, hazla gritar; y tú, Mara, compórtate como una puta sumisa, aprieta esa concha para ordeñarlo, dile lo sucia que eres por gozar la verga de tu hermano”. El morbo me traiciona, mi mente revuelta en culpa y placer al imaginar lamer el desastre después, chupando la lefa de mi hijo de la concha de mi hija mientras ellos miran, transformándome en la madre supervisora que goza el tabú familiar más asqueroso.

Juan acelera como un poseído, sus caderas chocando contra el culo de Mara con palmadas resonantes que dejan marcas rojas en su piel, su verga hinchándose más dentro de ella, bombeando chorros calientes y espesos que la llenan hasta rebosar, goteando por los bordes en un flujo blanco y viscoso que se mezcla con su jugo y mancha todo. Mara se corre gritando, su coño contrayéndose como un vicio alrededor de él, ordeñando cada gota mientras tiembla como una zorra en éxtasis. Carlos aplaude riendo: “Perfecto, cabrones. Aprendieron bien”. Yo solo jadeo, exhausta y cachonda, queriendo más de esta depravación familiar.

CAPÍTULO 3: CONSEJOS PATERNALES

POV CARLOS

Es más tarde esa misma noche, la casa en silencio después de la lección en la cocina que dejó a todos calientes y exhaustos, con Mara y Elizabeth ya retiradas a sus cuartos, pero Juan, mi hijo el soldado musculoso, se acerca a mí en el estudio, su mirada ansiosa y la verga probablemente aún semi-dura bajo los pantalones, confesando que después de follarse a su hermana quiere montarse a su madre como a una perra en celo, hacerla gozar hasta que grite su nombre. Yo, sentado en mi sillón con un whiskey en la mano, sonrío sucio, racionalizando esto como guía paterna para «perfeccionar sus habilidades», aunque el morbo de detallar cómo degradar a mi propia esposa me pone cachondo de nuevo. Lo invito a sentarse frente a mí, y empezamos el diálogo, yo dando consejos con detalles crudos mientras él pregunta curioso, el aire cargado de tensión incestuosa bajo la luz tenue de la lámpara.

**Carlos:** Mira, hijo, si quieres montar a tu madre como a una perra en celo, primero asegúrate de que esté lista –llámala a tu cuarto o al sofá, hazla desnudarse lento, mirándola como si fuera tu puta personal. Empieza lamiéndole la concha, no suave, cabrón: mete la lengua profundo, chupa su clítoris hinchado hasta que se retuerza, saborea su jugo salado goteando por tu barbilla, hazla gemir pidiendo más.

**Juan:** ¿Y si se resiste un poco, papá? ¿Cómo la domino sin lastimarla, pero haciéndola sentir como una zorra?

**Carlos:** Ah, eso es clave. Agárrala de las muñecas, átalas con una corbata si quieres BDSM ligero, ponla en cuatro patas sobre la cama –así su culo maduro queda expuesto, sus tetas colgando como ubres listas para ordeñar. Pellízcale los pezones duros, tira de ellos hasta que se pongan rojos, dile «eres mi perra materna, ábrete para la verga de tu hijo» mientras rozas tu polla contra su entrada, untándola con su propia humedad pegajosa y tu presemen espeso.

**Juan:** Suena jodidamente caliente. ¿Cómo la penetro para que goce como loca? Detalles, papá, quiero hacerla correrme gritando.

**Carlos:** Penétrala despacio al principio, hijo: desliza la cabeza de tu verga gruesa entre sus labios hinchados, siente cómo se estira alrededor de ti, caliente y resbalosa, empujando centímetro a centímetro hasta que tus bolas peludas choquen contra su clítoris. Luego acelera, clávala con fuerza, varia el ángulo para golpear su punto G –imagina el sonido chapoteante de tu polla hundiéndose en su concha empapada, salpicando jugo por sus muslos gorditos. Azótale el culo hasta dejarlo rojo, hazla empujar hacia atrás como una perra en celo, gimiendo «sí, hijo, párteme más».

**Juan:** ¿Y para hacerla gozar como una perra? ¿Qué trucos para que se corra fuerte, mezclando placer y humillación?

**Carlos:** Humíllala verbalmente, cabrón: dile «mira cómo tu coño de madre se contrae alrededor de la verga de tu hijo, eres una puta incestuosa que goza esto». Mientras la follas, mete un dedo en su culo apretado, úntalo con su jugo para lubricar, empuja lento hasta que entre todo, siente cómo aprieta. Acelera el ritmo, bombea salvaje hasta que sienta su orgasmo subiendo –su concha se contraerá como un vicio, ordeñando tu polla, chorros calientes salpicando todo. Vacíate dentro de ella, llena su útero con tu lefa espesa, hazla sentir rebosante y usada.

**Juan:** Joder, papá, esto me pone a mil. ¿Algún consejo final para que sea inolvidable?

**Carlos:** Grábalo todo, hijo, para el archivo familiar –así lo vemos después y «aprendemos» más. Y recuerda, consiente siempre, pero domina como un macho: hazla suplicar por más, transformándola en esa perra en celo que ama el tabú. Ve y hazlo esta noche, yo supervisaré si quieres.

El diálogo termina con Juan levantándose excitado, y yo me quedo solo, pajeándome lento con los detalles en la mente, sabiendo que esto solo aviva el fuego familiar.

CAPÍTULO 4: EXPERIMENTO CON MAMÁ (VERSIÓN REVISADA)

POV JUAN

Al día siguiente, con la casa en calma y el sol filtrándose por las cortinas de mi cuarto, el morbo de los consejos de papá me tiene la verga dura como piedra desde que abrí los ojos –llamo a mamá: “Ven a mi habitación, quiero mostrarte algo”. Ella entra con su bata ligera abrazando sus curvas maduras, inocente al principio, pero yo cierro la puerta y trato de seguir el plan: “Desnúdate lento, mamá, como una puta”, le digo, y ella obedece, quitándose la bata para revelar sus tetas gordas con pezones erectos y su concha ya húmeda, goteando jugo por los muslos. La empujo a la cama, ato sus muñecas con mi corbata como papá sugirió, poniéndola en cuatro patas con el culo alzado, pero la excitación me gana –en lugar de lamerla despacio, me lanzo como un animal, metiendo la lengua salvaje en su concha caliente, chupando su clítoris hinchado con fuerza bruta, mordisqueándolo levemente hasta que grita y se retuerce, su jugo salado inundándome la boca y barbilla, pero no paro, lamiendo hasta su ano apretado con lamidas agresivas que la hacen empujar el culo contra mi cara como una perra desesperada.

Intento controlarme, pellizcando sus pezones duros y tirando de ellos como papá dijo, pero el calor me sobrepasa –los retuerzo con más fuerza, dejándolos rojos e hinchados, casi al límite del dolor placentero, mientras le gruño: “Eres mi perra materna, ábrete para mí”. Saco mi polla gruesa y venosa, palpitante y goteando presemen espeso, y en vez de penetrarla despacio, la clavo de un empujón brutal, sintiendo su concha resbalosa estirarse de golpe alrededor de mí, hasta que mis bolas peludas chocan contra su clítoris con un golpe seco. La excitación me domina, busco mi propio placer salvaje: acelero como un poseído, embistiéndola con fuerza animal, mis caderas chocando contra su culo con palmadas resonantes que dejan marcas rojas en su piel, variando el ángulo para golpear profundo y egoísta, el chapoteo obsceno de mi verga partiéndola llenando el cuarto mientras azoto su culo con palmadas firmes, no suaves, haciendo que tiemble y grite: “¡Sí, hijo, más duro, me encanta tu violencia!”. Por suerte, a ella le gusta –empuja hacia atrás como una zorra en celo, su coño contrayéndose alrededor de mi polla, ordeñándome mientras meto un dedo en su culo apretado de forma ruda, empujando sin lubricar mucho, sintiendo cómo aprieta y la hace correrme más rápido.

La monto sin piedad, tirando de su cabello para arquear su espalda, humillándola: “Mira cómo gozas la verga de tu hijo, puta incestuosa”, y ella responde gimiendo su orgasmo, chorros calientes salpicando mis bolas mientras su concha me aprieta como un vicio. No aguanto y me vació dentro, bombeando chorros espesos y calientes para mi placer puro, llenándola hasta que rebosa y gotea por sus muslos en un desastre pegajoso. Jadeamos, yo exhausto por la intensidad, sabiendo que perdí el control pero a ella le encantó la salvajada.

CAPÍTULO 5: LA FUERZA DE MI HIJO

POV ELIZABETH

Dios mío, qué sorpresa tan jodida es esta: estoy en el cuarto de Juan, atada las muñecas con su corbata y en cuatro patas sobre la cama como una perra sumisa, esperando que siga los consejos de Carlos con control, pero de repente mi hijo se transforma en un animal desbocado –me lame la concha con una fuerza brutal, chupando mi clítoris hinchado como si quisiera devorarlo, mordisqueándolo levemente hasta que un dolor placentero me hace gritar y retorcerme, su lengua metiéndose profundo en mi calor resbaloso, lamiendo hasta mi ano apretado con lamidas agresivas que me dejan jadeando y empujando el culo contra su cara como una zorra desesperada. Me sorprende su violencia, esa intensidad cruda que Carlos nunca usa conmigo –mi esposo siempre me domina con precisión, como un patriarca calculador, pero no me coge como a una prostituta barata de la calle, no me parte con esa hambre egoísta que busca solo su placer. Juan, en cambio, pierde el control por la excitación, y joder, me gusta –me moja más esa rudeza, el morbo de ser usada por mi propio hijo como una puta cualquiera, sus dientes rozando mi carne sensible hasta que chorros de jugo salpican su barbilla.

Cuando me penetra, no es despacio como papá le enseñó: clava su verga gruesa de un empujón salvaje, estirándome de golpe hasta que siento sus bolas peludas chocar contra mi clítoris con un golpe seco y doloroso que me arranca un grito, pero el placer traicionero sube por mi vientre, mi concha contrayéndose alrededor de su longitud venosa como un vicio caliente. Acelera como un poseído, embistiéndome con fuerza bruta, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas resonantes que dejan mi piel ardiendo y marcada en rojo, variando el ángulo para golpear profundo y egoísta, el chapoteo obsceno de su polla partiéndome llenando el cuarto mientras azota mi culo con palmadas firmes, no suaves, haciendo que tiemble y grite: “¡Sí, hijo, más duro, me encanta tu furia!”. Me tira del cabello para arquear mi espalda, metiendo un dedo rudo en mi culo apretado sin mucho lubricante, empujando con violencia controlada que roza el límite del dolor, pero me pone cachonda como nunca –Carlos me domina con elegancia, pero esto es crudo, como ser follada por un extraño en un callejón, y mi cuerpo lo traiciona, corriéndome en espasmos convulsos, chorros calientes salpicando sus bolas mientras él busca solo su placer, vaciándose dentro de mí con chorros espesos y calientes que me llenan hasta rebosar, goteando por mis muslos en un desastre pegajoso.

Después, jadeamos exhaustos, él soltándome las muñecas con manos temblorosas, y yo me derrumbo en la cama, sorprendida por cómo su violencia me hizo gozar más que nunca, sintiendo esa culpa retorcida por amar ser tratada como una prostituta barata por mi propio hijo. Más tarde, sola en mi cuarto, no aguanto y me masturbo culposa, metiendo dos dedos en mi concha aún chorreante de su lefa, frotando mi clítoris hinchado mientras pienso en todo: la sorpresa de su fuerza, cómo me partió sin piedad, el contraste con la dominación medida de Carlos, y el morbo asqueroso de gozar esa rudeza incestuosa que me transforma en la madre más depravada. Me corro de nuevo, gritando bajito, la culpa mojándome más, queriendo repetir esta salvajada familiar.