Capítulo 7
El trayecto de regreso al hospital en el auto de Diego fue silencioso. El sol de la mañana ya empezaba a calentar el asfalto de la Ciudad de México, y María Fernanda miraba por la ventana con la mente perdida. Sentía su cuerpo pesado, con esa lasitud deliciosa que queda después de una noche de excesos. Cada vez que el Mazda pasaba por un bache, un leve dolor punzante en su intimidad la hacía recordar el calibre de Diego, recordándole que ahora estaba marcada por un hombre que su círculo social despreciaría.
Volteaba a verlo de reojo de vez en cuando y se encontraba con un hombre pensativo. Taciturno, pero con un aura que la tenía atrapada.
—Déjame una cuadra antes del hospital, por fa, Diego —dijo ella, recuperando su tono de seriedad—. Dejé mi camioneta en el estacionamiento, iré a mi casa por algo de ropa limpia.
Diego sonrió pensativo y se estacionó donde le dijo la doctora; él bien sabía por qué se lo estaba pidiendo, pero estaba de tan buen humor que no iba a discutir por eso. Cuando paró el auto, tomó a Mari Fer del cuello y la besó con hambre.
—Tu culito ya es mío, que no se te olvide —dijo cuando terminó con el beso.
Ese simple gesto bastó para hacerla sonreír y en silencio aceptó con la cabeza y volvió a besarlo antes de salir del auto. Diego la observó caminar por la banqueta mientras el hipnótico movimiento de sus nalgas provocaba una nueva erección bajo su pantalón.
—Ay, Mari Fer, no me voy a cansar de comerme todo eso —se dijo en voz baja y volvió a arrancar el auto de regreso a su departamento.
De regreso, al fin pudo revisar su celular y alcanzó a leer el mensaje de Mary. Al ver eso, Diego sonrió; podría usar a Mary para vigilar a Fernanda y saber qué tenía planeado. Por otro lado, la asistente le parecía atractiva desde que la vio por primera vez; se le pasó por la mente intentar seducirla, pero había descartado la idea cuando se dio cuenta de que podría tener alguna esperanza con Mari Fer. Decidió responder el mensaje:
“Hola, Mary. Qué bueno saber que hay gente eficiente, muchas gracias por tu atención. Nos vemos pronto”.
Mujeres como Mary habían pasado por la cama de Diego; por lo general eran las mujeres a las que él estaba acostumbrado: guapas de barrio. Mujeres vulnerables que para alguien de su posición era sencillo seducir, pasar un buen rato y seguir adelante. En este caso, él planeaba acercarse más, pero sabía que debía dejar a Mary dar el siguiente paso, sin presionar.
A las 10:00 a.m., el consultorio ya estaba en pleno movimiento. Mary entraba y salía con expedientes, moviendo sus anchas caderas morenas con una energía nueva. Ese día, como era viernes, llevaba unos jeans ajustados hasta la cadera con una blusa que se le levantaba con cada movimiento y dejaba ver su morena cintura. Sin siquiera darse cuenta, había decidido vestirse más sexy de lo normal ese día; incluso se animó a llevar puesta una tanga rosa que se había comprado por catálogo hace unos días. Fernanda la observaba de reojo; notaba a su asistente más distraída de lo habitual, pegada al celular en cada oportunidad. No sospechaba, ni por un segundo, que Mary estaba saboreando el mensaje que Diego le había enviado hacía poco.
Para Mary, ese mensaje era un tesoro. En su mundo de rutina y de un esposo que hace tiempo no la hacía sentir lo de antes, que un hombre como Diego le haya respondido el mensaje era un triunfo silencioso; no lo aceptaba así, se obligaba a pensar que era solo cortesía, pero en el fondo se sentía emocionada, como una niña traviesa. Ambas mujeres pensando en el mismo hombre sin tener idea.
La mañana transcurrió sin ningún percance hasta que dos sucesos marcaron la tarde de ambas mujeres. Por su parte, María Fernanda, que seguía revisando el celular de vez en cuando esperando un mensaje de Diego, se sentía frustrada y como una niña tonta que se siente ansiosa por volver a probar el dulce que tanto le había gustado, pero nada. Tentada a enviar ella algún mensaje, fue cuando la puerta se abrió de golpe en su consultorio. Enfadada y lista para regañar a Mary, se topó con un rostro familiar.
No fue un paciente. Fue Raúl. Entró sin tocar, con las manos en los bolsillos de su pantalón de marca y esa expresión de aburrimiento crónico que siempre cargaba.
—Vaya, hasta que te dejas ver, Fernanda, no mames, responde mis mensajes —soltó Raúl a modo de saludo, sin acercarse a besarla, simplemente plantándose frente a su escritorio y sentándose sin pedir permiso—. Te estuve llamando anoche y ni tus luces. ¿Dónde chingados estabas?
Fernanda sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo la calma. La soberbia de Raúl, que antes le parecía un rasgo de «clase», ahora le resultaba vomitiva comparada con la fuerza genuina de Diego.
—Fue una noche larga, Raúl. Estoy cansada, te dije que tenía cirugía —respondió ella con frialdad.
—Pues descansa rápido, porque mi papá organizó una cena hoy en el club. Ponte algo bien para esta noche y paso a tu casa como a las 8:00 —Raúl lo dijo como si estuviera anunciando un trámite bancario, con una arrogancia que sugería que le estaba haciendo el favor de su vida—. No me vayas a salir con que tienes más trabajo, que mi mamá ya pidió que te reservaran un lugar especial.
Fernanda lo miró. Raúl era el «partidazo» según sus padres, pero verlo ahí, tan flaco de espíritu, tan lleno de sí mismo pero tan vacío de virilidad, la hizo sentir un asco profundo. Recordó las manos de Diego apretándole el culo y penetrándola contra el cristal de su departamento y no pudo evitar sentir que no había punto de comparación.
—No sé si pueda, Raúl. Tengo pendientes —intentó decir ella, más por orgullo que por ganas.
—No mames, Fer, si no te lo estoy pidiendo. Sabes lo que esto significa. Mi papá no organiza estas cosas por nada. Así que ponte algo bien y discreto, no vayas a ir con un vestido de puta.
—Nunca me he vestido como puta, Raúl, no mames.
—Como sea, estate lista que paso por ti —sentenció él, levantándose y dándose la vuelta para salir sin esperar una respuesta, como si su palabra fuera ley.
Al salir, Raúl pasó junto a Mary sin siquiera mirarla, como si fuera parte del mobiliario. Mary lo observó con desprecio desde su escritorio. El novio de su jefa siempre le había caído mal, pero ese día en especial se veía más insoportable que de costumbre. «Pobre pendejo», pensó Mary, «cree que la tiene segura y la doctora cada vez se ve más harta de él. No va a tardar en llegar alguien que le mueva más el tapete, con eso de que la doctorcita tiene a más de medio hospital suspirando con ella», pensó.
Cuando Raúl se fue, el celular de Mary vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de Diego:
«Hola, Mary, disculpa aprovechándome de tu amabilidad, ¿crees que podamos vernos por la tarde? Tengo algunas dudas sobre un medicamento, le iba a preguntar a la doctora, pero ya ves cómo es”.
El mensaje tomó por sorpresa a Mary, pero inconscientemente sonrió. No sabía cómo responder; le agradaba la idea de ver a Diego pero no dejaba de sentir que no era correcto; «además, si tiene una duda por qué no me la escribe», pensó. «No seas pendeja Mary, a lo mejor le es más fácil en persona», pensó justificándolo. Nerviosa, tomó el celular entre sus manos y, temblando un poco, comenzó a escribir una respuesta.
“Hola, señor Diego, claro que sí. Le comenté que en lo que pudiera ayudarlo lo haría con mucho gusto, mi turno acaba a las 5:00 p.m.”
Mandó el mensaje y esperó la respuesta, pero esta tardó varios minutos en llegar, minutos que se le hicieron eternos a la asistente.
“Perfecto, Mary. Paso por ti a esa hora. Te espero en el Oxxo cerca del hospital”.
Al recibir la respuesta el corazón de Mary se aceleró; miró la hora y vio que aún tenía un par de horas antes de verse con Diego. Así que decidió apurarse con sus pendientes para poder arreglarse un poco antes de salir.
Mientras tanto, Fernanda en su consultorio apretó el teléfono, sintiendo que el rostro le ardía de rabia y de una excitación incontrolable. Diego no escribía nada; ella esperaba algún mensaje, que le dijera que pasaba por ella para llevarla a comer, cualquier cosa que la librara de tener que pasar con Raúl, pero nada.
“Sí claro, como ya me cogió, ya le valgo madre”, pensó irritada. Miró hacia la puerta y vio a Mary asomarse.
—¿Está bien, doctora? El joven Raúl se veía… como siempre —dijo Mary con un toque de sarcasmo oculto.
—Deja de ser tan chismosa, Mary. Estoy bien, mejor pasa al siguiente paciente y no me interrumpas más —contestó Fernanda, intentando recuperar su máscara, mientras por dentro solo podía pensar en cómo iba a sobrevivir a una comida con Raúl cuando lo único que quería era volver a sentir el peso de Diego sobre ella. Ya no solo que se la cogiera, que le hablara como anoche antes de quedarse dormidos, que le contara de sus libros favoritos como lo hacían por mensaje desde hace días. Sí, quería sexo, que se la cogiera duro, pero ya no solo era eso. También ansiaba su compañía…
El club privado en Lomas de Chapultepec era el epítome de todo lo que María Fernanda solía valorar: exclusividad, techos altos de madera tallada y un silencio sepulcral que solo se rompía por el tintineo de la cubertería de plata. Sin embargo, esa noche, el lugar le parecía una morgue de lujo. Sentada a la mesa junto a Raúl y sus padres, Mari Fer se sentía como una extraña en su propia vida.
Decidió ponerse un vestido negro; le pareció acorde para la ocasión. Era discreto pero resaltaba el contorno de su lindo trasero y la finura de su delicada cintura; con un escote discreto, era la combinación entre la elegancia y la sensualidad.
Raúl, fiel a su arrogancia, bebía un vino tinto caro mientras hablaba con su padre sobre inversiones inmobiliarias, que él entendía poco, ignorando casi por completo a Fernanda, como si su simple presencia fuera un accesorio ya garantizado y pagado con la tarjeta de papá.
—Te ves muy callada, Fernanda —dijo la madre de Raúl, escudriñándola con esos ojos que parecían juzgar todo el tiempo—. Espero que no estés pensando en el trabajo. Hoy es una noche para celebrar a la familia.
—No, señora. Solo estoy un poco cansada —mintió Mari Fer, sintiendo un cosquilleo eléctrico bajo la mesa.
Tenía el celular oculto en su regazo, protegido por el mantel de lino blanco. Debajo de su vestido ajustado, su maquillaje resaltaba la blancura de su piel; Mari Fer no llevaba medias. Podía sentir el roce de la tela contra sus muslos, que aún guardaban la memoria de la fricción de Diego.
Vibró el teléfono. «Un mensaje», pensó y disimuladamente revisó su celular; era un mensaje, pero no de quien ella esperaba. Era de sus padres para preguntar si querían que pasaran por ella. Mari Fer respondió sin ánimos: “No pa, no te preocupes, Raúl me va a llevar de regreso”.
—¿Con quién hablas tanto, Fernanda? —soltó Raúl de repente, interrumpiendo su plática sobre la bolsa. Su tono era de molestia, no por celos, sino porque sentía que ella no le estaba prestando la atención que su ego demandaba.
—Es de mis papás, Raúl. ¿Quieres revisar mi celular? —respondió ella con una frialdad impecable, enseñando el teléfono mientras le sostenía la mirada.
—Pues diles que estás bien, ni que fueras una niña de 10 años, no mames. Hoy mi papá tiene algo que decir —sentenció Raúl, dándole un trago a su copa.
A kilómetros, unas horas antes, Mary salía del hospital y caminaba nerviosa al Oxxo para su encuentro con Diego; se sentía ansiosa y culpable al mismo tiempo. Al llegar al lugar acordado, se dio cuenta de que él aún no llegaba; esperó en silencio mientras sintió las miradas de un par de camilleros que salían de la tienda. Uno de ellos le dio un codazo al otro mientras ambos admiraban las enormes nalgas de la asistente enfundadas en ese ajustado jean que pedía a gritos ser liberado de su aprisionamiento. Mary los conocía de vista, pero en esta ocasión no le incomodó; el suceso la llenó de confianza y se sintió más sexy que nunca.
Cuando uno de ellos se estaba por animar a acercarse, el auto de Diego se estacionó frente a ella. Mary sonrió al ver a Diego y, sin esperar, avanzó hacia el auto y abrió la puerta para entrar en él sin esperar invitación. A Diego, lejos de incomodarle, le gustó el gesto de la asistente, sin dejar de percatarse de que especialmente ese día Mary vestía más sensual de lo que él recordaba.
—Hola, señor Diego —se apresuró a saludar. —Hola, Mary, pero no me digas señor, no estoy tan viejo —respondió con una sonrisa tranquila. —Sí, tienes razón, disculpa. —No te preocupes, vamos a un café cercano para hablar —dijo, y avanzó por las calles de la ciudad hasta llegar a un lugar discreto donde sabía que nadie los vería.
Diego, fiel a su astucia, bajó del auto primero para ayudar a bajar a Mary, sabiendo que este tipo de gestos le encantarían a la mujer; y así fue. Mary sonrió y se dejó sostener por el hombre que comenzaba a serle de más interés. Mientras caminaban para sentarse en una de las mesas desocupadas, Diego no dejaba de escanear a Mary con la mirada; «está más buena de lo que recordaba», pensó. «No como María Fernanda, claro, pero esta vieja tiene lo suyo», pensó al ver el vaivén de las enormes nalgas de la asistente. Cuando se sentaron, ambos ordenaron algo y se quedaron en silencio por algunos segundos hasta que Diego habló:
—Vas a matarme, Mary, pero te confesaré la verdad: no tengo dudas sobre mi receta, en realidad quería verte fuera del hospital.
La confesión aceleró el corazón de la mujer; lejos de enfadarse por la mentira, en su mente se formó una idea excitante. «¿Le intereso a este hombre?», se preguntó sin saber si eso era bueno o malo.
—Verás, Mary, necesito tu ayuda con la doctora María Fernanda. Nosotros nos conocemos desde hace tiempo y somos buenos amigos —mintió Diego descaradamente a sabiendas de que era probable que Mari Fer ni siquiera le contara nada y la asistente desconociera sobre su vida—. Ella siempre ha tenido un carácter difícil e imagino que ni siquiera te habló de mí, ya que siempre se mantiene profesional, pero dejando eso de lado, últimamente la veo rara. Como distraída, es como si estuviera en otro mundo, y honestamente me preocupa, pero ya ves cómo es, esa mujer primero se muere antes que pedir ayuda.
Mary asintió en silencio al escuchar a Diego. «Tiene razón», pensó, «yo también la veo rara desde hace días; ahora entiendo por qué Diego y ella tardan tanto en las consultas, deben de quedarse platicando», pensó Mary inocentemente.
—Tienes razón, Diego, yo también me he dado cuenta de lo que dices, pero si a ti no te dice nada a mí menos; si vieras lo difícil que ha sido trabajar con ella. Siempre se enoja conmigo y rara vez me habla para otra cosa que no sea para regañarme o para darme alguna orden.
Diego sonrió fingiendo empatía. —Ay, Mary, imagino lo difícil que debe ser, conozco a Fer y sé que tiene un carácter bien difícil; menos mal que te tiene a ti. Toda una mujer madura que sabe apoyarla a pesar de su forma de ser. —Muchas gracias, Diego, se siente bonito que la reconozcan a una —dijo Mary con un brillo especial en los ojos. Una señal que para Diego no pasó desapercibida. «Ya está hecho», pensó para sí.
—Gracias a ti, Mary, y una disculpa en nombre de Fer; es buena persona, pero sé que a veces se pasa, por eso me gustaría pedirte un enorme favor: ayúdame a ver qué le pasa. Solo te pido que le eches un ojo y si llegas a ver algo raro avísame. Por fa, solo en alguien como tú puedo confiar.
Mary se sonrojó y desvió la mirada nerviosa. —Gracias por tus bonitas palabras, Diego, eres muy lindo, pero no sé si pueda hacerlo; ya ves cómo es la doctora, en una de esas si se entera no sabes la que se me arma; si hasta por guardar mi perfume en su gaveta me gritó, ahora ni te cuento lo que me hace si se entera de que la ando vigilando.
—Entiendo, Mary, no te preocupes, lo que menos quiero es ponerte en una situación incómoda —respondió Diego con un tono suave en su voz y colocó una de sus manos encima de la de Mary.
Una descarga eléctrica recorrió todo el cuerpo de Mary al sentir el tacto de Diego, y por primera vez en mucho tiempo sintió cómo su coño se humedecía. Ella negó con la cabeza.
—Te voy a ayudar, Diego, entiendo que estés preocupado por ella, después de todo es tu amiga. Voy a echarle un ojo como dices y cualquier cosa te aviso. —¿De verdad, Mary? Muchas gracias, pero no te sientas comprometida, si te sientes insegura es mejor que no lo hagas. —No te preocupes, Diego, te dije que te iba a echar la mano si podía. —De verdad muchas gracias, eres un ángel, Mary.
Mary se sonrojó al escuchar a Diego, bajando la mirada avergonzada. Después de varios minutos conversando y una vez que terminaron su café, Diego ayudó a Mary a levantarse. Gestos que hacían que la asistente se derritiera por dentro. El olor que Diego emanaba la tenía hipnotizada. Diego aprovechó que ella se levantaba para poner su mano sobre la cintura expuesta por la blusa corta, notando cómo se asomaba la diminuta tanga rosa que Mary tenía enterrada en sus hermosas nalgas. Sin duda, algo que prendió a Diego y, casi inconscientemente, presionó con más fuerza la espalda baja de la asistente.
La acción de Diego tomó por sorpresa a Mary, pero lejos de ofenderse o de incomodarse, sintió cómo su húmeda vagina ahora comenzaba a mojarse más. Sintió unas ganas enormes de que Diego bajara más su mano y se encontrara con la tanga que inconscientemente se había puesto para él y que seguía negando mentalmente. Poco faltó para que Diego se atreviera, pero decidió que no era el momento, así que tomó a Mary del hombro y la guio con caballerosidad a la salida del café, sin dejar de devorarla con la mirada.
El camino en el auto en su mayoría fue en silencio, con algunas conversaciones esporádicas sin ninguna importancia. Mary se sentía como una adolescente nerviosa a la que llevan a su casa y, asustada, se prepara para el regaño de sus padres. Por su parte, Diego se sentía molesto; empezaba a extrañar a Mari Fer y eso no le gustaba; sabía lo peligroso que era comenzar a sentir algo por esa mujer. Volteaba a ver a Mary y pensaba que quizá ella le ayudaría a distraerse un poco, pero aún no; sabía que podría asustarla si intentaba algo. Aun así, sabía que tarde o temprano tendría a la asistente mamándole la verga en su cama y la idea le provocó una erección.
Mary pidió que la dejaran una cuadra antes de su casa; lo que menos necesitaba era que los vecinos chismosos empezaran a murmurar que la vieron llegar en un auto con un hombre. Al llegar, Diego le sonrió y se acercó a ella para besarla cerca de los labios; la sensación le encantó a Mary y la dejó con ganas de más. De reojo miró la entrepierna de Diego y notó un ligero bulto que la dejó con varias preguntas: «¿Se puso duro? ¿Está así por mí?». Las preguntas atravesaron su ser como un relámpago dejándola más desconcertada que nunca. Bajó del auto dedicándole una última sonrisa a Diego y caminó levantando más el culo sabiendo que él sería el principal espectador de tan hermoso espectáculo. Mary ya no solo se sentía sexy, sentía la confianza de la mujer que sabe que sigue siendo hermosa y que sigue atrayendo las miradas, pero principalmente las miradas de la persona que necesitaba…
De vuelta en el club, la cena llegaba a su punto culminante. El padre de Raúl se aclaró la vergüenza y se puso de pie, llamando la atención de los meseros.
—Querida Fernanda —dijo el hombre con una solemnidad ensayada—, la familia es el pilar de todo. Raúl me ha dicho que está listo para dar el siguiente paso.
Raúl se metió la mano al bolsillo del saco y sacó una caja de terciopelo rojo. La puso sobre la mesa con un golpe seco, como quien entrega un contrato. No se hincó, no hubo palabras de amor.
—Ya es hora, Fer. Mis papás ya dieron el visto bueno y creo que ya jugamos bastante a los novios. Aquí tienes —dijo Raúl, abriendo la caja para mostrar un diamante enorme, ostentoso y frío.
Mari Fer miró el anillo. Era la joya más cara que había visto, pero le pareció una cadena de plata. En ese preciso momento, su celular vibró de nuevo en su regazo. Era una notificación de Diego, por lo que alcanzó a mirar en su smartwatch. Ella sabía que si aceptaba ese anillo, su vida se convertiría en una puesta en escena permanente.
Miró a Raúl, con su cara de suficiencia, esperando un “sí” como quien espera que le firmen un recibo. Luego pensó en Diego, en la suciedad de su departamento, en la inmensidad de su verga y en la forma en que él la hacía sentir como una mujer de verdad, no como un trofeo.
—Es… es hermoso, Raúl —logró decir, pero sus manos no se movieron hacia la joya. —Póntelo, hija. No todos los días uno se compromete con un heredero como mi hijo —presionó la suegra.
Mari Fer sintió que el aire le faltaba. Su libido, exacerbada por el mensaje de Diego que aún no había leído, chocaba con la realidad asfixiante de su compromiso. Se puso el anillo, sintiendo el peso del metal en su dedo, pero en su mente solo estaba la imagen de Diego; quería que esa farsa terminara ya para poder revisar su celular y ver qué le había escrito el hombre que la hacía sentir como nadie lo había hecho…
La casa de María Fernanda en Polanco era un mausoleo de buen gusto; no era tan grande como la que tenían los padres de Raúl, pero era una residencia que envidiaría el 80% de la ciudad. Raúl había insistido en celebrar esa noche en un hotel de lujo pero ella argumentó que se encontraba en sus días para evitar el contacto con su novio y ahora futuro esposo. El contacto con Raúl empezaba a provocarle repelús y no sabía qué haría de ahora en adelante con ese hombre que se convertiría en su esposo. Ya se preocuparía por eso después, pensó. De camino en el auto había leído el mensaje de Diego discretamente y ahora meditaba en qué responderle mientras subía a su habitación sin quedarse a platicar con sus padres.
“Hola, Fer, lamento escribirte hasta ahora, estuve ocupado todo el día viendo unos asuntos con mi editora, ¿cómo estás?”
«Con la puta de su editora», pensó, «¿qué chingados hacía con ella?». Quería gritarle, mandarle un mensaje de voz donde le dejara en claro lo molesta que se sentía. Se sentía tan irritada que la propuesta de matrimonio de Raúl había pasado a segundo término. «¿Quién se cree que es? Me ignora todo el día y me dice que estuvo ocupado con esa puta». Al llegar a su habitación se quitó el vestido con furia y lo arrojó a una esquina quedándose solo con su sostén de encaje y la sexy tanga enterrada bien en sus nalgas. Se recostó en su enorme cama y dio vueltas enfadada, conteniéndose para responder; quería hacerlo, pero lo que menos quería era pelear con Diego, «no ahora», pensó, «lo necesito».
“Hola amor” comenzó a escribir y borró el mensaje. “Hola, Diego” volvió a borrarlo. “Hola. Imaginé que estabas ocupado, pero al menos avísame antes para no preocuparme. Estoy bien, gracias”. Se apresuró a mandar el mensaje para no arrepentirse.
La respuesta no tardó en llegar. “Lo tendré en cuenta, me alegro de que estés bien”. La respuesta fue escueta e insatisfactoria para Fernanda; explotó al leerla.
“¿Qué chingados te pasa, Diego? Como ya me cogiste ya pasé de moda ¿y ahora sigue la puta de tu editora? Si me vas a cambiar por alguien más al menos que no sea una puta naca”. Estuvo tentada a mandarle más insultos, pero arrojó el teléfono sobre la cama y volteó. Se sentía herida; quería a Diego, comenzaba a quererlo y eso la frustraba.
La respuesta volvió a llegar; desde su departamento Diego había obtenido la reacción que quería y que le confirmaba lo que Fernanda estaba empezando a sentir. Tenía dos opciones: portarse seco y frío para que ella terminara por rogarle a sabiendas de que era probable que esto tardara, o ceder un poco y pasar una buena noche mensajeando con ella. Tenía en mente algo que desde hace tiempo se prometió que haría con la doctora.
“Disculpa, Fer, no sé qué ideas tengas sobre mi relación con mi editora, pero no es como te lo imaginas. Nunca he tenido nada con ella y si no te mandé un mensaje antes fue porque estoy vuelto loco con la entrega de mi próximo libro. En la tarde le marqué a Mary para agendar mi siguiente cita y le pregunté cómo estabas; ella me contó que tu novio te fue a ver y, para serte honesto, eso me desagradó; no soy yo quien está jugando con las dos personas”. Diego sonrió para sí al terminar de escribir el mensaje y lo mandó; empezaba a conocer a Mari Fer y sabía lo que esto provocaría en ella.
Al terminar la respuesta de Diego, el enfoque de la doctora se disolvió en segundos y el sentimiento fue reemplazado por una culpa creciente. «Tiene toda la razón», pensó, «soy yo la que tiene un enredo en mi situación». Arrepentida y avergonzada se animó a mandar un mensaje de voz.
“Discúlpame, Diego, tienes razón, me siento muy confundida; por favor dame la oportunidad de meditar bien las cosas, te prometo que voy a resolver esta situación, solo dame tiempo, porfa”.
“Entiendo, Fer, solo toma en cuenta que no somos mocosos de secundaria y yo no voy a andar enredado en una relación a escondidas; ya estamos grandecitos para eso”. Diego mandó el mensaje con la intención de dejarle en claro a Mari Fer que no la iba a esperar todo el tiempo; quería que ella se sintiera con ese miedo de perderlo para siempre.
Y así fue; la idea le llegó a Mari Fer tras leer el mensaje; la sensación de perder a Diego le nubló los ojos y sin querer sintió un frío que le recorrió el cuerpo.
“Estoy de acuerdo, solo dame algo de tiempo para ordenar mis ideas, porfa”.
“Ok, Fer, no quiero discutir esta noche, así que por ahora ya no hablemos de eso. ¿Estás en tu habitación?”
Mari Fer se sentó en la orilla de su cama matrimonial; leyó el mensaje con una sonrisa. El deseo, que había estado contenido bajo la mesa del club, estalló como una presa rota.
“Sí, llegué hace rato. Estoy sola. Y no dejo de pensar en lo que me harías si estuvieras aquí”.
Ese era justo el mensaje que Diego esperaba; en su departamento se sirvió un trago de whisky y le mandó una foto que tenía desde la tarde. En la foto estaba sentado en su sillón, con la camisa abierta y su verga enorme, ya completamente erecta, llenando la pantalla. El tamaño de ese miembro, oscuro y venoso, hizo que Fernanda soltara un gemido ahogado en la soledad de su cuarto.
“Mira cómo me tienes, Fer. Siento que me vas a hacer explotar”. La imagen humedeció a la doctora al instante; dejándose llevar por la calentura, se tomó una foto frente al espejo, mostrando cómo su tanga se perdía en la inmensidad de sus deliciosas nalgas, y el sujetador de encaje apenas podía contener sus pechos.
“La tienes bien rica, Diego, espero que te guste lo que te mandé”.
“Me encanta, qué ricas nalgas, se nota que esa tanga ya la traes empapada. Muéstrame más ese culito”.
María Fernanda mandó otra foto, esta vez se tomó una acercando más la cámara del teléfono a su trasero; en ella se veía con más detalle el contorno de su tanga negra y cómo sus bien formadas nalgas llenaban toda la pantalla.
“¿Te gusta?”.
“Se ve delicioso, ¿de quién es ese culo?”.
“Tuyo, Diego, es el culo de tu putita, solo para ti, amor”.
Lo que siguió fue una espiral de depravación digital que duró horas. Mari Fer, la mujer que siempre cuidaba su imagen, se dejó llevar por la adrenalina del pecado. Se quitó el sujetador y se tomó una foto desde arriba, dejando que sus pechos grandes y firmes dominaran la imagen, adornados por un par de pezones endurecidos.
Diego respondió con un video breve mientras se frotaba la verga con las manos para el deleite de la doctora. “Mira cómo me tienes, putita”, alcanzó a decir en el video.
Mari Fer apoyó el teléfono contra una almohada y puso la cámara de video. Se acostó boca arriba, abriendo sus largas piernas. Con una mano comenzó a masajear sus pechos, apretándolos con fuerza, mientras con la otra bajaba hacia su intimidad. Sus dedos, finos y adornados con la manicura perfecta, se perdieron entre sus labios carnosos mientras empezaba a masturbarse con una urgencia salvaje.
—Diego… —susurró a la cámara, con los ojos entrecerrados—. Mira lo que me haces… soy tu puta, Diego. Quiero tu verga, quiero sentirla toda, mi amor.
Le envió el video. Diego le respondió casi de inmediato con una ráfaga de mensajes de audio, con esa voz ronca que la hacía vibrar.
—Eso es, mi amor… ábrete más. Imagina que es mi lengua la que te está abriendo, que es mi verga la que te está rompiendo por dentro. Eres deliciosa, Fernanda. Voy a ir por ti y te voy a quitar esa tanga con los dientes para comerte el culo antes de cogerte de nuevo.
La excitación llegó al punto de no retorno. Mari Fer comenzó a gemir más fuerte, olvidando que sus padres dormían en la habitación de al lado. Se imaginó la tosquedad de Diego, su peso sobre ella, su olor a tabaco. El orgasmo la golpeó con una violencia que la dejó temblando, arqueando la espalda sobre las sábanas.
El silencio volvió a la habitación. Mari Fer estaba exhausta, sudada y con el rímel un poco corrido; Diego también le había mandado un video mostrándole cómo se corría con ferocidad. Sonrió para sí y soltó un suspiro placentero. Miró el anillo de compromiso en su buró. Le daba asco, pero sabía que tenía que llevarlo puesto al día siguiente en el hospital.
“Eres mi putita, Mari Fer, no te olvides de eso. Te veo mañana, vamos a pasar juntos el fin de semana completo así que no hagas planes y pídele permiso a tus papás porque regresamos el lunes”.
“No sé si pueda este fin, Diego, han pasado varias cosas de las que me gustaría hablar en persona, ¿podría ser el siguiente?”. Pensó en Raúl y en lo difícil que sería volverle a cancelar; sabía que podría empezar a levantar sospechas.
“Tú decides, Mari Fer: o nos vemos este fin o mejor aquí lo dejamos”. Mari Fer sintió un escalofrío recorrerle por la espalda. Sin pensárselo mucho respondió: “No te pongas así, ok, de acuerdo, te veo mañana”.
“Mañana paso por ti a las 8:00 a.m.; si quieres me estaciono una cuadra antes para que tus papás no se den cuenta. Quiero que te pongas unos leggings como los que usas para ir al gym, de esos que subes a tus historias de Instagram; también ponte una tanga y tenis cómodos”.
Al leer el mensaje soltó una carcajada y respondió con sarcasmo con una nota de voz: “A la orden, patrón, sabe que para eso estoy. ¿Pues a dónde me vas a llevar o qué?”.
“Es sorpresa, tú solo haz lo que te pido, no te vas a arrepentir”.
“Vale, te veo mañana entonces; descansa y sueña conmigo”. Terminó de escribir, mandó el mensaje seguido del emoticono de un beso.
Diego respondió con un emoticono igual; desde su departamento, borró el video de Fernanda después de verlo por quinta vez. Sabía que la tenía en la palma de su mano. La doctora orgullosa estaba dispuesta a todo; este fin de semana le serviría para afianzar al fin su necesidad por él. Después del fin ya no habría marcha atrás; era todo o nada, pensó Diego negándose a la idea de ser el amante oculto.