Capítulo 6
- Días de sueños
- Recuerdos de un verano
- La futbolista dorada
- Una primera noche estrellada
- Tres son multitud
- Un tormentoso reencuentro
Siempre supe que el tiempo nos pondría a cada uno en nuestro lugar, lo que nunca terminé de adivinar fue que, ese mismo tiempo, tejería con nuestras vidas una intrincada tela de araña con una sutil tenacidad.
Coincidiendo con la época en la que mi relación con Martín había llegado a su fin, Dámaso había regresado a la ciudad. Lo había sabido por Carolina, que además de informarme de su vuelta, me había confesado que se habían acostado después de una noche de fiesta por los bares del centro de la ciudad.
Sentada a la mesa de aluminio descolorido de una cafetería del barrio que solíamos frecuentar, mi primera y airada reacción fue la de recriminar a Carolina lo que había hecho. La segunda, tan solo unos segundos después, fue pedirla perdón ante su cara de estupor, sin comprender de donde procedían las lágrimas que amenazaban con desbordar mis párpados.
Dámaso y yo habíamos dejado de vernos más de cinco años atrás. Ni siquiera habíamos hablado desde el día en el que cogió ese vuelo que le llevaría a trabajar a una universidad de los Estados Unidos. Lo poco que sabía de él me llegaba a través de algún comentario furtivo de mis padres y, como no, de Carolina. El éxito de su retraído encanto entre los americanos que le valió un ascenso, como se lo rifaba alguna empresa puntera, sin que él se decidiera a dar el paso, su breve relación con una muchacha canadiense e incluso que se había comprado un coche antiguo con el que recorría el país de costa a costa.
A Carolina la sabía enamorada de mi primo desde el día en que lo conoció, una tarde primaveral ocho años atrás, de camino a una sala de cine para ver una película de Tom Cruise. Había mantenido una relación de amistad con Dámaso con la secreta esperanza de llegar a algo más. No la culpaba, Dámaso había prendido esa llama con su encanto digno y apocado y la mantenía encendida por alguna razón que nunca había sospechado. Cierto que Carolina había sido una adolescente explosiva y ahora era una joven bella y poderosa. Que Dámaso se hubiese fijado en ella no le confería diferencia alguna con el resto de los hombres que la conocían.
El día que mi amiga me relató que se había acostado con mi primo, la vi quitarse un peso de encima y sonreír como no lo había hecho por ninguno de sus escasos ligues o novios. No calibré el calado de aquella sonrisa de dientes níveos y en perfecta sucesión, que más tarde me pasaría factura.
Sin pretenderlo me distancié de Carolina, con la encubierta y fingida intención de no saber nada más de Dámaso durante el resto de mi vida. Meses después, supe por nuestras perplejas amigas en común que Carolina se sentía dolida por mi desapego. Cuando, arrepentida y con la herida inicial restañada, acudí en busca de su indulto, me encontré con el ingrato dolor que me produjo conocer que Dámaso y ella seguían acostándose. Ni siquiera el culpable regocijo devenido de saber que él le había pedido mantenerlo en escrupuloso secreto, alivió el desasosiego con el que hube de vivir durante los siguientes meses.
La primavera tocaba a su fin con una explosión ardiente y luminosa de colores en las calles que a mí se me antojaban opacos. Un año atrás había terminado la universidad y comenzado a trabajar en una editorial como muchacha para todo. No era el trabajo de mis sueños, pero pagaba mis facturas y me permitía algún que otro capricho. Ansiaba mudarme a algún piso pequeño y solitario en el que ganar intimidad y madurez. Adoraba a mis dos compañeras de piso, Sara y Ainhoa, en especial a esta última, pero empezaba a cansarme de tener que contar con ellas para todo cuanto quería hacer en casa, fuese de la condición que fuese.
Atravesaba un extraño momento de calma que me mantenía en vilo, sabedora de que en cualquier momento se desataría la tormenta. Procuraba mantener ocupada la cabeza con la intuición de que, al más mínimo desliz, se desbocaría arrastrando al resto de mi cuerpo hacia la angustia de un futuro inapetente y carente de esperanza.
El tiempo libre que me permitía el trabajo en la editorial lo ocupaba en clases de spinning o natación en los días de diario. Los fines de semana los repartía entre mis amigas de la facultad y las del barrio, a pesar del sedimento de tensión latente que aún obstruía mi relación con Carolina. Visitaba a mis padres con menos frecuencia de lo que ellos hubiesen deseado, casi siempre de forma apresurada en busca de tápers o algún consejo sobre las tareas del hogar. Todo formaba parte de una insistente rutina que me mantenía hastiada y resignada a partes iguales.
En una de estas aceleradas visitas, mi madre me había obligado a prometer que reservaría cierto fin de semana para una comida familiar con motivo de la celebración del setenta cumpleaños de mi abuelo.
– Sí, también van a ir tus tíos – Contestó mi madre sin detectar el desasosiego que había formado un nudo en mi estómago. – Y tu primo, claro. – Añadió, lanzándome una mirada suspicaz, como si quisiera calibrar mi reacción.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para aparentar indiferencia. Nunca había sido sencillo ocultar a mi madre lo que me pasaba por la cabeza y siempre sospeché que callaba más de lo que sabía acerca de mi relación con Dámaso.
Cuando llegó el viernes del fin de semana prometido, una perseverante ansiedad me impidió pegar ojo en toda la noche. Tiré de Ainhoa, como hacía habitualmente cuando no podía dormir, para ver películas antiguas en la televisión hasta que se hizo de día. Mi compañera de piso nunca fallaba. Se acurrucaba en el hueco de mi hombro hasta dormirse y el rítmico titubeo de su respiración, que acompañaba a la sosegada calidez de su cuerpo, funcionaba como tónico perfecto contra mis miedos más infundados. Ainhoa nunca me pedía nada a cambio, ni siquiera trataba de ofrecer consejo, se limitaba a estar cuando yo lo requería, y eso la convertía en mi amiga más valiosa.
El sábado por la mañana, los brutales avisos de una tormenta titánica nos encontraron entrelazadas en el sofá. En esas noches de desasosegante vigilia, cuando al fin me dormía a su lado, conseguía sueños plácidos y profundos que siempre atribuí a la tibieza de su piel. La sentí temblar con el primero de aquellos fogonazos y la abracé en un acto reflejo.
– No me gustan los truenos. – Susurraron sus labios a escasos centímetros de mi oído, provocando que se me erizara el cabello de la nuca.
– Es solo una tormenta de verano. – Traté de aparentar calma, pero lo cierto era que yo también me había sobresaltado.
Reprimí un escalofrío y me separé para mirarla. Había cerrado los ojos y contraído los labios finos y rosados en una graciosa mueca de disgusto. Su nariz ganchuda se arrugaba como si la propia tormenta despidiese un olor desagradable. La melena larga y rizada, del color del trigo, le caía por encima del hombro, enredada en el tirante de la camiseta y ocultando el nacimiento de sus pechos picudos y breves. Se encogió con ternura, colocando las rodillas desnudas a la altura de mi vientre. El pantalón corto del pijama dejaba ver sus muslos bien torneados. Las clases de spinning, a las que acudía conmigo, daban sus frutos. Contuve el extraño deseo de acariciar sus piernas y volví a abrazar su cuerpo después de que otro trueno rasgase el ambiente y un vibrante relámpago aniquilara durante unos instantes las penumbras del salón.
El sonido acompasado de las gruesas gotas de agua que golpeaban contra la ventana reemplazó el espacio que ocupaba nuestro temor y volvimos a caer en un sueño desprendido y desahogado. Tuve un vívido sueño erótico con Lía, una de mis antiguas parejas, como protagonista. En el sueño, nunca llegaba a tocarla, pero ella se insinuaba medio desnuda mientras yo me masturbaba, haciéndome rememorar una excitación que creí ya desvanecida.
Cuando me desperté, Ainhoa había desaparecido, lo mismo que la tormenta, no así el cosquilleo entre mis piernas. Un sol abrasador bañaba el salón y el cielo azul resplandecía a través de la ventana. Miré el reloj y me levanté de un salto. Llegaba tarde.
Me duché a toda prisa y me vestí con una falda larga de algodón fino en tonos marrones y estampado de pequeñas flores y una chaqueta de punto negra, amplia, con cuello de pico que apenas dejaba entrever el origen de mis senos. Escogí unas botas bajas, también negras, robustas, con suela ancha de goma y cordones. Me dejé el pelo suelto, la melena desenfadada y me di algo de brillo en los labios. No acostumbraba a usar maquillaje, pero decidí taparme unas incipientes ojeras para mejorar el mal aspecto que me devolvía el espejo, fruto de las pocas horas de sueño.
La mirada de reprobación de mi padre fue suficiente para disculparme por el retraso. Habían quedado en recogerme media hora antes y, en el momento de salir disparados por la puerta, le di un beso en la mejilla a Ainhoa, seguido de las gracias con un susurro, por haberles entretenido con una de sus fantásticas y divertidas historias.
El restaurante que habían elegido estaba en un punto equidistante entre mi pueblo, el lugar donde vivían mis tíos y nuestra ciudad. Tardamos algo más de una hora en llegar bajo un cielo grisáceo y amenazante que creí premonitorio del encuentro con mi primo.
El aroma de la tierra húmeda se mezclaba con el de la carne a la brasa que se filtraba desde el edificio robusto y achaparrado, con aspecto de antigua fonda. Se trataba de una antigua posada convertida en restaurante. Un lugar de paredes blancas, con un entramado de madera de un piso de altura, rodeado por un pequeño jardín con caminos de grava que desembocaban en un pozo de piedra blanca situado a unos metros de la entrada. Varios álamos blancos de considerable tamaño circundaban con vigilante orgullo la finca.
Atravesamos las pesadas puertas de madera maciza tachonadas con clavos de aspecto oxidado y un camarero rollizo, dotado de un espeso bigote negro y mejillas sonrosadas, nos acompañó hasta la mesa en la que ya se encontraban sentados mis tíos y mis abuelos.
Saludé con efusividad a estos últimos y con algo menos a mis tíos. Felicité a mi abuelo y sentí el cariño de su abrazo. Su olor me reconfortó y me hizo añorar los veranos de mi infancia. Cuando Dámaso se acercó a mí tuve que hacer un esfuerzo para no apartarme, pero recibí sus dos besos con fingida despreocupación, no tanto como el tacto familiar de sus dedos al posarse en mi cintura. Fue un roce leve, pero insistente, ante el que mi cuerpo reaccionó tensando los músculos, a modo de alerta.
Dámaso se había cambiado las gafas por unas más modernas, grandes, rectangulares, de pasta negra, por lo demás seguía siendo el muchacho atractivo, de sonrisa de medio lado, y pelo oscuro, con el flequillo largo algo desaliñado, y de ademanes torpes. Sus ojos me escrutaron desde detrás de los cristales de las gafas como si fuese a decir algo, pero enseguida nos vimos envueltos en una vorágine de cumplidos que nos arrastró hasta los sitios que nos habían guardado.
Como no podía ser de otra manera, a Dámaso y a mí nos habían colocado a un extremo de la mesa. Yo tenía a mi abuela a mi lado y él a mi abuelo al lado. Ignoré los ojos de Dámaso y conversé con mi abuela tan pronto como nos hubimos sentado. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que la había visto y tenía ganas de comprobar por mí misma que seguía bien. O al menos, todo lo bien que se puede estar a determinada edad.
Con los entrantes, mi abuelo se unió a la conversación y entre ambos introdujeron a Dámaso en ella, más por cortesía que por apetencia. Conocía la opinión que mis abuelos tenían de mi primo y no se podía decir que fuese buena. Apenas le habían visto un puñado de veces desde que nació y si la familia te la da la sangre, está claro que el cariño se gana con el roce, cosa que Dámaso no había experimentado con ellos.
Sí lo había hecho conmigo y a pesar de que nos habíamos separado hacía ya tanto tiempo, con la certeza por aquel entonces de que no nos volveríamos a encontrar, no pude evitar que según avanzaba la comida aflorasen ciertos sentimientos que creí enterrados para siempre.
Dámaso acababa de cumplir treinta años y su estancia en los Estados Unidos le había servido para dejar a un lado las maneras apocadas que siempre había mostrado delante de sus padres. Advertí en sus gestos y palabras esa confianza que siempre mostraba cuando estábamos a solas. La seguridad que había en su voz alcanzó a mi tío, en el que intuí un dejo de orgullo que nunca había advertido hasta ese día. Su aura se había teñido de una serena madurez.
Con el primer plato se había ganado la confianza de mis abuelos y me había hecho sonreír como una boba con varias anécdotas ocurridas en su lugar de trabajo. Mientras daba cuenta del segundo plato, un exquisito solomillo de buey que sangraba con cada corte de mi cuchillo, sus ojos me miraban con un fulgor que transportaba reminiscencias del pasado. En más de una ocasión me vi obligada a retirar la mirada con turbada inquietud. Algo se henchía en mi pecho hasta el punto de creer que mi busto había crecido. Casi sin aliento, terminé la carne maldiciendo para mis adentros por este desasosiego que hacía temblar a mis manos.
Tardaron tanto en traer los postres que busqué la manera de escapar del magnetismo de mi primo en mi propia cabeza. Me acordé de Carolina y lo imaginé en sus brazos, recorriendo su cuerpo, entrando en ella, disfrutando como lo había hecho conmigo tantas veces en el pasado. Funcionó a medias, la frágil coraza que creí construir con los celos de mi amiga saltó por los aires cuando el pie de Dámaso rozó mi tobillo por debajo de la mesa.
– ¿Qué te pasa, hija? – Había dado un respingo que había sobresaltado a mi abuela.
Me excusé con mi abuela inventando un repentino dolor de estómago y mi abuelo le pidió al camarero sal de frutas mientras Dámaso sonreía y volvía a la carga. El segundo roce me pilló preparada y le di un puntapié que no lo amilanó. Al tercer intento me dejé acariciar con la garganta seca y aguantando el deseo de quitarme las botas.
Seguí la sugerencia de Dámaso y pedí una deliciosa tarta de queso que devoré sin quitarle los ojos de encima. Los suyos, oscuros e intensos, no se despegaron de los míos ni un solo instante y cuando me pidió que le dejase probarla, a punto estuve de atragantarme con el brinco que pegué en el asiento, no supe si provocado por su voz profunda, evocadora, o por el estruendo que amenazaba con romper las nubes y al que siguió el veloz fulgor de un relámpago.
Con las primeras y estruendosas gotas, Dámaso hizo subir su pie descalzo hasta mi rodilla por debajo de la falda. Respiré hondo y traté de contener el maná que amenazaba con desbordar mis ingles. Fue la primera vez en el día que renegué de la hora en que había escogido esas bragas viejas y demasiado sueltas.
Con los dedos descalzos de mi primo acariciando mis tibias desnudas, apenas era capaz de concentrarme en lo que mi abuelo trataba de decirme. Pugné por centrar mi atención en sus palabras, pero mi cabeza vivía envuelta en una batalla desigual, la de la razón y el deseo. Si algo me decía que debía huir de allí, escapar cuanto antes del restaurante con cualquier excusa, era mi propio entendimiento, sabedor de que las maneras de mi primo solo me traerían desdichas similares a las del pasado. Sin embargo, el poderoso anhelo arraigado en mi pecho había crecido hasta alcanzar el tamaño de un titán. Incesantes imágenes de nuestro pasado juntos, del inconmensurable gozo que me había proporcionado el contacto con su cuerpo, me provocaban tal ansiedad que temí perder el aliento.
Observé sus manos sobre la mesa y pude sentir en mi propia piel el sinfín de ocasiones que habían recorrido mi cuerpo. Sin necesidad de tocarlas supe que aún conservaban el tacto delicado y firme de siempre. Anhelé entrelazar mis dedos con los suyos y creí estar a punto de perder la razón cuando se llevó un dedo a la boca con un gesto descuidado y lo beso de forma casi imperceptible. Después, siguió hablando con mi abuelo.
– Cariño, ¿estás bien? – La voz de mi abuela me sacó de mis lujuriosas cavilaciones y creí que podría darse cuenta de todo si no fuese porque Dámaso entretenía a mi abuelo con tal pericia que parecía desconectado de mí por completo.
– Sí, Abu. Solo es que he comido demasiado. – Era cierto, pero lo que más me había indispuesto eran mis propios y lascivos deseos.
Me excusé con mi abuela y me levanté para ir al cuarto de baño, creyendo que así escaparía de mi primo y de mis propios pensamientos. El fuerte repicar de la lluvia me acompañó entre las mesas repletas de desconocidos comensales hasta un largo pasillo por el que se accedía a los aseos.
Una vez dentro me lavé las manos y la cara y respiré hondo tratando de calmar la agitación de mi respiración. Aún podía sentir el roce de los pies de Dámaso a lo largo de mis piernas y levanté mi falda para posar la mano en mis rodillas. Un fuerte golpe en la puerta me hizo dar un salto y bajé la falda enseguida.
– Está ocupado. – Grité con excesivo ímpetu. Nadie contestó al otro lado de la puerta.
Me apresuré a orinar y salí con precipitación cuando me hube lavado las manos de nuevo. A punto estuve de chocar con la persona que esperaba tras la puerta. Y casi me caigo de culo cuando reconocí a mi primo.
No tuve tiempo de hablar cuando ya me había empujado de regreso al cuarto de baño y me había besado con urgencia. No pude negarme, tampoco hubiese sabido como hacerlo.
Me aferré a su nuca al sentir como sus manos atenazaban mis caderas. Nos corrompimos entre los humedales de nuestra saliva con la pasión irrefrenable del pasado. Con el anhelo propio de la ausencia de tantos años, de esa carencia de hábitos insanos, inmateriales. Como dos animales salvajes de ignota procedencia.
Cuando me soltó, boqueé mirándole a los ojos. En aquella mirada velada de determinación me enfrenté a mi propia confusión. Sus labios entreabiertos sugerían una palabra que no alcanzó a nacer. Su mandíbula afilada, envuelta de una incipiente sombra donde siempre había habido tersura, se quedó a medio camino. La lividez bajo sus párpados me reveló lo que jamás habrían revelado sus labios. Era una llamada, un grito sordo de auxilio, un incendio que solo mi cuerpo era capaz de sofocar.
Me lancé a sus brazos con la desesperación del que pretende sanar el desconsuelo conociendo que es tarea impracticable. Asumí la derrota en el mismo instante en el que los botones de mi camisa se abrieron y sus manos estrujaron mis pechos con vehemencia. Suspiré complacida sin dejar de besarlo. Tanteé su torso y quise desabotonar su camisa, anhelaba el tacto aterciopelado de su piel. No fui capaz de hacerlo, pues Dámaso detuvo mis brazos con ímpetu y llevó mis manos hasta su entrepierna.
Comprendí la celeridad de sus gestos y desabroché su bragueta con ansia, al mismo tiempo que me arrodillaba ante él. El solo gesto de hacerlo convirtió mi vulva en una acezante charca, inflamando el nenúfar que allí crecía. Apenas fui consciente de que mi voluntad se separaba de mi cuerpo y me metí su orgulloso miembro en la boca. Le di placer con desesperación, contagiando su gozo en el propio.
Apenas fue un momento, o eso se me antojó. Nunca era suficiente cuando se trataba de deleitar a mi amante con mis mejores mañas. Dámaso me hizo levantar y con un gesto demasiado brusco me giró contra el lavabo. Observé mi imagen reflejada en el espejo, mi boca entreabierta cuando el subió mi falda por encima de la cintura, el ligero rubor de mis mejillas cuando mis bragas se deslizaron hasta mis rodillas, mis cejas arqueadas en el momento en que su sexo se introdujo en el mío. Mis pechos botaban contenidos en el sostén con sus presurosas embestidas. Era tal el placer que quise gritar, pero él tapó mi boca con mano férrea, como si hubiese adivinado mis intenciones. Casi con toda probabilidad así había sido, pues nadie se había deslizado entre los pliegues de mi cuerpo con tanta naturalidad e intuición.
El singular magnetismo que unía nuestros cuerpos provenía de un recuerdo innato y lejano. Desde aquella primera vez en el maizal, la carne se había extrañado con impaciencia. Era inútil negarlo. Un ejercicio de ficción condenado a la derrota desde el primer intento. Adoraba a mi primo. Su aspecto desmadejado y cohibido, ficticio, como sus maneras autoritarias de apariencia torpe y sencilla, la sonrisa distraída y apenas delineada con la que apuntillaba sus palabras, la confianza que emanaba de ellas, siempre flotando en una ausencia calculada que, al mismo tiempo, anhelaba una secreta inquietud de aprobación, tan dolorosa como traicionera y con la que mantenía una feroz lucha. Esa contienda que solo yo supe revelar en su mirada, se plasmaba en sus manos, en sus vivos embates. En la forma enérgica con la que asía mi cintura, en como su sexo se adentraba sin descanso en mi interior, desfogando los rescoldos que crepitaban bajo nuestra piel a base de empuje y vigor.
La saliva acudió a mi boca y se filtró entre sus dedos. Dámaso introdujo el índice entre mis labios y lo chupé como si de su miembro se tratase. El dulce sabor de su carne me hizo recordar mi propio sexo y lo busqué con mi mano. Lo encontré tan húmedo como ya intuía y ahogué un gemido cuando abracé mi clítoris entre las yemas de los dedos. Lo froté con celeridad, ansiosa por alcanzar un orgasmo que sabía que no tardaría en llegar. Volqué la mirada a la imagen que me devolvía el espejo, la melena me caía alborotada sobre el rostro y mi cuerpo se balanceaba hacia delante y hacia detrás impulsado por el brío con el que Dámaso me follaba. Era suya, tuve la certeza en ese instante, a pesar de que siempre lo había sabido. No quise verlo reflejado en mis propios ojos y los cerré con un acceso de ira que no hizo más que enardecer mi placer. De poco servía rebelarme, mi templo había sido consagrado para que mi primo dispusiese de él a su antojo. Ese era el único dogma de mi existencia. La más inocente, veraz y acuciante de todas las afirmaciones que me había hecho nunca.
El feroz rugido de la tormenta retumbó sobre nuestras cabezas y descargué el placer en un largo jadeo desmayado, temeroso. El ímpetu de Dámaso era apremiante, sus dedos permanecían anclados a mi cintura. Su sexo percutía sin descanso, con un rítmico golpeteo ahogado entre las gotas de lluvia que repicaban en las tejas del edificio y en la piedra del alfeizar de un pequeño ventanuco que se abría en lo alto de una pared. La luz cenicienta del exterior se colaba por él creando insospechadas sombras en nuestros cuerpos enlazados.
Las piernas me temblaban debido el esfuerzo por no venirme abajo, por no chocar con el frío mármol de la repisa del lavabo. Los nudillos de la mano con la que me aferraba a la piedra se habían tornado de un color blanquecino, casi transparente, incapaces de sujetar el avance de mi cuerpo sobre la pila. El vaho de mis suspiros veló el espejo, tan cerca de él había llegado mi cabeza. Mis pechos se derramaban sobre el lavamanos y noté la fría humedad allí resguardada. Dámaso empujaba casi con violencia, una y otra vez. Mis dedos eran dos fruncidas tenazas apresando el centro de mi placer. De un placer que dilataba las paredes de mi vulva al tiempo que crecía sin medida. No tardé en alcanzar un clímax caótico y brutal que me partió en dos. La saliva cayó de mi boca de forma involuntaria y creí perder la consciencia durante el breve instante de inconmensurable gozo por el que atravesé diferentes y etéreos estados.
Dámaso, detectando mi estado, clavó su verga en mi sexo con tanta determinación que no pude evitar gritar. Ahogó mi orgasmo y mi voz tapando mi boca con su mano y se derramó en mi interior sin ningún tipo de remordimiento. Fundidos con el furioso bramido de la tormenta, uno tras otro, varios regueros de su semen inundaron mi vagina. Los acogí extasiada, como muestra única de nuestra unión. Los suspiros entrecortados de mi amante no me sorprendieron lo más mínimo, los había anhelado sin saberlo, y de no haber sido porque caí en la cuenta del lugar donde nos encontrábamos, los habría acogido con clemencia. Habría perdonado su partida en ese mismo instante.
Sin embargo, los azulejos de un amarillo deslucido del cuarto de baño se hicieron presentes. Escupí un mechón de pelo que se había colado en mi boca y traté de zafarme de las manos de mi primo. En su rostro contraído no había sorpresa por la furia con la que me rebelé para encararme con él. Abrí la boca para hablar, pero no supe que decir.
– Estás muy guapa, Raquel – Su voz provocó que un relámpago iluminase el cuarto de baño y tuvo la cualidad de avivar mi enojo.
Le golpeé en el pecho y conseguí recuperar la voz.
– ¡Eres idiota! – Le solté golpeando varias veces más su pecho sin que él hiciese nada por defenderse.
Cuando me hube calmado, me subí las bragas con precipitación y me di media vuelta. Mi rostro estaba cubierto por dos delatoras chapetas, mis labios brillaban y, a pesar del revoltijo de mi melena, me observé un sugerente encanto que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Negué con la cabeza para espantar aquella sensación y me lavé la cara antes de arreglar mi pelo como pude. Abroché mi camisa y me arreglé el atuendo, dispuesta a sacar del silencio a mi primo.
Cuando me di la vuelta, Dámaso no estaba allí. Maldije para mí misma y respiré hondo. Quise odiarle, pero fui incapaz. Lo ocurrido pesaba con tal fuerza sobre mi rencor que lo aplastaba como un yunque a un insecto. Salí a la carrera del aseo con intención de alcanzarle en el pasillo, pero no le vi. Al llegar a la mesa, no había ni rastro de mi primo.
– Se ha ido ya. – Me informó mi abuela. – ¿No se ha despedido de ti antes de marcharse? Dijo que iba a buscarte para hacerlo.
– Sí. Sí lo ha hecho. – Expresé confusa, con excesiva celeridad, con la intención de no dar lugar a la sospecha.
Me senté en la mesa y apenas abrí la boca hasta que nos marchamos, bien entrada la tarde. Durante toda la sobremesa, no pude más que rememorar lo que había sucedido en el cuarto de baño. Me debatí entre sujetar la ira por haberme dejado llevar por la pasión y la emoción de haberme reencontrado con Dámaso en términos que ni hubiese imaginado. A pesar del desasosiego que me corroía como lo haría una colonia dentro de un hormiguero, no pude más que admitir mi rendición, si él me lo pedía, acudiría allá donde estuviese. Durante la comida había expresado su intención de establecerse en la ciudad por un tiempo indefinido y la sola idea de tenerlo cerca rodeaba mi congoja de ilusión y temor a partes iguales.
La imagen difusa de mi primo reflejado en el espejo del cuarto de baño se mezcló con la de mi amiga Carolina en mi cabeza. Recordé su entusiasmo al hablar de él, esa desenvoltura con la que sus pestañas aleteaban, dando vida al resto de su cuerpo. Sentí una punzada de culpabilidad y traté de convencerme de que lo ocurrido entre nosotros iba a terminar ahí. Sin embargo, me resistía a admitir el desamparo que significaría para mi piel. Lo conocía, conocía el sinsabor resultante de alejarme de Dámaso y el recuerdo de esa angustia me provocó una nausea.
Salí del restaurante aturdida y me despedí de mis tíos conservando las ganas de preguntar por mi primo. Abracé a mis abuelos y me confortaron sus palabras cariñosas, así como las caricias de sus dedos suaves y apergaminados.
– Nos veremos pronto. – Susurró mi abuela con una montaña de ternura en los ojos. Y añadió un enigmático. – Todos.
No supe qué decir y convertí la separación de mis abuelos en la excusa para mi aflicción y las lágrimas que afloraban a mis ojos. Era cierto que los extrañaba y prometí visitar el pueblo más a menudo.
Durante el camino de regreso a casa no hablé con mis padres más de lo necesario. La tormenta había cesado, pero perduraba en el ambiente. Dámaso y Carolina se agitaban en mis pensamientos como dos entes contrapuestos, con el trueno y el relámpago, siempre unidos. Tenía tantas preguntas que hacerme, que hacerles a ambos, pero conocía de antemano que jamás las podría verbalizar. Al llegar a la ciudad un sol radiante hacía refulgir las hojas de intenso color verde y aún se reflejaban los edificios en los charcos del pavimento, a modo de una de temblorosa ilusión.
Me despedí de mis padres y subí a casa con intención de meterme en la cama. Un estado febril atenazaba mis músculos. El cielo se tornaba ya violáceo y los vencejos bailaban alocados en busca de insectos. Nada más abrir la puerta me encontré con Ainhoa. Fingí normalidad y hastío cuando me preguntó sobre la comida. Después, admiré la capacidad de mi amiga para detectar fisuras en mi estado de ánimo. Sin más cuestiones de por medio se acurrucó conmigo en el sofá. Eligió una película romántica, un drama lacrimógeno con el que disimulé las lágrimas sobre su cabello, hasta que me dormí con la suave paz de su tenue respiración.